ANYA
El día transcurrió entre risas fingidas, paseos innecesarios y alagos falsos. Sólo cuando comenzó a atardecer y todos los ciudadanos que había postrados ante las puertas de palacio comenzaron a dispersarse, Selana, la reina, invitó a Anya a conocer su nueva habitación.
Para sorpresa de la princesa, no necesitaron subir más escalones de los que ya había tomado. A penas llevaba unos días en Aeter y ya había podido llegar a la conclusión de que su arquitectura era tan irregular, que las escaleras eran una necesidad primordial. Un ascensor las condujo hasta una planta superior de palacio, alejada del ajetreo que se daba en las zonas más bajas de aquel enorme rascacielos. Estar encerrada en una cabina tan estrecha con la reina durante unos segundos fue uno de los momentos más incómodos que juró haber presenciado en toda su vida. Por suerte, a penas intercambiaron palabras hasta que, tras cruzar un largo pasillo adornado con lirios blancos colgados de las paredes, llegaron hasta la habitación cerrada. Selana abrió los pomos con ambas manos, y ante la princesa, una habitación de en sueño se dibujó ante sus ojos: Una cama enorme ataviada con sedas blancas colgantes presidía el centro de la estancia, la cual era tan grande, que albergaba un par de armarios, un escritorio y un espejo gigantesco. La habitación de la duquesa, en Carstad, también era bastante bonita. Pero jamás había visto una estancia tan grande como aquella para ser disfrutada por una sola persona.
— Vamos, entra —instó la reina, por lo que la chica obedeció. Desde cerca, pudo observar como los armarios de color celeste tenían dibujados numerosos lirios blancos idénticos a los que decoraban el pasillo. Incluso allí dentro había más flores. Mientras un buen montón de ellas lucían en el interior de un jarrón sobre el escritorio, el resto decoraba los pilares que separaban el balcón, acristalado, del resto de la habitación. —Es bonita, ¿verdad?
—No merezco tanto. Me hubiese conformado con una habitación cualquiera —aseguró Anya, componiendo un tono de voz que pocas veces había oído en ella.
—La habitación más bonita de invitados de todo palacio para la hija de nuestro mayor aliado, no podía ser menos —sonrió. —Piensa que tu estancia aquí no solo supone una alianza entre tu padre y nosotros. En unos días te convertirás en la esposa del futuro rey, si todo va bien —apuntilló. Aquel detalle no se le pasó por alto a la chica.
—¿Teméis algo de mi? —preguntó con fingida preocupación, pero verdadera diversión.
—Oh, no. En absoluto —volvió a reír la reina mientras se paseaba por la estancia, asegurándose de que todo estuviese bien. Sus cabellos claros se movían al compás de sus pisadas, haciendo que sus tirabuzones saltasen a la altura de sus caderas. —Pero... no sería la primera vez que se detecta un problema a tiempo, antes de que sea inevitable. Imaginad que... mi hijo no hace buenas migas a partir de hoy. O que... no se, provocáis una discusión —bromeó. Aunque algo en su voz hizo saber a Anya que en sus palabras había cierta realidad para ella.
—Sé perfectamente cual es mi papel aquí, alteza. Mi padre me ha criado con la suficiente educación como para saber a que atenerme en esas situaciones. Por el bien de Carstad y Aeter, su hijo y yo nos entenderemos bien. —alegó la princesa con un tono tan seguro, que hizo que la reina asintiese con un gesto complacido.
—¿Por que no te das un baño y te cambias de ropa? No creo la cena se demore demasiado —sugirió Selana. —El baño está en la sala del pasillo que tiene puertas blancas con decorados dorados. Nadie duerme en esta planta, de forma que tienes el baño a tu entera disposición. Ah, y procura elegir algo poco formal. Los conjuntos de gala los reservamos para ocasiones especiales. No queremos parecer... ególatras— y tras decir aquello, se marchó.
El primer minuto de intimidad con el que contó la chica después de haber llegado hasta allí, le supo a pura libertad. Suspiró pesadamente cuando las puertas se cerraron y casi sintió deseos de arrojarse hacia las sábanas e ignorar las invitaciones de sus nuevos familiares. Sin embargo, cada minuto en aquel lugar valía oro.
Abrió los armarios y lo único que encontró fueron vestidos y más vestidos. Tonos en tonalidades blancas, negras o grises. Incluso la ropa interior, guardada cuidadosamente en el interior de una cajonera, era de aquellos colores. Tanto empezaba a angustiarle que todo fuese tan monótono allí que el constante color blanco de la nieve de Carstad le pareció incluso divertido. Sin mayores preocupaciones, se decantó por un vestido de color negro y cuello blanco, corto y de mangas pequeñas. No le pareció nada elegante, aunque sí algo incómodo si lo comparaba con sus habituales pantalones invernales. De cualquier forma, cuando tomó todo lo que creyó necesario, se encaminó hacia los baños.
Las puertas claras de las que Selana hablaba destacaban en el pasillo. Eran más anchas que unas normales y por el hueco que quedaba entre el suelo y las mismas, se escapaba algo de vapor. La princesa supuso que ya alguien había dado la orden de preparar el baño para que pudiese relajarse sin demorar mucho tiempo. Y la verdad es que la idea no le pareció mala, pero tuvo que detenerse en mitad del camino cuando, al fondo del pasillo, junto a la puerta del ascensor, encontró al mismo hombre que la había vigilado en Casrtad, al soldado que se había presentado con esos aires extraños aquella misma mañana en palacio. —Tú... —fue lo único que la chica pudo decir ante aquella situación tan inverosímil.
—Gran Duquesa —contestó el hombre, haciendo una reverencia de lo más elegante. Sus cabellos castaños, algo largos, le cubrieron el rostro cuando se inclinó.
—¿Qué haces aquí? ¿Quien eres?
—Un simple soldado, mi lady. ¿Es correcto llamaros ahora así? Son tan distintos los títulos entre un reino y otro —aseguró con voz calmada. —De hecho, creo que ninguno de los títulos que pueda pronunciar aquí y ahora serían los correctos.
—No se de que estás hablando —. Ante la falta de palabras, el soldado comenzó a acercarse a la chica a paso lento. —Quieto, no des ni un paso más. ¿Qué haces aquí?
—Cumplo con mi deber.
—Pero no es tu deber estar aquí.
—Oh, sí que lo es —sonrió —Si su majestad me ordena custodiar el pasillo de la futura reina de Aeter, me temo que no puedo oponerme. ¿Volver a palacio y no cumplir con lo que he prometido? Eso sería muy temerario —. Anya no supo como tomarse aquella afirmación, ni mucho menos que alguien se atreviese a llamarla de aquel modo, en aquel lugar.
—Te vi en Carstad. Estabas vigilándome.
—Shhh, bajad la voz —ordenó, llevándose un dedo a los labios. —Por muy alto que sea este lugar, hay oídos en todas partes.
—No soy yo quien tiene que preocuparse de ello.
—¿De veras? —preguntó con un tono tan seguro y convencido, que a Anya se le erizaron todos los vellos de la piel. ¡¿Qué sabía ese hombre de ella?! —Por la expresión que habéis puesto, ya veo que no es así —. Sin mediar más palabras, la princesa echó la mano al bajo de su vestido y, tras alzarlo, extrajo una daga. El arma era preciosa y estaba afilada con precisión. —¿Habéis estado escondiendo eso todo este tiempo ahí debajo? Es una suerte que nadie se haya atrevido a tocaros.
—Y tengo otra más, así que no me obligues a usarlas —amenazó, colocándose en una posición ofensiva, preparada para atacar.
—Sois muy temeraria, eso está claro —afirmó. —No es conmigo contra quien debéis usarlas. Guardadla antes de que aparezca alguien y la cosa se ponga fea demasiado pronto. Creédme cuando os digo que si corrieseis peligro aquí, conmigo, con un simple grito ya tendríais a media guardia en esta planta a vuestra disposición. El palacio entero está lleno de soldados. Hay soldados hasta en... sitios que no podría llegar a haber imaginado —aseguró con cierta preocupación.
—La guardaré si me dices qué quieres de mi.
—Ya os lo he dicho. Me han ordenado custodiaros. Supongo que la reina Selana esta preocupada por hacer un alarde de generosidad. No solo admite en su corte a un soldado exiliado, sino que además lo pone al servicio de su huésped más delicado. Y todo por... haceros ver que es buena soberana.
—Pero en Carstad...
—Lo que ella no sabe... —continuó hablando, ignorando las intenciones de protestar de la princesa — ... es que yo ya llevaba años vigilando vuestra sombra.
Anya se quedó mirándole, sorprendida. No sintió miedo en ningún momento, puesto que sabía que lo que el hombre había dicho era cierto: un solo grito en alto y tendría a sus pies a medio ejército. Y no solo eso. Ella estaba más que preparada para atacar, pero... ¿Por qué hacerlo tan pronto? Sería muy sospechoso asesinar a un hombre antes de que cayese la noche del primer día de su estancia en aquel lugar. Todos los ojos apuntarían a ella, y eso era algo que no necesitaba. —Haz el favor de retirarte o pediré yo que lo hagan.
— ¿Te crees que soy un simple fanático, como todos esos pobres ciudadanos que han pasado la noche en la calle esperando veros la cara en persona? —se carcajeó —No me recordáis ¿No es así? —. Anya guardó silencio, aquella vez si que la había dejado desprovista de palabras. —Hace veinte años... cuando el fuego rodeaba vuestro hogar... el único hombre que se acercó a vos para salvaros...
El plan, las intenciones, las maquinaciones... años y años de trabajo se desmoronaron frente a los ojos de la chica en cuestión de segundos. La princesa abrió los ojos con sorpresa mientras observaba el parche que cubría el ojo del hombre. Cuando Branna ardió en llamas, asediada por el ejercito aeteri, un muchacho joven fue el responsable de que ella sobreviviese. Si él no la hubiese escondido en aquel armario, estaría muerta. Y aunque ya no recordaba nada de su rostro, no había olvidado que su ojo derecho estaba sangrando mucho aquella noche. —No...
—No tenéis que temer nada. Sigo, después de tantos años, de vuestra parte.
—No...no... ¡No!
—Tenéis que escucharme. Esta oportunidad es... —el hombre intentó acercar la mano a la princesa.
—¡No me toques!
—Bajad la voz, por lo que más queráis.
—¿Como has sabido quien soy? Habla.
—Siempre supe que eráis la hija de Vlad. No podría olvidar vuestro rostro obnubilado por el horror ni en un millón de años. El error de los demás es no darse cuenta.
—¡¿Y qué queréis?! —insitió la chica, que había vuelto a colocar la daga en una pose ofensiva. —Debería asesinaros ahora mismo. No permitiré que nadie me entorpezca. —. Ante su amenaza, el hombre esbozó una enorme sonrisa. —¿No me crees?
—Lo que casi no puedo creer es que todo sea... tal y como pensaba que sería.
De repente, la puerta del ascensor se abrió. Un par de sirvientas, ataviadas con ropas oscuras, se acercaron a ambos. Portaban toallas en las manos, de seguro, para el baño. Anya fue lo suficientemente ágil como para devolver la daga al cinto que la custodiaba en su muslo antes de que ellas se diesen cuenta. No sabía si en pocas horas se arrepentiría de ello, de haberse echado atrás y no haber gritado cualquier mentira sobre aquel hombre. —Señoritas —las saludó el soldado cuando se
—Gran Duquesa, veníamos para ayudarla a tomar su baño.
—No necesito ayuda —respondió la chica con una frialdad en la voz, que ambas sirvientas tragaron saliva después de mirarse mutuamente.
—Pero... querrá peinarse y ... —. Mientras las sirvientas se excusaban, Logan, el soldado, se alejó poco a poco del lugar para volver a retomar su posición de guardia. Dejó a la chica sola, sin opciones, frente a aquellas dos muchachas que sólo querían cumplir con su labor. Impotente, tuvo que aceptar y dejarse ayudar en el baño como si fuese inútil. Antes de entrar, le dedicó una mirada severa al soldado, que la observaba con una sonrisa en los labios.
Si la delataba... estaba perdida.
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