lunes, 19 de agosto de 2019

ANYA

Caminar por los largos y estrechos pasillos de palacio, con unos zapatos negros de charol y tacón alto, empezó a ser tarea difícil. Todo el suelo de aquel enorme edificio, sin excepción, estaba encerado. No solo no contaba con un solo rasguño del pasar del tiempo que le diesen un aire usado o antiguo, sino que además, reflejaba todo cuanto la superficie contenía. Anya casi podía verse por completo, intentando no resbalar, pisando con decisión con los talones y contrayendo con las punteras. En Carstad nunca había usado zapatos tan altos y aquella era una buena excusa, pero la realidad... la realidad era que estaba francamente nerviosa.

Durante el baño, en el que se había aseado desnuda frente a la presencia de dos sirvientas, su cabeza no había parado de dar vueltas. Jamás, ni en un montón de años más, hubiese imaginado que habría sido descubierta el primer día del plan. Sopesaba las posibilidades de serlo cuando llevase a cabo su primer movimiento, el segundo o quizás el tercero. Pero, sin tan siquiera conocer a nadie... No. Aquello no podía estar pasando.
Su mente, acostumbrada a buscar soluciones rápidas, barajó las posibilidades: si bien parecía ser verdad que aquel hombre, Logan, era quien la había salvado de niña ¿Qué le garantizaba que, después de veinte años, no hubiese cambiado de parecer? ¿Y si los reyes ya sabían quien era y aquello no era más que una distracción? o ¿Y si las sospechas de los reyes habían llevado a aquel hombre a cumplir con aquel papel tan extraño para que fuesen informados de su reacción al exponerla ante tal descubrimiento? Ninguna de las posibilidades eran satisfactorias. Ninguna.

Allí, caminando en la dirección que una sirvienta le había indicado que tomase para llegar hasta el comedor, sentía que marchaba en dirección al matadero. No sabría que se encontraría después de abrir las puertas. Podría encontrarse la sala atestada de soldados apuntándola con distintas armas, o quizás al propio Logan sonriente tras los reyes. Quizás sólo estaban ellos, la familia, deseosos de asesinarla allí mismo de una forma de lo más silenciosa.
Por ello, cuando llegó al lugar y abrió las puertas después de llamar, tuvo que contener el aliento. La luz que emitía el interior era tenue, dada por una enorme lámpara de araña situada sobre la larga mesa en la que todos estaban sentados, mirándola. El silencio que se instauró, que duró un par de segundos, se sintieron como una eternidad para la princesa, que, impotente, solo pudo agachar la cabeza.
— Querida Anya, pasa. —pidió Selana, alzando una copa con líquido en su interior. La chica, por su parte, cerró las puertas tras su espalda y se encaminó a paso lento hacia la mesa. Lamentó no tener en aquel momento sus dagas pegadas a los muslos. En el baño, desnudarse y esconderlas entre las ropas usadas sin que las sirvientas la viesen fue una tarea difícil que le costó mucho conseguir, después de fingir que necesitaba intimidad. Volver a ocultaras hubiese sido lo oportuno, pero vistiendo aquel vestido negro corto... fue imposible. —¿Has tenido problemas? Has tardado —apuntilló la reina. Anya no supo si tomárselo como una expresión de preocupación o como un aviso.
—El palacio es enorme, Majestad. Me temo que me he perdido un par de veces antes de llegar —se excusó. Y era, en parte, cierto.
—¿Y como es el palacio de los Carstad, entonces? —preguntó Stelaris, sorprendiéndola. Se había peinado los cabellos rubios, como los de su madre, de forma que quedasen lisos. Además, vestía un vestido blanco precioso, impoluto. 
—Hija, nuestra invitada ni tan si quiera ha tomado asiento —advirtió la reina. 
—No, no es problema. —se adelantó Anya. El único asiento que quedaba libre estaba junto a Vian. Estaba claro que era el suyo. El príncipe hizo el intento de ponerse en pie, quizás, para darle asiento. Sin embargo, la chica negó con la cabeza fingiendo una sonrisa y se sentó ella sola sin problemas. 
—Así que ella es la nueva en la familia —sonrió un hombre enorme de tez oscura. No estaba aquella mañana en la presentación, pero la chica podía intuir quien era. —No te costará acostumbrarte. Aquí, bajo la protección de nuestros soberanos, estás más que a salvo. —apuntilló.
—Reven ¿Quieres callarte? Iba a contarme cosas sobre ella — pronunció Stelaris con una fingida ofensa entre los labios. 
—Sólo quería saludarla. A fin de cuentas, ni Nashra ni yo estuvimos esta mañana para su llegada. Pensaba que teníamos derecho a romper el hielo nosotros primero —bromeó. Su carcajada fue tan sonora que Anya se estremeció. Con la mirada buscó a la mujer de la que había hablado. Por eliminación, debía ser la última y única persona que quedaba en aquella reunión y no conocía. Estaba sentada junto a Nero, y por sus ojos inquietos y su sonrisa temblorosa desprovista de arrugas, podía decir, no solo que quizás era más jóven que ella, sino que además estaba más incómoda que la propia Anya allí. 
—¿Y os ha parecido bien la idea de comenzar la cháchara si tan siquiera presentaros? —preguntó la reina con los labios demasiado cerca de la copa.
—Los chicos son curiosos, Selana. Déjalos. Su generación no tiene nada que ver con la nuestra —alegó Helion con un tono sumamente aburrido.
—Pero sus modales deben ser exquisitos.
—De haber sabido que esto iba a ser una reunión de amigos tomando el té, hubiese preferido quedarme en mi habitación —. La voz de Nero se alzó entre las demás. Su rostro ofuscado captó la atención de todos al instante. —Pensaba que cenaríamos, no que charlaríamos como cotorras.
—Nero... —lo llamó su madre. Le temblaba el labio superior y sujetaba la copa de una forma que podría llegar a romperla. Ahí estaba, la clase de comportamiento de la reina cuando estaba nerviosa. Anya decidió guardarse aquella información rápidamente para sí misma. —Compórtate, por favor. ¿Que impresión vamos a dar así? Procedamos a comer, entonces. La comida se va a enfriar.

Frente a Anya, un sin fin de alimentos cocinados de distintas formas se mostraron ante ella cuando un par de sirvientes que había en la sala procedieron a retirar las campanas que cubrían los platos. Pollo asado, sopa, verduras cocidas, pasta gratinada, patatas, queso y un pan que tenía una pinta estupenda. Sólo con la vista y el olor, la chica pudo adivinar que en Aeter la comida debía ser sumamente sabrosa. 
Cuando todos procedieron a comer, la chica comenzó a hacerlo. No pudo evitar, a pesar del silencio, contemplar los rostros de todos los que la acompañaba. ¿Sabían quien era? ¿Habrían hablado con Logan? ¿Guardaban una mínima sospecha? Una gota de sudor le recorrió la frente mientras se servía un plato de verduras. La simple idea de que estaba de lleno metida en la boca del lobo y que no tendría forma de escaparse estaban poniéndola nerviosa. Disimuladamente, observó los grandes ventanales de cristal que iluminaban la estancia con el brillo de la luna. Estaban cerrados a cal y canto, y no sabía si, de intentar abrirlos, se encontraría con algún tipo de cerradura. Por otra parte, la puerta estaba cerrada y custodiaba por aquellos sirvientes... ¿Qué podría hacer? 
— Estás temblando —. Vian, que había observado como su futura esposa tomaba un tenedor, se había percatado de que su mano temblaba como la de una niña. Anya la recogió y escondió en su regazo cuando se dio cuenta de que se había expuesto. — ¿Te ocurre algo?
— Oh, no... es que...
— Es que madre la ha asustado —se adelantó Stelaris. — Se supone que es una cena y parece que estamos siendo examinados. ¿A caso no somos familia? ¿Y en aumento? —. Ante aquella pregunta, Selana soltó un bufido pesado y sorbió de su copa. — Nuestra madre tiene a ser muy estricta. Siempre quiere educaros con mano dura, pero no comprende que ya no somos unos niños — explicó la chica. — Y, por supuesto, no debes hacer caso a Nero. Él es así. Retraído, amargado y silencioso. — Anya apuntó aquellas características en su mente. — Pero en el fondo es un pedazo de pan blandito —terminó por decir, guiñándole un ojo cariñosamente a su hermano, quien la ignoró. 
— No era mi intención causar una discusión.
— ¿Discusión? Oh, no. Por supuesto que no. Relajémonos e ignoremos a Nero — sonrió ampliamente la princesa. Su forma de hablar y sus aspavientos con las manos indicaban que era una mujer despreocupada y alegre. 
— Yo... quisiera saber como es Carstad — la voz baja de Lucce llegó a los oidos de Anya, que le lanzó una mirada reflexiva. Al chico le brillaban los ojos con sed de conocimiento. Se tomó unos momentos para volver a dirigir una mirada a los demás, que en su mayoría, esperaban expectantes que comenzase a hablar. Y sus miradas, podía asegurar, no eran en absoluto amenazantes. ¿A caso Logan decía la verdad? ¿Seguía estando... segura?
— Pues Carstad es... muy frío — comenzó a hablar Anya. — Todo cuanto rodea la ciudad es nieve, así como unas enormes montañas que parecen aislar la capital del resto del reino. 
— Ala, ¿Y como es el transporte de mercancías entonces? Debe ser muy complicado con ese relieve —. Lucce casi había dejado de comer para simplemente prestar atención.
— Pues... sí, es difícil. Sobre todo para los pequeños pueblos que viven en las montañas. Carstad es muy... individualista. Aun así, procuramos que el transporte que no puede ser efectuado por tierra lo sea por mar. Toda la costa que rodea el este del reino sirve como caminos de transporte con total facilidad. No es que a muchas personas les guste pasar los días en la costa con semejante frío. — Lucce sonrió, exultante. 
— ¿Y qué cultiváis? Con un clima tan aciago debe ser todo un reto conseguir que algo florezca — preguntó Reven, llevándose un gran pedazo de carne a la boca. 
— El trigo echa mejor sus raíces con la nieve, y gracias a esta, no usamos a penas agua para el riego, lo que se traduce en menos gastos en las cuentas anuales. y además, es paradójico, pero la nieve aísla a las raíces del frío. 
— Vaya. Estas muy interesada en  la economía de Carstad — murmuró Selana.
— No es solo interés, Majestad. Es deber — contestó la princesa. — Mis hermanos y yo estamos más que informados de como funciona todo en Carstad. Como futuros gobernantes, conocer tanto las ventajas como las debilidades de nuestro imperio, por pequeñas que sean, es importante. Por no hablar de que atendemos las peticiones de todos quienes viven bajo nuestro mando, de forma que comprendemos cuales son sus problemas sociales y económicos de primera mano.
— Nosotros también damos audiencia a quien la necesita — replicó la reina, quizás ofendida.
— Por supuesto. Comprendo por ello que sabéis tanto de Aeter como yo de Carstad —contestó Anya. Quizás sus palabras habían sonado demasiado insultantes al tratarse de una duda maquillada bajo una afirmación.
— Esta chica... esta chica es lista —sonrió Helion. — No esperaba menos de Vlad... Educar a los hijos es la mejor estrategia de un rey —. El rey alzó su copa y bebió de ella, por lo que Anya entendió que debía hacer lo mismo como respuesta. 
— ¿Y que hay de tu madre? — preguntó Reven. Anya imaginó, desde que supo que se casaría con el futuro rey de Aeter, que algún día le preguntarían por sus raíces. Por suerte, todo estaba planeado. 
— Reven... — se quejó Vian.
— Lo que quiero decir es que está claro que su color de piel nada tiene que ver con el de su padre y sus hermanos. La familia real de Carstad siempre ha tenido un color de piel tan claro como el de la leche. Y aquí, nuestra futura novia, tiene la piel tostada como si llevase tomando el sol años. Y el sol es algo que escasea en Carstad.
— No hay ningún problema con esa pregunta — aseguró Anya, comprobando que Selana había decidido no interponerse ante lo que podría ser una falta de educación por parte de su yerno.  — Mi madre era una sirvienta en el palacio de Carstad. Cuando la madre de mis hermanos murió, mi padre mantuvo una estrecha relación con mi madre. De esa relación nací yo.
— Algo así suponíamos — alegó Stelaris. — Pero no tenemos ningún problema con eso, quiero que quede claro.
— Vlad Carstad firmó una ley redactada por él mismo para que Anya dejase de ser una bastarda y se convirtiese en una heredera más cuando ella era una niña ¿No es así? — preguntó Selana, con la voz ronroneante.
— Así es. Quiso encargarse... de una forma política, por así llamarlo, del asunto cuando mi madre murió. Aunque eso no supuso ningún cambio para mi. Me crié en palacio desde el primer momento, sustentada por la corona. Simplemente, estaba alejada los focos. 
— Y tu madre ¿Era de Branna? — Reven lanzó aquella pregunta como si se tratase de un cuchillo volador, que impactó contra el pecho de la chica. Su cuerpo se caldeó frente a la tensión que creció en ella en aquel momento.
— No. Mi madre nació en Carstad. Quizá mis abuelos si nacieron en el antiguo reino de Branna, no sabría decirlo ya que nunca lo supe. Mi padre jamás habría puesto a su servicio a alguien de un reino distinto al suyo. Somos... desconfiados — respondió con veneno en la lengua.
— Oh, eso es bueno. Cuanto menos quede de Branna en este mundo, mejor.
— Querrás decir de Aeter, querido yerno — añadió el rey.
— Por supuesto, Majestad. Lo que queda es y siempre será de Aeter. Yo sólo me refería a... los desperdicios —declaró con asco.

Anya dejó el tenedor en la mesa durante unos segundos, haciendo acopios de calma y serenidad. También sabía que en algún momento oiría hablar de Branna ante su presencia, pero no contaba con que lo hiciesen con tanto desprecio a pesar de todo. Volvió a tomar el tenedor y a introducirse en la boca un pedazo de pollo, con la vista clavada en algún punto entre el pan y el queso. — ¿Estás bien? — insistió Vian una vez más. Que estuviese tan pendiente de ella le pareció algo de lo más extraño. O quizás no. A fin de cuentas, se iban a casar.
— Sí, sí.
— Puedes levantarte cuando quieras — susurró en voz baja cerca de su oído.
— No, no quisiera. Es solo que... siento mucha vergüenza — mintió la chica, también en voz baja, haciendo lo mismo que él.  — En Carstad mis hermanos tiran comida por encima de la mesa, derraman la bebida y a veces incluso cantan.
— Pues sí que es distinto a esto. Al menos hoy. Dentro de un par de días verás como es Lucce quien arroja comida intentando pasarla de un lado a otro con magia —. Anya entendió que bromeaba, de forma que expresó una pequeña risita cómplice.
— Eso espero — dijo de corazón. Y aquello si era verdad. Porque nada deseaba más que conocerles, que saber cuales eran sus puntos débiles, y sobre todo, que bajasen la guardia. Así, el monstruo entraría en casa.


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