miércoles, 14 de agosto de 2019

ANYA

El frío que arreciaba a aquellas horas tempranas de la mañana, no era más que el aviso de que el temporal de nieve se acrecentaría con el pasar de las horas. 

Cuando Anya salió de palacio y puso el pie en el jardín, muerto y cubierto de hielo, no pudo evitar desenguantarse una mano para deleitarse con el tacto de un copo de nieve, el cual no tardó demasiado tiempo en derretirse hasta convertirse en agua, que acabó derramándose por las líneas naturales de su palma. Se preguntó cuando sería la próxima vez que sintiese el frío de un copo congelado sobre la piel, e incluso si habría una próxima vez en caso de que aquella fuese la última. Sin miramientos, volvió a colocarse el aguante para asegurarse de que de ninguna forma enfermaría antes de llegar a su destino. Pensar en el futuro, en aquel momento, sería algo sumamente estúpido.
— Ya está todo listo, Anya —aseguró Alek, su hermano, quien había estado preparando la marcha de su hermana y asegurándose de que no faltase nada en los preparativos. —Voy a avisar a padre —terminó por decir justo antes de pasar por su lado y volver a entrar en palacio.
—¿Nerviosa, hermanita? —preguntó Lev, su otro hermano. Era el mayor de todos, y por tanto, el futuro emperador de Carstad. Sin embargo, por sus formas, nadie lo hubiese adivinado. Dejaba su brazo izquierdo caer sobre el marco de las puertas de roble oscura, en una pose de lo más descuidada. Por su olor y la botella de whisky que portaba, no era difícil adivinar que estaba borracho. —Se supone que todas las novias lo están. Aunque... no se si mi mujer lo estuvo alguna vez, la verdad — meditó con seriedad. Se refería a Masha, la mujer con la que se había casado hacía ya ocho años. Habían tenido un par de hijos, pero la relación entre ellos dos... dejaba mucho que desear. 
—Tengo el pulso tranquilo, si es a lo que te refieres —aseguró la chica sin esbozar ningún tipo de expresión. 
—Eso es bueno —aseguró Lev con un movimiento de dedos de lo más vago. —Pero procura que esos pijos vean algo de sangre en tus venas. Si pones siempre esa cara, no solo tu marido no va a aceptarte, sino que van a devolverte y denunciarnos por haberles enviado una muñeca en vez de una princesa real —bromeó. La muchacha decidió no contestar. Aunque respetaba y admiraba a sus hermanos, tratar con Lev cuando estaba bebido era una labor exasperante. —¿Me estás escuchando?
—Sí —se limitó a contestar, lo que provocó un gesto de asco en el hombre.
—De verdad, hermana. No te voy a echar de menos. 

Anya caminó a paso tranquilo atravesando el jardín. El lago principal, que hacía de unión a las cuatro zonas del jardín, yacía congelado. Los patos que durante un par de meses al año solían bañarse en sus aguas, ya no estaban. Como tampoco había flores, ni hierva verdosa, ni un solo árbol con hojas. Todo parecía estar muerto, parado en el tiempo, lo que a la chica le pareció la mar de poético. Sobre todo cuando llegó hasta el coche que la llevaría hasta Aeter. Una limusina alargada negra, con cristales tintados y el escudo de Carstad dibujado en una de sus puertas, la esperaba tras las grandes puertas de hierro que separaban su hogar del resto del mundo. Al rededor, una docena de coches más, pequeños y oscuros, aguardaban para partir. Todos estaban blindados a prueba de balas y magia por seguridad, tanto para ella como para el resto de soldados que la acompañarían. 
—¿Preparada? —preguntó una voz suave y sosegada a sus espaldas. En el reflejo del cristal del coche, Anya vio acercarse a su padre. No vestía ropas de gala ni se había afeitado, puesto que aquel acontecimiento no le pertenecía a él. 
—Hace años que lo estoy —respondió la chica.
—Pues sólo te pido que tengas cuidado, hija mía —sonrió —Estás más que preparada. Lo sabes. —aseguró. La chica asintió con confianza, para posteriormente recibir un abrazo cálido de su padre. —No podemos comunicarnos ni vernos hasta que ellos lo decidan. Cuídate. —susurró.
—Vosotros también. 
—Llévate esto —Lev le ofreció una botella de alcohol a su hermana. La había sacado de debajo de su abrigo de piel. —No es para que te emborraches, es para el frío —explicó antes de que pudiesen quejarse.
—No dejes que se crean superiores a ti — pidió Alek, colocando la capucha del abrigo sobre la cabeza de su hermana, para posteriormente abrir la puerta del coche y ayudarla a entrar. Una vez dentro, la chica se acomodó y accionó el interruptor que hizo bajar el cristal de la ventanilla más cercana. Al otro lado, su familia aún aguardaba.
— Recuerda quien eres.

                                                                                            ...
                                                 

El primer día de viaje transcurrió lento y agotador. Que lo único que la princesa pudiese observar a través de los cristales del vehículo fuesen grandes masas de nieve durante horas, no daba lugar alguno a la distracción. Su mente se había visto envuelta en un bucle constante de silencio e ideas, planes y especulaciones. Sus manos juguetearon con las pieles del abrigo de forma inconsciente, así como su respiración se acostumbró a funcionar de la misma forma que lo haría si estuviese dormida. Tan tedioso fue, que se sorprendió durante el par de veces que el convoy de coches se detuvo para hacer un alto y descansar. Sin embargo, Anya no salió del coche en ningún momento. Comió y se aseó en el interior del mismo, una vez más, por seguridad. No fue hasta la noche cuando por fin pudo poner un pie fuera del vehículo.

El grupo se detuvo en un poblado llamado Yorak cuando cayó la noche. Hasta donde los ojos de la chica pudieron observar, el pueblo apenas tendría más de una docena de viviendas, un mercado y una oficina política. Era perfecto para refugiarse, pero extraño si lo compraba con su hogar o todo cuanto recordaba haber visto en su vida, que era poco.
Es hospedaje se había reservado previamente en un pequeño hostal de apenas un par de plantas. Estaba viejo y destartalado, pero estaba limpio y vacío de personas, tal y como Vlad, el emperador, había ordenado. 
Anya no puso quejas al entrar a su habitación cuando un solado la condujo hasta ella. El hombre, que aún no e había quitado su gorro negro de piel, le aseguró que él y su compañero harían guardia fuera para velar por su seguridad. Cuando cerró la puerta, la chica se echó sobre la camina. Decir que no le dolía el trasero sería mentir, pero, por suerte, no tenía a nadie a quien decírselo. se quitó la capa aún estado acostada y cerró los ojos. Había estado tanto tiempo imaginando como sería Aeter, como sería la familia real en realidad... que estar tan cerca del momento de conocerlos le producía dolor de cabeza. Necesitaba dormir, reponer fuerzas cuanto antes. Por eso, dedicó sus energías a hacer un último esfuerzo para ponerse de nuevo en pie. A pesar de que la estancia estaba oscura, la luz blanquecina y fría de la luna se colaba por la ventana, iluminándola por completo. Y esa luz le molestaba muchísimo, de forma que agradeció que la ventana estuviese decorada con un par de cortinas verdosas que poder correr. Sin embargo, cuando las tomó con las manos tuvo que detenerse, pues había observado algo a través del cristal. Nevaba, de forma que para volver a apreciar lo que sus ojos habían captado tuvo que agudizar la vista y centrarse en un punto concreto de la calle. Y entonces lo vio. Una chispa, una pizca de fuego en mitad de la oscuridad, que consiguió alumbrar durante un segundo el rostro de un hombre que la observaba. El humo del cigarro que había encendido se elevó, pero él no se movió, sino que siguió mirándola. Anya, tras tragar saliva, corrió las cortinas. ¿Quien era? Se convenció así misma de que no sería más que algún ciudadano curioso, conocedor de que en aquel hostal ocurría algo después de ver la hilera de coches oscuros y brillantes aparcados en el exterior. Y con aquella idea, regresó a la cama. Estaba segura, acompañada de sus soldados, de forma que nada podría ocurrirle. No de momento. 

A la mañana siguiente partieron temprano de Yorak. Tan temprano, que ningún ciudadano se había despertado aún y no quedaba ni rastro del hombre inquietante de la noche anterior. Por ello, regresar al coche y volver a tomar rumbo hacia a Aeter fue una tarea de lo más sencilla.
Aquel segundo día, al atardecer, traspasaron las fronteras que separaban Carstad de Aeter. De haber tomado la carretera del sur, para cruzar de un reino a otro habría tenido que viajar primero en las tierras que antaño pertenecieron al reino extinto de Branna, pero, por suerte, Vlad no lo había planeado así. 
Al caer la noche, el cielo le regaló a Anya una última noche de libertad repleta de estrellas, brillantes y titilantes como hacía años que no veía. La chica pudo observarlas desde el balcón del hotel en que nuevamente se hospedaron ella y sus soldados. Esta vez, la ciudad en la que habían hecho el alto era mucho más moderna y limpia que Yorak, más propia del reino en el que estaban. Y por ello, el hotel era mucho más alto, novedoso y espacioso. Por suerte para la chica, aquella noche no había ningún curioso observándola. Se tomó el tiempo necesario para cerciorarse de ello, hasta que, con una última súplica a las estrellas, se retiró para descansar. Sin embargo, un desconocido la observaba, esta vez más lejos que el día anterior, fumando el mismo tabaco...

                                                                                      ...

La capital de Aeter, que daba nombre al reino, lucía fantástica aquella mañana.  Los edificios eran tan altos que a la chica le pareció que tocaban el cielo, los coches se movían de un lado para otro con sumo ajetreo y la gente, se aconglomeraba en todas las esquinas que podía observar. Anya no supo si un día cualquiera estaba tan llena de gente o si todos se habían concentrado aquel día para recibirla. Por otra parte, le sorprendió ver que todas las calles y carreteras estaban acompañadas por numerosos canales pequeños de agua, que, sin lugar a dudas, desembocarían en el mar. Los colores blancos y grises contrastaban con el azul del cielo y del agua. Los cristales de los edificios reflejaban constantemente el brillo del sol y el clima... era otro cantar. La princesa sintió tanta calor desde que se despertó aquel día, que había dejado de lucir tanto la capa como el abrigo que hasta entonces había portado. Se cambió antes de salir y se enfundó un vestido blanco y celeste, con vuelo desde la cadera y un lazo en el pecho. Ropa clásica de Carstad, pero poco elegante para un recibimiento. Sin embargo y a aquellas alturas, Anya no se arrepintió de la elección. Hacía eones que no sentía su piel húmeda por el sudor ni tampoco que le sobraba ropa en el cuerpo. Aquel lugar era tan distinto...

Cuando el coche llegó hasta las puertas principales del palacio de los Aeter, Anya se encontró rodeada de una marabunta de personas excitadas. Algunas incluso portaban enormes cámaras de fotos y micrófonos. Rodeaban las calles, intentando estar cerca de la valla que los separaba de la carretera. Un sin fin de soldados se habían dispuesto en lugares estratégicos por si a alguien se le ocurría traspasar la barrera o intentar algo peligroso. ¿Como podía la gente... querer admirar la escena que se iba a dar? Cuando la princesa salió del coche, la expectación se quebró tras el griterío y los silbidos de todos quienes esperaban poder verla. Las manos se alzaron. Cientos de personas la llamaron por su nombre y clamaron su respuesta. Pero Anya estaba tan abrumada, tan inquieta e incomoda de estar allí, que no le devolvió la mirada  nadie.
Las puertas de hierro plateado se abrieron. Los soldados instaron a la princesa a entrar y ella obedeció. Todo cuanto observó nada más entrar fue un tramo más de carretera, rodeada de jardines y numerosas fuentes, las cuales separaban el palacio, un edificio enorme, plateado y brillante, quizá el que más de toda la ciudad, del resto. Fue entonces cuando Anya cayó en la cuenta de que el coche podría haber seguido conduciendo por aquel jardín interior, pero alguien había dado la orden de que la princesa bajase fuera, donde la gente la esperaba. ¿Quien?

Cuando por fin llegó hasta las enormes y altas escaleras que conducían a las puertas de palacio, se encontró con muchos más soldados. Estaban apostados en cada lado de cada escalón, todos vistiendo ropajes negros con máscaras plateadas que hicieron que a Anya le diese un pellizco el pecho. Y arriba del todo, la familia real de Aeter. El rey Helion, su esposa y sus hijos. La princesa los miró desde su posición baja, con una mirada desafiante que poco tiempo más podría seguir luciendo.
— La Gran Duquesa, Anya de Carstad —anunció un paje que estaba situado junto a la familia. Sólo cuando se la nombró, la chica pudo comenzar su ascensión por los escalones. Y se juró así misma que aquella ascensión representaría todo cuanto rodearía su vida a partir de aquel mismo instante. Una ascensión que la harían retomar su lugar en el mundo y llevar a cabo su venganza hasta asesinar... a toda la familia real.

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