jueves, 22 de agosto de 2019

ANYA

El brillo de la mañana se filtró a través de la fina lona que cubría la tienda en la que la princesa había descansado toda la noche. Al salir, se encontró con que los soldados recogían las pocas pertenencias que habían dejado en el suelo y a Nero lavándose las manos con un poco de agua. Por lo demás, todo era normal. El susurro del viento colándose entre los árboles, el cantar de los pájaros por la mañana e incluso el arrullo de un río cercano. Ni rastro de las sombras que les habían rodeado la noche anterior y que habían conseguido calar en las pesadillas de todos, casi con total seguridad.
— ¿Habéis dormido bien, alteza? — preguntó Logan, que en aquel momento recogía una mochila oscura con sus enseres del suelo, cerca de la chica. Por supuesto, frente al resto había recobrado su educación. 
— Más o menos.
— ¿Poco acostumbrada a dormir en el suelo?
— Poco acostumbrada a dormir escuchando continuamente las quejas fantasmales de esas... cosas — se quejó. Lo cierto era que, el simple hecho de recordarlos, hacía que sus vellos se pusiesen de punta. — Sé que en Carstad hay sombras, casi como en cualquier parte. Pero no imaginaba que aquí hubiese tantas concentradas en un mismo punto — murmuró. — Sin embargo, no recordaba que existiesen cuando era una niña.
— Ni yo — añadió Nero. Había estado escuchando la conversación. — Algo las ha provocado. — Ante sus palabras, nadie se atrevió a decir nada. La incertidumbre sobre aquellas criaturas reinaba no solo en Carstad, sino en Aeter también. Y eso a Anya le pareció muy, muy interesante.

El camino se retomó con prisa. Llegar a Ocian y conseguir las medicinas era algo tan primordial como urgente para todos. De aquella forma, ambos príncipes y los guardias condujeron durante toda la mañana. La carretera que seguían acabó desembocando en una más pequeña que bordeaba toda la costa, haciendo que Anya observase, después de mucho tiempo, el mar azul marcado por el brillo del sol. Obnubilada, no consiguió quitar ojo de la escena hasta que llegaron a la ciudad. Y allí, se quedó aún más maravillada.

Ocian era una pequeña ciudad costera, situada a lo alto de unos enormes acantilados rojizos. El relieve del terreno hacía que numerosas casas estuviesen ubicadas una sobre las otras, delineando estrechas calles con pendientes muy marcadas. Sin embargo, el encanto de aquel lugar era sobrecogedor. La tranquilidad de un lugar pequeño destacaba sobre las pocas personas que paseaban por aquel lugar, admirando las envidiables vistas que regalaban tener el mar tan cerca. Las casas, todas pintadas de un color blanco impoluto, estaban adornadas con numerosas plantas que sus dueños tendían a sacar fuera, quizás para presumir, o quizás para embellecer el lugar. Lo que más llamó la atención a Anya fue que muchas de ellas lucían en los tejados molinillos de viento, que giraban sin parar cuando la brisa del mar los azotaba. Algunos estaban hechos de un material tan luminoso, que los reflejos del sol hacía que desprendieran chispas luminosas. Era como si la ciudad estuviese llena de ... estrellas de sol. — La casa del doctor Decrán está en lo alto de la colina — explicó Nero a los soldados, sacando a la chica de su ensimismamiento. Que supiese donde vivía el hombre que prepararía aquellas Lágrimas de Mar, le hicieron entender a la princesa que aquella no era la primera vez que la familia real iba en busca de las mismas. — Vamos.

A su paso por los estrechos callejones ascendentes de piedra, las personas se quedaban mirando algo extrañadas. Era difícil saber si reconocían a Nero o no, pero sin lugar a dudas, les resultaba llamativo que un grupo de hombres vestidos de forma similar caminasen en grupo por el lugar. Quizá por ello, el príncipe comenzó a acelerar el paso, haciendo que todos se encontrasen frente a la casa del doctor en un pis pás.

La enorme casa, que más bien se trataba de una mansión, presentaba la misma fachada blanquecina que el resto de las casas de Ocian, seguramente, para no desentonar. Unas verjas altas de un gris muy claro separaban el hogar del resto de la población, denotando que había un estatus en aquel lugar que no era igual que los demás. 
Un soldado llamó a la puerta y un joven sirviente cruzó el diminuto jardín que separaba ambas entradas para recibirlos. No hicieron falta presentaciones ni explicaciones, dado que el uniforme de la guardia real hablaba por sí solo. El grupo entró en silencio en el hogar, quedando sólo un par de soldados fuera para vigilar. Nero iba en cabeza, seguido por Anya y el resto, que quedaron a esperas del recibimiento del doctor justo al lado de la entrada. El sirviente no tardó demasiado en avisar al médico, ya que éste apareció de forma acelerada y con rostro preocupado, vistiendo una bata cómoda de estar por casa. — ¡Príncipe Nero de Aeter! — El hombre, de pelo canoso y barriga prominente, hizo una torpe reverencia — ¿Algún problema? No recibí aviso de que vendríais.
— La preocupación de mis padres habrá conseguido que se les olvide hacer incluso las tareas más sencillas — comentó de forma seria, casi cortante. — Necesitamos más Lágrimas ¿Sería un problema tenerlas listas para hoy mismo?
— En absoluto, mi señor — aseguró el doctor con aire nervioso. — ¿Como esta vuestro hermano?
— Peor. Pero como ya sabes, tu silencio sobre el tema será recompensando. — El doctor asintió con la cabeza un par de veces, muy rápido pero de forma concisa. — ¿Para cuando estará listo?
— ¿Cuantos frascos necesitáis?
— Cuantos puedas producir hasta el atardecer. 
— En ese caso, mi señor, me pongo ahora mismo a ello. Estáis en vuestra casa —. 

El doctor salió corriendo de la casa, aun vistiendo ropas de dormir; y el único sirviente de la casa se movilizó rápidamente para adecentarla. Aquel día, hasta ese mismo momento, debió ser de descanso, puesto que no solo parecía que el doctor estuviese holgazaneando, sino que su sirviente también. La casa estaba un poco desordenada, con cojines tirados por el suelo y algunos adornos en un lugar incorrecto colocados. Nada que con rapidez, el chico no pudiese arreglar antes de que los soldados comenzasen a acomodarse en el salón. La decoración del interior, para Anya, dejaba que desear. Era antigua, apagada y lúgubre. Se preguntó por qué todos los médicos tenían aquel gusto tan pésimo. Las similitudes al interior del hogar del médico que estuvo tratándola cuando los Aeter destrozaron Branna, le hicieron recordar malas sensaciones que prefería haber guardado en un hueco bastante profundo de su mente. 

El día, desde aquel momento, comenzó a pasar demasiado lento. El doctor volvió con dos grandes jarras de agua de mar, la cual había recogido él mismo tras descender los acantilados por algún camino habilitado para ello. Después, se encerró en una habitación que había junto al salón. Anya había conseguido ver un poco de su interior desde fuera. Estaba repleta de frascos situados en distintas estanterías, así como plantas y cazos. También había una especie de hornillo e instrumental que resultó totalmente desconocido para ella. Tampoco pudo estudiarlos más, ya que el doctor se encerró a cal y canto y la diversión se acabó. Y, a partir de entonces, todo se redujo a mirarse los unos a los otros.
Aquello fue una pérdida de tiempo. Anya, que se había puesto en evidencia para conocer mejor a su enemigo, aquel día no estaba consiguiendo nada. ¿Como hablar con él delante de todos los soldados? ¿Como procurar que se abriese con tanta gente cerca? Además, su rostro permaneció toda la tarde serio y sombrío, con los ojos clavados en el suelo, sentado en un sillón. Algo le decía a la chica que no estaba muy por la labor de hablar. Volvía a ser el Nero infranqueable de siempre.

El aburrimiento acabó con los nervios de la chica, quien, después de comer, decidió que ya estaba demasiado cansada de estar sentada, mirando a la pared, como para seguir así. Salió del hogar sin avisar, de forma que Logan la siguió. Antes de cruzar el pequeño jardín hacia la salida, Anya le hizo un gesto con el brazo para que se detuviese. — No me sigas — le ordenó. La contundencia de sus palabras y el interés de sus ojos, de alguna forma, convencieron al soldado.
Respirar la brisa le aportó un poco de vida, que creyó haber perdido en aquella casa esperando. Con paso lento, se dedicó a pasear por los alrededores hasta que encontró un pequeño mirador que sobresalía del acantilado, obra de la ingeniería del hombre. La muralla que lo delimitaba era bastante alta, para evitar caídas, de forma que la princesa no temió apoyarse en ella. Tomando una gran bocanada de aire, el ambiente le supo a mar, a sal mezclada con arena, a calor, a sequedad y humedad. Branna, recordaba, a veces olía así.
— Me has dado una excusa para salir de allí — la voz de Nero a sus espaldas la sobresaltó. No esperaba que la siguiese, de forma que fue un auténtico triunfo tanto haber salido, como haberle negado a Logan que la siguiera. — Me consta que el doctor trabaja rápido, pero hasta que no termine... — Lentamente, el hombre se acercó hasta apoyarse en la muralla junto a la mujer. 
— No podía aguantar más. Me dolía el culo de estar sentada — aseguró ella. En sus posibilidades estaba haberse explicado con palabras menos claras, pero pensó que quizás el truco para hablar con Nero estaba en ser más natural.
— En cuanto termine, volveremos. Haremos un pequeño alto y se acabó. Estaremos de nuevo en Aeter muy pronto. — aseguró. — A no ser que no sea eso lo que quieres — añadió de forma repentina. Anya le miró sin comprender a donde quería llegar. — ¿Quisiste acompañarme por Vian o porque no soportabas estar allí encerrada un día más? — Sin lugar a dudas, aquella conclusión pilló a la chica desprovista de excusas.
— Es un poco... descortés que preguntes eso — se excusó, retomando su papel de mujer educada y entregada a su responsabilidad.
— Conmigo no tienes que fingir — soltó, devolviendo su vista al mar. — Hay algo que te motivó a salir de allí. Sólo quiero saber qué es.
— No finjo — mintió.
— Di lo que quieras — se encogió de hombros. — Pero es imposible que te hayas acomodado a nosotros en poco más de una semana. 
— Tu familia me trata muy bien. Solo quiero devolverles el favor.
— Si es eso lo que realmente quieres, quedarte junto a Vian hubiese sido más que suficiente. Pero tú querías venir, de corazón — reiteró. — Pero está bien, no respondas. — alzó un poco las manos, como si quisiera restar importancia a su intento de descubrirla. Anya, por su parte, se giró hasta que fue más fáciles que se mirasen cara a cara.
— Tú sí querías salir de allí — se aventuró a adivinar. Apuntarle a él ahora como el objetivo de la conversación, hacía que ella retomase el control de la misma. 
— ¿De qué hablas?
— De lo que creo que ocurre. En palacio apenas hablas, andas de aquí para allá cabizbajo. Stelaris y Vian me advirtieron de que eras un hombre muy apagado. Pero desde que has salido de allí, pareces otro. — aseguró la chica, entrecerrando los ojos.
— Vaya — guardó silencio unos segundos, con algo de asombro. — ¿Esa es tu conclusión? No sabía que estabas haciendo de detective por mi casa. ¿Que más has averiguado?
— Nada — contestó rápidamente, volviendo a darle la espalda. — Sólo quería... conoceros. A fin de cuentas, me voy a casar con Vian. — volvió a excusarse. Aquella vez no tuvo que fingir ninguna tonalidad. Su voz se apagó sin quererlo. De alguna forma el ambiente se tensó, haciendo que Anya estuviese segura de que ambos guardaron silencio por ideas distintas en sus cabezas.
— Vian es un buen hombre — alegó. — Sólo tiene que... superar esa maldición. 
— ¿Por qué es tan importante las Lágrimas? ¿Por qué hay que pedírselas a ese doctor? Nadie en Aeter sabe hacerlas? — preguntó curiosa. 
— Ven, acompáñame.

Nero echó a andar, dirigiendo a la chica hacia un camino que descendía por el acantilado. Cuanto más bajaban, más podía observar Anya como las olas rompían ferozmente contra las rocas, cuyas gotas poco a poco comenzaron a salpicarle los pies. Aunque con tanta ropa apenas pudo sentir frescor, agradeció aquellas pequeñas sensaciones, puesto que el sol empezaba a asfixiar. La camisa blanca se le había pegado a la piel, así como todos los cabellos sueltos que ya se habían escapado de la trenza. — Ten cuidado — advirtió el príncipe cuando llegaron al límite, cerca del lugar donde el agua y la pared de piedra se rozaban. Saltó sobre un par de piedras, hasta pisar un trozo de roca lista cerca de una abertura en la pared. El joven le ofreció la mano a la chica para ayudarla a llegar hasta su posición, pero ella le rechazó, pensando que de alguna forma volvía a subestimarla. Con un par de saltos, llegó hasta la abertura.
Una pequeña cueva se abría paso a través de las rocas. La erosión y el tiempo habían conseguido abrir aquel hueco que, ahora, parecía la boca de una bestia. Estaba lleno de rocas puntiagudas que emergían del suelo y colgaban del techo, así como numerosos charcos del agua de mar que entraba con cada ola. — Fíjate en esto — señaló, apuntando con su dedo a una de esas rocas que colgaba del la parte superior. De su punta, caían pequeñas gotas hasta caer en un charco en el suelo, curiosamente iluminado en un color turquesa precioso, como el resto del lugar. — Cuando la marea está alta, esta cueva queda totalmente sumergida. Pero cuando baja, queda tal y como la ves ahora. La naturaleza ha conseguido que el agua aquí sea especial.
— ¿Por qué? ¿Que tiene?
— Propiedades de la propia naturaleza. Estas gotas que caen lleva, quizá, desde anoche filtrándose a través de las rocas. Un día, el doctor decidió coger agua de aquí para preparar sus medicinas caseras y se dio cuenta de que eran más efectivas que unas normales. Quizá son los minerales, el propio suelo... o una bendición del mar.
— De Leviatán — añadió la chica, a lo que Nero asintió.
— De vez en cuando, en las recaídas de Vian, venimos aquí y encargamos al doctor que nos prepare unos cuantos frascos. Lo cierto es que ayudan a la mejoría de su estado, aunque con el tiempo vuelve a empeorar. Es como si Leviatán le concediese favores temporales.
— ¿Y este brillo? — preguntó la chica, llevando su mano al charco que había entre sus pies. Seguía emitiendo la misma luz celeste.
— Una demostración más de que este agua no es normal — terminó por decir. Anya se quedó verdaderamente asombrada, porque, aunque no quiso decirlo en voz alta, aquel lugar era precioso. Estaba segura de que numerosas parejas habrían acudido allí a hacerse promesas de amor.
— Tú... Te preocupas mucho por Vian ¿Verdad? — preguntó la princesa al azar entre un abanico de cuestiones que podría haberle hecho para conocerle. Para su sorpresa, no encontró respuesta. Se vio obliga a mirarle a los ojos, encontrándose con que él también lo hacía, con un rostro a caballo entre la incertidumbre y...
— ¡Alteza! ¡Mi señora! — La voz de Logan resonaba por todas partes. Debía estar en el camino que descendía hasta el lugar, buscándoles. Ese hombre... ¿A que demonios estaba jugando?
— Es el doctor — aseguró Nero. — Tiene lista las Lágrimas. 



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