miércoles, 28 de agosto de 2019

ANYA

La habitación ya estaba bastante iluminada cuando la princesa se incorporó con rapidez. Estaba empapada en sudor, con la ropa interior pegada al cuerpo y el aliento agitado. Había tenido una pesadilla, otra vez. Cuando regresaron del incidente de Ocian, pensó que aquellos sueños no serían más que la fuga de sentimientos que había tenido al sentirse en peligro. Sin embargo, dos semanas después, comenzaba a dudarlo. 
Nero, durante el viaje de vuelta, le había sugerido que estaba en peligro. Dado el ajetreo en el que se había envuelto desde aquel día, le había sido imposible llegar a preguntarle, en intimidad, a qué se debía aquella afirmación. Quizá por ello su pesadilla siempre era la misma: Helion y Selana la descubrían y ésta última le clavaba una daga en el pecho hasta que moría ahogada con su propia sangre. Sencillo pero horrible, a niveles que le quitaban el sueño.

Lo cierto, es que en general, a penas había tenido tiempo de nada. Desde que se recuperaron del incidente, Anya había seguido dejando cabos sueltos involuntariamente. No solo era imposible resolver sus dudas más primarias; con Logan también había sido imposible conversar. Su agenda estaba llena de visitas a distintos lugares con los príncipes, así como entrevistas y los primeros detalles a organizar de la futura boda, de la que cada vez, quedaba menos tiempo para que llegase. Al menos, para calmarse, se aferraba a la idea de que Vlad llegaría pronto. Sentir a alguien familiar cerca era algo que empezaba a echar de menos.

Llamaron a la puerta, por lo que Anya tuvo que refugiarse en una bata fina para recibir a la sirvienta que había aparecido para entregarle un aviso: Selana la esperaba en la sala del jardín. La sala del jardín no era más que un salón perfectamente iluminado por el sol gracias a los enormes ventanales que la rodeaban y el deslumbrante techo de cristal que la protegía. Tan llena de plantas aromáticas, era el lugar especial donde la familia acostumbraba a tomar té o merendar. Sin embargo, algo le decía a Anya que la reina no quería precisamente desayunar. 

Tras asearse y vestirse con una falda lisa celeste y una camisa, descendió hasta la primera planta. El palacio de Aeter, aquel día, estaba demasiado ajetreado. Los sirvientes iban y venían con rapidez, con las manos ocupadas o con los pensamientos en otro lugar. Algunos soldados tambien caminaban de arriba para abajo, lo que hizo a Anya preguntarse donde demonios estaba Logan. Porque estaba vivo, había sobrevivido, pero no había vuelto a verle. 
Al llegar a la sala del jardín, un enorme olor a flores. La estancia estaba repleta de orquídeas blancas por todas partes, tan hermosas, que casi eclipsaron la presencia de Selana y Vian tras la mesa central. 
— Querida Anya, has tardado — sonrió la reina, con cierto tono enfadado.
— Se me han pegado las sábanas, lo siento muchísimo — se disculpó la chica manteniendo sus modales. 
— Siéntate junto a Vian. Estábamos hablando de las flores. ¿Qué te parecen las orquídeas para decorar el salón?
— ¿El salón? — preguntó confusa mientras apartaba la silla para poder sentarse. 
— Para la ceremonia. Está claro que tendremos que celebrar el acontecimiento — explicó con cierta impaciencia. Anya pestañeó un par de veces. Definitivamente, aún estaba algo dormida.
— ¿Estás bien? ¿Te encuentras cansada? — preguntó Vian.
— Oh, sí. No te preocupes. Es sólo que después de tantas tareas diarias, acabo rendida. Me cuesta un poco despertarme, eso es todo — mintió con una sonrisa. 
— ¿Tan cansado es hacer apariciones publicas? — preguntó el príncipe con tono bromista, obviando que Selana estaba esperando la participación de ambos aquella mañana.
—No es eso. Me cansa pensar que puedo hacer algo mal, que puedo fallar y meter la pata. Me da pánico pensar que en algún momento puedo hacer algo inapropiado.
— No te preocupes. Lo haces bien. Te he estado viendo de vez en cuando en el televisor — confesó el muchacho.
— Yo también te he visto — añadió la reina. — Te desenvolviste estupendamente ayer con aquellos críos en el hospital, los que estaban enfermos. Se te veía cómoda con ellos. No me cabe duda de que vas a ser una madre estupenda. — sonrió forzosamente. — Además, cuando te quedes en cinta, tus tareas diarias disminuirán considerablemente. Tendrás todo el tiempo del mundo para descansar y cuidar de la criatura. 
— Madre, te estás adelantando — aseguró Vian con cierta incomodidad. Había dejado de mirar a Anya desde que su madre empezó a hablar de hijos.
— ¿Adelantado? Traer herederos al mundo es la razón principal por la que existen las reinas y las princesas. ¿Qué otra cosa podría ocupar a Anya si no es eso? Vlad la trajo aquí con ese propósito —. Anya apretó los puños sobre su regazo. Temía que la fecha de la boda se avecinaba, de la misma forma que las intenciones de esa mujer para con su cuerpo. Pero que la humillase de aquella forma era insoportable. 
— Sin embargo, Nero todavía no tiene hijos — soltó la princesa, incapaz de contenerse. 
— Cada mujer necesita su tiempo, pero estoy segura de que Nashra no tardará en darnos una buena noticia — aseguró la reina, dolida en el orgullo. 
— Bueno, ¿Podemos dejar de hablar de hijos y centrarnos en lo que hay que preparar? Ya sabes que detesto esta parte — intervino de nuevo el príncipe, de forma que Anya tuvo que agradecerlo. Si hubiesen seguido con ese tema, quizás habría terminado clavándole las tijeras de poder en el cuello a ambos.

Selana expuso ante la pareja una docena de catálogos. Las cubiertas eran oscuras, dando una imagen profesional de cada uno. Y al abrir el primero, ambos encontraron numerosos colores de tonalidades claras. Cremas, crudos, beiges, blancos, tizas, vainillas... todos presentes para elegir los adornos de la boda. La reina insistió en que elegir entre los dos era lo mejor, ya que la ceremonia sería del gusto de ambos y la puesta en común, una oportunidad para conocerse un poco más. Anya empezó a entender por qué Vian decía que detestaba aquella parte.

La mañana trascurrió lenta, horriblemente lenta. La princesa jamás había imaginado que elegir flores, el color de las alfombras, de los lazos que decorarían las sillas y de los manteles que cubrirían las mesas fuese tan agotador. Sobre todo porque, propusiesen lo que propusiesen, Selana acababa eligiendo por ellos. Apenas unas horas fueron suficientes para que la chica jurase odiar de por vida todo lo que tenía que ver con la preparación de una fiesta hasta que, finalmente, llegaron a la parte del vestido. El de Vian no hubo que elegirlo, ya que la costumbre dictaba que el heredero vestiría la ropa oficial. Sin embargo, por parte de Anya, la elección era más complicada. La reina desplegó frente a ella un par de catálogos, los más gordos, repleto de fotografías de distintos vestidos de novia, a cual más espectacular. Verlos todos de pasada costó más de una hora, de forma que, para cuando la chica había visto el último, ya había olvidado los cien primeros. 
— Me gusta este — dijo la princesa, poniendo un dedo sobre una fotografía de una chica esbelta de piernas largas, que vestía un traje sin pedrería, liso y de manga larga. La verdad era que no le gustaba. La simple idea de elegir un vestido con el que enlazarse con el hijo de sus enemigos le provocaba arcadas. Era una humillación gigantesca, de forma que solo necesitaba salir del paso.
— Es horrible — dijo Selana sin más. — El diseñador ha tenido un gusto pésimo en confeccionar algo así para alguien de clase alta. Imagino que para la novia de una casa menor estará bien, pero para tí no.
— Alteza, preferiría algo discreto.
— Imposible. Todo cuando mostramos tiene que transmitir un significado, y ese día, el mayor significado lo dará tu vestido. Tiene que ser algo llamativo, algo que inspire poder sin ser demasiado pomposo. Algo como...— comenzó a pasar las páginas con rapidez. — Éste — señaló, colocando el dedo sobre la fotografía de un vestido señorial. Una enorme cola, repleta de motivos florales compuestos de numerosas piedras brillantes, ocupaba todo el suelo de la imagen. Una modista, que hasta aquel momento había estado acompañado a los presentes, pasó a apuntar en una pequeña libreta los deseos de su reina. 
— No se... Tiene que ser muy pesado. — insistió la chica. 
— Mi vestido de novia llegó a pesar cuarenta kilos. Podrás con esto — aseguró de forma condescendiente. — ¿Qué piensas, Vian?
— Anya tiene que estar preciosa con cualquier cosa que se ponga. — dijo sin más.
— Claro que sí. Además, había pensado en añadir un par de piezas metálicas en los hombros. No hay nada que imponga más poder que una armadura. Iríais a conjunto ambos de ese modo — explicó, haciendo que la modista tomase nota a una velocidad pasmosa. — El pelo podríamos llenarlo con adornos plateados si elegimos un buen recogido. 
— Bueno, pues... ese.
— ¡Perfecto! Pediré que comiencen a añadirle los detalles ahora mismo. Deria, acompáñame — Cuando Selana se marchó, la modista le siguió a un paso tan acelerado como el que llevaba la reina. Por fin, después de una agotadora mañana, la pareja pudo respirar.

En principio, no supieron que decirse. Era incómodo para Vian casarse con una desconocida, y era incómodo para Anya fingir constantemente un papel. Quizá por ello, el príncipe extendió la mano hasta coger la tetera que había estado toda la mañana esperando a que la sirvieran. Vertió café en una taza para él y otra para la chica, quien agradeció el gesto con una sonrisa.
— ¿Exhausta? — preguntó el joven, bebiéndose el café de un trago, como si lo hubiese necesitado desde hacía horas.
— Un poco — contestó la chica.
— No deber ser fácil. — aseguró él. 
— Tampoco para ti ¿No?
— Bueno, yo crecí sabiendo que mis padres elegirían a una mujer para mi conforme a sus conveniencias. Lo mismo ha pasado con Nero y Stelaris, y lo mismo le ocurrirá a Lucce. Tampoco es una sorpresa — explicó con seriedad.
— Para mi tampoco. 
— Ya, pero seguro que en tus planes no estaba casarte con un enfermo ¿verdad? — preguntó, esbozando una media sonrisa triste. — Prefiero que lo sepas ya antes de que te coja por sorpresa: más pronto que tarde, acabaré por no poder andar por mí mismo. Y tras eso, dejaré de hacer cosas con normalidad. Posiblemente después muera. Aunque claro, quizás eso sea un alivio para ti.
— Yo no he pensado nada de eso... 
— Ya, bueno. Pero es así. Mi enfermedad, esta maldición, no remite. Y aunque las Lágrimas me han ayudado a mejorar desde la última racha ¿Cuanto pasará hasta que vuelva a decaer? ¿Hasta que vuelva a sentir que los pulmones se me cierran y que todo el cuerpo me duele? ¿Dos meses? Quizás menos. — suspiró. — Si por mi fuera, Anya, no me casaría contigo — soltó de golpe. — No me malinterpretes. No quiero decir que te esté rechazando, lo que quiero decir es que tu padre y el mio no deberían negociar con nosotros como si fuésemos mercancía. Una frontera bien alta y un pacto de silencio entre ambos, eso es lo que haría falta — explicó. — Todo esto llevará a problemas — aseguró.
— ¿Qué problemas, Vian? — preguntó, fingiendo preocupación.
— En semanas estarás enlazada a mi — la miró a los ojos — Y todo lo que nos ocurra a partir de entonces no solo nos concernirá a los dos, sino a los dos reinos. ¿Que ocurrirá si nos odiamos? ¿O si decides tener relaciones con un sirviente cuando estés harta de dormir sólo conmigo? Los reinos se echarán la culpa el uno al otro. 
— Vian, yo no...
— Anya, sé de lo que hablo. He crecido viendo a familiares y a mis vasallos tener problemas entre ellos sólo por los malditos negocios de conveniencia. Dime una cosa ¿Si soy estéril y no puedo darte hijos, a quien crees que mi familia echará la culpa? A Vlad, por supuesto.
— Eso es una tontería.
— No es ninguna tontería, estamos hablando del heredero. Del futuro rey. Y yo estoy enfermo. No me extrañaría que no pudiese cumplir ni con el más estúpido y sencillo de los cometidos de un rey — sonrió ido, consternado. — Has tenido la mala suerte de casarte con el príncipe maldito.
— Hablas de la maldición como si la conocieras — tomó Anya la oportunidad. — Y todo cuanto observo es que tú y Selana echáis a ella la culpa de todo lo que te ocurre sin llegar a conocer hasta donde llega. 
— No hace falta Anya... — suspiró — Porque sabemos perfectamente de qué se trata. — aseguró, mirándola a los ojos nuevamente. La chica guardó silencio, tremendamente curiosa. — Sabes lo que ocurrió en Branna ¿verdad? — ella asintió con dolor. — Se cuenta que los Branna contaban con el poder de Ifrit, y éste les otorgaba todo cuanto ellos deseasen. Fortuna, poder... e incluso maldiciones inimaginables. Estas marcas aparecieron cuando la familia Branna murió — aclaró, mostrando nuevamente aquellos dos círculos quemados en las palmas de sus manos.
— ¿Qué quieres decir?
— Que es un castigo. Un castigo que Ifrit ha dejado caer sobre nuestra familia por culpa de esos malditos desgraciados — aseguró, cerrando el puño con ira y ocultando la marca. — Un castigo rogado a Ifrit única y exclusivamente para nosotros — terminó por decir. Anya, por su parte, no tenía palabras. Numerosos recuerdos se agolparon en su mente de repente. Recuerdos de su padre contándole historias para dormir en las que hablaba de como Ifrit había bendecido a todo Branna, de como Ifrit la protegía y haría pagar a todo aquel que osase hacerles daños alguna vez. La maldición de Ifrit... ¿Aquella historia siempre fue verdad? Porque si era verdad... si lo que decía era cierto... aquella era la mejor noticia que había oído en su vida. — Ya te conté una vez que mi madre piensa que nos afectará a todos debido a ello. Así que, si está en lo cierto, cuando yo muera, posiblemente la maldición pase a ser de otra persona. Quizás el siguiente sea Nero o Stelaris, que nacieron después de mi. Incluso puede que las marcas aparezcan también en sus manos. — meditó. — Supondrá el fin de nuestra familia y todo por culpa de los Branna. Ni muertos consiguen dejarnos en paz — gruñó golpeando la mesa, lo que provocó que empezase a toser de forma violenta. Anya se sintió tentada de dejarle ahí, consumiéndose por... el hecho más brillante que había acontecido en su vida. Como una sombra fantasmal, extendió la mano hacia la espalda de Vian, que se hallaba doblado debido a la violenta tos. Se sintió una enviada de sus padres, un castigo más, cuando le acarició la espalda. Porque si la maldición no le asesinaba... ella le iba a asesinar.
 No pudo evitar sonreír. No pudo contenerlo. ¿A caso no era aquello una señal? ¿A caso no era aquello un aliciente para que todo saliese perfecto? De repente, sintió y supo, que todo iba a salir muy bien...

Mientras Vian intentaba recomponerse, Anya lanzó una mirada a la puerta al sentir que alguien los miraba. Se trataba de Logan, quien estaba engalanado con un uniforme mucho mejor que el raso que antes lucía. Sonreía tanto como ella ¿A caso los había escuchado? ¿Qué sabía él de aquello? De repente, el hombre se marchó. Tras él, aparecieron un par de sirvientes que corrieron a socorrer al cansado príncipe. Se lo llevaron con cuidado a su habitación y Anya se quedó sola. No sabía por qué... pero la suerte la sonreía. 

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