jueves, 29 de agosto de 2019

ANYA

Sentir a alguien familiar cerca fue como una dosis de tranquilidad para la princesa, que hasta aquel mismo día, había vivido un sin fin de horas de tensión, poco sueño y maquinaciones constantes. Era como sentirse respaldada, saber que si algo ocurría durante aquellos días, alguien estaría ahí para protegerla. Quizá por ello, cenar en reunión aquella noche no le pareció tan mala idea. 
Hasta entonces, desde que Anya llegó a palacio, la chica había acostumbrado a cenar sola o acompañada de Stelaris, Lucce y alguna vez que otra Vian. Las cenas familiares se daban para acontecimientos especiales, como aquel. Recordar las tensiones de su primer día en palacio, en aquella primera cena, hizo que se le erizaran los vellos de la piel mientras tomaba asiento junto a Vlad y sus hermanos, en una mesa mucho más grande de un comedor mucho más grande y mejor decorado que el que recordaba. Y sabía perfectamente que aquella noche, con dos familias tan distintas sentadas una frente a la otra, lo difícil sería que no hubiese enfrentamientos. Pero le daba igual. Estaba con Vlad y eso era lo que le importaba. 

La cena se sirvió deprisa y en abundancia. Cuatro cuencos de sopa, seis pollos asados, ocho platos de patatas cocidas y doce de queso. Además, había numerosas jarras de kormac, así como pastelitos decorando el centro de la mesa esperando a ser servidos durante el postre. Después de un día tan emocionante como aquel, el estómago le rugía a la chica, que no encontraba el momento en el que todos empezasen a cenar. Por suerte, los hijos de Stelaris y Reven, en un alarde de mala educación excusada en su corta edad, lanzaron sus manos directas al pan y al queso y comenzaron a comer. La regañina de su padre sirvió como inicio para que todos comenzasen a imitarlas, de forma que dos segundos después casi todos tenían la boca llena.
— Kara y Edric. Son dos demonios en miniatura — comentó su madre con tono distraído. Anya los había visto pocas veces, puesto que Stelaris y Reven eran los únicos que no vivían en palacio y normalmente los críos se quedaban en casa. Pero sabía que apenas los separaban dos años de edad y que la menor apenas había empezado a aprender hablar.
— Niños, son una bendición — brindó Selana, sonriente y orgullosa de pavonear de su familia frente a los invitados. Anya empezaba a conocerla en profundidad. No había nada que le gustase más que quedar bien frente a terceros. Eso, y su hijo. 
— Y que lo diga, Majestad. Ardo en deseos de que sus risas y sus pasos acelerados inunden mi hogar pronto — aseguró Vlad. La princesa arqueó una ceja, impresionada por la capacidad de actuación de su padre. El emperador odiaba a los niños.
— ¿Sus hijos aun no están casados? — preguntó la reina con aires de superioridad.
— Por desgracia, no. Intento buscar una buena esposa para Alek. Mis vasallos tienen numerosas hijas, todas en edades casaderas. Sería descortés elegir a una por encima de las demás sin dar buenos argumentos — explicó. Mientras, Alek le lanzaba miradas fugaces a Stelaris. — Y Lev... es complicado de casar — aseguró, extendiendo una mano hacia el joven hasta que le tomó el hombro, lo que le hizo casi atragantarse con su tercera copa de kormac. — Me alegro de que al menos Anya haya sido acogida en este hogar. Parece mentira que en unos días vaya a casarse. Si cierro los ojos, puedo ver a la cría que decidió salir desnuda en mitad de la nieve asegurando ser invencible. Se pasó una semana completa metida en la cama con unas fiebres tan altas que pensé que la perdía — confesó, lo que hizo que Anya se atragantase con la comida. Esa historia era cierta.
— ¡Padre!
— ¿Qué? Hacías unas locuras muy extrañas. Eras una niña muy imprudente. — añadió. Nashra, que estaba sentada junto a Nero, no podía dejar de reír. Su sonrisa era tan dulce y coqueta que captó la atención de los dos hermanos de Carstad al instante. — Así que espero que tus hijos no hereden tus genes. Vian parece un muchacho más tranquilo — aseguró. Anya captó la maldad tras aquellas palabras, y no fue la única. Todos se quedaron en silencio ante aquella supuesta falta de conocimientos sobre la salud del príncipe. — En fin. Aun es pronto para hablar de hijos. — añadió, tomando un trozo de carne.
— Pues a mi me haría mucha ilusión tener sobrinos pronto — aseguró Stelaris, apoyando su barbilla sobre el dorso de sus manos. Miraba a Anya, pero de vez en cuando devolvía la mirada a Alek. Todos empezaban a darse cuenta.
— A mi también, por supuesto — dijo Alek, peinándose los cabellos oscuros hacia atrás. — Aunque pensaba que vos ya tendríais. Sois una familia muy numerosa — confesó con una voz encantadora.
— Eso quisiera yo. Pero Lucce es muy pequeño y Nero... — hizo una pausa. 
— Nero debe estar haciendo algo mal — bromeó Reven, que tras dar un sorbo de su copa, abrazó por el hombro a su mujer con un brazo, como si quisiese demostrar algo. Nero, por su parte, le lanzó una mirada amenazante y Alek una llena de superioridad. Nashra, de mientras, se sonrojó. Y ahí estaba: la tensión. Lo único que no esperaba Anya, es que el culpable de formarla fuese su hermano en vez de su padre.
— Tiempo al tiempo — dijo Selana con cierta incomodidad. 
— Por supuesto. El pacto estará forjado una vez Anya y Vian se prometan frente a Leviatán, eso es lo que importa — recordó Vlad. — Es una suerte que gracias a esta alianza entre ambas casas, lleguen buenos años de tranquilidad y paz. Estoy deseando que nuestras fronteras se abran para negociar en todo cuanto necesitemos.
— Por supuesto, Vlad — sonrió con aburrimiento Helion. — Sobre todo a sabiendas de que vuestra tecnología y nuestro poder podrían hacer grandes avances para esta sociedad.
— Por supuesto, querido amigo. Y ante todo, procurar una sola cosa: que no vuelva a repetirse jamás lo que ocurrió en Branna. 
El ambiente se congeló unos instantes, al menos para Anya. No esperaba que su padre fuese capaz de hablar de un tema tan sensible como aquel, sobre todo con ella y sus enemigos cara a cara. El trozo de carne que estaba comiendo se quedó en su boca, a esperas de terminar de ser masticado largos segundos después. Había dejado de sentir hambre en aquel preciso momento.
— Eso no ocurriría, querido Vlad — apuntó Selana. — La situación de Carstad no es la de Branna. Lo que ocurrió, sucedió porque la situación no podía desembocar de otra manera.
— Por eso espero que la situación de paz se prolongue durante muchos años. Nosotros al menos no adoramos a ninguna deidad. — prosiguió el emperador.
— Quien busca sangre, con sangre paga — concluyó el rey. 
Anya, que en todo momento había mantenido la mirada fija en la comida, sintió el impulso irrefrenable de levantar la vista del plato y mirar a los reyes. Sintió como su padre le ponía una mano en la rodilla por debajo del mantel, sin embargo, aquel no fue estimulo suficiente para poder callar. — Majestades ¿Podríais contarme que sucedió en Branna?
— ¿A caso no lo sabes, muchacha? — preguntó Selana.
— Claro que lo sabe — se interpuso Vlad. — La educación de mi hija es exquisita.
— Pero ningún libro de historia y ningún instructor te muestran el punto de vista de las partes que participaron en una guerra. No de la forma en la que se aprendería si los tuviese delante, como hoy — insistió con seriedad. Sintió que todos los ojos apuntaban a ella, pero le dio igual.
— Bien — comenzó Helion, sirviéndose más kormac. — La familia Branna estaba compuesta de bárbaros. No solo ella, todo el reino era incivilizado. Adoraban a una deidad irracional, devastadora y demasiado peligrosa.
— Ifrit — recordó la princesa. — Pensaba que era una deidad guardiana.
— Era un arma — sentenció con dureza —  Aquel poder era amenazador para cualquier reino colindante, como Aeter y Carstad. Todos los problemas que acontecían querían que se resolviesen con sangre y guerra. Nuestra familia vivió durante años con el miedo de ser atacados por los Branna cuando éstos estimasen que las negociaciones entre los reinos no eran de su absoluto gusto. Así que, los Aeter, comprendimos que poner punto y final a aquella amenaza era lo mejor para todos. — explicó. 
— Y atacar sin ser previstos es la mejor baza de un estratega — recordó la muchacha.
— Así es. Pero piénsalo de otro modo. Si nosotros no hubiésemos acabado con ellos, ellos hubiesen acabado con nosotros —. Ante aquellas palabras, a Anya no le quedó más remedio que asentir. Sin embargo, estaba apretando demasiado el cuchillo con el que anteriormente había cortado la carne y el cual aún no había soltado. La rabia la inunadaba. Sabía que todo cuanto decía era mentira. Su padre, según lo poco que recordaba de él, era un hombre pacífico, entregado a su familia y dispuesto a servir a la misma, pero no era un criminal. No era un asesino. No lo era.
— Ha sido demasiado blando, Majestad — se interpuso Reven. — Hablando claro, Anya — se dirigió a ella, señalándola con el dedo — Los de Branna eran unos brutos. Unos incultos analfabetos que nada podían hacer ante nuestra superioridad en todos los aspectos. No se les puede dar tanto poder a unos cualquiera que no saben manejarse. Lo que ocurrió fue lo que ocurre en cualquier grupo de seres vivos. Gana el mas fuerte. Nosotros ganamos. — concluyó, dando un golpe a la mesa. Anya le miró con dureza, tragando saliva. Empezaba a sentirse tan humillada que no sabía cómo y de qué manera controlar aquellos humos. De repente, la forma en la que asesinaría a Reven se dibujó en su cabeza. Y se prometió que sería muy, muy lenta.
— No gastes esos humos hablando, Reven, Te vuelves muy excitado cuando hablas de Branna — le corrigió Stelaris.
— Sólo digo lo que pienso.
— Y eso está bien, querido yerno. Pero recuerda que estás hablando con la hija del emperador. Sin él, el ataque a Branna hubiese sido imposible.
— ¿Ah, sí? — preguntó Anya de sopetón. 
— No hice nada — declaró Vlad con seriedad.
— Exactamente. Te abstuviste en el asunto. Permitiste que nuestras tropas entrasen en el reino sin oponer vuestra resistencia e incumpliendo el pacto de amistad que teníais con el Sultán. — concluyó Helion. 

De repente, Anya sintió que el mundo se le venía encima. Quedó aislada, en su propia mente, de todo cuanto estaba aconteciendo a su al rededor. ¿Vlad un traidor? No podía ser, no podía ser cierto. Vlad la acogió cuando ella más lo necesitaba y le ofreció todo cuanto tenía para convertirla en la mujer que ahora era. Y jamás le hubiese mentido. Jamás. Pero... ¿Por qué no se excusaba? ¿Por qué no se ponía en pie y afirmaba que todo cuanto Helion decía era mentira? En vez de eso, el emperador alzó su copa y brindó con sus nuevos aliados. La princesa se sintió desplazada, incapaz de formar parte de los pensamientos de su padre.  — ¿Todo bien? — preguntó Nero, que cruzado de brazos, la había estado observando.
— Sí.
— Estás un poco pálida, Anya. ¿Te sientes bien? — insistió Nashra con aquella voz angelical que la caracterizaba.
— Sí, de verdad. Es un poco complicado para mí todo esto. Y la boda está tan cerca...
— ¿Estás nerviosa, hermana? ¿De verdad? Te hacía por una mujer más dura — aseguró Alek.
— Es normal estar nerviosa. Yo lo estaba, muchísimo — aclaró Nashra. — A día de hoy lo sigo estando a veces. 
— ¿Qué vas a dejar para la noche de bodas? — preguntó Lev, sin pelos en la lengua.
— ¡Oh, hijo! Pero ¿Qué le dices a tu hermana?
— Por favor, parad — rogó la princesa, con la voz más inocente que pudo componer en ese instante. Su voz sonó tan parecida a la de Nashra, que todos hicieron caso.  — ¿Podéis... disculparme? Creo que no me estoy encontrando bien. — Anya no tuvo que decir nada más. Se levantó de la silla y salió corriendo del comedor.

En el jardín, el ambiente nocturno era mucho más tranquilo. Olía a jazmín y a humedad, y el único sonido que rompía el silencio era el de un par de tórtolas que canturreaban sobre una farola medio iluminada. La princesa intentó dejar la mente en blanco y pensar en ellas, en su plumaje soso y en los sonidos tan desagradables que hacían. Había pasado muchos, muchísimos años entrenándose a cualquier cosa para superar cualquier prueba que tuviese que sufrir con los Aeter, pero no estaba preparada para descubrir mentiras. Por eso, al comprobar que Vlad se había escapado de la cena y la había seguido apenas unos segundos después, sintió que iba a estallar.
— Me han dejado ir con el pretexto de tener que socorrer a una hija apurada.
— ¿Ah sí? Se te da muy bien mentir — aseguró con veneno en los labios, incapaz de mirarle a la cara. 
— Anya...— murmuró su padre, tomando asiento junto a ella, en un banco de la zona céntrica del jardín. — ¿Qué te pasa ahora?
— No me hables como si tuviese una pataleta de niña caprichosa, porque te juro que te clavo un puñal ahora mismo en el cuello — le amenazó.
— Guarda los instintos para todos esos que se están riendo ahora a tu costa por tus fingidos nervios de novia Y baja el tono. No sabemos cuando podrían oírnos — susurró.
— Me has mentido — dijo Anya, con tanta rabia que los ojos se le pusieron rojos.
— Yo no te he mentido. 
— ¿Ah no? ¿Entonces por qué no me dijiste que ayudaste a Helion?
— Yo no lo ayudé, me abstuve. Pero Helion transforma las palabras a su ventaja como quiere ¿O es que no te has dado cuenta?
— Tenías un pacto con mi padre... tenías que ayudarle.
— Y lo habría hecho de tener más poder y más posibilidades. El poder que tengo ahora no es el que tenía hace veinte años, Anya. La teconolgía, las armas, el ejército... todo eso vino después. Antes, Carstad era un imperio destartalado, nacido de la nada y desprovisto de protección. ¿Qué querías que hiciera? ¿Meterme en una guerra que supondría la muerte de miles de indefensos? — preguntó, aplacando los nervios de la princesa. — No tuve otra opción.
— Pero no me lo contaste.
— No quería hacerte daño.
— Nada — aclaró — Nada puede hacerme daño ya. Nada me duele, nada me pesa. No siento nada más que rabia y deseos de venganza. Pero viniendo de ti... cualquier cosa me dolería. — confesó con un ligero dolor en la voz.
— Anya... si comprendieras lo complicado que es para mi ser tu padre...
— ¿Anya?

Padre e hija guardaron silencio. La tímida voz de Nashra llegó hasta sus oídos. La chica estaba de pie junto a un seto, en el principio del camino adoquinado que cruzaba todo el jardín. Vlad se puso en pie, mientras que la princesa se quedó quieta, tensa. Había bajado la guardia y no la había notado llegar. ¿Y si había escuchado algo? — Cielo, creo que tienes a alguien esperándote.
— Puedo irme si lo necesitáis
— Oh, no. En absoluto. Yo ya me iba. Tengo que regresar con Helion. Sería muy descortés por mi parte no terminar la cena estrechando brazos y copas entre ambos — aseguró, caminando en dirección a la chica y dejándola atrás. Anya prácticamente se quedó con las palabras aun en la boca, por lo que acabó sintiéndose algo rota.
— ¿Te encuentras bien?
— Ya te he dicho que sí, Nashra. Estoy bien — contestó de forma borde. No midió sus palabras, de forma que la joven muchacha se quedó callada, impactada por que alguien le hablase de aquella forma. Más aún, una princesa tan educada como ella. — Perdón. Lo siento mucho. No quería que sonase tan mal.
— No te preocupes. Es normal — alegó — Sólo quería comprobar que estabas bien. Me dejaste muy preocupada.
— ¿Te preocupas por mi?
— Claro — confesó — Quiero decir... Viviremos juntas durante mucho tiempo. Aunque no seamos familia, vamos a convertirnos en algo parecido y...
— No necesito que te expliques. Te lo agradezco. 
— ¿Puedo sentarme? — preguntó la chica, que ante falta de contestación, se lo tomó como un sí.
— Deberías estar cenando, Nashra. Los demás te echarán de menos y la comida se enfriará.
— ¿Sabes? No tengo mucha hambre. La cena esta siendo muy rara.
— Ya... yo también lo creo.
— ¿Aun nerviosa? — Anya prosiguió con su silencio. Lo que menos necesitaba en aquel momento es que una muchacha intentase reconfortarla. Menos aún una que se acostaba con su enemigo. — Cuando yo iba a casarme con Nero, tambien pasé unos días muy nerviosa. La cena, los invitados, el vestido... y el novio. Todo, todo me ponía nerviosa. No sabía como actuar ni como comportarme ante mi nueva familia. Tenía la sensación de que me ahogaba al hablar con ellos. ¿Es eso lo que te pasa?
— Sí... algo así — mintió.
— Yo... desearía haber tenido a una amiga que me diese consuelo en aquel momento.
— ¿Tan mal lo pasaste?
— Quería que la tierra me tragase — aseguró con una sonrisa en los labios. — Porque yo... amo a Nero. Con todo mi corazón. Siempre le quise y temía no ser suficiente para él. Sigo pensando a día de hoy que no soy suficiente para él.
— Pues yo veo a una pareja muy... ¿bonita? No sé. Se os ve bien — confesó Anya. De forma inesperada, la charla empezaba a relajarla.
— Ya, eso es lo que se ve por fuera... Por dentro me sigo sintiendo como tú. Nueva. — sonrió — Lo que quiero decir es que no tienes por qué tener miedo a ese sentimiento de incomodidad constante. Va a ser algo normal a partir de ahora, parte de tu día a día. En ti está en saber controlarlo.
— ¿Qué haces tú?
— Me digo a mi misma que, si estoy aquí, es por algo. Si los reyes me eligieron es porque soy una buena oportunidad para la familia. Y mi matrimonio no lo va a romper nada. Nunca. Está sellado — confirmó con seguridad y un brillo en los ojos encantador. — Además. Seguro que tú lo tendrás más fácil que yo. El ser desconocidos complica un poco las cosas al principio, pero tú, Anya, eres maravillosa. Sé te da bien luchar y defenderte. Tienes carisma y eres muy guapa. Todos se fijan en ti ¿Sabes? Me he fijado en como todos te miran. Incluso yo te admiro de cierta forma... y Nero — alegó con remordimiento. — Vas a gustarle a Vian muy rápido y se sentirá orgulloso de que seas su esposa.
— Ya, supongo...
— Ya verás. Todo va a ser más fácil a partir de ahora, te lo aseguro. Una vez pase la boda, nos tendremos la una a la otra. — concluyó, tomándole la mano a la princesa y rodeándola con las suyas propias. Unas manos suaves y aterciopeladas. Anya se quedó mirándola, sin palabras, contemplando sus ojos claros y su pelo ondulado. Era preciosa. Pero también era inocente. Y nadie que se aliase con una asesina acabaría bien... nunca. 




Vlad

El cielo de Aeter se nubló aquella mañana de forma espontánea, a cuatro días de la boda de la princesa de Carstad con el heredero Vian Aeter. A causa de la profunda oscuridad que comenzó a asolar las calles, no pocas fueron las personas que en la ciudad se asomaron a ventanas y puertas y alzaron la vista para contemplar qué clase de evento estaba sucediendo en sus cielos para que el sol desapareciera de esa forma tan abrupta. La respuesta la hallaron en la titánica aeronave que estaba cruzando el espacio aéreo de la ciudad, opacando al mismísimo sol por su colosal tamaño. Otras más pequeñas la custodiaban con rápidos vuelos y giros procurando que ningún ser volador o aeronave Aeter interceptara de alguna forma al enorme transporte del emperador, que despertaba pavor en todos aquellos ciudadanos que veían tan magnífica obra de la ingeniería Carstad, pues tan grande era que desde las calles se podían contemplar los innumerables cañones que tenía como armas. Si tuviese a bien soltar toda su artillería sobre la ciudad, Aeter quedaría reducida a cenizas en cuestión de pocos minutos.

Como era de esperar, semejante monstruo metálico no pasó desapercibido en los medios y poco tardaron las noticias en anunciar que la nave personal del emperador Vlad Carstad había aterrizado en los territorios externos de palacio, donde pudo caber arrasando con medio bosque. Las puertas de palacio por tanto se llenaron de decenas y decenas y decenas de medios de comunicación que esperaban captar alguna imagen en video o foto del emperador, pero sería prácticamente imposible dado el lugar donde la gigantesca nave aterrizó.
-Pues menudo montón de mierda- bufó Lev, dando un trago a una petaca de plata.
-¿No vas a parar de beber ni en una visita oficial?- quiso saber Alek, acompañado por dos muchachas jóvenes de la edad de Anya aproximadamente. Eran hijas de las casas vasallas, cuyo resto de familiares llegarían justo a tiempo para la boda. Alek, sin embargo, como seductor natural que era, necesitaba compañía femenina que le amenizara la estancia.
-Tú quédate con tus buñuelitos y dejame a mí con mi bebida-
-Silencio- ordenó Vlad, que descendía de la nave tras ellos con un elegantísimo traje de chaqueta gris sobre una camisa negra. Sabía que en Aeter la temperatura era mucho más elevada que en Carstad, así que prescindió de sus típicos abrigos, capas y ropas típicas de allí. Sus hijos por igual vestían esas prendas más típicas de Aeter en gesto de buena voluntad y comodidad: Alek iba completamente de negro con una corbata verde oscura mientras que Lev vestía de un aburrido tono marrón con camisa blanca mal abotonada -Recordad que no estamos en nuestro hogar- regañó -Comportaos como es debido y no me dejéis en evidencia delante de los Aeter-
-Si, sí. Ya, ya- bebió de nuevo Lev.
-Sabes que de mí no te tienes que preocupar- rió Alek, abrazando por las caderas a las dos vasallas.
-Me tengo que preocupar de todos y cada uno. Hasta de mí- el tono serio desapareció inmediatamente tras decir aquellas palabras y una deslumbrante sonrisa apareció en sus labios -¡Hija mía!- anunció, abriendo los brazos para recibir un cálido abrazo de Anya, que llegó hasta él casi corriendo -El tiempo pasa tremendamente despacio si me falta tu cantarina voz por los pasillos-
-Qué cosas dices, padre- rió Anya
-Una hermosa estampa familiar- añadió Helion, acompañado de sus hijos y Selana.
-Su Alteza Real- inclinó la cabeza Vlad y sus hijos le siguieron.
-Su Alteza Imperial- lo mismo hicieron los Aeter dirigidos por Helion -Veo que no escatimáis recursos, emperador- miró la colosal nave tras los Carstad.
-Pensé que sería cortés por mi parte el ahorraros el tan sonado dicho de "estáis en vuestra casa" trayendo mi propia casa- rió.
-¿¡Vivís en una aeronave!?- clamó Lucce entusiasmado.
-Oh, por los cielos, no- rió Vlad más aún. Selana le dio un codazo a su hijo pequeño -Majestad, no es necesario corregir al chico. De hecho, en mi niñez, soñaba con construirme un castillo sobre las nubes. La verdad es que me ha dado una muy buena idea, este chico-
-Lucce, señor- sonrió emocionado.
-Lucce ¿eh?- Vlad se acercó y le dio una palmada en el hombro -Gracias a este enlace, espero poder contar con tu maravillosa mente entusiasta el día de mañana para los futuros proyectos tecnológicos de Carstad-
-¡Por descontado!- pocas veces habían visto a Lucce tan emocionado.
-Intuyo que el resto son los afamados hermanos de este jovial muchacho-
-En efecto- sonrió orgullosa Selana -Ella es Stelaris, él es mi mayor orgullo: Vian- señaló y enumeró.
-Encantado, princesa Stelaris- le besó la mano a la princesa -Y es un verdadero placer y orgullo conocerte, hijo. O en cuestión de días podré llamarte oficialmente así- Vian sonrió de forma apagada -¿Y tú eres...?-
-Nero- dijo Anya, junto al emperador.
-Nero... Nero, Nero, Nero...- recitó Vlad -No se me antoja muy familiar tu nombre, chico-
-Digamos que siempre he pasado muy desapercibido en este lugar. Y en todos- contestó sarcástico.
-¿Eres una sombra?- entornó la mirada Vlad
-Tratan de hacer que lo sea-
-Vaya... Un tipo duro- rió
-Sí, pero no le hagáis demasiado caso- se apresuró a decir Selana -A veces es un poco imaginativo e impulsivo. Tampoco sale mucho, por eso las noticias no...-
-Selana tiene razón- intercedió Nero -Haced como el resto, será lo mejor. No me hagáis caso- asintió. Vlad depositó una larga e interesada mirada en Nero hasta que descubrió a base de chasquidos la cantidad de besos que Alek estaba arrojando sobre la mano de Stelaris. Tanto los Carstad como los Aeter miraban con suma incomodidad la escena, dado que estaba propasándose y Stelaris no parecía estar precisamente incómoda.
-Alek...- bufó el emperador.
-¿Sí?- dijo, dejando de besarle la mano pero sin soltarla.
-¿Te importaría dejar de babear a la princesa y presentarte como es debido?- gruñó.
-Claro. Mi nombre es Alek. Es para mí el mayor de los placeres conocer a las estrellas más brillantes de Aeter: la casa real y sus integrantes- dijo con suma cortesía.
-Yo soy Lev, y eso- dijo simplemente saludando con la mano, apartado del resto y con la petaca en la mano.
-Somos una familia particular- dijo incómodo Vlad.
-Igual que nosotros, viejo amigo. Igual que nosotros- rio Helion -Pero vamos, vayamos a palacio. Dejemos atrás este bosque y disfrutemos de las comodidades pertinentes- dicho aquello, todos se movilizaron al unísono.

Una vez entraron de nuevo en territorio de palacio, las conversaciones se volvieron simplemente banales y casuales. Eran tantos en el grupo caminante que era difícil mantener una conversación fluida entre todos y, al final, todo parecía un simple gallinero desorganizado: Alek estaba prestando únicamente atención a la belleza de Stelaris mientras sus dos vasallas observaban celosas, Lev bebía en silencio, Nero caminaba despreocupado, Vian y Anya acompañaban a los reyes en una animosa conversación sobre los distintos climas y costumbres... Nada que interesara realmente a todos los presentes. Simple etiqueta y apariencia, como tanto detestaba Nero.
-Sin duda son unos jardines preciosos, alteza- observó Vlad -Y un palacio exquisito-
-Aprovechando que estamos aquí fuera, quisiera hacer ya uso del tiempo para dar mi regalo adelantado a los prometidos- comentó alegre Helion.
-Oh, me temo que yo he traido poca cosa- se lamentó Vlad.
-Esto no es una competición, emperador. No debéis preocuparos- Helion guió a la comitiva hasta un lugar apartado del patio donde ya desde lejos se dejaba ver una preciosa y reluciente aeronave de tamaño medio. Lucía un elegante y reflectante color plateado y el último grito en tecnología de movimiento Aeter. La nave más puntera del reino.
-Es para ti, hijo mío- dijo Helion posando la mano sobre el hombro de Vian, que observaba emocionado la maravilla que tenía delante -Y para Anya, por supuesto. En ella podréis surcar el país, los reinos, todo el continente. Podréis llegar a los confines que queráis alcanzar después de la boda- sonrió amable y su hijo le miró con ojos cristalinos. No era tanto por el valor del regalo, sino por el dolor de saber que podía ser la única forma de salir de palacio en cuestión de tiempo cuando su cuerpo dejara de responderle.
-Gracias, padre- asintió Vian.
-Es un gran honor, alteza. Estoy verdaderamente sorprendida por tan magnífico regalo- agregó Anya.
-Sin duda- Vlad se acercó a la nave y posó gentilmente su mano sobre el cacharro -Y me disculparéis Alteza si me atrevo a modificar vuestro regalo-
-¿Perdón?- Helion ladeó la cabeza.
-¡Mi regalo será compartido con vos!- dijo alegre -Tal y como unimos nuestras casas y nuestras familias, uniremos nuestra tecnología. Me ocuparé de que los mejores ingenieros hagan de esta maravillosa gloria aeteri un híbrido perfecto con nuestra potencia. Actualmente hemos finalizado una nueva tecnología que ha sido experimental durante años que aún no he estrenado ni yo mismo, el emperador- anunció encantado -Con ella podréis ir a donde queráis, incluyendo la luna-
-¿¡La luna!?- exclamó Lucce.
-Padre, creo que no te entiendo- se extrañó Anya.
-Tecnología, hija, para salir de los confines de este mundo. Lo he logrado-
-Por Leviatán...- la chica se llevó la mano a la boca, sorprendida. El resto de los Aeter mostraron también un enorme entusiasmo, salvo Nero y Helion. Al primero le daba igual, mientras que al rey no le hacía la menor gracia saber hasta qué punto estaba llegando el poder tecnológico de Carstad. Sabía que Vlad estaba luciéndose y pavoneándose de ello. En ningún momento estaba habiendo verdadera amistad entre ellos.
-Y para ti, hija mía...- sacó una cajita de la chaqueta -Pensaba dártelo más tarde pero dadas las circunstancias, me temo que no hay mejor momento- le entregó el objeto a Anya. Cuando las manos de la princesa abrieron la bonita cajita blanca, descubrió un collar con el escudo de Carstad labrado en oro blanco con un par de diminutos diamantes a cada lado del mismo como si fuesen un par de estrellas -No se me ocurrió otra cosa. Siento si es poco-
-Pero si es precioso...- observó Anya -Mil gracias- lo abrazó.
-Me encanta- señaló Stelaris -Es increible. Realmente increible. Creeme Anya cuando te digo que me encanta. Tengo un gusto exquisito para las joyas y nunca encontrarás algo así por aquí-
-Puedo conseguirte uno- le susurró Alek -Solo pídemelo-
-¿Así sin más?- le devolvió ella el susurro con una mirada pícara.
-Quizá tengas que ser un poco persuasiva, no dejo de ser el hijo del emperador-
-Y yo una princesa-
-Entonces podremos entendernos-
-Quizá...-
-Stelaris- gruñó Selana -Ve y busca a Reven. Cenaremos todos juntos esta noche para celebrar la llegada del emperador-
-Sí, madre- sonrió amablemente la princesa.
-Y ahora quisiera haceros una petición, si no es maleducado por mi parte-
-Como gusteis, emperador- concedió Helion.
-Llevo mucho sin hablar con mi hija y quisiera pasar con ella un rato a solas. Quizá podriamos dar un paseo y luego reunirnos con vosotros. Seguramente ella podrá guiarme de vuelta-
-Por supuesto. Ojalá todas las peticiones que me hicieran en esta vida fuese dar un paseo a solas-  rio Helion.
-No obstante, emperador, podéis compartir el tiempo con el resto, también. Promtemos no incomodar- se atrevió a decir Selana
-No lo pongo en duda, alteza, pero preferiría que cualquier cosa que tuviese que hablar con mi hija fuese en privado para evitar posibles coacciones- aquella relevación tan repentina hizo que el ambiente se tensara de forma abrupta. Solo Nero se cruzó de brazos y sonrió. Por fin ¡Por fin revelaban las cartas!
-Eso ha sido un poco... hiriente- señaló Selana -Hemos tratado a Anya como a una hija desde que llegó-
-Sí, casi no contenían el aliento mientras Anya y yo luchabamos por escapar de las sombras perdidos en mitad del bosque de Ocian-
-¡NERO!- tronó la reina
-¿Perdón?- Vlad miró con frialdad a la reina
-Como dijeron antes- se mofó Nero -No me hagáis caso. Disfrutad del paseo, alteza imperial- con un simple gesto de la mano, se marchó riendo él solo, disfrutando del pequeño caos que podía liberar una sola frase bien colocada.
-Efectivamente, no le hagáis caso- suspiró Helion -Os dejamos a solas. Pasad un buen rato y no dudéis en reuniros con nosotros en cuanto acabéis-
-Gracias, alteza- dijo Anya con amabilidad mientras se marchaban y los dejaban a solas.

Con la galantería que cabía esperar de un emperador y un padre, entregó el brazo a Anya para que esta se engarzara con él y pudieran a dar un agradable y placentero paseo por las zonas verdes de los patios de palacio. La cantidad de flores que decoraban los caminos eran tan hermosas como aquella mañána, en la que por fin podían hablar cómodamente de los planes que tenían en conjunto y de cómo estaban avanzando -Así que dime, Anya ¿Te cuidan bien? ¿Te dan buenas comidas? ¿Pasas frío aquí?- ante las preguntas de Vlad, Anya comenzó a reir.
-¿De verdad vamos a jugar a eso ahora?-
-Se supone que es lo que preguntaría un padre-
-No un padre que envía a su hija a matar enemigos...-
-Está bien, está bien- suspiró -No obstante, sí que querría saber sobre eso de perdidos en mitad del bosque y sombras...-
-Ah, un pequeño percance sin importancia. Como ves, estamos bien-
-¿Cómo os las apañasteis? Las sombras son infranqueables-
-Cuentan con unas piedras encantadas llamadas glifos. Con ellas se forma una barrera que mediante magia tiene a las sombras alejadas. Además, he descubierto que la magia las "daña". Nero conoce un procedimiento para encantar un arma, darle propiedades mágicas. Con ellas pudimos defendernos-
-Interesante...- asintió Vlad -¿Y qué me dices de la familia?-
-Todo va estupendamente bien- asintió Anya, satisfecha de poder decir esas palabras.
-Sin embargo los veo muy sanos a todos...- observó Vlad.
-No tanto- rio la princesa -Verás... ¿Sabías lo de la maldición?-
-¿Maldición?- Vlad la miró, desconcertado.
-Vaya, parece que no. Al parecer, cuando estos desgraciados destruyeron Branna- escupió con furia las palabras -Ifrit, nuestra deidad protectora, los maldijo- vagos recuerdos borrosos de su madre y una luz rojiza invadieron su mente -Al parecer, desde entonces, Vian ha estado empeorando en cuestión de salud y unas marcas siniestras han aparecido en sus manos. Según he llegado a saber mediante sus palabras, la familia cree ciegamente que es una maldición de Ifrit, como digo, y que se extenderá. Vian piensa que cuando él muera, afectará a otros-
-Fascinante sin duda ¿Me estás diciendo que no conocen el funcionamiento?-
-No, parece ser que no-
-Entonces la maldición podría llevarse a otros miembros de la familia antes que al propio Vian...- sonrió Vlad
-¿Qué quieres decir?-
-Piénsalo. No tienen claro el funcionamiento de dicha maldición, por lo que es una apertura que puedes usar, querida. Busca la forma de hacer que sus muertes son accidentes por culpa de la maldición y no a causa de una implacable asesina-
-Me parece bien... Sí- comenzó a reír Anya -Pero no será tan fácil. No sé cómo puedo abordar toda esta situación yo sola. Nero me advirtió, dijo que corro peligro. Seguramente se trate de la reina, pues me detesta. No parece fiarse de mí-
 -No se fía de nadie, incluso parece tener problemas con ese tal Nero-
-Sí... bastantes-
-Pues es otra baza a nuestro favor- Vlad se detuvo y miró a Anya a los ojos -Su desconfianza será su perdición. Seguramente estará tramando algo, hurdiendo planes en las sombras para solucionar problemas antes de que los puedas causar en caso de que resultes ser una traidora- ambos sonrieron con ironía -Pero un exceso de desconfianza como la suya le imposibilitará el poder simplemente existir. La vida es difícil, querida hija, y más cuando no encuentras la paz mental necesaria para soportar la carga que nos aporta el destino cada nuevo día. Sin equilibrio, no hay victoria-
-Volverla loca, es lo que me estás diciendo-
-Tan perspicaz como siempre- le dio un toquecito con el dedo en la nariz -Por eso siempre has sido mi favorita- Anya sonrió ante el comentario -Ella sola se eliminará de la partida si sacas provecho a su debilidad mental-
-Bien. Por lo demás solo queda un asunto que resolver...-
-¿Sí?-
-Hay un guardia aquí que sabe quién soy-
-Todos saben quién eres- comentó Vlad despreocupado
-Quién soy de verdad. La única superviviente de Branna- se extendió un silencio sepulcral entre ambos. El rostro tranquilo y alegre de Vlad se convirtió en la máscara de la misma muerte, con ojos llenos de oscuridad.
-¿Cómo es eso posible?-
-Es un superviviente de la batalla. Él me... mantuvo con vida hasta que los soldados de Carstad me recogieron-
-¿Y no te ha delatado?-
-No. Dice buscar lo mismo que yo, venganza-
-¿Y quién dice que es?-
-Se llama Logan. Es destacado entre los soldados. Creo que ha sido ascendido recientemente. Lleva un parche en el ojo derecho y el mismo brazo derecho envuelto en vendas hasta el hombro, aunque eso puede que no se lo veas fácilmente. El ojo bastará. También es maduro, mayor que cualquiera de los hermanos Aeter-
-Está bien... Siempre es útil que me cuentes todos estos detalles, hija-
-Lo sé, padre. No te ocultaría nada- Vlad sonrió complacido ante ese comentario.
-Gracias a esta unión nuestra y nuestra confianza mutua seremos capaces de borrarlos del mapa para siempre- tomó la mano de su hija -Se fuerte, un poco más. Aguanta, pasa por la boda y por todo cuanto venga después. Con el título de princesa de Aeter y futura reina estarás tan protegida que podrás llevar a cabo tu venganza, querida. Y yo estaré siempre a tu lado para apoyarte- Anya asintió, respirando hondo -Vamos a vengar Branna- asintieron ambos -Y tú serás la espada, Arenea- pronunció su verdadero nombre y fue como liberar una tormenta de emociones entre ambos. El momento se acercaba. Ya podían saborear la sangre. Ya sentían que tocaban la venganza con la punta de los dedos.

miércoles, 28 de agosto de 2019

ANYA

La habitación ya estaba bastante iluminada cuando la princesa se incorporó con rapidez. Estaba empapada en sudor, con la ropa interior pegada al cuerpo y el aliento agitado. Había tenido una pesadilla, otra vez. Cuando regresaron del incidente de Ocian, pensó que aquellos sueños no serían más que la fuga de sentimientos que había tenido al sentirse en peligro. Sin embargo, dos semanas después, comenzaba a dudarlo. 
Nero, durante el viaje de vuelta, le había sugerido que estaba en peligro. Dado el ajetreo en el que se había envuelto desde aquel día, le había sido imposible llegar a preguntarle, en intimidad, a qué se debía aquella afirmación. Quizá por ello su pesadilla siempre era la misma: Helion y Selana la descubrían y ésta última le clavaba una daga en el pecho hasta que moría ahogada con su propia sangre. Sencillo pero horrible, a niveles que le quitaban el sueño.

Lo cierto, es que en general, a penas había tenido tiempo de nada. Desde que se recuperaron del incidente, Anya había seguido dejando cabos sueltos involuntariamente. No solo era imposible resolver sus dudas más primarias; con Logan también había sido imposible conversar. Su agenda estaba llena de visitas a distintos lugares con los príncipes, así como entrevistas y los primeros detalles a organizar de la futura boda, de la que cada vez, quedaba menos tiempo para que llegase. Al menos, para calmarse, se aferraba a la idea de que Vlad llegaría pronto. Sentir a alguien familiar cerca era algo que empezaba a echar de menos.

Llamaron a la puerta, por lo que Anya tuvo que refugiarse en una bata fina para recibir a la sirvienta que había aparecido para entregarle un aviso: Selana la esperaba en la sala del jardín. La sala del jardín no era más que un salón perfectamente iluminado por el sol gracias a los enormes ventanales que la rodeaban y el deslumbrante techo de cristal que la protegía. Tan llena de plantas aromáticas, era el lugar especial donde la familia acostumbraba a tomar té o merendar. Sin embargo, algo le decía a Anya que la reina no quería precisamente desayunar. 

Tras asearse y vestirse con una falda lisa celeste y una camisa, descendió hasta la primera planta. El palacio de Aeter, aquel día, estaba demasiado ajetreado. Los sirvientes iban y venían con rapidez, con las manos ocupadas o con los pensamientos en otro lugar. Algunos soldados tambien caminaban de arriba para abajo, lo que hizo a Anya preguntarse donde demonios estaba Logan. Porque estaba vivo, había sobrevivido, pero no había vuelto a verle. 
Al llegar a la sala del jardín, un enorme olor a flores. La estancia estaba repleta de orquídeas blancas por todas partes, tan hermosas, que casi eclipsaron la presencia de Selana y Vian tras la mesa central. 
— Querida Anya, has tardado — sonrió la reina, con cierto tono enfadado.
— Se me han pegado las sábanas, lo siento muchísimo — se disculpó la chica manteniendo sus modales. 
— Siéntate junto a Vian. Estábamos hablando de las flores. ¿Qué te parecen las orquídeas para decorar el salón?
— ¿El salón? — preguntó confusa mientras apartaba la silla para poder sentarse. 
— Para la ceremonia. Está claro que tendremos que celebrar el acontecimiento — explicó con cierta impaciencia. Anya pestañeó un par de veces. Definitivamente, aún estaba algo dormida.
— ¿Estás bien? ¿Te encuentras cansada? — preguntó Vian.
— Oh, sí. No te preocupes. Es sólo que después de tantas tareas diarias, acabo rendida. Me cuesta un poco despertarme, eso es todo — mintió con una sonrisa. 
— ¿Tan cansado es hacer apariciones publicas? — preguntó el príncipe con tono bromista, obviando que Selana estaba esperando la participación de ambos aquella mañana.
—No es eso. Me cansa pensar que puedo hacer algo mal, que puedo fallar y meter la pata. Me da pánico pensar que en algún momento puedo hacer algo inapropiado.
— No te preocupes. Lo haces bien. Te he estado viendo de vez en cuando en el televisor — confesó el muchacho.
— Yo también te he visto — añadió la reina. — Te desenvolviste estupendamente ayer con aquellos críos en el hospital, los que estaban enfermos. Se te veía cómoda con ellos. No me cabe duda de que vas a ser una madre estupenda. — sonrió forzosamente. — Además, cuando te quedes en cinta, tus tareas diarias disminuirán considerablemente. Tendrás todo el tiempo del mundo para descansar y cuidar de la criatura. 
— Madre, te estás adelantando — aseguró Vian con cierta incomodidad. Había dejado de mirar a Anya desde que su madre empezó a hablar de hijos.
— ¿Adelantado? Traer herederos al mundo es la razón principal por la que existen las reinas y las princesas. ¿Qué otra cosa podría ocupar a Anya si no es eso? Vlad la trajo aquí con ese propósito —. Anya apretó los puños sobre su regazo. Temía que la fecha de la boda se avecinaba, de la misma forma que las intenciones de esa mujer para con su cuerpo. Pero que la humillase de aquella forma era insoportable. 
— Sin embargo, Nero todavía no tiene hijos — soltó la princesa, incapaz de contenerse. 
— Cada mujer necesita su tiempo, pero estoy segura de que Nashra no tardará en darnos una buena noticia — aseguró la reina, dolida en el orgullo. 
— Bueno, ¿Podemos dejar de hablar de hijos y centrarnos en lo que hay que preparar? Ya sabes que detesto esta parte — intervino de nuevo el príncipe, de forma que Anya tuvo que agradecerlo. Si hubiesen seguido con ese tema, quizás habría terminado clavándole las tijeras de poder en el cuello a ambos.

Selana expuso ante la pareja una docena de catálogos. Las cubiertas eran oscuras, dando una imagen profesional de cada uno. Y al abrir el primero, ambos encontraron numerosos colores de tonalidades claras. Cremas, crudos, beiges, blancos, tizas, vainillas... todos presentes para elegir los adornos de la boda. La reina insistió en que elegir entre los dos era lo mejor, ya que la ceremonia sería del gusto de ambos y la puesta en común, una oportunidad para conocerse un poco más. Anya empezó a entender por qué Vian decía que detestaba aquella parte.

La mañana trascurrió lenta, horriblemente lenta. La princesa jamás había imaginado que elegir flores, el color de las alfombras, de los lazos que decorarían las sillas y de los manteles que cubrirían las mesas fuese tan agotador. Sobre todo porque, propusiesen lo que propusiesen, Selana acababa eligiendo por ellos. Apenas unas horas fueron suficientes para que la chica jurase odiar de por vida todo lo que tenía que ver con la preparación de una fiesta hasta que, finalmente, llegaron a la parte del vestido. El de Vian no hubo que elegirlo, ya que la costumbre dictaba que el heredero vestiría la ropa oficial. Sin embargo, por parte de Anya, la elección era más complicada. La reina desplegó frente a ella un par de catálogos, los más gordos, repleto de fotografías de distintos vestidos de novia, a cual más espectacular. Verlos todos de pasada costó más de una hora, de forma que, para cuando la chica había visto el último, ya había olvidado los cien primeros. 
— Me gusta este — dijo la princesa, poniendo un dedo sobre una fotografía de una chica esbelta de piernas largas, que vestía un traje sin pedrería, liso y de manga larga. La verdad era que no le gustaba. La simple idea de elegir un vestido con el que enlazarse con el hijo de sus enemigos le provocaba arcadas. Era una humillación gigantesca, de forma que solo necesitaba salir del paso.
— Es horrible — dijo Selana sin más. — El diseñador ha tenido un gusto pésimo en confeccionar algo así para alguien de clase alta. Imagino que para la novia de una casa menor estará bien, pero para tí no.
— Alteza, preferiría algo discreto.
— Imposible. Todo cuando mostramos tiene que transmitir un significado, y ese día, el mayor significado lo dará tu vestido. Tiene que ser algo llamativo, algo que inspire poder sin ser demasiado pomposo. Algo como...— comenzó a pasar las páginas con rapidez. — Éste — señaló, colocando el dedo sobre la fotografía de un vestido señorial. Una enorme cola, repleta de motivos florales compuestos de numerosas piedras brillantes, ocupaba todo el suelo de la imagen. Una modista, que hasta aquel momento había estado acompañado a los presentes, pasó a apuntar en una pequeña libreta los deseos de su reina. 
— No se... Tiene que ser muy pesado. — insistió la chica. 
— Mi vestido de novia llegó a pesar cuarenta kilos. Podrás con esto — aseguró de forma condescendiente. — ¿Qué piensas, Vian?
— Anya tiene que estar preciosa con cualquier cosa que se ponga. — dijo sin más.
— Claro que sí. Además, había pensado en añadir un par de piezas metálicas en los hombros. No hay nada que imponga más poder que una armadura. Iríais a conjunto ambos de ese modo — explicó, haciendo que la modista tomase nota a una velocidad pasmosa. — El pelo podríamos llenarlo con adornos plateados si elegimos un buen recogido. 
— Bueno, pues... ese.
— ¡Perfecto! Pediré que comiencen a añadirle los detalles ahora mismo. Deria, acompáñame — Cuando Selana se marchó, la modista le siguió a un paso tan acelerado como el que llevaba la reina. Por fin, después de una agotadora mañana, la pareja pudo respirar.

En principio, no supieron que decirse. Era incómodo para Vian casarse con una desconocida, y era incómodo para Anya fingir constantemente un papel. Quizá por ello, el príncipe extendió la mano hasta coger la tetera que había estado toda la mañana esperando a que la sirvieran. Vertió café en una taza para él y otra para la chica, quien agradeció el gesto con una sonrisa.
— ¿Exhausta? — preguntó el joven, bebiéndose el café de un trago, como si lo hubiese necesitado desde hacía horas.
— Un poco — contestó la chica.
— No deber ser fácil. — aseguró él. 
— Tampoco para ti ¿No?
— Bueno, yo crecí sabiendo que mis padres elegirían a una mujer para mi conforme a sus conveniencias. Lo mismo ha pasado con Nero y Stelaris, y lo mismo le ocurrirá a Lucce. Tampoco es una sorpresa — explicó con seriedad.
— Para mi tampoco. 
— Ya, pero seguro que en tus planes no estaba casarte con un enfermo ¿verdad? — preguntó, esbozando una media sonrisa triste. — Prefiero que lo sepas ya antes de que te coja por sorpresa: más pronto que tarde, acabaré por no poder andar por mí mismo. Y tras eso, dejaré de hacer cosas con normalidad. Posiblemente después muera. Aunque claro, quizás eso sea un alivio para ti.
— Yo no he pensado nada de eso... 
— Ya, bueno. Pero es así. Mi enfermedad, esta maldición, no remite. Y aunque las Lágrimas me han ayudado a mejorar desde la última racha ¿Cuanto pasará hasta que vuelva a decaer? ¿Hasta que vuelva a sentir que los pulmones se me cierran y que todo el cuerpo me duele? ¿Dos meses? Quizás menos. — suspiró. — Si por mi fuera, Anya, no me casaría contigo — soltó de golpe. — No me malinterpretes. No quiero decir que te esté rechazando, lo que quiero decir es que tu padre y el mio no deberían negociar con nosotros como si fuésemos mercancía. Una frontera bien alta y un pacto de silencio entre ambos, eso es lo que haría falta — explicó. — Todo esto llevará a problemas — aseguró.
— ¿Qué problemas, Vian? — preguntó, fingiendo preocupación.
— En semanas estarás enlazada a mi — la miró a los ojos — Y todo lo que nos ocurra a partir de entonces no solo nos concernirá a los dos, sino a los dos reinos. ¿Que ocurrirá si nos odiamos? ¿O si decides tener relaciones con un sirviente cuando estés harta de dormir sólo conmigo? Los reinos se echarán la culpa el uno al otro. 
— Vian, yo no...
— Anya, sé de lo que hablo. He crecido viendo a familiares y a mis vasallos tener problemas entre ellos sólo por los malditos negocios de conveniencia. Dime una cosa ¿Si soy estéril y no puedo darte hijos, a quien crees que mi familia echará la culpa? A Vlad, por supuesto.
— Eso es una tontería.
— No es ninguna tontería, estamos hablando del heredero. Del futuro rey. Y yo estoy enfermo. No me extrañaría que no pudiese cumplir ni con el más estúpido y sencillo de los cometidos de un rey — sonrió ido, consternado. — Has tenido la mala suerte de casarte con el príncipe maldito.
— Hablas de la maldición como si la conocieras — tomó Anya la oportunidad. — Y todo cuanto observo es que tú y Selana echáis a ella la culpa de todo lo que te ocurre sin llegar a conocer hasta donde llega. 
— No hace falta Anya... — suspiró — Porque sabemos perfectamente de qué se trata. — aseguró, mirándola a los ojos nuevamente. La chica guardó silencio, tremendamente curiosa. — Sabes lo que ocurrió en Branna ¿verdad? — ella asintió con dolor. — Se cuenta que los Branna contaban con el poder de Ifrit, y éste les otorgaba todo cuanto ellos deseasen. Fortuna, poder... e incluso maldiciones inimaginables. Estas marcas aparecieron cuando la familia Branna murió — aclaró, mostrando nuevamente aquellos dos círculos quemados en las palmas de sus manos.
— ¿Qué quieres decir?
— Que es un castigo. Un castigo que Ifrit ha dejado caer sobre nuestra familia por culpa de esos malditos desgraciados — aseguró, cerrando el puño con ira y ocultando la marca. — Un castigo rogado a Ifrit única y exclusivamente para nosotros — terminó por decir. Anya, por su parte, no tenía palabras. Numerosos recuerdos se agolparon en su mente de repente. Recuerdos de su padre contándole historias para dormir en las que hablaba de como Ifrit había bendecido a todo Branna, de como Ifrit la protegía y haría pagar a todo aquel que osase hacerles daños alguna vez. La maldición de Ifrit... ¿Aquella historia siempre fue verdad? Porque si era verdad... si lo que decía era cierto... aquella era la mejor noticia que había oído en su vida. — Ya te conté una vez que mi madre piensa que nos afectará a todos debido a ello. Así que, si está en lo cierto, cuando yo muera, posiblemente la maldición pase a ser de otra persona. Quizás el siguiente sea Nero o Stelaris, que nacieron después de mi. Incluso puede que las marcas aparezcan también en sus manos. — meditó. — Supondrá el fin de nuestra familia y todo por culpa de los Branna. Ni muertos consiguen dejarnos en paz — gruñó golpeando la mesa, lo que provocó que empezase a toser de forma violenta. Anya se sintió tentada de dejarle ahí, consumiéndose por... el hecho más brillante que había acontecido en su vida. Como una sombra fantasmal, extendió la mano hacia la espalda de Vian, que se hallaba doblado debido a la violenta tos. Se sintió una enviada de sus padres, un castigo más, cuando le acarició la espalda. Porque si la maldición no le asesinaba... ella le iba a asesinar.
 No pudo evitar sonreír. No pudo contenerlo. ¿A caso no era aquello una señal? ¿A caso no era aquello un aliciente para que todo saliese perfecto? De repente, sintió y supo, que todo iba a salir muy bien...

Mientras Vian intentaba recomponerse, Anya lanzó una mirada a la puerta al sentir que alguien los miraba. Se trataba de Logan, quien estaba engalanado con un uniforme mucho mejor que el raso que antes lucía. Sonreía tanto como ella ¿A caso los había escuchado? ¿Qué sabía él de aquello? De repente, el hombre se marchó. Tras él, aparecieron un par de sirvientes que corrieron a socorrer al cansado príncipe. Se lo llevaron con cuidado a su habitación y Anya se quedó sola. No sabía por qué... pero la suerte la sonreía. 
Selana

La retransmisión televisiva de la visita de los príncipes no se hizo esperar demasiado. Selana estaba en el despacho de Helion, haciendo compañía al rey, impaciente por ver los resultados y las opiniones públicas al respecto. El rey se encontraba sentado en su sillón tras la mesa mientras que Selana estaba reposando su cuerpo sobre el borde de la mesa con su característica copa de kosmic en la mano, impaciente. Los noticieros hablaban y hablaban, así como los típicos tertulianos que estaban deseando dejarse la piel en analizar el vestido de los príncipes y, claro está, dando especial atención a la hermosa Stelaris.
-¿Qué podemos decir? Es la belleza personificada- dijo uno de los tertulianos, de mediana edad y con enormes gafas de pasta.
-La clase de la princesa solamente podía ser heredada de su majestad la reina- comentó una de las mujeres tertulianas. Todos estaban distribuidos en semicírculo con una enorme pantalla con una fotografía de Stelaris detrás, recién tomada de la visita. Selana sonrió al oír el halago de los presentadores.
-Pero no es solo la clase, es su presencia. Por el amor de Leviatán y la gloria de todos sus súbditos- apuntó otro, mucho más joven, llevado seguramente por las hormonas -¿Pero la veis bien? Pueblo de Aeter, os hablo directamente a vosotros desde la red ¿¡La habéis visto bien? Esas piernas, esas caderas, esas curvas de infarto, esos...- se llevó la mano a la altura del pecho.
-¡Por los cielos, Lowel!- clamó el presentador principal, el de mediana edad y gafas -Compórtate muchacho, que estás hablando de la princesa- Selana se reía a carcajadas ante la reacción del jovencito. Tenía pinta de novato.
-Pido disculpas- dijo el chico levantándose de su asiento. Se repeinó sus perfectos cabellos hacia un lado y se ajustó el elegante traje de chaqueta rosa que llevaba puesto -Pido disculpas a todos quien nos estén viendo y en especial a la familia real por si mis palabras les han podido ofender. Pido excepcionalmente disculpas a la princesa Stelaris y a su más que maravilloso esposo Reven. Pero...- hizo una pausa dramática -Creo que hablo en nombre de todos los hombres heterosexuales o bisexuales de Aeter, además de las mujeres homosexuales o bisexuales de este reino ¡En nombre de todos, por Leviatán! Si digo y aclaro aquí y ahora que Stelaris es la mujer con la que todos soñamos: desde el simple hecho de compartir la mañana con una hermosa y dulce sonrisa, pasando por pasar la tarde con una compañía divertida y acabando por no dormir durante noches enteras con un cuerpo de infarto en la cama- la televisión se convirtió en un enorme revuelo a partir de esas declaraciones mientras que Selana no hacía más que reír divertida.
-¿De verdad encuentras gracioso semejante comentario lascivo hacia tu hija?- preguntó Helion aburrido, mirando viejos mapas y moviendo viejas figuritas por encima, haciendo planes.
-Aris ha nacido para eso, Helion- dio un sorbo la reina y lo degustó, viendo como los tertulianos parecían monos de feria discutiendo sobre si era legal o no aquello que el tal Lowel acababa de decir.
-¿Para que hablen de sus pechos?- el rey miró a su esposa de forma distraida.
-Para cautivar a toda una nación. Desde que salió de mis entrañas y vi sus ojos...- Selana entornó la mirada, recordando -Oh, señor...- cerró los ojos con nostalgia -Esos ojitos brillantes, dulces y graciosos... Sabía que mi niña sería, de lejos, el mayor terror de las esposas y maridos de Aeter-
-Veo que te está saliendo bien entonces el pequeño monstruo- rió Helion volviendo a sus figuritas.
-Más que bien-
-Quizá deberíamos haberla casado a ella con Anya- bromeó.
-¿Y que los Dusk nos odien por abandonar a su mayor orgullo, Reven?- bufó Selana -Por favor, Helion...-
-Dudo que Reven se opusiera a tener dos esposas-
-De eso estoy segura, son tal para cual...- bebió de nuevo, pensando en el matrimonio.
-En cualquier, volviendo a ese tipo- Helion señaló a Lowel en la televisión -Procuraré que reciba un mensaje sobre cómo se debe hablar de la familia real-
-Eso solo hará que hablen más del tema-
-De eso se trata ¿no?- sonrió Helion.
-Oh...- se sorprendió Selana gratamente -Parece que mi maridito está aprendiendo de la terrible arpía que tiene como mujer-
-Quien comparte colchón...- recitó Helion.
-Es lo único que compartimos a fin de cuentas- concluyó Selana.
-¡Y ahora pasemos a hablar de la dulcísima y prominente princesa de Carstad, Anya! Otra figura que también nos ha arrebatado el aliento con su encanto y, por qué no decirlo, descaro a la hora de tratar con las cámaras-
-¿Descaro...?- Selana se inclinó hacia delante y Helion miró a la pantalla de nuevo. Allí apareció todo cuanto Anya hizo en la puerta del orfanato, sus amables declaraciones que no hubo que destacar... hasta que se quitó los zapatos. Finalmente, el escándalo llegó de nuevo a plató cuando acabó sus palabras hablando sobre la falta de seguridad de Aeter.
-¿Qué nos ha querido decir Anya con esto?- preguntó el presentador.
-¿Se referirá a fuerzas invasoras? O quizá a las temibles sombras que asolan el exterior ¿Somos vulnerables y lo ignoramos? ¿Nos oculta algo la familia real?- preguntaba una tertuliana buscando atención y debate.
-También podemos destacar la belleza de Anya ¿Soy el único que cree que, aunque quizá no tan voluptuosa, puede competir en encanto con Stelaris?- prosiguió Lowel con su tema favorito. Para Selana, sin embargo, las voces eran solo ecos lejanos ininteligibles debido a la ira que la estaba invadiendo.
-¿Quién... se cree que es...?- estrelló el vaso contra el suelo. El kosmic se extendió por todo el lugar -¿¡Cómo se atreve a decir tal cosa y luego comportarse como una pordiosera cualquiera quitándose los zapatos de esa forma!?-
-Esa chica es buena...- señaló Helion.
-¿¡Pero qué diablos hablas!? ¿Buena? ¡Esa zorra va a casarse con Vian y acaba de poner en entredicho nuestra autoridad y sinceridad para con el pueblo!- Selana estaba fuera de sí.
-No es tan difícil de analizar, Selana. Templa los nervios. Se ha comportado abiertamente diferente a Lucce y Stelaris ante las cámaras y lo sabe. Se ha comportado abiertamente distinta a como se comporta aquí, frente a nosotros. Eso que ha hecho es un mensaje-
-¿Un... mensaje?- bufó Selana.
-Un mensaje a la nación. Está dando a ver lo diferente que es de nosotros, aún siendo parte de la familia. Está enseñando precisamente el futuro al pueblo-
-Futuro...- repitió la reina, tratando de contenerse.
-"El futuro es tan humano como vosotros, tan humilde y tan poco divino que también sufre de los pies y es capaz de entender que hay cosas que arreglar en cuanto a gestiones, pues no somos perfectos"- recitó
-¿Cómo eres capaz de entender eso y no simplemente que es una idiota que no ha sabido comportarse?-
-Porque antes que rey de un pueblo iluso, soy un estratega militar- Helion sonrió complacido -Esa chica no te gusta ¿no es así?-
-Ahora menos que antes-
-Pues a mí me gusta más- Helion tamborileó con los dedos sobre la mesa -Va a ser divertido verte lidiar con ella-
-¿Yo? Te recuerdo que eres el rey y que Vian es tu heredero. Y en breves va a casarse con esa niñata que acaba de lanzarnos un guante-
-Pues recógelo, Selana. Yo sé bien que soy el rey, pero tú pareces perder los papeles como si no fueras la reina. No dejes que una jovencita inexperta deje en entredicho a la familia real. Este, el de la manipulación, es tu campo- señaló el rey sin preocupación alguna.
-Es... Es verdad- suspiró pesadamente y se recogió los cabellos, arreglándoselos -No puedo permitir que algo así vuelva a suceder-
-Estás demasiado susceptible ante esa chica desde que llegó-
-No me da buena espina, es todo-
-Es una niña, Selana. Como Nashra, solo algo mayor-
-No... Nashra es un conejito blanco y esponjoso, dulce y adorable. Nashra es manipulable como la arcilla, moldeable y fácil de dirigir. Su ciego amor por Nero la hace débil. Esta niña, Anya...- Selana miraba fijamente la imagen congelada de Anya en la televisión -Tiene un aura muy distinta. Si debo compararla con alguien... sería con Nero- entendió la reina que ese sería el mayor de sus problemas, si ambos terminaban juntándose más de la cuenta.
-Tu archienemigo...- se burló Helion entre risas.
-No pongas a prueba mi paciencia con bromas, Helion- amenazó Selana, ignorando que estaba tocando la única tecla que no debía tocar.
-¿O qué?- Helion cambio de aire y se volvió serio e igualmente amenazante. Se puso en pie y se puso frente a Selana con paso lento y calmado -Entiendo tu enfado, mujer, pero no olvides tu lugar aquí. Amenaza a toda la nación si te place pero no se te ocurra volver a hablarme en ese tono- la voz grave y cavernosa del rey hizo que Selana por primera vez en mucho tiempo tuviera que bajar la cabeza en obra de sumisión.
-Lo lamento, querido. Es solo...-
-No hay lamentos, Selana. Ni excusas. No toleraré ese tono a nadie, ni siquiera a ti. Desquítate de la forma que te plazca pero lejos de mi vista- concluyó, enfadado.
-Sí, alteza- asintió Selana, empequeñecida ante el poder de Helion, que sabía que era inabarcable para ella y que no podía desafiarle. Procedió pues a marcharse, pero en cuanto agarró el pomo de la puerta, Helion dio un golpe en la mesa que la hizo congelarse en el sitio.
-Voy a acabar de hacer lo que tengo que hacer aquí, Selana. Tú anuncia de una vez la fecha de la maldita boda y deja de retrasarlo de forma estúpida con tus tejemanejes. Llama a Vlad y anúnciale por igual la fecha y que está cordialmente invitado, él y toda la familia de sus vasallos, a compartir el felicísimo enlaze de la princesa Anya con Vian-
-Sí, señor-
-Y cuando acabes ve a la habitación- al decir aquello Selana miró por encima del hombro al rey. Si sombría figura estaba recortada contra la luz que entraba por el enorme ventanal a sus espaldas -Creo que tengo ganas de que te disculpes como es debido-
-Sí... señor- concluyó para pasar por el umbral y cerrar la puerta lentamente desde el otro lado, con la frente apoyada en la misma.
-Majestad- la voz de Reven la alcanzó por la espalda y ella se giró con suma paciencia y lentitud -Vaya ¿Os encontráis bien?- observó el hombre mientras Selana componía la sonrisa más artificial que había compuesto en mucho tiempo.
-Perfectamente ¿Vienes a tratar con Helion?-
-Sí, mi señora-
-Pues adelante- invitó con un gesto de la mano -Yo tengo que anunciar la fecha, por fin, del gran evento-
-Maravilloso, ya era hora- rió Reven.
-Sí... Era hora- contestó la reina, robótica. Reven entonces extendió el brazo y abrió la puerta.
-Majestad, estoy aquí-
-Pasa, hijo- contestó la profunda voz de Helion desde el fondo.
-Hasta luego, mi reina- Reven pasó y cerró la puerta.
-Adiós- contestó Selana emprendiendo el paso controlando el enorme abismo de furia que había en su interior -Y cuida de tu espalda, maldito zopenco, el hijo de puta de tu rey hoy tiene ganas...- gruñó como una leona mientras si figura se difuminaba en la oscuridad del pasillo.

Lejos, a muchísimos kilómetros, una llamada alcanzó el despacho frío y apagado de Vlad Carstad. Una de tantas sirvientas le llevó el teléfono, algo rústico, sobre una bandeja a su señor. El emperador estaba revisando unos planos en una graciosa y oportuna ironía a lo que estaba haciendo en aquellos momentos Helion en la otra punta del continente cuando la puerta se abrió de forma imprevista.
-Gran Señor- dijo la muchacha. Era joven y de piel blanca como una muñeca de porcelana. Así el gustaban a Vlad -La reina Selana Aeter quiere hablar con vos-
-Pasa, Lydia- dijo el emperador haciendo que la muchacha cruzara el enorme habitáculo hasta alcanzar a Vlad. Le dejó el teléfono sobre la mesa y éste la miró -No te has pintado los labios hoy de rojo- observó el hombre.
-S-se me acabó, Gran Señor- se excusó visiblemente nerviosa.
-Ten- de uno de tantos cajones, extrajo un simple billete que excedía por mucho el precio del maquillaje más simple que usaba el servicio femenino de la casa. Se lo entregó a la chica, que dubitativa, no supo cómo actuar -Tu emperador te está dando amablemente dinero, Lydia. Cógelo-
-Sois... muy amable, Gran Señor. Mi familia necesita...- fue a coger el dinero pero Vlad abrió la mano y éste cayó al suelo -Oh, lamento mi torpeza...- se quejó la chica, miedosa. Se agachó para coger el dinero y desde esa perspectiva Vlad pudo echar un más que gustoso vistazo a su escote. Pese al frío que hacía en Carstad, obligaba a que las chicas vistiesen un poco más reveladoras por razones "estéticas". Lydia tomó el billete con una triste sonrisa hasta que se dio cuenta de hacia dónde miraba el emperador -¡Oh, Gran Señor!- se asustó, subiéndose el traje de servicio con la mano para taparse.
-Date la vuelta, Lydia- ordenó
-P-pero Gran Señor, la llamada...-
-Date la vuelta...- repitió con poca paciencia. La chica obedeció y Vlad coló la mano por debajo de la falda. Se entretuvo unos buenos minutos en ponderar la calidad de las nalgas de la sirvienta mientras esta sollozaba -¿Qué decías que necesitaba tu familia?-
-N-no es nada...-
-Di- ordenó nuevamente.
-La situación... económica...- le costaba hablar con el manoseo del emperador -Empieza a ser algo precaria y...- se le rompió la voz. Se sentía sucia e insultada como nunca.
-Ya veo- Vlad sacó la mano, satisfecho con el producto. Se acarició los dedos y la miró de nuevo -Llámales y diles que has sido ascendida a jefa del servicio. A partir de hoy tendrás nuevas labores y tu salario será mayor-
-G-gracias, Gran Señor. Sois... Sois...- era incapaz de decir que era amable. Nunca pensó que los rumores entre las chicas de que el emperador era el mayor monstruo que había conocido Carstad, incluso encima de las sombras, era verdad.
-Vete- ordenó nuevamente y la chica salió de allí como alma que lleva el diablo. Finalmente, el emperador tomó el teléfono. Sabía que estaba descolgado. Selana había oído todo desde el otro lado de la línea -Es un gran placer conversar con vos, majestad- sonrió Vlad.
-El placer es mío- Selana hacía un gigantesco esfuerzo por mantener un tono cortés.
-¿Puedo saber a qué se debe la llamada, alteza real? Estaba un poco ocupado ¿Existe algún problema con mi hija?- preguntó, consciente de lo que Selana pensaría en esos momentos.
-Ninguno, emperador. Vuestra Gran Duquesa es para nosotros un regalo de Leviatán- contestó diplomática y paciente.
-No de Leviatán. Mío, de Carstad- reprendió Vlad.
-Por supuesto, no quisiera desmereceros. El motivo de la llamada es para concretar que dentro de un mes se celebrará finalmente la boda y la unión de las casa se hará oficial a ojos del mundo. Por tanto quisieramos teneros a vos, vuestra familia y a vuestras casas vasallas aquí para celebrar con nosotros tan memorable y único enlace en la historia de nuestra tierra- la voz se Selana sonaba tan amigable que era imposible para Vlad imaginar la mirada de asco que tenía en su rostro en esos momentos.
-Maravilloso. Francamente maravilloso- respondió el emperador -Quisiera ir con unos días de adelanto para tratar con mi hija. La añoro-
-Sin duda. Se os conoce por ser una persona muy cariñosa- el dardo de Selana no pasó por alto a Vlad.
-No sabéis cuanto- provocó el emperador.
-Podría hacerme una idea-
-No. Ni en un millón de años- el ambiente se enrareció y ambos se callaron por unos minutos.
-Como pedís, seréis bien recibido. Estamos impacientes por el enlace-
-Tanto como yo, espero- rió Vlad -Estaremos en contacto, su alteza real. Avisaré con tiempo de mi llegada-
-Como gustéis, emperador. Os esperamos- la llamada finalmente se cortó tras las palabras de Selana. Vlad dejó el teléfono sobre la mesa y en la soledad de su despacho solamente encontró diversión.

El emperador rio y rio durante minutos. Rio hasta que se le oyó fuera, en los pasillos, estremeciendo a todos aquellos sirvientes y soldados a los que sus carcajadas alcanzaron...

martes, 27 de agosto de 2019

ANYA

El lujoso coche que la esperaba a las puertas de palacio, no era en absoluto similar al de su padre o al que había tomado para viajar hasta a Ocian. Se trataba de un vehículo alargado, parecido a una limusina. Sus cristales tintados reflejaban el brillo del sol aquel mediodía de forma que amenazaba con cegar a cualquiera que mirase. Y su interior... su interior olía a nuevo. — ¿A que es bonito? — preguntó Stelaris mientras se recogía el bajo de su vestido, vaporoso y azulado. — Me lo regaló padre cuando cumplí los treinta. Aunque claro, yo no puedo conducir — se carcajeó de forma graciosa. Tras ella, Lucce tomó asiento. El príncipe, que hasta hacía una hora había estado envuelto en sudor, ahora se encontraba debidamente peinado y vistiendo una camisa de color lavanda bastante fresca. 
— Padre no me hace este tipo de regalos — se quejó el chico.
— Cuando seas más mayor, comenzará a regalarte todo cuanto pidas. De momento solo eres un niñito que tiene que aprender — se burló su hermana de él, agitando sus cabellos y destruyendo su exquisito peinado hacia atrás. Cuando Anya entró en el interior del coche, pudo comprobar que había asientos suficientes para cuatro personas o más. Los asientos se ubicaban uno frente al otro, con un espacio en medio lo suficientemente grande como para acomodar las piernas al gusto. 
— ¿Y que vamos a hacer exactamente? — preguntó la princesa.
— Vamos a visitar a los huérfanos. De vez en cuando, organizamos visitas a lugares importantes de la ciudad, como hospitales, museos, parques nacionales u orfanatos. Lo que hacemos es mostrar nuestra gratitud hacia los responsables de esos lugares para hacer ver que sin ellos, ninguno sería posible — explicó Lucce, que, aunque algo nervioso, dejaba entrever el futuro gran orador en el que se convertiría. Al chico le brillaban los ojos al hablar, como si le encantase mostrar algo con sus palabras.
— Y de paso, nos hacen fotos, entrevistas y... bueno. La gente nos ve — añadió Stelaris con aires de superioridad. Al mismo tiempo, el chófer y guardián de Stelaris, un hombre robusto de piel oscura, tomó asiento y arrancó el coche. — Pon música ¡Por favor! — pidió. Con un gesto rápido, el hombre pulsó un botón del panel del vehículo y comenzó a reproducirse una música de lo más pegadiza. La princesa comenzó a mover los brazos sin vergüenza alguna. Lucce, sin embargo, se mantuvo quieto.
— Quieres decir que es como... ¿Una visita pública o algo así?
— Sí, exactamente. De vez en cuando donamos un poco de dinero. — terminó por explicar Lucce. La inseguridad con la que pronunció aquellas palabras denotaba que no sabía cuantas eran esas veces, exactamente. 
— El caso es que hoy será tu primer día — sonrió Stelaris. Extendió sus manos hasta coger las de Anya, que fingiendo amabilidad, se las cedió. Tenía los dedos finos, largos y suaves, así como unas uñas muy cuidadas y bien pintadas. Nada que ver con sus dedos deshidratados. — Ya verás, se te va a dar muy bien y la gente está deseando verte. Es muy emocionante ¿Sabes? Cuando yo iba a casarme, todo el público de centraba en mi y la gente solo quería saber cosas sobre como sería la boda y demás.
— ¿En Carstad no hacéis entrevistas? — preguntó Lucce curioso, seguramente llevado por el silencio constante de Anya.
— Sí, sí. Alguna vez, pero... somos más reservados en cuanto a nuestra vida personal. Aparecemos en sitios públicos cuando es necesario, pero no nos mostramos a la gente, por así decirlo. Además, mis hermanos y yo siempre hemos estado muy ocupados estudiando y preparándonos para ser buenos gobernadores. Mi padre es quien se ha encargado de hacer las apariciones la mayoría de las veces — explicó la chica.
— ¡Pero eso no tiene nada de divertido! — se quejó la princesa, soltándose las manos. — ¿Que sentido tiene ser alguien famoso y no poder comportarte como tal?
— A mi me parece responsable por parte de los Carstad — alegó Lucce.
— Oh, vamos ¡Es un desperdicio! Mira a Anya, es hermosa y tiene carisma. Una sonrisa de ella hacia la cámara y empezarán a vender tazas con su cara impresa en ella.
— Sí que te gusta la atención — se atrevió a decir la chica, maquillando sus palabras bajo una tonalidad de voz graciosa y amistosa, lo suficiente como para que la princesa no se ofendiese. Aunque claro estaba, era una egocéntrica.
— Nací para las cámaras, qué puedo decir — continuó Stelaris con la broma. — En cualquier caso, la gente está deseando saber de ti. Las miradas se centrarán en la futura esposa del futuro rey — comentó con aires dramáticos.
— ¿Como sabes que la gente quiere eso?
— ¿A caso no lees revistas? ¿No has probado a encender la televisión aún? — preguntó incrédula. — Estás en todas partes. La gente se pregunta muchas cosas sobre ti y sobre Vian. Quieren saber cada detalle de vuestro romance.
— ¿Romance? — preguntó extrañada. — ¿Qué se preguntan? — quiso saber, siendo presa de una ligera angustia. Anya, al contrario que Stelaris, odiaba ser el centro de atención.
— Pues... cómo surgió todo, cuándo os conocisteis, por qué os enamoráisteis el uno del otro...
— Pero... pero si yo no conozco a Vian.
— Ni yo tampoco conocía a Reven apenas cuando me casé con él. Sólo era el hijo de una familia vasalla, pero la gente pensó que no era así. Al fin y al cabo, es lo que contamos — guiñó el ojo la princesa.
— Nuestros padres creen que distorsionar un poco la realidad hace que todo sea mejor — se excusó Lucce.
— Está un poco feo decir que los matrimonios son concertados. No es nada romántico, nada que se pueda vender. Nos idealizamos un poco ante la opinión pública. Por ejemplo, yo dije que había estado enamorada de Reven desde niña. Incluso dejé caer alguna vez que en nuestra adolescencia ya habíamos... en fin, mostrado mutuamente nuestro amor — sonrió. Anya se quedó en silencio. Aquella forma de actuar ante la gente no le extrañó en absoluto, sobre todo después de comprobar que la familia real de Aeter velaba por sus propios intereses y que vivían recluidos en el interior de su perfecta bola de cristal. Definitivamente, ocultando la enfermedad del heredero y los trapos sucios que se hacían con los matrimonios, los Aeter querían continuamente mostrar ser una familia que en realidad no eran. Sólo por ese detalle, insignificante pero valioso, Anya agradeció enormemente haber sido enviada con Stelaris y Vian a un compromiso como aquel. Por ello carraspeó un poco y se recompuso tras su leve expresión de incredulidad.
— ¿Y que debería decir yo? — preguntó fingiendo confusión.
— ¿Por que no cuentas que manteníais una relación por cartas? — sugirió el chico con timidez.
— Pero bueno, Lucce ¡Eres un romántico! — dijo Stelaris sorprendida — Aunque eso de las cartas...
— Es bonito, hermana. Yo lo haría con alguien que me gustase de verdad. — se sonrojó.
— Me parece bien — sonrió dulcemente Anya. Lucce quiso devolverle la sonrisa, pero le temblaba tanto el labio por aquel reconocimiento, que su expresión quedó muy rara. Para cuando quiso arreglarla, ya estaban llegando al orfanato.

El lugar debía ser de lo más acogedor si se trataba de un día normal, cualquiera. Sin embargo, aquel día fue imposible encontrar dicha tranquilidad. Desde mucho antes de llegar, Anya pudo ver desde el interior del vehículo a un sin fin de personas apelotonadas en las aceras, que gritaron y saludaron con efusividad cuando vieron el coche pasar por su lado, aunque no fuesen capaces si quiera de ver quien estaba dentro. Y al llegar a las puertas del orfanato, aquello se convirtió en un caso.
Cuando Stelaris puso un pie en la acera, los gritos se elevaron por todas partes. Los flashes iluminaron el lugar por todas las esquinas y los soldados que habían acompañado al trío en distintos coches muchos más comunes, se desplegaron por todas partes, mostrando sus armas para disuadir. Cuando Anya salió del coche se sintió abrumada. El camino hacia el orfanato, que apenas eran diez pasos, estaba libre y dispuesto para que los tres lo cruzaran cuando quisieran. Pero a la chica le pareció que estaba demasiado lejos, dada la cantidad de gente que allí había. Le pareció incluso que un helicóptero sobrevolaba sobre sus cabezas, seguramente captando aquella escena. Sin embargo, con un papel que cumplir como meta, tomó aire y se enfrentó a la muchedumbre.
Su nombre resonaba por todas partes, de forma que daba igual al sitio que mirase, siempre había gente saludándola. Con una sonrisa lo más dulce posible y un gesto con la mano, saludó a todos, haciendo que la euforia rompiese por todos los rincones. Numerosos entrevistadores intentaron burlar la seguridad de los soldados y alzaron sus micrófonos para intentar captar cualquier declaración de los presentes. Por ello, Anya lanzó una mirada a Stelaris, quien asintió sabedora de lo que la chica intentaba hacer. Se acercó a un periodista al azar, a quien se le iluminaron los ojos al comprender que tendría la primera entrevista en exclusiva de la futura novia. — ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Unas preguntas de la ANN! — insistió el hombre, que iba vestido con ropas elegantes pero mal combinadas. — ¡¿Qué le parece Aeter?! — preguntó con rapidez, viendo como docenas de periodistas se acercaban a su mismo punto y extendían sus micrófonos a la vez.
— Pues... es muy bonita y muy cálida. Nada que ver con Carstad. — respondió algo insegura al no saber si aquella era la respuesta correcta.
— ¡¿Y está nerviosa por la próxima boda?!
— Muchísimo. Estoy realmente impaciente. — fingió nuevamente. 
—¡Lady Carstad! ¡¿Podría facilitarnos una fecha?! — preguntó una entrevistadora que había conseguido ponerse justo al lado del primero.
— Me temo que no. Pero sé que será pronto. 
— ¡¿Tiene ya vestido?!
— Tampoco.
— ¡¿Y en que diseñador confiaría para confeccionar el vestido?!
— Pues... — tragó saliva. — ¿No lo sé? Lo siento muchísimo de verdad. Mis respuestas están siendo muy escuetas, pero aun llevo poco tiempo aquí y estoy intentando adaptarme. Ruego que perdonéis mi falta de conocimientos sobre el reino — se disculpó con naturalidad. Una naturalidad tan perfectamente fingida, que a todos los presentes conquistó. 
— ¡¿Y que ropa lleva hoy?!
— Un vestido claro que estaba en el armario y unos zapatos altos que... me están matando. Os lo prometo. No puedo más. — aseguró, y ni corta ni perezosa, se descalzó allí en medio. El estupor se apoderó del ambiente, lo que hizo saber a Anya que ninguna princesa jamás se había aventurado a comportarse de una forma tan cercana frente a las cámaras. Justo lo que necesitaba. Si la amaban... si la respetaban... la opinión pública presionaría siempre a su favor.
— ¡Para la Aeter por la mañana! ¡¿Podría decirnos como está siendo su estancia en palacio?
— Maravillosa. Confieso que estaba un poco nerviosa al principio, pero me he adaptado bastante y todo gracias al apoyo incondicional de la familia real. De verdad, me tratan como si fuese una más. Es maravilloso. No tengo palabras.
— ¡¿Quiere decir con eso que todos están de acuerdo con su matrimonio?!
— Pues espero que sí — se carcajeó. — Sobre todo por parte del príncipe Vian. Si él no está de acuerdo, creo que estoy haciendo el ridículo aquí.
— ¡Por aquí! ¡Para el canal nacional! ¡¿Podría decirnos cual será su postura con respecto a Aeter?! ¡¿Ocupará un lugar político en la gestión del reino?! 
— No lo sé, pero estoy a entera disposición de sus Majestades para todo cuanto necesitasen. Por mi parte, estoy intentando instruirme lo más rápido posible. Aeter necesita mejoras importantes, sobre todo en seguridad. Y estoy dispuesta a colaborar en ello.  aseguró con seriedad, provocando una respuesta clara en los presentes. Una aceptación. 
Tras ello, Anya no tuvo mas tiempo para hablar. Fue dirigida junto con Stelaris y Lucce hacia el interior del orfanato para visitar a los niños y agradecer a sus cuidadores la encomiable labor que hacían con ellos. A Anya le importó poco si en el interior cumplía mejor o peor su papel. Las cámaras quedaron fuera, teniendo sólo un canal de televisión permiso para filmar algunas escenas de las princesas y el príncipe conversando con los niños. Su papel aquel día había sido suficiente para dar un paso más. Cada vez estaba más cerca el final.
Selana

Ya había transcurrido una semana desde que Nero y Anya se aventuaron a Ocian para traerle al heredero las Lágrimas del Mar y desde entonces Selana no se había apartado del lado de su más preciado descendiente. Con el paso de los días y de forma afortunadamente progresiva, Vian se fue encontrando mejor hasta el punto de volver a caminar pese a la presión de su madre, la reina, sobre el quedarse en cama y descansar.
-Estoy bien...- suspiró Vian, asomado a su gran ventana. Desde allí podía observar la grandeza de la ciudad, una que no se detenía, que nunca llegaba a dormir ni de noche ni de día: una ciudad a la que le gustaría regresar y que sabía, no podía -Tras toda una semana estoy más que recuperado- miró a su madre por encima del hombro, que se encontraba sentada en la cama.
-Más que recuperado es, sin duda, la mayor tontería que te he escuchado decir últimamente, Vian. Nunca estarás... recuperado- le costó decir.
-Sé que no me sanaré- el príncipe se miró las manos -Sé que no encontraré cura para esta clase de maldición- se giró y miró a su madre cara a cara -Pero al menos puedo mantenerme en pie y para mí eso vale más que todo Aeter-
-No digas esas cosas- regañó Selana -Te podría oír tu padre-
-Me da igual que me oiga. Cuando estás enfermo te das cuenta de lo que vale la salud, madre. A día de hoy, me cuestiono si realmente es necesario hacer pactos con Carstad cuando sería más fácil repartir el territorio de forma equitativa y dejar a un lado las guerras...-
-¡Vian!- exclamó Selana -Hijo...- se calmó -Eres el futuro rey- la reina se acercó a su hijo con paso calmo y le tomó el rostro con ambas manos para mirarle a los ojos -La nuestra es una lucha que no tiene fin- sonrió triste la reina -Una lucha llamada política. Deja a un lado esas ideas, querido. Aléjate de la sombra de Nero-
-Nero no tiene nada que ver con mis pensamientos, madre-
-Pero acabas de hablar como él. Has hablado como alguien débil que decide soltar el arma, hijo mío. En nuestra sangre llevamos la bendición de Leviatán, su poder mágico y su legado. No podemos permitirnos ser menos que aquellos que han sido abandonados por su gracia- Vian asintió despacio tras un momento de silencio.
-Sí, madre...-
-Sé que lo entiendes- la reina se puso de puntillas para llegar a besar la frente de su hijo, tan alto y hermoso -Te necesito fuerte para poder ser fuerte yo misma, cielo. Necesito saber que conservas tu ardor guerrero y que serás un grandísimo heredero y un enorme ejemplo para tu hermano Lucce-
-Lo seré, madre- afirmó con una sonrisa apagada -Seré lo que estoy destinado a ser-
-Así me gusta- rió Selana -Y ahora he de dejarte por un momento. Ahora que te encuentras mejor es un buen momento para avanzar en los planes de boda y, considero, es necesario que a tu prometida se la conozca oficialmente en Aeter-
-Me parece espléndido- asintió Vian -Trabaja tranquila, madre. Estaré aquí. Estaré bien- Selana se despidió con una caricia en el brazo de su hijo y se marchó, dejándolo solo. Vian volvió a girarse hacia la ventana con el rostro consternado. Se miró las manos, a esas marcas circulares como dos soles grabados a fuego en sus palmas. Estaban húmedas, rojas: supuraban sangre. Últimamente, sangraban más que de costumbre -Lo que estoy destinado a ser...- cerró los puños con intenso dolor -Un cadáver...- pegó un violento puñetazo a la pared.

Mientras tanto, Selana se dirigió a paso ligero hacia la habitación de Anya. Para variar, abrió la puerta sin llamar con total intención de pillarla con las manos en la masa, fuese lo que fuese lo que la chica estaba haciendo. Para continua decepción de la reina, Anya como de costumbre sólo se estaba dedicando a leer historia de Aeter y demás insulsa cultura general del reino. Siempre tan perfecta, siemper tan dispuesta... que no conseguía quitarse la mala espina que se le clavaba cuando la veía -Buenos días Anya- sonrió falsamente.
-Buenos días majestad- Anya soltó el libro y se puso en pie con total galantería
-Acompáñame ¿Quieres? Hoy tienes una importante labor que cumplir-
-¿Una labor, majestad? Me congratula pero... ¿Os parece bien?-
-Soy yo quien te la está encomendando a fin de cuentas- el tono de Selana fue difícil de controlar -¿Tú que crees?-

Apenas le dio tiempo a recoger el libro para guardarlo en la estantería como era debido dado a que Selana parecía tener cierta impaciencia para cuando quería algo. Arrastró a Anya por el pasillo de forma figurada, caminando por delante de ella a un paso acelerado pero sin aparentar prisa ninguna. A la princesa de Carstad le sorprendía aquella enorme soltura que poseía Selana para moverse como una centella. Quizá se debía a sus largas piernas. No dejaba de ser impecable, de todas formas, la forma en la que se movía. Parecía casi levitar por el suelo.
-¿Puedo saber hacia dónde nos dirigimos, majestad?- preguntó Anya con paciencia.
-A la Sala de los Pilares, querida- dijo con toque altivo -Supongo que no te acordarás-
-Si me disculpáis alteza, creo que no se me ha presentado esa sala aún-
-¿Ah no?- rió Selana -Qué tonta soy. Qué torpe por mi parte-
-No digáis eso-
-Puedo decirlo, Anya. Solo yo puedo decirlo, pues soy la reina- aquello sonó a amenaza indirecta que a Anya no se le pasó por alto. Al igual, el no conocer esa sala de antemano le hacía ver que le faltaban esquinas que investigar y lugares en los que indagar. Aún así, la forma en la que Selana se dirigía a ella parecía intencionada ¿Qué hubiese pasado si Anya hubiese conocido ese lugar sin que la reina se lo enseñase? Debía tener tantísimo cuidado que empezaba a sentir que sola, realmente, no iba a poder conseguir nada de lo que planeaba.

La puerta de la susodicha Sala de los Pilares no dejaba que desear tras un nombre tan sugerente y exótico. Se encontraba en una de las plantas más altas de palacio, por lo que el viaje en ascensor para subir fue largo y silencioso, tan tenso que se podía cortar con una espada roma incluso. La Sala de los Pilares estaba tan cerca del ascensor, o al menos su entrada, que parecía abarcar el piso por completo. La puerta estaba custodiada por cuatro estatuas de cuatro trajes de batalla engarzados en distintas piezas de armadura y portando diferentes armas. Parecían ser una muestra de honor a algunos viejos guerreros que parecían custodiar el lugar.
-Es aquí, la famosa Sala que desconocías. Te aseguro, querida, que a partir de ahora lo recordarás-
-Sí, majestad- asintió Anya -Sin duda-
-Nero y Lucce están aquí. Descuida, tras el problema de la semana pasada, hoy es Lucce quien se ocupará de ti-
-¿Lucce...?- al preguntarse, Selana abrió las enormes puertas de la Sala. Tras la misma, de pronto, apareció una oleada de sonidos que casi ensordecieron a la princesa. Efectivamente, la Sala era la planta entera y no era distinto a un pabellón de combate: se trataba de una extensísima habitación sostenida por un sin fin de pilares hasta donde acababan las paredes, haciendo del lugar un extraño estadio en minatura donde en el centro se encontraba un campo de batalla. Allí pudo reconocer a Nero y a Lucce, además de a cuatro figuras más que desconocía.
-¡Madre! ¡Anya!- la cantarina voz de la preciosa Stelaris se dejó oír conforme se acercaba dando brincos hasta su madre y su futura cuñada. Ya estaba precisamente vestida para la ocasión dado que sabía de antemano que su madre iba a enviarla a ella junto a Lucce a hacer unas comparecencias. Anya aún no sabía a dónde iba a ir a exactamente ni a hacer qué, pero a su juicio y por lo vaporoso y ciertamente revelador del traje con respecto al cuerpo, parecía que a una fiesta de moral bastante relajada.
-¿Y mi pequeño?- sonrió Selana.
-Ahí está- señaló con la cabeza -Dándolo todo. Me temo que va a dormir como un bebé después de las comparecencias. Nero está dándole una paliza- rió divertida.
-¿Nero? ¿Una paliza?- Anya no es que se sorprendiera, pues ya había visto que Nero estaba en la zona de combate. Su instinto, sin embargo, la llevó a estudiar el resto de la gigantesca estancia para encontrar a Nashra. Efectivamente, allí estaba, con sus manos entrelazadas sobre su regazo y una sonrisa enormemente estúpida y enamorada de su esposo, que se encontraba en una durísima sesión de entrenamiento.

En el centro, un descamisado y sudado Nero se enfrentaba a un descamisado y sudado Lucce que a duras penas podía sostener ya la espada. Nero esta vez hacía uso de su espada doble, no como cuando luchó contra Anya. A Lucce le respaldaban cuatro figuras más.
-¿Puedo... saber quiénes son esos? ¿Son soldados comunes?- Anya preguntó sabiendo que no era así. Sus vestimentas eran diferentes, eran uniformes enormemente similares a las estatuas de la puerta.
-Son los Cuatro Caballeros del Rey- explicó orgullosa Stelaris.
-Cuatro Caballeros...- musitó Anya, pensativa. No contaba con tropas de élite, que era a lo que sonaba.
-Son los cuatro soldados más eficientes y poderosos de Aeter. Están solo un peldaño por debajo de Helion y Vian- comentó Selana.
-¿Vian... combate?- Anya torció la boca en un gesto de incomprensión.
-Combatía, antaño. En su adolescencia era capaz de desarmar a su padre- sonrió nostálgica -Era prometedor. De no haber sido por la enfermedad, la maldición...- negó con la cabeza -Vian hubiese sido el rey más grande que Aeter hubiese tenido jamás. Los confines del reino se hubiesen extendido más allá del mar, a las Tierras de los Umbrales-
-Debió de ser todo un espectáculo- fingió sorpresa Anya, enfatizando el tiempo pasado en sus palabras.
-Sí, lo era- aceptó Selana con resquemor y poca paciencia -Ahora es Nero el capitán de la guardia, el que está por encima de los Cuatro Caballeros y por debajo del Rey-
-Después de la última vez le dije a mi padre que te hiciese a ti la capitana- rió Stelaris -Menuda paliza le diste a Nero. Viéndole entrenar ahora, está clarísimo que está esforzándose por primera vez en años- explicó -Le has venido bien, Anya. Le has estimulado-
-Como a todos- inquirió Selana de forma ambigua.

El enfrenamiento llegó a su fin cuando Nero bloqueó el último ataque de Lucce y lo derribó empujándolo con el peso de su cuerpo hacia un lado. Los Cuatro se lanzaron a la vez al ataque después de que Lucce cayera y Nero hizo gala de sus verdaderas habilidades de combate portando su arma predilecta: haciéndola girar de forma perfecta, bloqueó y desvió los golpes de los terribles Caballeros, que eran tan rápidos como centellas y eficaces como máquinas. Anya se martirizó por obviar detalles tan importantes como fuerzas de élite que pudieran suponerle un problema tan grande a la hora de enfrentar a la casa Aeter. Se fijó, sin embargo, que dos de las cuatro figuras eran mujeres. Una, en concreto, parecía ser la líder del grupo. Los dirigía con enorme precisión y conseguían retener a Nero con total precisión, hasta que finalmente el príncipe agarró a uno de los caballeros, lo obligó a arrodillarse de una patada y le colocó la hoja en el cuello. Se oyó un gritito de angustia de Nashra, temiendo ver un asesinato.
-¡Nero, detente!- ordenó Selana. El combate terminó ahí. Anya observaba expectante ¿Realmente iba a matar a un Caballero? Para sorpresa de nadie, Nero le soltó y todos adoptaron una pose amistosa. Lucce reía a carcajadas.
-¡Menuda paliza!- Nero le ayudó a ponerse en pie. Tenía el mismo semblante serio y apagado de siempre. Anya se fijó en que la herida ya estaba prácticamente curada en su costado, pues solo restaba que se le terminase de quitar la irritación de la piel y quedase la cicatriz plateada. Viéndolo semi desnudo, no estaba del todo mal el principito. Aunque no por atractivo sino por sorprendente, el cuerpo de Lucce también destacaba; su cara de niño no hacía juego con su cuerpo y sus músculos tan definidos. Realmente era horrible desde un punto de vista crítico, pues significaba que llevaba ya años preparándose para la batalla siendo aún tan joven -¿Has visto, madre? Nero es genial-
-Sí... genial- musitó con desgana la reina mientras los combatientes se acercaban.
-Sois espectaculares, todos- aplaudió Stelaris -Y qué buenos estáis, malditos-
-¿Te importaría no hacer esos comentarios, Stelaris?- Selana frunció el ceño con suficiente gravedad para borrar la sonrisa del rostro de su hija -Si se llegase a enterar alguien de algo así empezarían las habladurías sobre nuestro linaje ¿En qué clase de familia has visto que una mujer vaya haciendo semejante comentarios de sus hermanos y más aún del pequeño?-
-L-lo siento, es solo que me vuelvo muy efusiva-
-Efusiva no es la palabra- dijo inquisitiva la reina -Lucce- cambió de objetivo -Dúchate y prepárate. Hoy os toca la visita al orfanato Callidher-
-¡Es verdad! ¡Lo-lo había olvidado! ¡Nero, Nero, volveremos a entrenar en otra ocasión! ¿Vale? Leviatán... ¡¿Dónde tengo la cabeza!?- no paraba de llevarse las manos a la cabeza, sorprendido por su enorme falta de concentración en sus tareas -¡No tardo! ¡Ni un ápice! ¡Lo prometo!- dijo marchándose a toda velocidad. El silencio se hizo en la sala durante unos instantes.
-Obviemos lo oído- dijo Selana tras unos segundos de reflexión. Hasta Nashra se inquietó un poco por el comentario de Stelaris, que bajaba la cabeza avergonzada -Ellos son los Cuatro, Anya: Alastor, Siegrad, Frig y su líder, Vala, la mejor guerrera que conocerás jamás- dicho aquello, todos se quitaron sus yelmos y mostraron sus rostros, inclinando la cabeza ligeramente ante la princesa.
-Es un honor, sin duda- comentó Alastor, el primero en ser presentado. Lucía el cabello peinado hacia atrás y una barba recortada muy elegante. Tenía una forma de mirar muy curiosa e intensa -Princesa Stelaris, si no es molestia, quisiera saber dónde se encuentra vuestro marido. Tengo entendido que quería verme- hablaba sosegado y aterciopelado, paciente.
-Ah, eh... Sí, creo que Reven está ahora mismo con mi padre-
-De acuerdo. Gracias- se inclinó -Majestad, princesas y príncipe...- y se dispuso a marchar, seguido poco después por el resto de los Caballeros. Solo Vala se quedó junto a la reina.
-En lo que a vosotras respecta- dijo Selana mirando a Stelaris y Anya -Os toca ir con Lucce a Callidher. Hoy te vas a presentar al pueblo de forma oficial, Anya- la princesa de Carstad no pudo ocultar su sorpresa.
-Debe ser emocionante- sonrió la caballero Vala. Era una mujer resplandeciente, hermosa y poderosa físicamente, pues pese al traje se podían adivinar sus formas aguerridas. Nashra la miraba con admiración y envidia. Junto a Nero hacía una buena pareja de personas fuertes y luchadoras.
-Sin duda- comentó Nero poniéndose una camiseta gris de entrenamiento para cubrirse el cuerpo -A pasarlo bien- concluyó antes de marcharse seguido de Nashra.
-Tú ven conmigo, Vala. Tenemos unos asuntos que comentar-
-Sí, mi reina- dijo llevándose un puño a la altura del corazón con un golpe en el pecho.
-Aris, prepárala para la visita y cuéntale todo lo que debe saber- Selana miró a Anya de arriba abajo -Haznos sentir orgullosos querida- acabó secamente antes de partir.