ANYA
La princesa se paseó por la habitación con los pies descalzos. Sentir el tacto del suelo frío era mucho más agradable que notar la alfombra áspera que rodeaba unos metros al rededor de la cama. Se cruzó de brazos, intentando pensar, como si aquel hombre no estuviese allí expectante de sus palabras. Si algo había aprendido Anya, era sobre todo, a pensar. Planificar, controlar, hacer suya la situación cuando lo necesitase, se le daba bien. Y aquel momento no podía ser para menos.
— ¿Y como sé que esto no es un plan elaborado por los reyes? — preguntó en voz baja, sin devolverle la mirada.
— ¿Crees que estarías viva si Selana o Helion supiesen quien eres? — preguntó en tono jocoso. Si bien aquella tarde la había tratado con cortesía, su tono educado se había rebajado en aquel momento.
— No lo sé. Podría interesarles.
— ¿Para qué? ¿Para negociar tu devolución a un reino que ya no existe? ¿Para colgarte de la pared como un premio de guerra? Me temo que no. Incluso para sus Majestades esa opción es muy cruel — aseguró, haciendo que la chica entrecerrase los ojos. ¿Hasta que punto les conocía? — Que estés aquí es un insulto para la corona y para todo Aeter. Has flanqueado sus barreras, pretendes ganarte su confianza... — enumeró.— Y pretendes hacerles pagar por lo que te hicieron.
— Yo no he dicho nada de eso. Eres tú quien se ha colado en mi habitación, lo que ya supone un delito, afirmando querer unirte a una causa que yo no he proclamado tomar.
— ¿Vas a decirme que estás aquí de buenas? ¿Que Vlad y tu habéis llegado a un acuerdo estúpido por el que acabarás dándole nietos a tus enemigos? No me hagas reír. Los Branna nunca fueron unos cualquiera, ni tú tampoco, estoy seguro. Todo esto forma parte de un plan inteligente.
Anya paró en seco. Su leve paseo terminó volviendo a la cama, en la que cruzó las piernas y, por fin, dirigió la mirada al supuesto soldado que tenía en frente. Se tomó unos minutos para escudriñar el rostro tranquilo de Logan, en un intento de comprender hasta que punto le decía la verdad o mentía. Por desgracia, no pudo captar nada. Ni un temblor en los labios, ni un pestañeo extraño, ni si quiera una gota de sudor nerviosa. El soldado estaba tranquilo, impasible ante la situación. Y la mente de la chica... se agolpó de recuerdos. — ¿Sabes? Muchas veces, durante todos estos años, he imaginado muchas cosas — comenzó a decir. — No solo soñaba despierta con que nada hubiese ocurrido. También fantaseaba con la idea de poder descubrir qué ocurrió de verdad aquella noche... y con saber por qué aquel soldado tan joven y malherido me ayudó —admitió. — Lo que nunca imaginé fue que volvería a encontrármelo para poder preguntárselo.
— Quienes no merecían salvación son los Aeter — respondió con voz segura. — Y créeme cuando digo que lamento no poder haber ayudado más aquella noche.
— Pero fuiste y eres — le señaló —un soldado de este reino. ¿Por qué lo hiciste?
— Porque no compartía lo que os estaban haciendo. No pude usar ningún arma cuando comprendí la magnitud del problema. Y como prueba de ello, perdí mi ojo y la piel — se señaló. Seguía teniendo la cuenca del ojo tapada por aquel parche de doble sujeción, así como uno de sus brazos parecía estar envuelto en vendas. — Ahora quiero volver a ayudarte.
— Me subestimas si piensas que no podría hacerlo yo sola, en caso de que quisiera crear el caos.
— Habiendo crecido bajo el amparo de dos monarcas tan distintos, no dudaba que fueses capaz de hacer lo que quieras. Pero, admite, que tener un aliado hace que la balanza pese a nuestro favor. — terminó por decir, justo antes de encaminarse hacia la puerta.
— ¿Te vas? ¿Así como así?
— ¿Quieres que nos descubran tan pronto? Aquí eres una princesa y yo un simple soldado, viejo. El contacto entre nosotros debe ser mínimo.
— Pero yo no te he respondido.
— Oh, mi lady. Yo creo que sí.
Logan desapareció tras la puerta con una velocidad pasmosa, haciendo que Anya se quedase sola en la habitación, por fin. No podía creer aun que en su primer día, todo estuviese saliendo de aquella forma. Si decía la verdad, si contaba con un aliado... pronto movería su primera ficha en el tablero.
Volvió a ponerse en pie para caminar hacia los enormes ventanales de cristal, que, sorprendentemente, podían abrirse. El pequeño y ovalado balcón que quedó frente a ella fue suficiente para poder contemplar durante varios minutos las pequeñas y titilantes luces que rodeaban cada parte de Aeter. Estaban por todas partes, iluminando no solo la ciudad, sino también las montañas que la rodeaban, así como la costa, la cual podía observar si entrecerraba los ojos y agudizaba la vista. Sin embargo, y a pesar de las luces, no se oía nada. La gente ya no estaba en la calle, el bullicio ya había desaparecido. Ahora, las sombras acechaban.
SELANA
La reina yacía junto a su esposo, sin poder apartar la vista del techo. Su cabeza no paraba de dar vueltas desde que había terminado de cenar y no porque algo le hubiese sentado mal precisamente. Angustiada, terminó por alzarse y quedar sentada al borde de aquella enorme cama, la cual presidía una habitación prácticamente señorial.
— ¿Sientes dolor? — preguntó el rey, quien estaba tumbado de lado, dándole la espalda a su mujer. Ya estaba casi dormido, pero los movimientos de su esposa le espabilaron.
— No. Nada en absoluto.
— Entonces ¿Qué te pasa?
— Helion —comenzó — ¿Que piensas de Anya?
— ¿De Anya? — preguntó asombrado. Tuvo que abrir los ojos, puesto que no esperaba semejante pregunta a aquellas horas de la noche. — ¿Qué quieres que piense? Ni si quiera la conozco.
— Bueno, algún tipo de impresión te habrá dado ya. ¿A caso no estudias a la que será tu futura nuera?
— Me parece... — bufó — ¿Lista? ¿Educada? No sé. Es la hija de Vlad, y ya sabes que Vlad no es alguien precisamente hablador y descifrable. La chica ha aprendido de él. En cualquier caso, parece congeniar con Vian ¿No viste como se cuchicheaban cosas durante la cena? Incluso les vi sonreír.
— Claro que lo vi. Y eso es precisamente lo que no me gustó de ella.
— ¿Qué? ¿Por qué?
— Porque cuando mis padres me enviaron aquí para casarme contigo... yo no estaba feliz en absoluto.
ANYA
Una semana.
Una semana había sido suficiente para conocer a sus enemigos. Si bien la princesa había pensado que aquella tarea le costaría muchos más días, las personalidades tan características y abrumadoras de los Aeter habían conseguido que la chica se hiciese una idea más cercana de ellos para poder empezar a indagar en lo más profundo de sus mentes.
El rey Helion era un hombre aburrido. Se había pasado toda la semana hastiado, silencioso y encerrado siempre en su despacho. Recibía visitas constantes de soldados y de su propia esposa, por lo que Anya pudo comprender que, aunque mayor, el rey aun era un monarca en activo. Stelaris, su hija, era un saco de emociones. La mujer era despreocupada, extrovertida y vivaracha, lo que la llevaba a ser descuidada y quizás irresponsable. Su marido, Reven, era todo lo contrario a ella. Aunque también alegre, habla con conciencia y medía cada palabra que soltaba, o así lo comprendió la princesa durante el par de oportunidades que tuvo para almorzar o cenar con él. A los hijos de ambos aun no los conocía. Sabía que habían tenido dos hijos, tan inquietos y alborotadores que durante las visitas de ambos a palacio, los dejaban en casa con los sirvientes; una mansión cerca de la costa, tan custodiada y segura como el mismísimo palacio.
Lucce, el menor de los hermanos, era un muchacho encantador. Tan juvenil y alegre que despertaba felicidad en quienes le veían, aunque fuesen los mismos sirvientes y los mismos soldados de siempre. Debía ser un chico inseguro, ya que cada vez que había hablado con Anya, tartamudeaba al pronunciar las palabras.
Vian, su futuro esposo, permanecía cada día igual de apagado. Intentar conocer sus debilidades era algo estúpido, ya que resaltaban por sí misma. Su enfermedad, fuera cual fuese, le impedían ser un hombre normal y corriente, activo y alegre. Se pasaba los días encerrado en su habitación descansando, recibiendo poco más que las visitas de su madre, con quien tampoco encontró la chica dificultades para comprender. Su debilidad, era su hijo. Constantemente entraba y salía de su habitación, ordenaba a todo el mundo estar pendiente de él. Si hablaba, era sólo para referirse a él, a Vian. Para ella, parecía ser su mundo... uno muy frágil y fácil de derrumbar.
Y Nero... Nero era imposible de entender. Nunca hablaba, nunca estaba. Nashra, su joven esposa, a veces paseaba por palacio o leía libros en la biblioteca. Pocas veces se la encontraba con su esposo. ¿Por qué? Aquello era un misterio.
Aquel día, estaba decidida a adentrarse un poco más en la familia. Comprendió que la forma más fácil de seguir indagando para saber cómo atacar era haciéndose de querer. Y, aunque Logan, quien seguía custodiándola, a veces le lanzaba miradas cómplices, ella quería hacer las cosas a su manera. Por ello, aquella tarde quiso pasear.
El jardín de palacio casi parecía un complejo botánico al que aún no había tenido apenas oportunidad de conocer. Enormes árboles de diversas especies se alzaban, marcando caminos casi sinuosos que conducían a distintas partes del lugar, pasando por fuentes enormes, figuras de belleza delicada e incluso estanques. Junto a uno de ellos, estaba Vian.
Paseaba tranquilo apoyándose de su bastón. Dado que estaba solo, Anya comprendió que aquella era una buena oportunidad para acercarse a él, ya que al contrario, él no lo hacía.
— ¿Puedo acompañarte? — preguntó la chica fingiendo timidez. El príncipe se sobresaltó al oír su voz a sus espaldas.
— Anya, no te esperaba aquí.
— No sabía qué hacer ni a donde ir. Me temo que ya conozco casi todo palacio.
— Te equivocas. Este sitio está lleno de escondrijos. Seguro que siempre te quedará alguna parte que conocer —alegó con una sonrisa amable.
— ¿Estabas... haciendo algo?
— No, no. Solo pensaba. A veces lo hago. Hoy hace un buen día para pasear.
— Para mí hace calor —comentó, mordiéndose el labio inferior.
— Tiene sentido. Estás acostumbrada al frío y a la nieve — sonrió mirándola. — Nunca la he visto.
— ¿La nieve? ¿En serio? — preguntó asombrada, retomando el paso que el hombre hasta entonces mantenía.
— Aquí no nieva, siempre hace buen clima. Y como nunca he ido a Carstad, pues no he tenido la oportunidad de saber como se siente en las manos ni a que sabe — bromeó.
— ¿A que sabe? Recomiendo que, si alguna vez tienes la oportunidad, no pruebes la nieve. Podrías meterte un bicho en la boca.
— ¿Quien sabe? A lo mejor me hace más fuerte.
— O podría pasarte como a mi, que estuve una semana encamada porque me había tragado un insecto venenoso y... me había traspuesto bastante el estómago — se carcajeó — Podrías venir un día a Carstad, conmigo — soltó de repente. Tenía las palabras tan minuciosamente estudiadas, que no le costaba hablar. — Nos vamos a casar y mi familia pasará a formar parte de la tuya. — se excusó.
— Claro, claro. Sí — contestó nervioso.
— ¿Puedo confesarte una cosa? — preguntó en voz baja, a lo que el príncipe asintió. — Hay una cosa que temo y no me deja dormir muy bien desde que he llegado. No es por casarme contigo. El saber que nuestros reinos convivirán en paz me hace entender que tener esta opción, que tus padres me permitan estar aquí para que pueda cumplirse, es como... una oportunidad de servir a Carstad. Pero, a su vez, temo que esta decisión me aleje de mi reino y de mi familia. — Tras decir aquello, Anya fingió ponerse nerviosa. — Quiero decir... sí. Éste será mi reino y vosotros seréis mi familia a partir de ahora, pero...
— Anya, comprendo lo que quieres decir — aseguró. — No te preocupes. No permitiré que eso ocurra.
Ambos se quedaron en silencio. Quizás por vergüenza, por poca confianza o por falta de cariño, no prosiguieron con la conversación. La princesa se preguntó si sería demasiado extraño que le cogiese la mano o que quizás cruzase su brazo con el de él. ¿Qué debía fingir? Sin embargo, no le dio tiempo a pensar más. Vian paró en seco y empezó a aquejarse, llevándose una mano al pecho.
— ¿Vian? — El príncipe no contestó. Cayó de rodillas al suelo, incapaz de controlar los enormes temblores que empezaron a sacudir su cuerpo. Por su expresión horrorizada y sus dientes apretados, cualquiera adivinaría que estaba sufriendo mucho dolor. — ¡Vian!
...
La noche había caído cuando el heredero consiguió reponerse.
El palacio se volvió un lugar sombrío, siniestro y silencioso. Los sirvientes seguían andando de acá para allá y los soldados continuaron con sus tareas bajo un manto inquebrantable de ausencia de ánimos, lúgubres. La incertidumbre sobre el estado de salud del príncipe no dejaban a nadie indiferente, convirtiéndose todo en una espiral de preocupación inevitable.
Las puertas de su habitación estaban cerradas, custodiadas únicamente por dos soldados. Selana estaba en el interior, todos lo sabían. Sin embargo, Anya decidió hacerle una visita en señal de preocupación por su futuro marido. Desde que las puertas del ascensor se abrieron, pudo contemplar la silueta de Nero, apoyada de espaldas en la pared. Lucía una camisa blanca algo desabotonada sobre sus brazos cruzados. Y a pesar de que ella se acercó a él, no levantó la vista del suelo hasta que ésta no habló. — ¿Esperas para entrar? — preguntó con voz tranquila. Nero solo asintió. —Entonces volveré en otro momento —. Anya estuvo a punto de marcharse, pero el hombre alzó la vista y se movilizó.
—No, espera —captó su atención. —Quédate tú. Yo volveré más tarde —sugirió. Y sin más, se marchó.
La princesa se quedó esperando durante unos minutos más después de que el príncipe se marcharse, y viendo que la reina no salía del interior de la habitación, se aventuró a dar un par de toque a la puerta para llamar. Al fin y al cabo, ninguno de los dos guardias se lo impidieron. Después, abrió la puerta un poco, lo suficiente como para asomar medio rostro y observar a Vian, acostado en su cama bajo una sábana fina, y a su madre, sentada al borde de la misma. —Siento interrumpir —murmuró.
—Madre ¿Por qué no nos dejas solos? — preguntó Vian. Selana, que hasta ese momento había lanzado una mirada ofensiva a la chica, tuvo que relajar el la expresión cuando su hijo le pidió el favor.
—¿Estás seguro, Vian? ¿Y si necesitas algo? ¿Y si te encuentras peor?
—Estoy seguro de que Anya sabrá ayudarme —respondió sin más. Selana, incapaz de montar un numerito, acabó marchándose, pasando por el lado de la princesa sin decir nada. Sólo cuando ambos estuvieron solos, la chica se atrevió a entrar en la habitación y cerrar la puerta a sus espaldas. La estancia estaba tan oscura como el resto del palacio. —Disculpala. Siempre está pegada a mi —comentó con vergüenza. —Ha ordenado que a partir de ahora un soldado custodie el interior de la habitación incluso cuando duerma. Es... bastante avergonzante.
— ¿Cómo estas? —preguntó situándose junto al hombre.
—Mejor, no te preocupes. A veces me achacan estos dolores tan punzantes. Un pinchazo de medicamento fuerte y en unas horas dejo de sentir dolor —aseguró. El médico hacía apenas un par de horas que se había marchado. —¿Quieres sentarte? —preguntó. Anya, sin decir nada, se sentó al borde de la cama. Pudo observar que el príncipe tenía el pecho al desnudo bajo la sábana, y que, aunque la tela apenas dejaba ver más que su pecho y sus brazos, estaba muy delgado.
—Me asusté un poco, la verdad.
—Aquí estamos todos más o menos acostumbrados —intentó quitarle hierro al asunto.
—Pero... ¿Siempre ha sido así? ¿No hay... remedio? —preguntó insegura, pero con el pecho ardiendo de la emoción de conocer cual era su complicada situación. Vian tomó aire y después tragó saliva.
—No siempre ha sido así. De crío era bastante normal hasta que... me salieron estas marcas en las manos —. El prínicpe alzó sus manos hasta que sus palmas quedaron al descubierto. Marcas circulares, vacías y quemadas se dibujaban a todo lo largo de la zona. Anya tuvo que fruncir el ceño verdaderamente extrañada.
—¿Que es eso?
—Una maldición —aseguró. Aquella palabra logró dar un pellizco al pecho de la chica.
—¿Que clase de... maldición?
—No lo tengo claro, pero según mi madre, es un castigo a nuestra familia —explicó. —Ella cree que estamos malditos y que después de que la enfermedad termine conmigo, lo hará con otro de mis hermanos. Yo solo creo que he tenido mala suerte —sonrió con tristeza.
—¿Acabar contigo? —preguntó con velocidad. Le costó horrores esconder la emoción creciente en su pecho. Si aquello era una maldición real...
—No, yo no...
—No, esto no va a acabar contigo. Habrá una cura, seguramente. Sólo hay que encontrarla —. El fingido tono optimista de su voz reblandeció el corazón del hombre, sobre todo cuando la chica colocó su mano sobre la del príncipe, entrelazando sus dedos con los de él. Sonrió con tanta ternura que acabó tosiendo.
—Anya, odio tener que decírtelo, pero ¿Dejarías que descansara ya? —. La princesa se puso en pie deprisa, como si no quisiera molestar ni un ápice. Y tras desearle un tranquilo descanso, salió de la habitación, triunfante.
Una maldición... Si los reyes temían una maldición, ella la iba a hacer real.
Ambos se quedaron en silencio. Quizás por vergüenza, por poca confianza o por falta de cariño, no prosiguieron con la conversación. La princesa se preguntó si sería demasiado extraño que le cogiese la mano o que quizás cruzase su brazo con el de él. ¿Qué debía fingir? Sin embargo, no le dio tiempo a pensar más. Vian paró en seco y empezó a aquejarse, llevándose una mano al pecho.
— ¿Vian? — El príncipe no contestó. Cayó de rodillas al suelo, incapaz de controlar los enormes temblores que empezaron a sacudir su cuerpo. Por su expresión horrorizada y sus dientes apretados, cualquiera adivinaría que estaba sufriendo mucho dolor. — ¡Vian!
...
La noche había caído cuando el heredero consiguió reponerse.
El palacio se volvió un lugar sombrío, siniestro y silencioso. Los sirvientes seguían andando de acá para allá y los soldados continuaron con sus tareas bajo un manto inquebrantable de ausencia de ánimos, lúgubres. La incertidumbre sobre el estado de salud del príncipe no dejaban a nadie indiferente, convirtiéndose todo en una espiral de preocupación inevitable.
Las puertas de su habitación estaban cerradas, custodiadas únicamente por dos soldados. Selana estaba en el interior, todos lo sabían. Sin embargo, Anya decidió hacerle una visita en señal de preocupación por su futuro marido. Desde que las puertas del ascensor se abrieron, pudo contemplar la silueta de Nero, apoyada de espaldas en la pared. Lucía una camisa blanca algo desabotonada sobre sus brazos cruzados. Y a pesar de que ella se acercó a él, no levantó la vista del suelo hasta que ésta no habló. — ¿Esperas para entrar? — preguntó con voz tranquila. Nero solo asintió. —Entonces volveré en otro momento —. Anya estuvo a punto de marcharse, pero el hombre alzó la vista y se movilizó.
—No, espera —captó su atención. —Quédate tú. Yo volveré más tarde —sugirió. Y sin más, se marchó.
La princesa se quedó esperando durante unos minutos más después de que el príncipe se marcharse, y viendo que la reina no salía del interior de la habitación, se aventuró a dar un par de toque a la puerta para llamar. Al fin y al cabo, ninguno de los dos guardias se lo impidieron. Después, abrió la puerta un poco, lo suficiente como para asomar medio rostro y observar a Vian, acostado en su cama bajo una sábana fina, y a su madre, sentada al borde de la misma. —Siento interrumpir —murmuró.
—Madre ¿Por qué no nos dejas solos? — preguntó Vian. Selana, que hasta ese momento había lanzado una mirada ofensiva a la chica, tuvo que relajar el la expresión cuando su hijo le pidió el favor.
—¿Estás seguro, Vian? ¿Y si necesitas algo? ¿Y si te encuentras peor?
—Estoy seguro de que Anya sabrá ayudarme —respondió sin más. Selana, incapaz de montar un numerito, acabó marchándose, pasando por el lado de la princesa sin decir nada. Sólo cuando ambos estuvieron solos, la chica se atrevió a entrar en la habitación y cerrar la puerta a sus espaldas. La estancia estaba tan oscura como el resto del palacio. —Disculpala. Siempre está pegada a mi —comentó con vergüenza. —Ha ordenado que a partir de ahora un soldado custodie el interior de la habitación incluso cuando duerma. Es... bastante avergonzante.
— ¿Cómo estas? —preguntó situándose junto al hombre.
—Mejor, no te preocupes. A veces me achacan estos dolores tan punzantes. Un pinchazo de medicamento fuerte y en unas horas dejo de sentir dolor —aseguró. El médico hacía apenas un par de horas que se había marchado. —¿Quieres sentarte? —preguntó. Anya, sin decir nada, se sentó al borde de la cama. Pudo observar que el príncipe tenía el pecho al desnudo bajo la sábana, y que, aunque la tela apenas dejaba ver más que su pecho y sus brazos, estaba muy delgado.
—Me asusté un poco, la verdad.
—Aquí estamos todos más o menos acostumbrados —intentó quitarle hierro al asunto.
—Pero... ¿Siempre ha sido así? ¿No hay... remedio? —preguntó insegura, pero con el pecho ardiendo de la emoción de conocer cual era su complicada situación. Vian tomó aire y después tragó saliva.
—No siempre ha sido así. De crío era bastante normal hasta que... me salieron estas marcas en las manos —. El prínicpe alzó sus manos hasta que sus palmas quedaron al descubierto. Marcas circulares, vacías y quemadas se dibujaban a todo lo largo de la zona. Anya tuvo que fruncir el ceño verdaderamente extrañada.
—¿Que es eso?
—Una maldición —aseguró. Aquella palabra logró dar un pellizco al pecho de la chica.
—¿Que clase de... maldición?
—No lo tengo claro, pero según mi madre, es un castigo a nuestra familia —explicó. —Ella cree que estamos malditos y que después de que la enfermedad termine conmigo, lo hará con otro de mis hermanos. Yo solo creo que he tenido mala suerte —sonrió con tristeza.
—¿Acabar contigo? —preguntó con velocidad. Le costó horrores esconder la emoción creciente en su pecho. Si aquello era una maldición real...
—No, yo no...
—No, esto no va a acabar contigo. Habrá una cura, seguramente. Sólo hay que encontrarla —. El fingido tono optimista de su voz reblandeció el corazón del hombre, sobre todo cuando la chica colocó su mano sobre la del príncipe, entrelazando sus dedos con los de él. Sonrió con tanta ternura que acabó tosiendo.
—Anya, odio tener que decírtelo, pero ¿Dejarías que descansara ya? —. La princesa se puso en pie deprisa, como si no quisiera molestar ni un ápice. Y tras desearle un tranquilo descanso, salió de la habitación, triunfante.
Una maldición... Si los reyes temían una maldición, ella la iba a hacer real.
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