Selana
-Estoy bien...- suspiró Vian, asomado a su gran ventana. Desde allí podía observar la grandeza de la ciudad, una que no se detenía, que nunca llegaba a dormir ni de noche ni de día: una ciudad a la que le gustaría regresar y que sabía, no podía -Tras toda una semana estoy más que recuperado- miró a su madre por encima del hombro, que se encontraba sentada en la cama.
-Más que recuperado es, sin duda, la mayor tontería que te he escuchado decir últimamente, Vian. Nunca estarás... recuperado- le costó decir.
-Sé que no me sanaré- el príncipe se miró las manos -Sé que no encontraré cura para esta clase de maldición- se giró y miró a su madre cara a cara -Pero al menos puedo mantenerme en pie y para mí eso vale más que todo Aeter-
-No digas esas cosas- regañó Selana -Te podría oír tu padre-
-Me da igual que me oiga. Cuando estás enfermo te das cuenta de lo que vale la salud, madre. A día de hoy, me cuestiono si realmente es necesario hacer pactos con Carstad cuando sería más fácil repartir el territorio de forma equitativa y dejar a un lado las guerras...-
-¡Vian!- exclamó Selana -Hijo...- se calmó -Eres el futuro rey- la reina se acercó a su hijo con paso calmo y le tomó el rostro con ambas manos para mirarle a los ojos -La nuestra es una lucha que no tiene fin- sonrió triste la reina -Una lucha llamada política. Deja a un lado esas ideas, querido. Aléjate de la sombra de Nero-
-Nero no tiene nada que ver con mis pensamientos, madre-
-Pero acabas de hablar como él. Has hablado como alguien débil que decide soltar el arma, hijo mío. En nuestra sangre llevamos la bendición de Leviatán, su poder mágico y su legado. No podemos permitirnos ser menos que aquellos que han sido abandonados por su gracia- Vian asintió despacio tras un momento de silencio.
-Sí, madre...-
-Sé que lo entiendes- la reina se puso de puntillas para llegar a besar la frente de su hijo, tan alto y hermoso -Te necesito fuerte para poder ser fuerte yo misma, cielo. Necesito saber que conservas tu ardor guerrero y que serás un grandísimo heredero y un enorme ejemplo para tu hermano Lucce-
-Lo seré, madre- afirmó con una sonrisa apagada -Seré lo que estoy destinado a ser-
-Así me gusta- rió Selana -Y ahora he de dejarte por un momento. Ahora que te encuentras mejor es un buen momento para avanzar en los planes de boda y, considero, es necesario que a tu prometida se la conozca oficialmente en Aeter-
-Me parece espléndido- asintió Vian -Trabaja tranquila, madre. Estaré aquí. Estaré bien- Selana se despidió con una caricia en el brazo de su hijo y se marchó, dejándolo solo. Vian volvió a girarse hacia la ventana con el rostro consternado. Se miró las manos, a esas marcas circulares como dos soles grabados a fuego en sus palmas. Estaban húmedas, rojas: supuraban sangre. Últimamente, sangraban más que de costumbre -Lo que estoy destinado a ser...- cerró los puños con intenso dolor -Un cadáver...- pegó un violento puñetazo a la pared.
Mientras tanto, Selana se dirigió a paso ligero hacia la habitación de Anya. Para variar, abrió la puerta sin llamar con total intención de pillarla con las manos en la masa, fuese lo que fuese lo que la chica estaba haciendo. Para continua decepción de la reina, Anya como de costumbre sólo se estaba dedicando a leer historia de Aeter y demás insulsa cultura general del reino. Siempre tan perfecta, siemper tan dispuesta... que no conseguía quitarse la mala espina que se le clavaba cuando la veía -Buenos días Anya- sonrió falsamente.
-Buenos días majestad- Anya soltó el libro y se puso en pie con total galantería
-Acompáñame ¿Quieres? Hoy tienes una importante labor que cumplir-
-¿Una labor, majestad? Me congratula pero... ¿Os parece bien?-
-Soy yo quien te la está encomendando a fin de cuentas- el tono de Selana fue difícil de controlar -¿Tú que crees?-
Apenas le dio tiempo a recoger el libro para guardarlo en la estantería como era debido dado a que Selana parecía tener cierta impaciencia para cuando quería algo. Arrastró a Anya por el pasillo de forma figurada, caminando por delante de ella a un paso acelerado pero sin aparentar prisa ninguna. A la princesa de Carstad le sorprendía aquella enorme soltura que poseía Selana para moverse como una centella. Quizá se debía a sus largas piernas. No dejaba de ser impecable, de todas formas, la forma en la que se movía. Parecía casi levitar por el suelo.
-¿Puedo saber hacia dónde nos dirigimos, majestad?- preguntó Anya con paciencia.
-A la Sala de los Pilares, querida- dijo con toque altivo -Supongo que no te acordarás-
-Si me disculpáis alteza, creo que no se me ha presentado esa sala aún-
-¿Ah no?- rió Selana -Qué tonta soy. Qué torpe por mi parte-
-No digáis eso-
-Puedo decirlo, Anya. Solo yo puedo decirlo, pues soy la reina- aquello sonó a amenaza indirecta que a Anya no se le pasó por alto. Al igual, el no conocer esa sala de antemano le hacía ver que le faltaban esquinas que investigar y lugares en los que indagar. Aún así, la forma en la que Selana se dirigía a ella parecía intencionada ¿Qué hubiese pasado si Anya hubiese conocido ese lugar sin que la reina se lo enseñase? Debía tener tantísimo cuidado que empezaba a sentir que sola, realmente, no iba a poder conseguir nada de lo que planeaba.
La puerta de la susodicha Sala de los Pilares no dejaba que desear tras un nombre tan sugerente y exótico. Se encontraba en una de las plantas más altas de palacio, por lo que el viaje en ascensor para subir fue largo y silencioso, tan tenso que se podía cortar con una espada roma incluso. La Sala de los Pilares estaba tan cerca del ascensor, o al menos su entrada, que parecía abarcar el piso por completo. La puerta estaba custodiada por cuatro estatuas de cuatro trajes de batalla engarzados en distintas piezas de armadura y portando diferentes armas. Parecían ser una muestra de honor a algunos viejos guerreros que parecían custodiar el lugar.
-Es aquí, la famosa Sala que desconocías. Te aseguro, querida, que a partir de ahora lo recordarás-
-Sí, majestad- asintió Anya -Sin duda-
-Nero y Lucce están aquí. Descuida, tras el problema de la semana pasada, hoy es Lucce quien se ocupará de ti-
-¿Lucce...?- al preguntarse, Selana abrió las enormes puertas de la Sala. Tras la misma, de pronto, apareció una oleada de sonidos que casi ensordecieron a la princesa. Efectivamente, la Sala era la planta entera y no era distinto a un pabellón de combate: se trataba de una extensísima habitación sostenida por un sin fin de pilares hasta donde acababan las paredes, haciendo del lugar un extraño estadio en minatura donde en el centro se encontraba un campo de batalla. Allí pudo reconocer a Nero y a Lucce, además de a cuatro figuras más que desconocía.
-¡Madre! ¡Anya!- la cantarina voz de la preciosa Stelaris se dejó oír conforme se acercaba dando brincos hasta su madre y su futura cuñada. Ya estaba precisamente vestida para la ocasión dado que sabía de antemano que su madre iba a enviarla a ella junto a Lucce a hacer unas comparecencias. Anya aún no sabía a dónde iba a ir a exactamente ni a hacer qué, pero a su juicio y por lo vaporoso y ciertamente revelador del traje con respecto al cuerpo, parecía que a una fiesta de moral bastante relajada.
-¿Y mi pequeño?- sonrió Selana.
-Ahí está- señaló con la cabeza -Dándolo todo. Me temo que va a dormir como un bebé después de las comparecencias. Nero está dándole una paliza- rió divertida.
-¿Nero? ¿Una paliza?- Anya no es que se sorprendiera, pues ya había visto que Nero estaba en la zona de combate. Su instinto, sin embargo, la llevó a estudiar el resto de la gigantesca estancia para encontrar a Nashra. Efectivamente, allí estaba, con sus manos entrelazadas sobre su regazo y una sonrisa enormemente estúpida y enamorada de su esposo, que se encontraba en una durísima sesión de entrenamiento.
En el centro, un descamisado y sudado Nero se enfrentaba a un descamisado y sudado Lucce que a duras penas podía sostener ya la espada. Nero esta vez hacía uso de su espada doble, no como cuando luchó contra Anya. A Lucce le respaldaban cuatro figuras más.
-¿Puedo... saber quiénes son esos? ¿Son soldados comunes?- Anya preguntó sabiendo que no era así. Sus vestimentas eran diferentes, eran uniformes enormemente similares a las estatuas de la puerta.
-Son los Cuatro Caballeros del Rey- explicó orgullosa Stelaris.
-Cuatro Caballeros...- musitó Anya, pensativa. No contaba con tropas de élite, que era a lo que sonaba.
-Son los cuatro soldados más eficientes y poderosos de Aeter. Están solo un peldaño por debajo de Helion y Vian- comentó Selana.
-¿Vian... combate?- Anya torció la boca en un gesto de incomprensión.
-Combatía, antaño. En su adolescencia era capaz de desarmar a su padre- sonrió nostálgica -Era prometedor. De no haber sido por la enfermedad, la maldición...- negó con la cabeza -Vian hubiese sido el rey más grande que Aeter hubiese tenido jamás. Los confines del reino se hubiesen extendido más allá del mar, a las Tierras de los Umbrales-
-Debió de ser todo un espectáculo- fingió sorpresa Anya, enfatizando el tiempo pasado en sus palabras.
-Sí, lo era- aceptó Selana con resquemor y poca paciencia -Ahora es Nero el capitán de la guardia, el que está por encima de los Cuatro Caballeros y por debajo del Rey-
-Después de la última vez le dije a mi padre que te hiciese a ti la capitana- rió Stelaris -Menuda paliza le diste a Nero. Viéndole entrenar ahora, está clarísimo que está esforzándose por primera vez en años- explicó -Le has venido bien, Anya. Le has estimulado-
-Como a todos- inquirió Selana de forma ambigua.
El enfrenamiento llegó a su fin cuando Nero bloqueó el último ataque de Lucce y lo derribó empujándolo con el peso de su cuerpo hacia un lado. Los Cuatro se lanzaron a la vez al ataque después de que Lucce cayera y Nero hizo gala de sus verdaderas habilidades de combate portando su arma predilecta: haciéndola girar de forma perfecta, bloqueó y desvió los golpes de los terribles Caballeros, que eran tan rápidos como centellas y eficaces como máquinas. Anya se martirizó por obviar detalles tan importantes como fuerzas de élite que pudieran suponerle un problema tan grande a la hora de enfrentar a la casa Aeter. Se fijó, sin embargo, que dos de las cuatro figuras eran mujeres. Una, en concreto, parecía ser la líder del grupo. Los dirigía con enorme precisión y conseguían retener a Nero con total precisión, hasta que finalmente el príncipe agarró a uno de los caballeros, lo obligó a arrodillarse de una patada y le colocó la hoja en el cuello. Se oyó un gritito de angustia de Nashra, temiendo ver un asesinato.
-¡Nero, detente!- ordenó Selana. El combate terminó ahí. Anya observaba expectante ¿Realmente iba a matar a un Caballero? Para sorpresa de nadie, Nero le soltó y todos adoptaron una pose amistosa. Lucce reía a carcajadas.
-¡Menuda paliza!- Nero le ayudó a ponerse en pie. Tenía el mismo semblante serio y apagado de siempre. Anya se fijó en que la herida ya estaba prácticamente curada en su costado, pues solo restaba que se le terminase de quitar la irritación de la piel y quedase la cicatriz plateada. Viéndolo semi desnudo, no estaba del todo mal el principito. Aunque no por atractivo sino por sorprendente, el cuerpo de Lucce también destacaba; su cara de niño no hacía juego con su cuerpo y sus músculos tan definidos. Realmente era horrible desde un punto de vista crítico, pues significaba que llevaba ya años preparándose para la batalla siendo aún tan joven -¿Has visto, madre? Nero es genial-
-Sí... genial- musitó con desgana la reina mientras los combatientes se acercaban.
-Sois espectaculares, todos- aplaudió Stelaris -Y qué buenos estáis, malditos-
-¿Te importaría no hacer esos comentarios, Stelaris?- Selana frunció el ceño con suficiente gravedad para borrar la sonrisa del rostro de su hija -Si se llegase a enterar alguien de algo así empezarían las habladurías sobre nuestro linaje ¿En qué clase de familia has visto que una mujer vaya haciendo semejante comentarios de sus hermanos y más aún del pequeño?-
-L-lo siento, es solo que me vuelvo muy efusiva-
-Efusiva no es la palabra- dijo inquisitiva la reina -Lucce- cambió de objetivo -Dúchate y prepárate. Hoy os toca la visita al orfanato Callidher-
-¡Es verdad! ¡Lo-lo había olvidado! ¡Nero, Nero, volveremos a entrenar en otra ocasión! ¿Vale? Leviatán... ¡¿Dónde tengo la cabeza!?- no paraba de llevarse las manos a la cabeza, sorprendido por su enorme falta de concentración en sus tareas -¡No tardo! ¡Ni un ápice! ¡Lo prometo!- dijo marchándose a toda velocidad. El silencio se hizo en la sala durante unos instantes.
-Obviemos lo oído- dijo Selana tras unos segundos de reflexión. Hasta Nashra se inquietó un poco por el comentario de Stelaris, que bajaba la cabeza avergonzada -Ellos son los Cuatro, Anya: Alastor, Siegrad, Frig y su líder, Vala, la mejor guerrera que conocerás jamás- dicho aquello, todos se quitaron sus yelmos y mostraron sus rostros, inclinando la cabeza ligeramente ante la princesa.
-Es un honor, sin duda- comentó Alastor, el primero en ser presentado. Lucía el cabello peinado hacia atrás y una barba recortada muy elegante. Tenía una forma de mirar muy curiosa e intensa -Princesa Stelaris, si no es molestia, quisiera saber dónde se encuentra vuestro marido. Tengo entendido que quería verme- hablaba sosegado y aterciopelado, paciente.
-Ah, eh... Sí, creo que Reven está ahora mismo con mi padre-
-De acuerdo. Gracias- se inclinó -Majestad, princesas y príncipe...- y se dispuso a marchar, seguido poco después por el resto de los Caballeros. Solo Vala se quedó junto a la reina.
-En lo que a vosotras respecta- dijo Selana mirando a Stelaris y Anya -Os toca ir con Lucce a Callidher. Hoy te vas a presentar al pueblo de forma oficial, Anya- la princesa de Carstad no pudo ocultar su sorpresa.
-Debe ser emocionante- sonrió la caballero Vala. Era una mujer resplandeciente, hermosa y poderosa físicamente, pues pese al traje se podían adivinar sus formas aguerridas. Nashra la miraba con admiración y envidia. Junto a Nero hacía una buena pareja de personas fuertes y luchadoras.
-Sin duda- comentó Nero poniéndose una camiseta gris de entrenamiento para cubrirse el cuerpo -A pasarlo bien- concluyó antes de marcharse seguido de Nashra.
-Tú ven conmigo, Vala. Tenemos unos asuntos que comentar-
-Sí, mi reina- dijo llevándose un puño a la altura del corazón con un golpe en el pecho.
-Aris, prepárala para la visita y cuéntale todo lo que debe saber- Selana miró a Anya de arriba abajo -Haznos sentir orgullosos querida- acabó secamente antes de partir.
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