Nero
Amaneció de nuevo otro día más. Los rayos de sol atravesaron los cristales y de forma traviesa se colaban entre las largas y hermosas cortinas para alcanzar de forma ligera el rostro de Nero, al que molestaban y comenzaban a despertar. El muchacho abrió los ojos y se frotó el rostro con ambas manos. Con aquel movimiento, percibió una vez más, ya de forma rutinaria, que Nashra estaba semidesnuda y abrazada a él. La pobre chica no desistía ni un solo día en la tarea de intentar seducirle. Pensaba que con estar pegada a él y restregarle cualquier parte del cuerpo sobre su pecho o espalda desnuda causaría algún tipo de reacción en su marido tarde o temprano. Nero, por supuesto, odiaba admitir que así era. La miraba cada mañana mientras ella seguía durmiendo, tan hermosa y joven, que tan tentadora resultaba ella para cualquier hombre como repulsivo se sentía él. Le sacaba diez años más de edad y no sentía absolutamente nada por ella más que lástima. El simple hecho de compartir cama con ella ya le hacía sentir una persona horrible, tan horrible como su familia, los Aeter.
Contra todo pronóstico, aquella mañana sonó la puerta con fuertes golpes de nudillos. Nashra despertó entonces y sonrió al comprobar que su marido la estaba mirando -¿Haces eso cada mañana?- preguntó la chica con la voz un poco rasposa debido al sueño.
-No- contestó Nero, como siempre distante, mientras se ponía en pie. Se echó una camisa por encima para abrir la puerta y recibir al otro lado del umbral a un guardia de palacio.
-Señor, la reina os llama-
-¿Dónde está?-
-En los aposentos del príncipe Vian. No demoréis- el soldado esperó una réplica, pero Nero le cerró las puertas en las narices y procedió a vestirse. Nashra lo miraba tapada con las sábanas por el si el soldado hubiese tenido la mala idea de entrar.
-¿Qué ocurre?-
-Algo habré hecho- se encogió de hombros Nero.
Rato después, Nero y su esposa se encontraban ante la puerta de Vian. Allí se encontraron con Anya, Lucce y Aris. Afortunadamente, Reven no parecía estar presente -¿Os ha hecho llamar a todos?- observó Nero
-Sí- bostezó Lucce -Con cierta urgencia además- justo al decir aquellas palabras, la reina abrió la puerta de la habitación de Vian y los hizo pasar a todos para que vieran el deplorable estado de su hermano mayor, que se encontraba bastante alicaido aquella mañana, sin ánimos de tan siquiera levantar la cabeza para saludarles.
-Oh, Leviatan... Vian...- Stelaris se llevó una mano a la boca.
-Está peor- suspiró Selana -Necesita las Lágrimas-
-¿Lágrimas...?- se preguntó Anya en voz baja, nunca había oido algo así.
-Lágrimas del Mar- explicó Selana con un deje de impaciencia -Es un medicamento, si se le puede llamar así. Necesito que alguien vaya a por él-
-Yo iría- alzó timidamente la mano Lucce
-No- negó Selana abruptamente.
-No des más rodeos, me vas a mandar a mí- bufó Nero -Como de costumbre-
-¿Te resulta alguna molestia ir a por medicinas para tu hermano?- Selana alzó ligeramente el rostro con soberbia, provocadora.
-Preferiría simplemente que no molestaras a los demás y me indicaras directamente que vaya a Ocian a por las Lágrimas-
-Supongo que no debe molestar a nadie indicar el estado de salud de Vian- la reina miró con paciencia a todos los presentes y todos negaron, salvo Nero.
-Ya, en fin- suspiró -¿Está listo el coche?-
-Desde antes de la aurora- sonrió condescendiente la reina. Daba a entender con ese gesto que Nero tendría que haber partido hacía horas y sin embargo no se ofreció a ir por las medicinas. Por supuesto, nadie lo hizo, de todas formas.
-Pues vale- se fue a dar la vuelta para marcharse pero Nashra le tomó la mano.
-Voy contigo- sonrió.
-No- sentenció -Ya sabes lo que hay ahí fuera. Solo serás una molestia-
-Pero es peligroso ir solo...- se excusó ella pese a que la llamara "molestia" le resultó un tanto hiriente.
-Puedo acompañarle- terció entonces la voz de Anya, valiente y decidida. Se hizo un más que notable silencio en toda la habitación -Sé cuidarme sola-
-No sabía que en Carstad teníais problemas de oído- apuntó Nero -He dicho que es peligroso-
-¿Y en Aeter los tenéis más sanos que en Carstad? He dicho que sé cuidarme- desafió con un leve tono de altivez.
-Bueno- se interpuso la reina -Esto es ciertamente inesperado- rió. Anya la miró -En Aeter no acostumbramos a entrenar a nuestras mujeres para la batalla. Ciertamente tenemos nociones de uso de magia y armas para la autodefensa-
-Yo no soy de Aeter- sonrió Anya -Os aseguro a todos que sé defenderme-
-¿Has visto alguna vez a esas cosas?- dijo Nero, acercándose a ella a paso lento -A las sombras-
-¿Qué sombras?- Anya le miraba sin retroceder ni empequeñecerse ante el tamaño de Nero
-Unas pesadillas que me abordarán por la noche en cuanto salga de la ciudad. No las verás aquí como tampoco las viste en tu viaje desde Carstad. Enviamos unos glifos de protección que cuestan una enorme inversión de energía, los mismos que protegen la ciudad. Es por eso, que son tan costosos, que no los hay ahí fuera y no es seguro que vayan a protegerme durante todo el trayecto- Nero sonrió de forma despectiva -Dudo mucho que alguien del imperio Carstad sepa defenderse de algo semejante- entonces ambos se callaron y se dedicaron a cruzar la mirada. Anya simplemente entornó los ojos, evaluando a Nero y desafiándole.
-Si tan hábil es, que lo de muestre- inquirió Selana -No deja de ser a fin de cuentas un noble gesto por parte de la futura esposa de Vian el querer ir a por sus medicamentos- pinchó -Pero claro, un noble gesto que es un desperdicio de vida si resulta ser incapaz de enfrentar a un noble Aeter-
-Puedo mostrarlo- asintió, segura -Y si lo demuestro como considero que haré, podré ir ¿No?-
-Qué insistente- sospechó Nero.
-Soy su prometida- señaló Anya -Si no cuido de él ¿En qué me convierte eso?- miró a la reina -¿Alteza?- las palabras de Anya la dejaron desarmada para contestar alguna de sus ocurrencias. Simplemente se limitó a asentir.
-Vamos al patio...-
No fueron al jardín, sino al patio de armas. Era una parte alejada de la zona de recreo delimitada por un círculo de arena y rodeada por diversas armas de entrenamiento. A Anya no se le pasó por alto que el material de entrenamiento no era el típico equipo de madera, sino que eran armas reales, capaces de dañar e incluso matar ¿Los Aeter estaban realmente bien de la cabeza? ¿Permitirían que sus hombres se mataran entre ellos en entrenamientos?
-Ahí fuera no solo están las sombras, que aparecen de noche. Durante el día podéis encontrar bandidos, salteadores, terroristas o simplemente un loco que considere oportuno tratar de secuestrar a un miembro de la realeza. Aunque tratamos de salir de incógnito a la hora de viajar, somos figuras públicas y nos conocen en todas partes cuando nos ven las caras- explicó la reina mientras Nero ya estaba escogiendo una espada básica, sin adorno ni gloria. Una simple hoja de acero y una empuñadura. Nashra lo miraba preocupada -Sin contar las posibles bestias salvajes- añadió también -¿Crees que Carstad te ha preparado para eso, Anya?- la princesa asintió
-¿Puedo elegir?-
-Todos podemos elegir- sonrió friamente la reina
-Arma- aclaró Anya.
-Oh, por supuesto que puedes elegir- invitó con la mano a que lo hiciera en la amplia selección de armamento que había repartido por el patio. La chica caminó con aire distraido observando arma tras arma, estudiándola, sacando conclusiones y recordando cómo se le dieron los manejos de cada una. Finalmente, se decantó por una larga vara de madera.
-Se va a partir- suspiró Nero alzando la espada.
-No lo hará- sonrió Anya dulcemente, colocándose frente a él.
-No le hagas daño, Nero- ordenó la reina. Anya no la miró, pero sintió enormes deseos de lanzarle la vara a su majestad real.
-No te hagas daño- dijo Nero aburrido a Anya, subestimándola.
-No lo haré- repitió ella con la misma sonrisa.
Con un solo gesto de la reina, se dio por iniciado el combate. Nero avanzó hacia ella con paso confiado. Era curioso para Anya ver algún tipo de emoción en el rostro del príncipe desaliñado ¿Le resultaba divertido subestimarla? ¿El intentar dejarla por una torpe bocazas? A raíz de ello, la chica esperó paciente. Con apenas unos metros de distancia, Nero se lanzó al ataque con un brinco hacia la princesa de Carstad, lanzando una suave estocada con intenciones de detenerse antes de tocarla. Nashra lanzó un gritito en el exterior de la arena, con el resto del público real. Anya, por su parte, se mantuvo inerte. Efectivamente, la hoja se detuvo a escasos centímetros de tocar su piel. Nero sonrió.
-Y así es como muere una princesa- dijo creído y despreocupado.
-No- sonrió la chica -Así, entre algodones y envueltos en el paño cegador de la confianza, es como mueren los grandes hombres- dicho aquello, la sonrisa estúpida de Nero se borró de su rostro. Bajó la mirada y encontró que la vara de la chica se había colado entre sus piernas a ras del suelo. Con un fuerte barrido, el príncipe besó la tierra. El silencio se hizo tan sepulcral que ni el viento se oía.
-Creo que ha quedado claro, Nero, que no debes jugar- carraspeó la reina, irritada por el bochornoso espectáculo.
-Ya... Lo veo...- el hombre se puso en pie y se sacudió la arena de la ropa -Culpa mía. Pensé que no serías capaz de atacarme-
-Para eso estamos aquí- señaló Anya -¿No?-
-Sí... Para eso estamos aquí- esta vez, la espada de Nero silbó cortando el viento cuando trató de cortar a Anya a la altura del cuello. Nashra volvió a gritar, pero sin motivos. Anya se agachó con la velocidad el rayo y golpeó a Nero con el extremo de la vara en el estómago de forma tan seca y precisa que lo dejó sin aliento un instante. Acto seguido, remató con otra punzada de madera en el pecho del muchacho y fue a culminar con un golpe seco en la garganta que, de no ser porque Nero se recompuso velozmente y aferró con todas sus fuerzas el extremo de la vara, podría haberle matado sin contemplaciones -¿Eres... consciente de lo que ibas a hacer?- en aquel instante solo parecían estar ellos dos, Nero y Anya. Mientras luchaban, solamente Nero podía comprenderla y verla de cerca, sus intenciones. Nadie salvo él, el segundo príncipe y sucesor de Vian, fue capaz de ver los ojos de fuego de Anya ¿Realmente... lo hubiese matado en ese instante? Era fácil pensar que se hubiese detenido, pero tenía que usar toda la fuerza de su brazo para detener aún en ese instante el impulso de los brazos de la chica. Aún seguía forzando, aún seguía peleando. No se estaba conteniendo. Si le daba en ese lugar, de esa forma, definitivamente encontraría la tumba -Bien... si quieres jugar así, juguemos así- agarrando la vara aún, alzó la espada. Si soltaba el arma, estaba derrotada. Si la alcanzaba, estaría hospitalizada durante semanas. Nero se sabía ganador, pero una vez más la subestimó. Antes de recibir el impacto y aprovechando el apoyo que proporcionaba Nero al sostener la vara con tanta fuerza, Anya se deslizó por encima de la vara para cambiar de lado como si ella misma fuera una serpiente. De esa forma esquivó el tajo de Nero y lo dejó expuesto. Con solo tirar del largo palo de madera hacia el lateral, Nero fue arrastrado hacia delante de su posición. Girando sobre sí misma a raíz de ese impulso, arremetió con fuerza por la parte trasera de Nero, azotando su espalda con la vara. El restallido del golpe sonó monstruoso y hasta Nashra, alejada, se llevó las manos a la cara. La camisa blanca de Nero no tardó en dibujar una linea roja de sangre por la carne abierta por el latigazo. El muchacho sin embargo la miró sin inmutarse, de la misma forma que Anya no parecía mostrar preocupación alguna por la salud del príncipe.
-Se van a hacer daño. Alteza, por favor...- suplicó Nashra.
-No- la mandó callar con la mano -Silencio, niña- ordenó secamente, con los ojos furiosos puestos sobre Anya.
-Voy a dejar de contenerme a partir de ahora- advirtió Nero -Me has hecho daño-
-El enemigo siempre te hará daño. Si no lo hace, no es un enemigo- recitó Anya
-Significa eso que eres mi enemiga ¿eh?- Nero torció la boca en una media sonrisa
-Las palabras no son escudo contra el arma del enemigo- volvió a repetir -Defiéndete príncipe de Aeter, o seré yo quien tenga que protegerte a ti ahí fuera- le estaba costando mantener la compostura. Portando un arma contra un miembro de la familia Aeter, era demasiado tentador. Tenía ganas de impregnarlo de llamas, incinerarlo como ellos hicieron con Branna, reducirlo a un amasijo de carne a base de golpes si era necesario.
-Maldita seas... No te des tantos aires- gruñó Nero lanzándose al ataque con todas sus fuerzas. Anya, sabiéndose incapaz de controlarse por mucho más tiempo, decidió jugar con inteligencia y sacrificar la oportunidad. Esquivó con galantería los embites de Nero, como si fuese una bailarina. Con gracia, golpeó el brazo de su rival de forma precisa, haciendo que la espada volase de su mano. De nuevo, hizo un barrido girando sobre sus pies como aquellas danzarinas de Branna que recordaba, a veces de forma fantasmal, en su más tierna niñez. El vestido volaba a juego con sus movimientos como si fuese una diosa de la guerra. La vara entonces alcanzó a Nero en la parte trasera de las rodillas, obligándolo a caer de espaldas. Para acabar, Anya lanzó una estocada final con el extremo de la vara sobre el rostro de Nero como si fuese un rayo justiciero.
-¡BASTA!- gritó Nashra desde el público. Para su sorpresa, Anya ya se había detenido. Acariciaba y jugaba graciosamente la nariz de Nero con el extremo de la vara
-Boop, boop, boop- sonreía la princesa de Carstad -Puedo defenderme, príncipe Nero- afirmó, alejándose de él. Desde la distancia, hizo una reverencia a la reina. Ni siquiera había roto a sudar.
-Es... increible- Lucce tenía las manos sobre la cabeza, completamente sorprendido -¡Es un ángel de batalla!-
-Creo que me he enamorado hasta yo...- Stelaris tenía la mano sobre el corazón -Es impresionante-
-C-creo... que Nero estará a salvo si ella va ¿No?- preguntó Nashra a la reina con el corazón desbocado.
-A salvo... sí...- gruñó. Nero se incorporó y se sacudió la arena de la ropa para luego mirar a la reina. Esta negó con la cabeza con suma decepción y procedió a marcharse mientras los demás se acercaban a los combatientes. Lucce y Aris daban sus enhorabuenas a Anya y la admiraban mientras que Nashra examinaba a Nero. Este último solamente tenía ojos para Anya, que sonreía ruborizada y se quitaba méritos ante las alabanzas de Lucce y Stelaris. Esa que se mostraba humilde no era la misma con la que acababa de luchar. Sus ojos brillantes e inocentes como los de Nashra no eran los que ardían con fulgor y sed de combate. Esas manos que agarraban timidamente la vara como un niño agarra un regalo para sus padres no eran las manos que casi le matan dos veces en menos de un minuto.
-¿Nero?- la voz de Nashra por fin le sacó de sus pensamientos -¿Me has oído?- la chica alternava la mirada entre él y Anya, pues no había dejado de mirarla -¿Estás... bien? ¿Ocurre algo?- preguntó con tono preocupado
-No, estoy bien. Un poco aturdido, es todo- aclaró escuetamente.
-¿Te duele?- quiso examinarle la espalda, pero Nero le detuvo las manos.
-Estoy bien, Nashra- su voz sonaba impaciente.
-V-vale...- suspiró -¿Vas a dejar que ella te acompañe entonces?- al preguntar aquello, Anya le miró también. Nero correspondió a la mirada de la muchacha extranjera y por un instante creyó reconocer de nuevo ese ardor en uno de sus pestañeos curiosos.
-Sí... Vendrá conmigo- Nashra sonrió de puro alivio. Mejor acompañado que solo, pues la princesa de Carstad había demostrado más que sobradas habilidades para el combate.
Mientras, en la distancia, alguien observaba más que complacido aquella magnífica demostración de habilidades...
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