ANYA
El lujoso coche que la esperaba a las puertas de palacio, no era en absoluto similar al de su padre o al que había tomado para viajar hasta a Ocian. Se trataba de un vehículo alargado, parecido a una limusina. Sus cristales tintados reflejaban el brillo del sol aquel mediodía de forma que amenazaba con cegar a cualquiera que mirase. Y su interior... su interior olía a nuevo. — ¿A que es bonito? — preguntó Stelaris mientras se recogía el bajo de su vestido, vaporoso y azulado. — Me lo regaló padre cuando cumplí los treinta. Aunque claro, yo no puedo conducir — se carcajeó de forma graciosa. Tras ella, Lucce tomó asiento. El príncipe, que hasta hacía una hora había estado envuelto en sudor, ahora se encontraba debidamente peinado y vistiendo una camisa de color lavanda bastante fresca.
— Padre no me hace este tipo de regalos — se quejó el chico.
— Cuando seas más mayor, comenzará a regalarte todo cuanto pidas. De momento solo eres un niñito que tiene que aprender — se burló su hermana de él, agitando sus cabellos y destruyendo su exquisito peinado hacia atrás. Cuando Anya entró en el interior del coche, pudo comprobar que había asientos suficientes para cuatro personas o más. Los asientos se ubicaban uno frente al otro, con un espacio en medio lo suficientemente grande como para acomodar las piernas al gusto.
— ¿Y que vamos a hacer exactamente? — preguntó la princesa.
— Vamos a visitar a los huérfanos. De vez en cuando, organizamos visitas a lugares importantes de la ciudad, como hospitales, museos, parques nacionales u orfanatos. Lo que hacemos es mostrar nuestra gratitud hacia los responsables de esos lugares para hacer ver que sin ellos, ninguno sería posible — explicó Lucce, que, aunque algo nervioso, dejaba entrever el futuro gran orador en el que se convertiría. Al chico le brillaban los ojos al hablar, como si le encantase mostrar algo con sus palabras.
— Y de paso, nos hacen fotos, entrevistas y... bueno. La gente nos ve — añadió Stelaris con aires de superioridad. Al mismo tiempo, el chófer y guardián de Stelaris, un hombre robusto de piel oscura, tomó asiento y arrancó el coche. — Pon música ¡Por favor! — pidió. Con un gesto rápido, el hombre pulsó un botón del panel del vehículo y comenzó a reproducirse una música de lo más pegadiza. La princesa comenzó a mover los brazos sin vergüenza alguna. Lucce, sin embargo, se mantuvo quieto.
— Quieres decir que es como... ¿Una visita pública o algo así?
— Sí, exactamente. De vez en cuando donamos un poco de dinero. — terminó por explicar Lucce. La inseguridad con la que pronunció aquellas palabras denotaba que no sabía cuantas eran esas veces, exactamente.
— El caso es que hoy será tu primer día — sonrió Stelaris. Extendió sus manos hasta coger las de Anya, que fingiendo amabilidad, se las cedió. Tenía los dedos finos, largos y suaves, así como unas uñas muy cuidadas y bien pintadas. Nada que ver con sus dedos deshidratados. — Ya verás, se te va a dar muy bien y la gente está deseando verte. Es muy emocionante ¿Sabes? Cuando yo iba a casarme, todo el público de centraba en mi y la gente solo quería saber cosas sobre como sería la boda y demás.
— ¿En Carstad no hacéis entrevistas? — preguntó Lucce curioso, seguramente llevado por el silencio constante de Anya.
— Sí, sí. Alguna vez, pero... somos más reservados en cuanto a nuestra vida personal. Aparecemos en sitios públicos cuando es necesario, pero no nos mostramos a la gente, por así decirlo. Además, mis hermanos y yo siempre hemos estado muy ocupados estudiando y preparándonos para ser buenos gobernadores. Mi padre es quien se ha encargado de hacer las apariciones la mayoría de las veces — explicó la chica.
— ¡Pero eso no tiene nada de divertido! — se quejó la princesa, soltándose las manos. — ¿Que sentido tiene ser alguien famoso y no poder comportarte como tal?
— A mi me parece responsable por parte de los Carstad — alegó Lucce.
— Oh, vamos ¡Es un desperdicio! Mira a Anya, es hermosa y tiene carisma. Una sonrisa de ella hacia la cámara y empezarán a vender tazas con su cara impresa en ella.
— Sí que te gusta la atención — se atrevió a decir la chica, maquillando sus palabras bajo una tonalidad de voz graciosa y amistosa, lo suficiente como para que la princesa no se ofendiese. Aunque claro estaba, era una egocéntrica.
— Nací para las cámaras, qué puedo decir — continuó Stelaris con la broma. — En cualquier caso, la gente está deseando saber de ti. Las miradas se centrarán en la futura esposa del futuro rey — comentó con aires dramáticos.
— ¿Como sabes que la gente quiere eso?
— ¿A caso no lees revistas? ¿No has probado a encender la televisión aún? — preguntó incrédula. — Estás en todas partes. La gente se pregunta muchas cosas sobre ti y sobre Vian. Quieren saber cada detalle de vuestro romance.
— ¿Romance? — preguntó extrañada. — ¿Qué se preguntan? — quiso saber, siendo presa de una ligera angustia. Anya, al contrario que Stelaris, odiaba ser el centro de atención.
— Pues... cómo surgió todo, cuándo os conocisteis, por qué os enamoráisteis el uno del otro...
— Pero... pero si yo no conozco a Vian.
— Ni yo tampoco conocía a Reven apenas cuando me casé con él. Sólo era el hijo de una familia vasalla, pero la gente pensó que no era así. Al fin y al cabo, es lo que contamos — guiñó el ojo la princesa.
— Nuestros padres creen que distorsionar un poco la realidad hace que todo sea mejor — se excusó Lucce.
— Está un poco feo decir que los matrimonios son concertados. No es nada romántico, nada que se pueda vender. Nos idealizamos un poco ante la opinión pública. Por ejemplo, yo dije que había estado enamorada de Reven desde niña. Incluso dejé caer alguna vez que en nuestra adolescencia ya habíamos... en fin, mostrado mutuamente nuestro amor — sonrió. Anya se quedó en silencio. Aquella forma de actuar ante la gente no le extrañó en absoluto, sobre todo después de comprobar que la familia real de Aeter velaba por sus propios intereses y que vivían recluidos en el interior de su perfecta bola de cristal. Definitivamente, ocultando la enfermedad del heredero y los trapos sucios que se hacían con los matrimonios, los Aeter querían continuamente mostrar ser una familia que en realidad no eran. Sólo por ese detalle, insignificante pero valioso, Anya agradeció enormemente haber sido enviada con Stelaris y Vian a un compromiso como aquel. Por ello carraspeó un poco y se recompuso tras su leve expresión de incredulidad.
— ¿Y que debería decir yo? — preguntó fingiendo confusión.
— ¿Por que no cuentas que manteníais una relación por cartas? — sugirió el chico con timidez.
— Pero bueno, Lucce ¡Eres un romántico! — dijo Stelaris sorprendida — Aunque eso de las cartas...
— Es bonito, hermana. Yo lo haría con alguien que me gustase de verdad. — se sonrojó.
— Me parece bien — sonrió dulcemente Anya. Lucce quiso devolverle la sonrisa, pero le temblaba tanto el labio por aquel reconocimiento, que su expresión quedó muy rara. Para cuando quiso arreglarla, ya estaban llegando al orfanato.
El lugar debía ser de lo más acogedor si se trataba de un día normal, cualquiera. Sin embargo, aquel día fue imposible encontrar dicha tranquilidad. Desde mucho antes de llegar, Anya pudo ver desde el interior del vehículo a un sin fin de personas apelotonadas en las aceras, que gritaron y saludaron con efusividad cuando vieron el coche pasar por su lado, aunque no fuesen capaces si quiera de ver quien estaba dentro. Y al llegar a las puertas del orfanato, aquello se convirtió en un caso.
Cuando Stelaris puso un pie en la acera, los gritos se elevaron por todas partes. Los flashes iluminaron el lugar por todas las esquinas y los soldados que habían acompañado al trío en distintos coches muchos más comunes, se desplegaron por todas partes, mostrando sus armas para disuadir. Cuando Anya salió del coche se sintió abrumada. El camino hacia el orfanato, que apenas eran diez pasos, estaba libre y dispuesto para que los tres lo cruzaran cuando quisieran. Pero a la chica le pareció que estaba demasiado lejos, dada la cantidad de gente que allí había. Le pareció incluso que un helicóptero sobrevolaba sobre sus cabezas, seguramente captando aquella escena. Sin embargo, con un papel que cumplir como meta, tomó aire y se enfrentó a la muchedumbre.
Su nombre resonaba por todas partes, de forma que daba igual al sitio que mirase, siempre había gente saludándola. Con una sonrisa lo más dulce posible y un gesto con la mano, saludó a todos, haciendo que la euforia rompiese por todos los rincones. Numerosos entrevistadores intentaron burlar la seguridad de los soldados y alzaron sus micrófonos para intentar captar cualquier declaración de los presentes. Por ello, Anya lanzó una mirada a Stelaris, quien asintió sabedora de lo que la chica intentaba hacer. Se acercó a un periodista al azar, a quien se le iluminaron los ojos al comprender que tendría la primera entrevista en exclusiva de la futura novia. — ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Unas preguntas de la ANN! — insistió el hombre, que iba vestido con ropas elegantes pero mal combinadas. — ¡¿Qué le parece Aeter?! — preguntó con rapidez, viendo como docenas de periodistas se acercaban a su mismo punto y extendían sus micrófonos a la vez.
— Pues... es muy bonita y muy cálida. Nada que ver con Carstad. — respondió algo insegura al no saber si aquella era la respuesta correcta.
— ¡¿Y está nerviosa por la próxima boda?!
— Muchísimo. Estoy realmente impaciente. — fingió nuevamente.
—¡Lady Carstad! ¡¿Podría facilitarnos una fecha?! — preguntó una entrevistadora que había conseguido ponerse justo al lado del primero.
— Me temo que no. Pero sé que será pronto.
— ¡¿Tiene ya vestido?!
— Tampoco.
— ¡¿Y en que diseñador confiaría para confeccionar el vestido?!
— Pues... — tragó saliva. — ¿No lo sé? Lo siento muchísimo de verdad. Mis respuestas están siendo muy escuetas, pero aun llevo poco tiempo aquí y estoy intentando adaptarme. Ruego que perdonéis mi falta de conocimientos sobre el reino — se disculpó con naturalidad. Una naturalidad tan perfectamente fingida, que a todos los presentes conquistó.
— ¡¿Y que ropa lleva hoy?!
— Un vestido claro que estaba en el armario y unos zapatos altos que... me están matando. Os lo prometo. No puedo más. — aseguró, y ni corta ni perezosa, se descalzó allí en medio. El estupor se apoderó del ambiente, lo que hizo saber a Anya que ninguna princesa jamás se había aventurado a comportarse de una forma tan cercana frente a las cámaras. Justo lo que necesitaba. Si la amaban... si la respetaban... la opinión pública presionaría siempre a su favor.
— ¡Para la Aeter por la mañana! ¡¿Podría decirnos como está siendo su estancia en palacio?
— Maravillosa. Confieso que estaba un poco nerviosa al principio, pero me he adaptado bastante y todo gracias al apoyo incondicional de la familia real. De verdad, me tratan como si fuese una más. Es maravilloso. No tengo palabras.
— ¡¿Quiere decir con eso que todos están de acuerdo con su matrimonio?!
— Pues espero que sí — se carcajeó. — Sobre todo por parte del príncipe Vian. Si él no está de acuerdo, creo que estoy haciendo el ridículo aquí.
— ¡Por aquí! ¡Para el canal nacional! ¡¿Podría decirnos cual será su postura con respecto a Aeter?! ¡¿Ocupará un lugar político en la gestión del reino?!
— No lo sé, pero estoy a entera disposición de sus Majestades para todo cuanto necesitasen. Por mi parte, estoy intentando instruirme lo más rápido posible. Aeter necesita mejoras importantes, sobre todo en seguridad. Y estoy dispuesta a colaborar en ello. — aseguró con seriedad, provocando una respuesta clara en los presentes. Una aceptación.
Tras ello, Anya no tuvo mas tiempo para hablar. Fue dirigida junto con Stelaris y Lucce hacia el interior del orfanato para visitar a los niños y agradecer a sus cuidadores la encomiable labor que hacían con ellos. A Anya le importó poco si en el interior cumplía mejor o peor su papel. Las cámaras quedaron fuera, teniendo sólo un canal de televisión permiso para filmar algunas escenas de las princesas y el príncipe conversando con los niños. Su papel aquel día había sido suficiente para dar un paso más. Cada vez estaba más cerca el final.
— ¡Por aquí! ¡Para el canal nacional! ¡¿Podría decirnos cual será su postura con respecto a Aeter?! ¡¿Ocupará un lugar político en la gestión del reino?!
— No lo sé, pero estoy a entera disposición de sus Majestades para todo cuanto necesitasen. Por mi parte, estoy intentando instruirme lo más rápido posible. Aeter necesita mejoras importantes, sobre todo en seguridad. Y estoy dispuesta a colaborar en ello. — aseguró con seriedad, provocando una respuesta clara en los presentes. Una aceptación.
Tras ello, Anya no tuvo mas tiempo para hablar. Fue dirigida junto con Stelaris y Lucce hacia el interior del orfanato para visitar a los niños y agradecer a sus cuidadores la encomiable labor que hacían con ellos. A Anya le importó poco si en el interior cumplía mejor o peor su papel. Las cámaras quedaron fuera, teniendo sólo un canal de televisión permiso para filmar algunas escenas de las princesas y el príncipe conversando con los niños. Su papel aquel día había sido suficiente para dar un paso más. Cada vez estaba más cerca el final.
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