ANYA
Sentir a alguien familiar cerca fue como una dosis de tranquilidad para la princesa, que hasta aquel mismo día, había vivido un sin fin de horas de tensión, poco sueño y maquinaciones constantes. Era como sentirse respaldada, saber que si algo ocurría durante aquellos días, alguien estaría ahí para protegerla. Quizá por ello, cenar en reunión aquella noche no le pareció tan mala idea.
Hasta entonces, desde que Anya llegó a palacio, la chica había acostumbrado a cenar sola o acompañada de Stelaris, Lucce y alguna vez que otra Vian. Las cenas familiares se daban para acontecimientos especiales, como aquel. Recordar las tensiones de su primer día en palacio, en aquella primera cena, hizo que se le erizaran los vellos de la piel mientras tomaba asiento junto a Vlad y sus hermanos, en una mesa mucho más grande de un comedor mucho más grande y mejor decorado que el que recordaba. Y sabía perfectamente que aquella noche, con dos familias tan distintas sentadas una frente a la otra, lo difícil sería que no hubiese enfrentamientos. Pero le daba igual. Estaba con Vlad y eso era lo que le importaba.
La cena se sirvió deprisa y en abundancia. Cuatro cuencos de sopa, seis pollos asados, ocho platos de patatas cocidas y doce de queso. Además, había numerosas jarras de kormac, así como pastelitos decorando el centro de la mesa esperando a ser servidos durante el postre. Después de un día tan emocionante como aquel, el estómago le rugía a la chica, que no encontraba el momento en el que todos empezasen a cenar. Por suerte, los hijos de Stelaris y Reven, en un alarde de mala educación excusada en su corta edad, lanzaron sus manos directas al pan y al queso y comenzaron a comer. La regañina de su padre sirvió como inicio para que todos comenzasen a imitarlas, de forma que dos segundos después casi todos tenían la boca llena.
— Kara y Edric. Son dos demonios en miniatura — comentó su madre con tono distraído. Anya los había visto pocas veces, puesto que Stelaris y Reven eran los únicos que no vivían en palacio y normalmente los críos se quedaban en casa. Pero sabía que apenas los separaban dos años de edad y que la menor apenas había empezado a aprender hablar.
— Niños, son una bendición — brindó Selana, sonriente y orgullosa de pavonear de su familia frente a los invitados. Anya empezaba a conocerla en profundidad. No había nada que le gustase más que quedar bien frente a terceros. Eso, y su hijo.
— Y que lo diga, Majestad. Ardo en deseos de que sus risas y sus pasos acelerados inunden mi hogar pronto — aseguró Vlad. La princesa arqueó una ceja, impresionada por la capacidad de actuación de su padre. El emperador odiaba a los niños.
— ¿Sus hijos aun no están casados? — preguntó la reina con aires de superioridad.
— Por desgracia, no. Intento buscar una buena esposa para Alek. Mis vasallos tienen numerosas hijas, todas en edades casaderas. Sería descortés elegir a una por encima de las demás sin dar buenos argumentos — explicó. Mientras, Alek le lanzaba miradas fugaces a Stelaris. — Y Lev... es complicado de casar — aseguró, extendiendo una mano hacia el joven hasta que le tomó el hombro, lo que le hizo casi atragantarse con su tercera copa de kormac. — Me alegro de que al menos Anya haya sido acogida en este hogar. Parece mentira que en unos días vaya a casarse. Si cierro los ojos, puedo ver a la cría que decidió salir desnuda en mitad de la nieve asegurando ser invencible. Se pasó una semana completa metida en la cama con unas fiebres tan altas que pensé que la perdía — confesó, lo que hizo que Anya se atragantase con la comida. Esa historia era cierta.
— ¡Padre!
— ¿Qué? Hacías unas locuras muy extrañas. Eras una niña muy imprudente. — añadió. Nashra, que estaba sentada junto a Nero, no podía dejar de reír. Su sonrisa era tan dulce y coqueta que captó la atención de los dos hermanos de Carstad al instante. — Así que espero que tus hijos no hereden tus genes. Vian parece un muchacho más tranquilo — aseguró. Anya captó la maldad tras aquellas palabras, y no fue la única. Todos se quedaron en silencio ante aquella supuesta falta de conocimientos sobre la salud del príncipe. — En fin. Aun es pronto para hablar de hijos. — añadió, tomando un trozo de carne.
— Pues a mi me haría mucha ilusión tener sobrinos pronto — aseguró Stelaris, apoyando su barbilla sobre el dorso de sus manos. Miraba a Anya, pero de vez en cuando devolvía la mirada a Alek. Todos empezaban a darse cuenta.
— A mi también, por supuesto — dijo Alek, peinándose los cabellos oscuros hacia atrás. — Aunque pensaba que vos ya tendríais. Sois una familia muy numerosa — confesó con una voz encantadora.
— Eso quisiera yo. Pero Lucce es muy pequeño y Nero... — hizo una pausa.
— Nero debe estar haciendo algo mal — bromeó Reven, que tras dar un sorbo de su copa, abrazó por el hombro a su mujer con un brazo, como si quisiese demostrar algo. Nero, por su parte, le lanzó una mirada amenazante y Alek una llena de superioridad. Nashra, de mientras, se sonrojó. Y ahí estaba: la tensión. Lo único que no esperaba Anya, es que el culpable de formarla fuese su hermano en vez de su padre.
— Tiempo al tiempo — dijo Selana con cierta incomodidad.
— Por supuesto. El pacto estará forjado una vez Anya y Vian se prometan frente a Leviatán, eso es lo que importa — recordó Vlad. — Es una suerte que gracias a esta alianza entre ambas casas, lleguen buenos años de tranquilidad y paz. Estoy deseando que nuestras fronteras se abran para negociar en todo cuanto necesitemos.
— Por supuesto, Vlad — sonrió con aburrimiento Helion. — Sobre todo a sabiendas de que vuestra tecnología y nuestro poder podrían hacer grandes avances para esta sociedad.
— Por supuesto, querido amigo. Y ante todo, procurar una sola cosa: que no vuelva a repetirse jamás lo que ocurrió en Branna.
El ambiente se congeló unos instantes, al menos para Anya. No esperaba que su padre fuese capaz de hablar de un tema tan sensible como aquel, sobre todo con ella y sus enemigos cara a cara. El trozo de carne que estaba comiendo se quedó en su boca, a esperas de terminar de ser masticado largos segundos después. Había dejado de sentir hambre en aquel preciso momento.
— Eso no ocurriría, querido Vlad — apuntó Selana. — La situación de Carstad no es la de Branna. Lo que ocurrió, sucedió porque la situación no podía desembocar de otra manera.
— Por eso espero que la situación de paz se prolongue durante muchos años. Nosotros al menos no adoramos a ninguna deidad. — prosiguió el emperador.
— Quien busca sangre, con sangre paga — concluyó el rey.
Anya, que en todo momento había mantenido la mirada fija en la comida, sintió el impulso irrefrenable de levantar la vista del plato y mirar a los reyes. Sintió como su padre le ponía una mano en la rodilla por debajo del mantel, sin embargo, aquel no fue estimulo suficiente para poder callar. — Majestades ¿Podríais contarme que sucedió en Branna?
— ¿A caso no lo sabes, muchacha? — preguntó Selana.
— Claro que lo sabe — se interpuso Vlad. — La educación de mi hija es exquisita.
— Pero ningún libro de historia y ningún instructor te muestran el punto de vista de las partes que participaron en una guerra. No de la forma en la que se aprendería si los tuviese delante, como hoy — insistió con seriedad. Sintió que todos los ojos apuntaban a ella, pero le dio igual.
— Bien — comenzó Helion, sirviéndose más kormac. — La familia Branna estaba compuesta de bárbaros. No solo ella, todo el reino era incivilizado. Adoraban a una deidad irracional, devastadora y demasiado peligrosa.
— Ifrit — recordó la princesa. — Pensaba que era una deidad guardiana.
— Era un arma — sentenció con dureza — Aquel poder era amenazador para cualquier reino colindante, como Aeter y Carstad. Todos los problemas que acontecían querían que se resolviesen con sangre y guerra. Nuestra familia vivió durante años con el miedo de ser atacados por los Branna cuando éstos estimasen que las negociaciones entre los reinos no eran de su absoluto gusto. Así que, los Aeter, comprendimos que poner punto y final a aquella amenaza era lo mejor para todos. — explicó.
— Y atacar sin ser previstos es la mejor baza de un estratega — recordó la muchacha.
— Así es. Pero piénsalo de otro modo. Si nosotros no hubiésemos acabado con ellos, ellos hubiesen acabado con nosotros —. Ante aquellas palabras, a Anya no le quedó más remedio que asentir. Sin embargo, estaba apretando demasiado el cuchillo con el que anteriormente había cortado la carne y el cual aún no había soltado. La rabia la inunadaba. Sabía que todo cuanto decía era mentira. Su padre, según lo poco que recordaba de él, era un hombre pacífico, entregado a su familia y dispuesto a servir a la misma, pero no era un criminal. No era un asesino. No lo era.
— Ha sido demasiado blando, Majestad — se interpuso Reven. — Hablando claro, Anya — se dirigió a ella, señalándola con el dedo — Los de Branna eran unos brutos. Unos incultos analfabetos que nada podían hacer ante nuestra superioridad en todos los aspectos. No se les puede dar tanto poder a unos cualquiera que no saben manejarse. Lo que ocurrió fue lo que ocurre en cualquier grupo de seres vivos. Gana el mas fuerte. Nosotros ganamos. — concluyó, dando un golpe a la mesa. Anya le miró con dureza, tragando saliva. Empezaba a sentirse tan humillada que no sabía cómo y de qué manera controlar aquellos humos. De repente, la forma en la que asesinaría a Reven se dibujó en su cabeza. Y se prometió que sería muy, muy lenta.
— No gastes esos humos hablando, Reven, Te vuelves muy excitado cuando hablas de Branna — le corrigió Stelaris.
— Sólo digo lo que pienso.
— Y eso está bien, querido yerno. Pero recuerda que estás hablando con la hija del emperador. Sin él, el ataque a Branna hubiese sido imposible.
— ¿Ah, sí? — preguntó Anya de sopetón.
— No hice nada — declaró Vlad con seriedad.
— Exactamente. Te abstuviste en el asunto. Permitiste que nuestras tropas entrasen en el reino sin oponer vuestra resistencia e incumpliendo el pacto de amistad que teníais con el Sultán. — concluyó Helion.
De repente, Anya sintió que el mundo se le venía encima. Quedó aislada, en su propia mente, de todo cuanto estaba aconteciendo a su al rededor. ¿Vlad un traidor? No podía ser, no podía ser cierto. Vlad la acogió cuando ella más lo necesitaba y le ofreció todo cuanto tenía para convertirla en la mujer que ahora era. Y jamás le hubiese mentido. Jamás. Pero... ¿Por qué no se excusaba? ¿Por qué no se ponía en pie y afirmaba que todo cuanto Helion decía era mentira? En vez de eso, el emperador alzó su copa y brindó con sus nuevos aliados. La princesa se sintió desplazada, incapaz de formar parte de los pensamientos de su padre. — ¿Todo bien? — preguntó Nero, que cruzado de brazos, la había estado observando.
— Sí.
— Estás un poco pálida, Anya. ¿Te sientes bien? — insistió Nashra con aquella voz angelical que la caracterizaba.
— Sí, de verdad. Es un poco complicado para mí todo esto. Y la boda está tan cerca...
— ¿Estás nerviosa, hermana? ¿De verdad? Te hacía por una mujer más dura — aseguró Alek.
— Es normal estar nerviosa. Yo lo estaba, muchísimo — aclaró Nashra. — A día de hoy lo sigo estando a veces.
— ¿Qué vas a dejar para la noche de bodas? — preguntó Lev, sin pelos en la lengua.
— ¡Oh, hijo! Pero ¿Qué le dices a tu hermana?
— Por favor, parad — rogó la princesa, con la voz más inocente que pudo componer en ese instante. Su voz sonó tan parecida a la de Nashra, que todos hicieron caso. — ¿Podéis... disculparme? Creo que no me estoy encontrando bien. — Anya no tuvo que decir nada más. Se levantó de la silla y salió corriendo del comedor.
En el jardín, el ambiente nocturno era mucho más tranquilo. Olía a jazmín y a humedad, y el único sonido que rompía el silencio era el de un par de tórtolas que canturreaban sobre una farola medio iluminada. La princesa intentó dejar la mente en blanco y pensar en ellas, en su plumaje soso y en los sonidos tan desagradables que hacían. Había pasado muchos, muchísimos años entrenándose a cualquier cosa para superar cualquier prueba que tuviese que sufrir con los Aeter, pero no estaba preparada para descubrir mentiras. Por eso, al comprobar que Vlad se había escapado de la cena y la había seguido apenas unos segundos después, sintió que iba a estallar.
— Me han dejado ir con el pretexto de tener que socorrer a una hija apurada.
— ¿Ah sí? Se te da muy bien mentir — aseguró con veneno en los labios, incapaz de mirarle a la cara.
— Anya...— murmuró su padre, tomando asiento junto a ella, en un banco de la zona céntrica del jardín. — ¿Qué te pasa ahora?
— No me hables como si tuviese una pataleta de niña caprichosa, porque te juro que te clavo un puñal ahora mismo en el cuello — le amenazó.
— Guarda los instintos para todos esos que se están riendo ahora a tu costa por tus fingidos nervios de novia Y baja el tono. No sabemos cuando podrían oírnos — susurró.
— Me has mentido — dijo Anya, con tanta rabia que los ojos se le pusieron rojos.
— Yo no te he mentido.
— ¿Ah no? ¿Entonces por qué no me dijiste que ayudaste a Helion?
— Yo no lo ayudé, me abstuve. Pero Helion transforma las palabras a su ventaja como quiere ¿O es que no te has dado cuenta?
— Tenías un pacto con mi padre... tenías que ayudarle.
— Y lo habría hecho de tener más poder y más posibilidades. El poder que tengo ahora no es el que tenía hace veinte años, Anya. La teconolgía, las armas, el ejército... todo eso vino después. Antes, Carstad era un imperio destartalado, nacido de la nada y desprovisto de protección. ¿Qué querías que hiciera? ¿Meterme en una guerra que supondría la muerte de miles de indefensos? — preguntó, aplacando los nervios de la princesa. — No tuve otra opción.
— Pero no me lo contaste.
— No quería hacerte daño.
— Nada — aclaró — Nada puede hacerme daño ya. Nada me duele, nada me pesa. No siento nada más que rabia y deseos de venganza. Pero viniendo de ti... cualquier cosa me dolería. — confesó con un ligero dolor en la voz.
— Anya... si comprendieras lo complicado que es para mi ser tu padre...
— ¿Anya?
Padre e hija guardaron silencio. La tímida voz de Nashra llegó hasta sus oídos. La chica estaba de pie junto a un seto, en el principio del camino adoquinado que cruzaba todo el jardín. Vlad se puso en pie, mientras que la princesa se quedó quieta, tensa. Había bajado la guardia y no la había notado llegar. ¿Y si había escuchado algo? — Cielo, creo que tienes a alguien esperándote.
— Puedo irme si lo necesitáis
— Oh, no. En absoluto. Yo ya me iba. Tengo que regresar con Helion. Sería muy descortés por mi parte no terminar la cena estrechando brazos y copas entre ambos — aseguró, caminando en dirección a la chica y dejándola atrás. Anya prácticamente se quedó con las palabras aun en la boca, por lo que acabó sintiéndose algo rota.
— ¿Te encuentras bien?
— Ya te he dicho que sí, Nashra. Estoy bien — contestó de forma borde. No midió sus palabras, de forma que la joven muchacha se quedó callada, impactada por que alguien le hablase de aquella forma. Más aún, una princesa tan educada como ella. — Perdón. Lo siento mucho. No quería que sonase tan mal.
— No te preocupes. Es normal — alegó — Sólo quería comprobar que estabas bien. Me dejaste muy preocupada.
— ¿Te preocupas por mi?
— Claro — confesó — Quiero decir... Viviremos juntas durante mucho tiempo. Aunque no seamos familia, vamos a convertirnos en algo parecido y...
— No necesito que te expliques. Te lo agradezco.
— ¿Puedo sentarme? — preguntó la chica, que ante falta de contestación, se lo tomó como un sí.
— Deberías estar cenando, Nashra. Los demás te echarán de menos y la comida se enfriará.
— ¿Sabes? No tengo mucha hambre. La cena esta siendo muy rara.
— Ya... yo también lo creo.
— ¿Aun nerviosa? — Anya prosiguió con su silencio. Lo que menos necesitaba en aquel momento es que una muchacha intentase reconfortarla. Menos aún una que se acostaba con su enemigo. — Cuando yo iba a casarme con Nero, tambien pasé unos días muy nerviosa. La cena, los invitados, el vestido... y el novio. Todo, todo me ponía nerviosa. No sabía como actuar ni como comportarme ante mi nueva familia. Tenía la sensación de que me ahogaba al hablar con ellos. ¿Es eso lo que te pasa?
— Sí... algo así — mintió.
— Yo... desearía haber tenido a una amiga que me diese consuelo en aquel momento.
— ¿Tan mal lo pasaste?
— Quería que la tierra me tragase — aseguró con una sonrisa en los labios. — Porque yo... amo a Nero. Con todo mi corazón. Siempre le quise y temía no ser suficiente para él. Sigo pensando a día de hoy que no soy suficiente para él.
— Pues yo veo a una pareja muy... ¿bonita? No sé. Se os ve bien — confesó Anya. De forma inesperada, la charla empezaba a relajarla.
— Ya, eso es lo que se ve por fuera... Por dentro me sigo sintiendo como tú. Nueva. — sonrió — Lo que quiero decir es que no tienes por qué tener miedo a ese sentimiento de incomodidad constante. Va a ser algo normal a partir de ahora, parte de tu día a día. En ti está en saber controlarlo.
— ¿Qué haces tú?
— Me digo a mi misma que, si estoy aquí, es por algo. Si los reyes me eligieron es porque soy una buena oportunidad para la familia. Y mi matrimonio no lo va a romper nada. Nunca. Está sellado — confirmó con seguridad y un brillo en los ojos encantador. — Además. Seguro que tú lo tendrás más fácil que yo. El ser desconocidos complica un poco las cosas al principio, pero tú, Anya, eres maravillosa. Sé te da bien luchar y defenderte. Tienes carisma y eres muy guapa. Todos se fijan en ti ¿Sabes? Me he fijado en como todos te miran. Incluso yo te admiro de cierta forma... y Nero — alegó con remordimiento. — Vas a gustarle a Vian muy rápido y se sentirá orgulloso de que seas su esposa.
— Ya, supongo...
— Ya verás. Todo va a ser más fácil a partir de ahora, te lo aseguro. Una vez pase la boda, nos tendremos la una a la otra. — concluyó, tomándole la mano a la princesa y rodeándola con las suyas propias. Unas manos suaves y aterciopeladas. Anya se quedó mirándola, sin palabras, contemplando sus ojos claros y su pelo ondulado. Era preciosa. Pero también era inocente. Y nadie que se aliase con una asesina acabaría bien... nunca.
— Me digo a mi misma que, si estoy aquí, es por algo. Si los reyes me eligieron es porque soy una buena oportunidad para la familia. Y mi matrimonio no lo va a romper nada. Nunca. Está sellado — confirmó con seguridad y un brillo en los ojos encantador. — Además. Seguro que tú lo tendrás más fácil que yo. El ser desconocidos complica un poco las cosas al principio, pero tú, Anya, eres maravillosa. Sé te da bien luchar y defenderte. Tienes carisma y eres muy guapa. Todos se fijan en ti ¿Sabes? Me he fijado en como todos te miran. Incluso yo te admiro de cierta forma... y Nero — alegó con remordimiento. — Vas a gustarle a Vian muy rápido y se sentirá orgulloso de que seas su esposa.
— Ya, supongo...
— Ya verás. Todo va a ser más fácil a partir de ahora, te lo aseguro. Una vez pase la boda, nos tendremos la una a la otra. — concluyó, tomándole la mano a la princesa y rodeándola con las suyas propias. Unas manos suaves y aterciopeladas. Anya se quedó mirándola, sin palabras, contemplando sus ojos claros y su pelo ondulado. Era preciosa. Pero también era inocente. Y nadie que se aliase con una asesina acabaría bien... nunca.