lunes, 26 de agosto de 2019

ANYA

La lluvia podía aun escucharse desde el interior de aquella apertura en la pared. Apenas llegaba a ser una cueva, ya que más bien parecía una grieta en el relieve que permitía el acceso, a duras penas, a dos personas cansadas. 
Con un enorme suspiro y el aliento entre cortado, Nero y Anya se dejaron caer de espaldas contra la pared, que estaba tan rugosa que era casi imposible no arañarse a pesar de llevar puesta ropa encima, que, a aquellas alturas, estaba húmeda, sucia y algo rota. El lugar era tan estrecho, que estar cerca el uno del otro era algo inevitable, de ahí a que sus miradas se encontrasen casi sin poder evitarlo. — Con esto deberían dejarnos en paz — aseguró el príncipe, poniendo el pedazo de glifo roto en el suelo, junto a la entrada. Después, echó la cabeza hacia atrás y volvió a suspirar, sujetándose el costado con una mano empapada en sangre.
— Te has herido — murmuró la chica. Nero alzó la palma de su mano y observó la sangre. Hacía mucho que empezó a sentirla húmeda, pero no había tenido tiempo de mirarse la herida hasta aquel momento. Se desprendió del chaleco y después se alzó la camisa. Un corte supurante dibujaba una linea recta sobre sus costillas. 
— Algo del coche me ha rozado, no es nada. — aseguró, volviendo a taparse. — Centrémonos en descansar y... esperar a que esas cosas se larguen.
— ¿Por qué no hacéis nada? — preguntó la chica con voz inquisidora. En circunstancias normales, no hubiese lanzado una pregunta tan acusatoria. Pero aquella noche podría haber muerto, o quizás haber quedado lo suficientemente herida como para no poder cumplir con su cometido. Y fingir que aquellas cosas no daban miedo, era prácticamente inútil. — Están en todas partes. Todas las noches acechan en la oscuridad y la gente muere con sus ataques. Lo lógico sería que el rey hiciese algo.
— Si Helion hace algo contra ellas o no, no lo sé.
— ¡¿Como que no lo sabes?! — preguntó la princesa con rabia.  Empezaba a perder los papeles solo de pensar en que su vida podría haber estado ya dos veces en peligro por culpa de los Aeter.
— Helion y Selana se niegan a gastar recursos en lo que no creen importante. Y para ellos, las sombras no lo son. — Explicó con resignación el joven. — Piensan que el palacio es un lugar seguro, constantemente rodeado de glifos, de soldados y personas que sin dudarlo se sacrificarían para que cualquiera de nosotros vivamos. Preocuparse por ser atacados por las sombras es algo que no aparece en sus planes.
— ¿Me estas diciendo que no les importa nada en absoluto su gente? ¿Que solo velan por su propio bienestar? —. El silencio de Nero fue respuesta suficiente para Anya, a quien comenzaron a brillarle los ojos de indignación. ¿Que mas decir en aquella situación? Decidió guardar silencio también, decepcionada consigo misma por ser capaz de sorprenderse, después de todo.
— ¿Y Vlad? ¿Hace algo con las sombras? — preguntó el hombre de sorpresa.
— En Carstad no hay tantas. Sólo aparecen de vez en cuando y las ciudades están protegidas con numerosos soldados.
— Ah, claro. Olvidaba que Carstad era un imperio militar. 
— No te atrevas a comprar a mi padre con...
— No lo hago — se apresuró a decir. — Y siento que estés dándote cuenta ahora de que tu nueva familia no es la que soñabas. 
— Yo no soñaba con nada.
— ¿De verdad quieres que todos nos creamos que has aceptado de buena gana el compromiso que tu padre firmó con Helion? ¿Que estás feliz de casarte con un enfermo porque así procuras el bien de los reinos?
— Tú no sabes nada de mi — gruñó la chica, comenzando a ponerse nerviosa.
— Sé lo suficiente como para darme cuenta de que estás cumpliendo un papel. Ignoro si lo traídas premeditado de casa o ha surgido al darte cuenta de que no somos en absoluto la familia real perfecta que la televisión y la radio se empeña en confirmar. Finges, finges constantemente ser alguien que no eres, una mujer perfecta y altruista, comprometida con algo que no ha podido ser fruto de su voluntad. 
— ¿Otra vez con esas? — preguntó la chica, componiendo una sonrisa jocosa. 
— ¿Tan raro es que me pregunte quien eres en realidad? Me heriste en combate. Y tus ojos... tus ojos cuando me atacaste no eran en absoluto los que pones cuando miras a cualquiera. 
—Oh, pero ¿quien te crees que eres? — se carcajeó sorprendida, pero ciertamente intimidada por sus sospechas. — Escúchame — advirtió la chica, alzando un dedo y señalándole con él — Deja de creer que sabes quien soy, deja de meterte en mis asuntos y deja de estar pendiente de mi, porque no lo necesito. Ignórame.
— Siento decirte que aunque cumpla tus exigencias, te convertirás en mi cuñada dentro de poco y viviremos bajo el mismo techo. ¿Procurar no observar a los miembros de mi propia familia? ¿Ignorar que convivo con la mujer de mi hermano? Para mi desgracia, vivo en palacio. Selana no quiere que me vaya a casa como sí lo hace Stelaris. 
—Pobrecito, el niño mayor aun vive con mamá. 
—Ríete cuanto quieras. Tu situación no será mejor que la mía. 
—¿Y tú que sabes?
—Si Vian muere pronto... soy incapaz de saber cual será tu futuro entonces. — Anya retuvo en su mente aquellas palabras. Cada información que soltaba, cada sugerencia y cada resquicio de posibilidad eran un tesoro para ella. Sin embargo, las sospechas de Nero no supo como administrarlas en su mente. De repente, necesitó, por primera vez, hablar con Vlad. Hasta entonces, había sabido desenvolverse ella sola, pero ahora, a sabiendas de que la familia real estaba desestructurada por la enfermedad de Vian y por los pensamientos de Nero, no sabía como empezar a actuar. Además, el hecho de que empezar a sospechar de ella... era demasiado peligroso. Si la descubría, ese futuro del que hablaba jamás llegaría. —Dejemos de discutir mejor. No quiero que me ensartes con una lanza, esta vez de verdad —comentó con cierta burla en la voz. Se cruzó de brazos, aún sosteniéndose la herida, como si quisiese descansar cuanto antes. 
—¿Que crees que habrá sido de los demás? —preguntó la chica, cuyos pensamientos hicieron que se acordase de Logan. No es que lo hubiese olvidado, simplemente priorizaba sus problemas a resolver en orden de importancia. 
—No lo sé. Los coches estallaron y de alguna manera ese guardia tuyo lo intuyó. Si le dio tiempo a escapar gracias a eso, no lo sé. Cuando me levanté del suelo ya solo veía sombras, fuego y humo.
—Yo también —añadió la chica.
—Intenta no darle más vueltas y descansa. Hasta el amanecer las sombras no desaparecerán, así que procura dormir hasta entonces. Nos espera un largo viaje hasta Aeter.
—Selana tenía prisa por la medicina. Dijo que Vian estaba peor —musitó. 
—Pues ambos tendrán que esperar. Por suerte... — Nero echó mano al chaleco que anteriormente se quitó. Rebuscó en sus bolsillos hasta que extrajo la bolsa con los frascos de Lágrimas de Leviatán. —... están en perfecto estado a pesar de todo —. Anya fingió una sonrisa al verlos, y aquella fue la sonrisa falsa que más temió que fuese descubierta. Allí, frente a Nero, a sabiendas de que intentaba indagar en ella tanto como ella en él, por primera vez se sintió desnuda. Por suerte, el prínicpe no dijo nada más. Cerró los ojos y procuró descansar.

Después de varias horas, sin embargo, Anya no consiguió hacerlo. Dormir delante de aquel hombre que seguía desangrándose por el costado fue tarea imposible. Su mente se vio inundada de sugerencias, de dudas y desesperación. ¿Por qué no matarlo allí mismo? ¿Por que no empezar a mover fichas en su tablero y hacer el primer jaque? Estaba tan expuesto, tan a su alcance, que retenerse era casi imposible. Pero Vlad le había advertido que era mala idea intentar nada antes de casarse. Ahora no era más que la princesa invitada de un reino lejano, y cuando se casara, no solo sería la esposa del futuro rey, puesto que también sería la futura reina, titulo que la aventajaba con cierta inmunidad ante sus futuros actos. Pero ¿Qué podría salir mal si lo hacía ahora? ¿Por qué no la creerían si decía que las sombras lo habían asesinado, una vez que llegase a palacio fingiendo lágrimas y culpabilidad? Sus puños, apretados hasta que los nudillos se tornaron blanco, descansaron entre sus piernas durante toda la noche, sintiendo que cualquier mínimo impulso haría que tomase una daga y le degollase allí mismo, pero... Llegó el alba, y Nero siguió vivo. No lo hizo. No le asesino. No quiso ser imprudente. Pero a la próxima... a la próxima le asesinaría.


SELANA

La impaciencia de la reina comenzó a hacer mella en todos los presentes. En el despacho de Helion, caminaba de un lado para otro envuelta en desesperación. Aquella mañana, Logan, el guardia de la futura esposa de su hijo más preciado, había llegado a palacio, magullado y herido, portando las peores noticias posibles: Nero y Anya habían desaparecido tras un ataque en el camino producido por las sombras. Y, a aquellas altas horas de la noche, aún no se sabía nada de ellos. 

Toda la familia estaba reunida en aquella habitación, siendo incapaces de dormir. Lo que en principio empezó siendo una reunión entre los monarcas a esperas de nuevas noticias, acabó convirtiendose en una velada familiar. Nashra, que se había pasado todo el día llorando, ahora aguardaba en llantos en una esquina, arropada por un Lucce que amenazaba a romper a llorar con ella. Stelaris, tan nerviosa como el resto, se había mordido ya todas las uñas de las manos. Solo Reven parecía mantener la calma para conversar con sus majestades. Sin embargo, Selana no mantenía sus pensamientos en su hijo desaparecido, sino en su hijo enfermo. Sin aquel antídoto, Vian no aguantaría mucho más. Y aquella simple idea hacía que sus ojos se humedeciesen... Y la reina no había llorado jamás.
—¿Qué podemos hacer? ¿Cuales son las prioridades? —preguntó Reven a su rey, con aires dispuestos.
—No podemos dar ninguna noticia si no sabemos qué ha ocurrido con ellos.
—¿A caso no está claro, Majestad? Ese guardia dijo que el coche explotó y es el único que ha vuelto para contarlo. Todos los demás han muerto. Que una chica indefensa como Anya sobreviva es imposible. Y vuestro hijo, con todos mis respetos, puede ser que haya corrido la misma suerte.
—¿Y qué propones? —preguntó Helion, algo angustiado. Nashra, por su parte, se deshizo en nuevos llantos.
—Lo primero de todo, llamar a Vlad Carstad. Comunicarle que su hija ha fallecido y aceptar las oportunas represalias —comentó con seguridad. Helion asintió sin pensárselo dos veces. El telefono que había en su mesa le tentaba a que marcase los números en aquel mismo instante.
—No —se adelantó a decir la reina. —Sin cuerpo no hay confirmación.
—Majestad, las sombras no dejan apenas deshechos. Podríamos tardar días en encontrar lo que quede de ella. 
—Me da igual. Lo que quiero decir es que ese no es el asunto prioritario. Lo que más importa ahora es Vian. Necesito que una nueva partida vaya a Ocian a por nuevas Lágrimas y que lo haga rápido. Stelaris y tú iréis con los soldados. 
—Como queráis, Majestad —aseguró Reven, con los mismos aires entregados de siempre. 
—Madre, pero Nero...— Lucce quiso hablar, horrorizado por los llantos de Nashra y el comportamiento de su madre hacia su hermano. Sin embargo, la puerta del despacho se abrió con violencia y sin previo aviso, mostrando a un soldado envuelto en sudor y desprovisto de aliento al otro lado.
—¡Majestad! ¡Los han encontrado en los límites de la ciudad! ¡Están... están aquí!

La reina corrió por las escaleras, acompañada de su esposo y su hijo. Tenía el aliento contenido y el corazón en un puño. Las Lágrimas eran su total y absoluta prioridad, y conforme se acercaba a la entrada de palacio, su cabeza empezó a jugarle malas pasadas. ¿Y si no las tenían? ¿Y si las habían perdido? ¿Y si Nero las había tirado en mitad del camino tras comprender que sus padres apenas habían movido un dedo por buscarle? No, no sentía remordimientos, pero sí temor a aquella posibilidad. Sin embargo, lo que encontró cuando llegó hasta la puerta de la entrada no fue nada de todo lo que había previsto que pudiese suceder.

Con la luz de las farolas del jardín, las dos siluetas se dibujaron lentamente conforme se acercaban al umbral de la puerta. Alguien arrastraba a otra persona a la que le costaba andar. Lo que ninguno de los presentes esperó, fue que fuese Anya quien cargaba a Nero, cuya mano tapaba la herida de su costado, la cual no dejaba de sangrar. Estaba blanco, sin aliento, y Anya, cansada del esfuerzo. Ambos estaban sucios, heridos y con la ropa destrozada, pero sin lugar a dudas, sanos y salvos, por fin. —¡Nero!— Nashra no se lo pensó dos veces cuando corrió a ayudar a su esposo, haciendo que Anya dejase de sostenerle y ocuparse de él. —Gracias, gracias, gracias. Le has traído hasta aquí a salvo... te debo mi vida —aseguró la joven muchacha, rota de felicidad. Sin embargo, la princesa no le correspondió con una sola palabra. Simplemente, dirigió una mirada seria a la reina. Y Selana juraría... que esa mirada la desafiaba. 

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