miércoles, 11 de septiembre de 2019

ANYA

Una carrera a través de las calles de un pueblo fronterizo no era algo que la princesa había esperado como bienvenida, después de tantos años, de su reino natal. Cuando echó a correr, dejó que sus piernas la llevasen a una velocidad a la que no había corrido desde hacía mucho tiempo. Tuvo que esquivar a numerosas personas que la miraban con sorpresa al no esperar a una muchacha correr en pos de algo invisible a simple vista. Incluso mientras lo hacía, acabó perdiendo de vista a Nero, quien los primeros segundos de persecución se había mantenido a su lado. Pero ¿Por qué estaba dando todo de sí? Aquel móvil, realmente, le importaba muy poco. En nada repercutía a sus planes si todo Branna se enteraba de que el Capitán de la guardia y la futura reina de Aeter se encontraban de visita. Tampoco había tenido intenciones en ningún momento de comunicarse con su esposo. Ni si quiera pensaba encenderlo. Pero el correr, desatarse y liberarse mientras se deslizaba por los sombríos callejones, cuando saltaba sobre cajas que había desperdigadas por el suelo o sorteaba diversos animales cuyos dueños ofrecían para negociar... era algo que, sin saberlo, su cuerpo lo había deseado desde que había puesto el primer pie en la arena.

Aquel pueblo no lo conocía de nada. Juraría que de niña jamás había estado en él. Y a pesar de que hacía veinte años que no paseaba por el reino, pudiendo haber olvidado la arquitectura y las formas características de todas las ciudades del país, se sintió como en casa. De aquella manera, la carrera no le costó demasiado sobre esfuerzo. Si algo recordaba, era que todos los cimientos de Branna se habían construido sobre el mismo plano: calles centrales anchas y extremadamente largas, que desembocaban a ambos lados en pequeños distritos, agrupaciones de hogares, pequeñas y construidas las unas sobre las otras. Por ello, cuando llegó al fin de la calle comercial, comprendió que, si el ladrón no se había escondido en una de las casas, debía estar escondiéndose a la sombra de las mismas. 
Dejándose llevar por su instinto, Anya se subió a una enorme caja de madera que yacía en la esquina de una calle, tras una fachada. Después, se subió a otra más que había junto a la misma. — ¿Qué estas haciendo? — preguntó Nero agitado segundos después. Había estado siguiendo a la chica con cierta distancia.
— ¡Busco altura! — le indicó ella, que sin decir más, comenzó a moverse por los tejados de las casas en cuanto pudo tomar impulso para escalarlos. Desde allí arriba, el horizonte arenoso se dibujaba al límite de su vista. El sol chocaba con fuerza contra su piel, de forma tan violenta, que incluso los vellos se le ponían de punta. Tomó aire con fuerza y lo soltó, justo antes de empezar a saltar de techo en techo.
Tal y como había sospechado, la altura le daba ventaja. Desde su posición observar sin dificultades todo lo que acontecía bajo sus pies. Algunas personas paseaban, otras paseaban a sus animales y otras se dedicaban a limpiar las aceras de sus respectivos hogares. Anya había conseguido recordar a aquel ladrón: pelo largo oscuro, piel tostada, ropa clara y sonrisa pícara. Sin embargo, nadie con aquellas características apareció en su campo de visión, de forma que no le quedó otra opción que seguir saltando de tejado en tejado hasta que ya no le quedaron más techos sobre los que saltar. Por fortuna, le encontró justo en el momento en el que pensaba que iba a desistir. Estaba a las puertas de un hogar, en el umbral. Trasteaba con el teléfono que ya había encendido mientras negociaba con otro hombre, aparentemente el dueño de la casa, sobre la venta del mismo. La princesa sopesó las posibilidades. Si bajaba con cuidado, quizás no le daría tiempo a pillarle. Si hacia ruido y llamaba la atención, escaparía... y si Nero llegaba antes, quizás lo espantaría. Sólo le quedaba una opción. Tomó impulso caminando hacia atrás y después corrió hacia el borde del edificio, saltando al vacío y cayendo sobre el ladrón tal y como había planeado. Fue una caída dolorosa, por supuesto, pero el chico quedó derribado bajo su cuerpo. — ¡Tú, devuélveme mi móvil! — le ordenó.
— ¡Oh, vaya! ¡Guardias! ¡Guardias! — gritó el hombre de la casa, asombrado por la chica que acababa de caer del suelo.
— ¡Usted cállese!
— Sí, sí, por favor. No los llames — insistió el chico, que apenas duras podía ponerse en pie. ¿Tanta fama de ladrón tenía, que no quería que los guardias le viesen? Anya se incorporó con un moviento ágil, y para no dejarle escapar, colocó su rodilla sobre la garganta del chico. 
— Dame mi móvil si no quieres que te apresen — le amenazó. A la espalda de ella, apareció Nero tras girar una esquina. Jadeaba debido a la carrera y al intenso calor, pero aún le quedó aliento para expirar cuando se encontró la escena. 
— Está bien, está bien. Vosotros ganáis. Lo tengo en el bolsillo ¿Me vas a dejar cogerlo? — preguntó burlon. Sonreía mostrando todos sus dientes, pero su rostro expresaba una mueca de dolor. La princesa soltó el agarre de uno de sus brazos, con el cual le tenía completamente inmovilizado. Lentamente, el joven llevó su mano al bolsillo de sus anchos y abombados pantalones, y con rapidez, extrajo una navaja. Si quiso clavársela a la chica o solo intimidarla, fue algo que no pudo llegar a saber, pues Nero, haciendo acopio de habilidosos reflejos, pateó su mano haciendo volar la navaja unos metros más allá en la calzada.
— Miserable ladrón, suelta ya el móvil — le ordenó Nero con seriedad. El muchacho miró de un lado para otro, observando como ante el revuelo, decenas de vecinos habían salido de sus casas para curiosear. Suspiró con resignación al comprender que estaba demasiado expuesto como para conseguir salir victorioso de aquel lugar. De nuevo, llevó una mano al bolsillo, pero esta vez al contrario, mostrando el móvil. Tenía la pantalla rota, hecha añicos, pero a Anya no le importó. Se lo arrebató de un tirón para, finalmente, ponerse en pie.
— Ya está, ya es tuyo. Todo el mundo de nuevo a sus casas, el espectáculo se ha acabado — sonrió, haciendo aspavientos con las manos. Algunos vecinos hicieron lo sugerido. — Maldita sea ¿Quienes sois vosotros? — preguntó en voz baja.
— ¿Qué te importa? — preguntó la chica, comprobando que al teléfono no le faltaba nada, ni si quiera el chip localizador oculto tras la batería. 
— Bueno, está claro que no sois de aquí — encogió los brazos — ¿Una chica de Branna con acento extranjero? 
— Somos turistas — explicó Nero. — Ahora lárgate. Roba en otro sitio — se despidió Nero.
— Espera, espera — se apresuró Anya a decir. — Tú, necesito que me digas una cosa — señaló al joven. — Mi móvil está roto y nos has hecho correr hasta aquí, todo por tu culpa. Si no quieres que llame a los guardias y de parte de lo que has hecho, tendrás que devolverme el favor ¿No? — preguntó con seguridad. A su lado, sintió la vista de Nero clavada en ella, curiosa.
— Oh, por Ifrit. No hago encarguitos de parejas — comentó con asco, intentando ponerse en pie mientras se sacudía la ropa, la cual tenía llena de arena.
— Necesito información, eso es todo — explicó. — Y no somos pareja.
— Sí que lo somos. Deja de fingir que eres dura — se adelantó Nero. Anya lo miró con una cara repleta de desprecio. ¿A que jugaba?
— Bueno, está claro que resolver problemas de pareja tampoco sé — se burló el ladrón.
— Oh, por los cielos — gruñó la chica. — Buscamos flores, Suspiros de la Dama. ¿Las conoces?
— Claro que sí. Todos las hemos usado aquí alguna que otra vez. Pero para tener problemas respiratorios, te veo demasiado entera. — Anya y Nero se miraron ante aquella confesión tan extraña.
— ¿Por qué lo dices? — preguntó el Capitán.
— Las Suspiros de la Dama se usan para paliar problemas respiratorios. ¿No las buscáis por eso?
— Sí, sí. Las buscamos por eso, pero no es para nosotros — mintió la chica.
— Pues puedes encontrarlas en cualquier mercado que se dedique a vender medicinas naturales, no es ningún misterio. 
— ¿Cuantos comercios de medicinas naturales hay aquí?
— Uno o quizá dos. Si os movéis por otros pueblos, encontraréis más. Y en Mastán, un pueblo que hay a unos seiscientos kilómetros de aquí, hay una plantación bastante grande. El dueño de la misma es quien abastece a todos los mercados de Damas ya tratadas y destiladas para su uso. Allí podréis comprar más si lo que queréis es llevaros un cargamento entero para casa — detalló con despreocupación.
— Es todo lo que necesitamos saber, gracias. — Nero extendió el brazo, tomando el codo de Anya para que le siguiese, pero una vez más encontró resistencia. 
— ¿Vas a volver a robar? — preguntó la princesa, tomando por sorpresa a los presentes. Sabía que la pregunta había sonado rara. Demasiado rara. 
— ¿Qué pregunta es esa, señorita? — sonrió el muchacho de forma indiferente. — Si vas haciendole ese tipo de preguntas a todo el mundo por aquí, todos te contestarán los mismo. Branna es un reino de ladrones, aquí todos vivimos así. ¡Informaos antes de viajar! — terminó por decir. Anya hubiese deseado intercambiar más palabras con él, pero el muchacho comenzó a marcharse. Quizás estaba harto de atender a sus cuestiones, o puede que se sintiese incómodo ante una pregunta tan personal. Desapareció entre los callejones, dejando a la princesa con una mirada atónita y preocupada.
— ¿Por qué le has preguntado eso? — quiso saber Nero.
— Curiosidad — mintió la chica. Branna nunca había sido un reino de ladrones.


Cuando regresaron al coche, fue Nero quien tomó el asiento del conductor y Anya el de copiloto. Según lo acordado, debían mantener las distancias con Logan para no llamar demasiado la atención. Si miraban al retrovisor del vehículo, observarían que al final de la calle, el soldado tomaba un coche similar al de ellos preparado para seguirles con prudencia. — ¿Sabes que hace años que no conducía? — confesó Nero. — Vas a tener que disculparme si estoy un poco oxidado.
— Mientras no volquemos... — comentó la chica, poniéndose el cinturón. El Capitán aprovechó el momento para arrancar el coche y ponerse en marcha. — ¿Sabes ir hasta Mastán?
— Si las carreteras están bien señalizadas, llegaremos sin problemas. Y si no... Logan tendrá que dar un rodeo para encontrarnos cuando perdamos la orientación — aseguró. Anya echó la vista de nuevo al retrovisor. El guardia también se había puesto en marcha y los seguía. — Para la próxima vez, procura llamar menos la atención. Parece mentira que en el primer día ya hayamos sufrido un percance.
— ¿Me estás culpando de que me hayan robado? — preguntó sorprendida.
— Tu culpo de escalar las paredes como si fueses un mono. 
— Oh, perdone usted, señor-me-dedico-a-correr-sin-más.
— Hubiese encontrado al ladrón tarde o temprano — aseguró, tomando un primer desvío hacia la carretera nacional.
— Si, ya — Dada la calor y la situación de intimidad, Anya decidió quitarse la gorra y las gafas de sol que había estado luciendo para que nadie la reconociese.
— El caso es que tu cara ahora está en todas partes. Te acabas de casar con Vian y la gente espera de ti la frescura de una nueva generación. Las revistas, la prensa televisiva... no hay medio que no hable diariamente de ti. Procura pasar lo más desapercibida que puedas, porque la mayoría de la gente puede reconocerte. Y las cosas están demasiado caldeadas desde la muerte de Lucce... si diesen con nosotros, no podremos hacer nada. No nos dejarán y empezarán a preguntarse qué hacemos aquí — recordó.
— Ya, ya lo sé. Me lo habéis repetido todos un par de veces — se quejó. 
— Hacernos pasar por pareja me parece buena idea — aseguró despreocupado.
— ¡¿Qué?! Ni hablar. El numerito de antes ha sido suficiente.
— Y se lo han tragado — sonrió sin apartar la vista de la carretera. 
— Me da igual. No pienso fingir nada de eso contigo. Estoy casada, felizmente casada — insistió. Nero decidió no comentar nada al respecto, lo que extrañó a la chica. ¿Que sabía él de su matrimonio? — No es propio — añadió con un deje preocupado y fingido. Aunque era verdad que no quería fingir nada con él, claro. Tenía suficiente con fingir respeto a Vian.
— Pero es el mejor papel con el que contamos. Somos jóvenes, tenemos una edad parecida y nadie sospecharía de una pareja cualquiera. Además, a ti se te da bien fingir — recordó con sorna.
— Oh, otra vez con esas... — se cruzó de brazos. 
— Vamos, mujer, que sólo es un papel para cuando estemos en público. Respeto a Vian, es mi hermano.
— ¿Quieres decir con eso que mi opinión no cuenta? ¿Es respeto a Vian lo que tienes y no a mi? — preguntó inquisitiva, haciendo que Nero comenzase a reirse a carcajadas.
— No sabes coger una broma — alegó.
— ¡Oh, por Leviatán! — bufó. — Centrémonos en la misión ¿Quieres? Es para lo que hemos venido aquí — insistió, lanzándole una mirada envenenada. A decir verdad, en sus planes no estaban asesinar a Nero en Branna, sin embargo, empezó a parecerle una buena idea adelantar los acontecimientos. Si lo estudiaba bien... — Ese tipo dijo que las Damas se usan como medicina natural ¿No? Juraría que el doctor dijo que el veneno que habíamos tomado Lucce y yo procedía de la misma flor. ¿No nos habremos equivocado?
— No lo creo. El doctor que trata a Vian es una eminencia en su campo, jamás se equivocaría — reflexionó. — Hay algo que se nos está escapado. 
— Sea como sea, el veneno estaba en palacio. Alguien lo tenía y alguien lo puso en nuestras tazas — recordó, sembrando con sutileza las sospechas y las dudas en la cabeza del Capitán. Cuando decidió envenenar a Lucce, no pensó que las repercusiones sobre la confianza y la seguridad en palacio que sembraría en los Aeter. Si pudiese conseguir que sospechasen los unos de los otros, entre ellos... Quizá su plan se volvería más sencillo. Quizá los Aeter se destruirían poco a poco a sí mismos, y finalmente, ella solo tendría que actuar. Dar el último golpe. El golpe de gracia.

Nero

Apenas amanecía cuando la aeronave comenzó a decelerar y a descender en el lugar indicado donde ya les esperaba un solitario soldado en mitad de las dunas. La arena se arremolinaba y volaba en todas direcciones mientras la nave se posaba en su superficie, de forma que el soldado se tapaba el rostro con una capucha y ambas manos para no verse cegado. Aún así, Nero, que lo veía desde la cabina, estaba seguro de que le debía de doler el impacto de aquellos ínfimos granitos por todo el cuerpo como si fuese metralla -Y... listo. Aterrizaje completo. Procedemos a preparar de nuevo la potencia de los motores de impulsión- dijo el piloto -La rampa de embarque está descendiendo, señor. Podéis dejarnos cuando queráis-
-Bien, Sander- Nero le palmeó un par de veces el hombro -Nos volveremos a ver en cuestión de aproximadamente un mes-
-Buen viaje y suerte en su misión, príncipe- dicho aquello, Nero procedió a dirigirse hacia la parte trasera de la aeronave. Allí, en la zona de transporte, aguardaba un vehículo oficial de transporte, como siempre, oscuro y lúgubre. Anya y Logan ya estaban montados cuando Nero llegó, con el último con las manos en el volante.
-¿Vamos?- dijo Nero montándose en el coche junto a Anya.
-Cuando digáis-
-...Vamos- repitió Nero con cierta perplejidad al tener que repetirse. Logan arrancó el motor y dando lentamente marcha atrás, el coche descendió por la larga rampa hasta que las ruedas tocaron las arenas. El tacto se sentía suave en las ruedas, pero el coche se agitaba bastante debido a la inestabilidad del terreno. Fue entonces cuando se acercó el soldado que aguardaba fuera mientras la nave se preparaba para despegar de nuevo.
-¿Alteza?- preguntó el soldado, asomándose a la ventana que Nero estaba bajando -Me llamo Mischels, estoy aquí para guiaros hasta una base e informaros de la situación en Branna-
-Pues sube- indicó con un gesto de cabeza. El soldado procedió a montar junto a Logan.
-Te guío- dijo al piloto -En esa dirección- señaló. Logan obedeció, poniéndose en ruta.

Apenas les costó una hora más de camino con el sol comenzando a despuntar entre las lejanas arenas. La base a la que se dirigían estaba situada un poco a las afueras de una aldea no demasiado grande y poco impresionante, con casas pequeñas y decenas de lonas ondeando al viento que, ya a esas horas, comenzaba a ser abrasivo. El ambiente dentro del vehículo comenzaba a hacerse insoportable y apenas amanecía. Nero se temía unas "vacaciones" muy pasadas por agua y no de la agradable, precisamente -Es aquí- dijo el soldado cuando Logan detuvo el vehículo -El líder de escuadrón os pondrá toda la información a su disposición, alteza- decía mientras todos bajaban del vehículo. La brisa calcinante acarició sus pieles. Nero ya echaba de menos el ambiente más fresco de Branna y, repentinamente, le apeteció visitar Carstad.
-De acuerdo. Puedes seguir con tus labores- indicó el príncipe al soldado, que tras una inclinación de cabeza, se marchó.
-Nunca imaginé que te vería algún día ejerciendo de Capitán General- comentó Anya, cruzándose de brazos -La verdad es que no impones mucho-
-Cállate- bufó Nero dándole un golpe en la visera de la gorra, bajándosela de nuevo hasta taparle la vista.
-¡Oye!- se quejó la princesa.
-Respeta al Capitán General- advirtió Logan con un tono divertido en la voz -O tendré que darte unos azotes-
-Mira, hasta este sabe bromear- suspiró Nero, caminando hacia el interior de la base.

Allí solo había soldadesca, todo hombres, dando vueltas de arriba para abajo, cargando cajas, llevando informes y demás parafernalias que Nero desconocía para qué servían. Pronto, un hombre más mayor que el resto y con un galón con forma de estrella en el pecho se acercó y se inclinó ante Nero y Anya -Sus altezas reales-
-Levanta, anda- indicó Nero -Se supone que no debemos llamar la atención y aquí os encanta inclinaros-
-Aquí estáis a salvo de ojos curiosos, mi señor. Pasad- indicó con la mano el camino hacia una tienda de lona mucho más grande que las demás, con espacio de sobra para todos. El interior además contaba con una amplia mesa llena de mapas e informes, algunas fotografías de individuos sospechosos y una pantalla holográfica que identificaba unos círculos rojos en un mapa, igual que el de la mesa, pero digitalizado.
-No recuerdo haber visto algo así en palacio- señaló Logan a la pantalla holográfica.
-Es de Carstad- respondió Anya.
-En efecto, alteza. Tecnología de Carstad cedida por su Alteza Imperial Vlad- dijo el líder de escuadrón.
-¿Y qué son esos círculos?- señaló Logan.
-En seguida os explico: se trata del movimiento de las patrullas revolucionarias, los terroristas-
-¿Terroristas?- Nero se cruzó de brazos y arqueó una ceja. El líder de escuadrón le miró despacio, con cierta sorpresa.
-¿No... venís por eso, señor?- temió.
-Ni siquiera tenía muy por entendido que había terroristas en Branna- se encogió de hombros -A ver, locos hay en todas partes, pero...-
-Teníamos esperanzas de que nos ayuade con vuestra habilidad para detenerlos. Últimamente causan estragos-
-¿Qué clase de terroristas dices que son?- se interesó Anya. Logan la miró de reojo.
-Una vez conseguimos detener a uno. Decía que ellos eran uno de los fragmentos del espíritu de la vieja Branna, que aún lucha por sobrevivir-
-Vieja Branna...- musitó Anya.
-¿Te dice algo?- se preguntó Nero.
-No, solamente me parece romántico- mintió.
-No son tan románticas sus acciones, alteza- indicó el líder -Todos los círculos rojos son sus puntos de acción más recientes. Como podéis apreciar, han sido muy activos últimamente y en cada uno de sus movimientos han muerto fieles soldados de Aeter. A veces incluso atacan poblaciones de inocentes. Siempre las víctimas suelen ser gentes aeteri o branna que se han relacionado con aeteri, o sus hijos... Son unos monstruos descontrolados- explicó.
-Son un problema- observó Logan -Hay que erradicarlos- Anya le devolvió la mirada a él esta vez.
-Todo un problema, sí- suspiró Nero -Pero estamos aquí por otra razón, claro. Y esa razón es encontrar un par de cosas- se apoyó sobre la mesa -Suspiros de la Dama- pronunció -¿Dónde se comercializa con esas plantas?-
-Suspiros... Oh, sí, aquí en el pueblo encontraréis información, seguramente. Son muy populares- explicó el soldado.
-Y tanto- entornó Nero la mirada -Así que podemos seguir la pista aquí mismo- se dijo -Y lo siguiente es la Marca de Ifrit- el soldado se tensó al oír aquello.
-¿La habéis descubierto en palacio, señor?- preguntó entusiasmado.
-¿Qué? No- negó Nero con la cabeza -Venimos precisamente a buscarla-
-Llevamos años buscándola- suspiró el líder -Sin éxito-
-¿Años buscándola...?- Nero ladeó la cabeza -Creía que era una idea nueva de Selana-
-Sus majestades Helion y Selana dieron órdenes de recuperar ese objeto milenario en cuanto Branna fue reducida a cenizas, mi señor- asintió el soldado -Siempre sin resultados satisfactorios-
-¿Y por qué mandarnos a...?- Nero se llevó una mano a la barbilla, pensativo.
-Quizá tengáis más suerte. Tenéis muchos más conocimientos de los asuntos esotéricos que la soldadesca, está claro. Y entiendo que podríais sentir la magia que emana de esa cosa. Con todo el respeto, señor, sería un gran placer cederos el trabajo. Hemos perdido muchas vidas a cuenta de las sombras en miles de búsquedas nocturnas para evitar a los terroristas. Al final, vivimos constantemente coaccionados a cualquier hora del día- suspiró nuevamente.
-Pues creo que tenemos la información necesaria. Vámonos al pueblo- dijo Nero.
-Una última cosa, señor- alzó la mano el líder de escuadrón -Os recomiendo guardar las apariencias y no solo ir de incógnito. Tratad de haceos pasar por turistas o vecinos de pueblos cercanos que están de paso o visita. Si sospechan lo más mínimo que formáis parte del ejército o de la familia real, se cerrarán por completo. Son herméticos para con nuestras fuerzas- miró a Logan -Él, con ese uniforme, no conseguirá nada. Os lo adelanto- Nero y Anya miraron a Logan y éste se encogió de hombros.
-Yo solo estoy en calidad de escolta, altezas- explicó -Supongo que no podré ayudar- Nero suspiró -Ya nos las arreglaremos-
-De acuerdo. Cuente con nosotros para lo que necesite, mi señor- concluida la reunión, Nero, Anya y Logan se dirigieron al poblado.

Dadas las indicaciones del líder de escuadrón, Logan comenzó a guardar las distancias, apartándose varios metros de la pareja. Nero y Anya sí caminaban uno junto al otro, adentrándose en las amplias calles, ya iluminadas por la luz del día, repletas de tenderetes humildes. El ambiente olía un poco a cuero, esparto y contaba con un aderezo de tufillo a sudor muy leve. Decenas de vecinos ya deambulaban de aquí para allá, la mayoría para comprar pan, frutas y diversas provisiones para el día a día. A Anya le llamaban bastante la atención a base de halagos y piropos, todo para que echase un vistazo al sin fin de collares, pulseras y anillos que vendían. También le ofrecían alfombras, lámparas de aceite de mano y hermosos vestidos -Pues sí que está animado esto- bromeó Nero -Y de haber vivido aquí, estarías hecha toda una diosa. A todos les pareces preciosa, te comen con los ojos- rio.
-Y tú, si vivieras aquí, parecías un ser humano- contestó ella.
-¿A qué viene eso?-
-Mírate- esbozó la chica una media sonrisa -Desde que montamos en la nave eres otro. Y ahora aquí hasta te ríes sin problema, ni corto ni perezoso. Siempre que salimos de palacio pareces otra persona-
-Supongo que cuando salgo de palacio, es cuando puedo ser realmente yo mismo- se encogió de brazos -Esta es la vida que me gusta, sencilla, igualitaria... Donde nadie se enfrenta con nadie-
-¡Si te pillo, te mato!- se oyó de fondo mientras un muchacho aparecía entre dos tenderes desternillándose de risa.
-¡Eso, si me pillas!- le dedicó un obsceno gesto con la mano, alzando el dedo corazón -Menudo pardillo- se burlaba mientras pasaba junto a Nero y Anya, tropezando con ésta -Oops, perdona, bombón-
-No te preocupes- le sonrió Anya.
-Ve con cuidado, chico- advirtió Nero -No puedes ir tropezando por ahí con el personal-
-Disculpad, disculpad. Es que llevo un poco de prisa- se disculpó inclinando la cabeza con humildad -Pasadlo bien y perdonadme- se dio media vuelta y se marchó.
-"Sencilla, igualitaria... Donde nadie se enfrenta con nadie"- recitó Anya, burlándose y riéndose -"Si te pillo, te mato"- imitó la voz grave de aquel tipo amenazante -Sí que sueñas con una utopía-
-¿No lo son todos los sueños?- preguntó Nero, retórico.
-No todos- aseguró Anya -Muchos sueños, ilusiones y objetivos se pueden cumplir- parecía saber muy bien a qué se refería, pero solo ella.
-Eh, parejita- dijo un hombre de un tenderete que no había dejado de mirarlos -Eh, vosotros- llamó insistente.
-Disculpe, caballero. Estamos de paso. No nos interesa comprar nada- explicó educadamente Nero.
-¿Sois nuevos por aquí, no?- insistió el vendedor -¿Viaje de novios?-
-¿Novios?- rio Anya.
-Sí, novios- de pronto, la mano de Nero rodeó la cintura de Anya y se la apegó. La princesa le miraba tan despacio que resultaba amenazador -Estamos de celebración de... bueno, eso, luna de miel. Solo miramos. Gracias, pero como digo, no nos interesa comprar nada- tiró de ella con prisa para continuar el camino.
-Encantadores- rio el vendedor -Pero, eh, guapa ¿No te falta algo?- Anya le miró pensativa -Tic, tac, tic, tac...- contaba el vendedor.
-¿Que me falta qué?- la chica empezó a toquetearse por todas partes con cierta incredulidad hasta que notó la efectiva ausencia del teléfono móvil -Eh... ¿Y el teléfono?- el vendedor disparó una mirada perspicaz.
-¿Te lo has dejado en...?- iba a decir aeronave, pero se corrigió -...En el hostal, sí ¿Lo has dejado allí?- preguntó Nero.
-Se lo ha dejado en la mano de Ali Ashar- explicó en vendedor -El muchacho de antes-
-¿Perdón?- inquirió Anya.
-Que te lo ha robado, preciosa. Y si no os dais prisa no le encontraréis jamás. Una rata callejera es una rata callejera. Ha crecido en estas calles y es una sombra. Se las sabe todas, el truhán-
-Al menos no era nada de valor personal...- suspiró la chica -Oh, no- dijo de pronto.
-¿Qué?- quiso saber Nero, entornando la mirada.
-Vian me dijo que había dejado números preparados- susurró Anya con prisa y alarma -Si curiosea el teléfono descubrirá quienes somos. Y si lo descubre podrá chantajearnos o... lo que sea-
-Pues parece que nos toca correr...- ambos se miraron a los ojos y asintieron a la vez para correr en la misma dirección: en búsqueda de Ali Ashar y el móvil robado.

martes, 10 de septiembre de 2019

ANYA

La princesa arrojó una maleta sobre la cama. Había estado guardada todo aquel tiempo en el armario de Vian, y a decir verdad, no había imaginado que tendría que volver a usarla antes de tiempo. Mucho menos para regresar a Branna, su ciudad natal.

Las manos le temblaban como a las de un niño emocionado, a la vez que el corazón le latía con dureza en el pecho. Estaba feliz y horrorizada a la vez. Pletórica y aterrada. Lo que menos había esperado una mañana como aquella era despertar con el aviso de Logan para que fuese corriendo a la sala de audiencias, separarse de él en el camino y encontrarle allí, tras la reina, mientras ésta le ordenaba a Nero un viaje de investigación. Ni si quiera supo cómo el guardia había conseguido tal información, ni como diantres se había movido tan deprisa para que Selana no le echase en falta. ¡Que diantres! ¡Tampoco sabía por qué se había presentado voluntaria para ir a Branna sin tan siquiera pensarlo! Pero, al menos, fue la mejor elección. Logan lo había sabido antes que ella. Era una oportunidad de oro. 
Quizá por los nervios apenas se fijaba en la ropa que tomaba del armario, como tampoco estudiaba si serían demasiado calurosas para un clima tan extenuante. La verdad es que ni si quiera estaba oyendo a Vian, que se encontraba de pie, andando torpemente con el bastón de un lado a otro. — ¿Como se te ha podido ocurrir? Apenas dos días que te tienes en pie y aun estas tomando medicinas —murmuraba molesto y cansado. —Tu no tienes nada que ver en esto, no deberías implicarte —continuó. Su voz era un completo murmullo pesado e irritante que empezaba a romper los nervios de la chica, que impaciente, acabó por lanzarle una mirada cansada. —¿Ves? No estás bien. Deberías quedarte en palacio, descansando.
—¿Como tú? —protestó, aventurándose en un terreno peligroso. Sabía que aquella pregunta podría sentarle mal al hombre, incluso iniciar una discusión. Pero necesitaba entenderle, saber de sus reacciones y causar en él confusión. Por ello, tras un largo silencio sin réplicas, carraspeó. —Lo siento. No quería decir eso —se disculpó, sin parar de guardar ropa en la maleta. El príncipe, cansado y enfermo, acabó sentándose en el borde de la cama, junto al equipaje. Tosió de forma compulsiva unos minutos y se limpió la sangre de la boca con la manga de su camisa. No ocultaba su estado, a todas luces. —Estoy bien. Me encuentro como siempre y quiero ir a Branna. Mi vida ha estado en peligro y la maldición sigue contigo. Si con mi ayuda podemos elevar las posibilidades de que demos con una solución, no hay más que hablar —explicó.
—Está bien, como quieras —se limitó a decir. Anya aprovechó la oportunidad para guardar un par de zapatos en la maleta y cerrarla por completo. Mentalmente, repasó todo lo que llevaba en el equipaje y se concentró para saber si le faltaba algo importante, aunque, realmente, le daba igual si se le olvidaba algo en palacio. Branna era su casa y allí todo lo que quisiese, lo encontraría. —Abre el cajón más bajo de la cómoda, quiero que tengas una cosa — pidió de forma repentina. Anya se deslizó hasta llegar al cajón. En su interior sólo había un par de cajas y un par de camisas. —Abajo de la caja hay un teléfono móvil. Lleva una chip localizador y está preparado para que lo uses.
—¿Un móvil? —preguntó la chica, estudiándolo. —Pensaba que no necesitaba ninguno de estos aquí. Eso me dijo Selana, al menos —recordó. Su teléfono móvil personal se había quedado en Carstad.
—Pero vas a Branna y durante un tiempo —comentó cansado. En su postura y la forma en la que se agarraba al borde de la cama, se dejaba ver lo agotado que estaba. —Ya tienes algunos números puestos. Sólo tienes que llamar a Nero cuando lo necesites. 
—De acuerdo —asintió, guardando el teléfono en un compartimento exterior de la maleta. Todo estaba listo, por fin. —Me marcho ya. Selana quiere que partamos pronto. Si salimos ahora, llegaremos por la noche a unos de los pueblos de la frontera.
—Buen viaje entonces — se limitó a decir en un hilo do voz, colocándose de una forma más cómoda sobre la cama. —No creo que vaya a despediros, no me encuentro con fuerzas —se excusó.
—Como quieras —. Si Vian esperaba una despedida en condiciones o no, Anya no lo supo. Tomó la maleta y se marchó. Lo que el príncipe pensase sobre su mujer, aquel día, le daba completamente igual.

En el hangar estaba ya todo preparado. Los soldados habían ultimado los detalles que la nave de transporte necesitaba, los cuales eran escasos debido a la simpleza del vehículo que usarían para no llamar demasiado la atención. Selana no había aparecido para despedir a su hijo ni a la princesa, así como tampoco el rey. Sólo Nashra y Stelaris aguardaban la marcha de su hermano y la chica, una en peores condiciones que la otra, y por primera vez, fue ésta última. 
Mientras la chica dedicaba palabras de amor y cariño a su esposo antes de que se marchase, la princesa daba tumbos de un lado para otro. Si ya se comportaba de forma rara antes de la muerte de Lucce, después de la misma, había cambiado por completo. Bebía a deshora, se había vuelto malhablada y mucho más irresponsable de lo que antes era. Por ello, se echó a los brazos de Anya, rodeándola por el cuello.  —¡Anya! Te voy a echar tanto de menos —gimoteó. Apestaba tanto a alcohol que la chica tuvo que arrugar la nariz.
—Aris ¿Todo bien?
—¡De maravilla! —alegó, separándose del abrazo y extendiendo los brazos en forma de cruz. —Mi marido es un capullo, mi hermano está muy enfermo y el otro muerto. El que me queda se larga contigo en una misión estúpida y yo me quedo aquí sola oliendo la mierda de los demás.
—¡Stelaris! —se sorprendió Nashra.
—No hagas caso de lo que diga, Anya. Stelaris está tan agobiada con sus miserias que a veces se le olvida con quien está tratando —apuntó Nero con dureza. Stelaris se quedó callada ante aquel comentario, incluso reprimió su comportamiento ebrio y se apartó.
—Cuídate — se despidió Anya de forma sencilla. Quiso dirigirse a Nashra también, pero seguía ocupada hablando en susurros con Nero y decidió respetar la intimidad de ambos.

De aquella forma, la princesa subió por la rampa dispuesta para embarcar y se adentró en el interior de la nave, la cual dejaba que desear. Si la comparaba con las imponentes naves de vuelo que Vlad poseía, aquella era una minucia descuidada. Las paredes interiores estaban pintadas de un color gris oscuro aburrido y apenas había decoración. Un pasillo estrecho delimitada el vehículo en zonas. En el fondo, unas escalerillas bajaban, de seguro, a los camarotes. La chica decidió subir por las que había a su derecha, anda más entrar. El sonido metálico de sus botas al pisar alertó a Logan, quien ya estaba esperando a que terminase de subir con una sonrisa. A todas luces, estaba solo. —¿Todo listo? —preguntó ella, echando un vistazo. Se encontraba en una zona con ventanales y varios asientos, y al fondo, se encontraba la cabina de pilotaje. 
—Los soldados están guardando el equipaje en el almacén —explicó. 
—Ya veo —Anya entrecerró los ojos al mirarle. Al contrario que en otras ocasiones, estaba bien peinado y ataviado con un uniforme nuevo. Se diferenciaba del resto en que contaba con mayor número de detalles en el patrón, así como un emblema plateado bastante grande, del escudo de Aeter, lucía enganchado en su pecho. 
—Uniforme nuevo, como ves. —murmuró.
—¿Como lo has conseguido? Ascender, digo. Helion no debería tener tantas confianzas en un soldado que regresa a palacio después de tantos años de exilio —susurró. 
—No ha sido idea de Helion, sino de Selana. Digamos que ve mis habilidades como una baza a su favor. Quiere mi lealtad —explicó.
—Vaya, que conveniente — dijo Anya, haciendo una mueca con los labios. —¿Que habilidades son esas?
—Si visitases con más frecuencia a la sala de los pilares, comprenderías de qué hablo —aseguró con tono jocoso. —Y no sólo eso, también conocerías a tu adversario. Nero suele entrenar allí con el resto de soldados con bastante frecuencia, sobre todo después de que le dejases en evidencia delante de todos. Algo me dice que se está intentando poner a tu nivel. 
—¿Allí aprendéis como moveros tan rápido? Estabas a mi lado, esta mañana, cuando me pediste que fuese a la sala de audiencias. De repente desapareciste y cuando llegué, ya estabas allí, tras el trono —recordó entornando los ojos.
—Eso no es ninguna habilidad, sino una ventaja de tener el favor de la reina. Conozco caminos de palacio que el resto no —aseguró, haciendo que la chica arquease una ceja. Por alguna razón, aquel misticismo y el repentino trato de favor que le vinculaba con Selana le dio mala espina. Podría haber indagado más, pero lo encontró innecesario y peligroso. Como sospechaba, Nero apareció a las espaldas de la chica apenas unos minutos después, dispuesto a partir. —Capitán, princesa, abrochense los cinturones.

Anya se sentó en unos de los asientos, junto al ventanal. En apenas segundos, pudo observar como todo a su al rededor se inclinaba. El horizonte, repleto de edificios plateados y blanquecinos de Aeter, se dibujó ante sus ojos. Y después, el cielo. Un cielo azul, desprovisto de nubes, que era capaz de infundir tranquilidad a cualquier corazón intranquilo. Sin embargo, con la chica no sirvió de nada. Su corazón sentía en aquel momento tanta presión como sus oídos tras un rápido ascenso al cielo. Y algo le decía que aquella sensación tan desagradable no iba a desaparecer pronto. Al contrario, no había hecho más que empezar.

 ...

Empezaba a hacer calor a aquellas horas de la tarde, y después de tantas horas de viaje, Anya decidió cambiarse. Dejó a un lado las ropas elegantes y cálidas de palacio para enfundarse en ropajes más frescos y cómodos: unos pantalones de algodón oscuro y una camiseta corta a juego. Sobre ello, se colocó un kimono de color celeste para soportar las pocas horas heladas de la noche. Por último, se peinó los cabellos con sus propios dedos y se hizo una trenza larga, manejable y despreocupada.

Si por ella fuese, aquel resto de tarde y las horas de noche que hubiese podido aprovechar antes de aterrizar, las hubiese pasado en el camarote encerrada. Sin embargo, presintió que si lo hacía, acabaría volviéndose loca sumida en pensamientos y preocupaciones. Volver a Branna le había parecido la mejor de las ideas, y ahora... empezaba a pensar lo contrario. Por ello, decidió salir de la habitación. Pero cuando la puerta se corrió hacia un lado, contempló como la del camarote de en frente hacia lo mismo y Nero salía de su interior. —Oh, hola —dijo sorprendido. 
—Pensé que estabas arriba.
—Me pareció buena tu idea de cambiarnos de ropa. Al fin y al cabo, el clima al que nos vamos a enfrentar va a ser muy distinto al que estamos acostumbrados —recordó. Anya le observó. Le hizo gracia el comprender que su elección había sido tan sobria como siempre. Una vez más, vestía unos pantalones negros, esta vez, acompañados de un chaleco bastante fino del mismo color que dejaba sus hombros al aire. Entre las manos llevaba una gorra negra. —¿Que llevas ahí? —preguntó, señalando al bolsillo del kimono. Anya llevó la mano hacia el interior del mismo, mostrando el móvil que aun estaba apagado.
—Me lo dio Vian, por si ocurría algo.
—Pues sí que han tardado en darte uno —bufó. — ¿Sabes usarlo? —se burló.
—¿Te crees que Carstad es un imperio atrasado? —preguntó la chica con el mismo tono de voz, volviendo a guardar el aparato en el bolsillo. 
—No. Sólo pensaba que quizás lo único que sabías manejar son armas.
—Te sorprendería cuantas cosas sé utilizar —aseguró, abriéndose paso en el pasillo para tomar las escalerillas que ascendían hasta los asientos de la nave. Nero la siguió.
—Según los soldados, en poco tiempo empezaremos a sobrevolar la frontera —anunció. A la princesa se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Sabes exactamente a donde debemos ir?
—El doctor dijo que los restos de veneno que encontró en tu estómago procedían de un preparado hecho con flores que sólo crecen en climas tropicales. Suponemos que las flores nacen en Branna, claro. Lo que no sabemos es quien ha llevado el veneno hasta palacio —explicó. La historia de las flores ya la había oído antes, mientras reposaba en la cama angustiada por el dolor.
—Pero Selana dijo que teníamos que buscar algo más, la Marca de Ifrit —insistió. Cuando Selana pronunció aquel nombre, aquella mañana, a la chica se le llenó la cabeza de recuerdos. La Marca de Ifrit había sido, durante siglos, el tesoro más preciado de la familia Branna. A ella siempre le había parecido una piedra insignificante, quizás, porque nunca había llegado a conocer su poder. Su padre siempre le había contado historias sobre las bondades de custodiar dicha Marca, y al parecer, Selana estaba de acuerdo con ellas. Si ayudaría o no con su plan, no lo sabía. Lo cierto era que las Marcas le daban igual. En realidad, las deidades le daban igual. A la única persona a la que tenía que rogar por sobrevivir, era a ella misma.
—Así es. Al parecer, desapareció cuando los Aeter conquistaron Branna —comentó mientras subía las escalerillas a sus espaldas. —Y no hay nada que a Selana le interese más que el poder.
—Pero dijo que, de encontrarla, se podría salvar la vida de Vian. Corrígeme si me equivoco... pero pensaba que los Aeter poseían la Marca de Leviatán.
—Y así es, pero la maldición de la familia fue un ruego de los Branna. Un conjuro realizado con el favor de Ifrit —. Al decir aquello, Anya se dio la vuelta y le miró.
—Entonces ¿Recuperando la piedra se revierte la maldición?
—Eso es lo que siempre se ha creído.
—¿Y que seguridad tienen los reyes de que Ifrit les conceda el deseo de revertir un maleficio? —Tras aquella pregunta, Nero esbozó media sonrisa.
—Unos reyes que dominan dos reinos... —suspiró. —No sería descabellado que se propusiesen dominar a una deidad — Anya le sonrió de igual manera, quitando hierro al asunto. Pero en su interior se preocupó. Ifrit era el protector del reino, le pertenecía a Branna. Si esos asquerosos Aeter se proponían arrebatárselo al pueblo para usarlo en su beneficio, estaban muy equivocados. —Mira— señaló de pronto Nero con el dedo. Anya siguió la dirección del mismo hasta centrar su vista en uno de los ventanales, al cual se aproximó. 
Arena. Dunas extensas, moldeadas y perfiladas por los rayos de un sol rosado que amenazaba con desaparecer muy pronto en el horizonte. Branna estaba muy cerca. 
—Ya casi estamos —aseguró en voz baja, tragando saliva. No quiso mostrarlo, pero su rostro se descompuso en una mueca de inseguridad. El terror sacudió su cuerpo como un rayo recién caído del cielo. De repente, empezó a preguntarse si sabría mantener la compostura, si no se derrumbaría al pisar de nuevo su territorio, si sería capaz de regresar después de volver... Nunca había sentido nada igual.
—Tenemos que ser precavidos una vez más. Nadie puede saber que estamos aquí, así que tendremos que pasar desapercibidos —alegó, colocando sobre la cabeza de la princesa la gorra, la cual ajustó tirando hacia abajo desde la visera. Anya le miró sin comprender, dando que la había sorprendido de forma imprevista. Tuvo que alzar las manos y ajustarse la gorra, porque se la había ajustado tanto que le tapaba la visión.
—Mírate, pareces una cualquiera —bromeó. Anya le sacó la lengua como protesta y volvió a dirigir la mirada a las dunas, posando sus manos sobre el cristal. 

Volvía a casa. Volvía a Branna.
Logan

Ya había transcurrido poco más de una semana desde el evento del evenenamiento que sacudió los cimientos de la familia Aeter, por lo que poco a poco, todo iba regresando a la normalidad. Para Logan, cuya prioridad era la salud de Arenea, todo estaba completamente solventado dado que la chica ya podía caminar y hacer aparentemente vida normal tras haber sido tratada durante todo ese tiempo de forma insistente, aunque no gracias a Selana, por supuesto. Por lo demás, todo iba como se esperaba: Vian seguía empeorando lentamente cada día, cada vez más y más aquejado por la maldición. Nero, tras la revelación de su verdadero origen, estaba más apartado que nunca de la familia pese a que Vian y Stelaris no parecían tratarle de forma diferente, sino como de costumbre. Ésta última seguía en su constante búsqueda de la autosatisfacción y siempre se la oía discutir con su esposo bien por teléfono o en persona en mitad de los pasillos, siempre dando espectáculos, siempre desconfiando de todo y cada vez más alcohólica. La joya de la familia, por supuesto, era Selana. Estaba histérica desde la muerte de Lucce y poco o nada se le podía decir sin que estallase en gritos o rompiese a derramar lágrimas. No se fiaba de nadie y no quería tener a nadie cerca, pero sí que el soldado había notado algo ciertamente llamativo en esa última semana y era el hecho de que la reina se pasaba a ver con demasiada asiduidad los entrenamientos de la soldadesca. En especial, los suyos. Aquel día no era una excepción.

Logan se encontraba descamisado, desprovisto de toda prenda que cubriera la parte superior de su cuerpo a excepción de las vendas que le cubrían todo el brazo derecho desde el hombro. Tenía la punta de los cabellos un poco sudadas y revueltas por su cabeza, parte del cuello y algo de la cara debido al extenuante ejercicio que estaba realizando: se estaba enfrentando a 5 soldados a la vez, que visiblemente estaban más cansados que él. Todos usaban espadas o sables normales mientras que Logan se valía de su enorme espadón, que blandía como quien sujetaba una pluma. Selana, por supuesto, allí estaba: observando con sus manos entrelazadas y una mirada de constante juicio. Reparaba sin embargo en Logan más que en el resto, en su habilidad, destreza y las innumerables cicatrices que decoraban su cuerpo, algunas incluso monstruosas. Dado el caso, Logan decidió poner punto y final al entrenamiento con brevedad debido a que sospechaba que Selana quería algo de él. Con un salto hacia delante, acortó distancia contra los soldados y girando sobre sí mismo como una peonza describió un perfecto círculo de 360º con la hoja del espadón, derribando a todos los soldados que trataron inútilmente de bloquear el ataque. Los brazos de aquellos hombres quedaron contusionados debido al impacto y a la vibración que sacudió sus músculos y huesos, quedando todos en el suelo sin ánimo de levantarse -Bien, creo que hemos terminado por hoy- dijo el soldado clavando la espada en el suelo -Daos una ducha. Dais asco- comentó viendo como los hombres nisiquiera intentaban ponerse en pie. Selana se acercó a paso calmado hasta su posición entonces, dando tiempo a que Logan se quedara solo cuando los soldados acabaron por retirarse.
-Una demostración de fuerza excepcional, como de costumbre-
-Majestad- Logan inclinó la cabeza -Es un honor recibirla en mis sesiones de entrenamiento-
-¿Sabías que estaba aquí?- Selana arqueó una ceja.
-Siempre sé dónde estáis todos. Es mi deber, para protegeros- explicó el soldado.
-Ya veo- la reina lo miró de arriba a abajo. Su trabajadísimo cuerpo le trajo recuerdos de sus días de juventud, a juzgar por su mirada -Tú y yo no hemos hablado mucho ¿No es cierto?-
-No, majestad. Para mí siempre será un placer atenderos, sin embargo-
-Qué educado y cortés-
-Soy un viejo espíritu de Aeter, mi señora. No esperéis menos de mí-
-Ah, los viejos espíritus...- suspiró -Siempre superando a los nuevos, tan frágiles, tan...- recordó a Lucce inevitablemente.
-No os torturéis más, mi señora- indicó Logan -Nada es inevitable en esta vida, y menos la muerte. Siento decíroslo así pero debéis sobreponeros para que nada escape de vuestras manos, otra vez-
-Otra vez...- repitió Selana mirándole al único ojo sano, que parecía atravesarla como una espada debido a su dureza -Consideras que Lucce se me fue de las manos- afirmó
-Disculpadme, alteza, pero sí ¿O vuestro hijo ha fallecido por vuestra voluntad?-
-¿Cómo osas...?- Selana alzó la mano con intención de abofetearlo, pero ante la impasividad del hombre, se contuvo y bajó la mano, entrelazando los dedos con estrés y tensión -Es... muy atrevido por tu parte decirle eso a tu reina, soldado-
-Me he disculpado de antemano, pero no deja de ser una realidad. Como persona ajena a la familia en cuestión de lazos sanguineos, me pongo en vuestro lugar, como madre, y lo que yo haría en vuestro lugar es precisamente lo que os digo, recomponerme, apoyarme sobre los trozos del corazón roto, para que no vuelva a suceder algo así. Eso y por supuesto encontrar al culpable, pues a fin de cuentas, dudo que el veneno haya aparecido por arte de magia- Selana frunció los labios con fuerza y sus manos se tensaron aún más. Sus dedos jugueteaban nerviosamente sin orden ni lógica y sus ojos se perdieron en la inmensidad, más allá del rostro de Logan.
-Tienes toda la razón, soldado. Ven conmigo, tú y yo tenemos una conversación pendiente-

Nero

-¿Cómo está hoy mi rey?- preguntó Nashra dejándose caer perezosamente sobre Nero, tendido en la cama. Era como una pequeña croqueta que giraba de un lado a otro a lo largo del cuerpo de su marido.
-¿Qué haces...?- preguntó el príncipe medio dormido.
-Arriba, dormilón- le dio un dulce besito en la mejilla -Es muy tarde ya para andar vagueando en la cama. Lo último que quiero es que te me deprimas- sonrió dulcemente la chica.
-Bendita sea la depresión si así puedo dormir más- bostezó Nero, abrazándose a la almohada.
-Venga, vamos- animó Nashra -No me hagas desnudar para espabilarte- amenazó mordiéndose los labios. Ojalá la obligara a ello.
-Ya voy, ya voy...- Nero se sentó en la cama, acariciándose la nuca y bostezando nuevamente.
-¿Vamos a dar una vuelta por la ciudad hoy? Quizá a la sociedad le vendría bien un poco de atención real para dejar un poco atrás lo de Lucce- dijo un poco triste, recordando al joven príncipe.
-Que se ocupen los verdaderos príncipes- se quejó poniéndose en pie, yendo a buscar ropa al armario.
-¡Ah, no digas eso! Eres tan príncipe como ellos. La sangre de Selana no es la que te hace príncipe o rey, es la de Helion-
-La sangre, en general, no te da títulos Nashra- comentó pensativo Nero poniéndose un pantalón, siempre sobrio y aburrido negro -Y no te confundas, porque no estoy triste ni me desanima no ser hijo de esa bruja-
-¡Nero!- reprendió su mujer -Si te oyen...-
-Solo me oyes tú ¿Vas a chivarte?- le disparó una mirada maliciosa. Nero sabía perfectamente que Nashra era de mecha corta y gatillo fácil, una peligrosa combinación, pues para Selana sacarle información era tan fácil como echar azucar al café.
-N-nunca lo haría-
-Ya- a partir de ahí, un pequeño silencio se montó como un pequeño muro más entre los dos. Nashra se sentó en la cama y jugueteó moviendo las piernas de un lado a otro mientras miraba a Nero vestirse, recreándose en el movimiento de cada músculo de su espalda, brazos, hombros y sobre todo en sus manos mientras se abotonaba la camisa. Cada pequeño detalle de sus tendones, venas y músculos con cada movimiento... deseaba que esos botones fueran sus pezones, por obsceno que resultara aquel pensamiento.
-¿Entonces nos vamos?- dijo animada, distrayéndose de sus siempre sexualmente activos pensamientos.
-Primero quiero ver qué tal está Anya-
-Ah, sí- torció la boca -Creo que está mejor ¿no?-
-Parece ser. Lo veremos en breve- cuando estuvo listo, se acercó a la puerta y la abrió. Nero dio un respingo al no esperarse a Selana al otro lado de la puerta, custodiada por el enorme Logan a su espalda.
-Buenos días, Nero- dijo la reina con suma tensión, mirando a su hijastro.
-Hola- contestó simplemente el príncipe.
-Ve inmediatamente a la sala del trono- ordenó, sin más, antes de darse media vuelta y marcharse seguida por su soldado, que no dijo ni una palabra.
-Supongo que no hay paseo en una temporada...- suspiró Nashra, imaginándose lo que eso significaba.

Sentada sobre su trono, situado junto al trono vacío de Helion dado que estaba ausente, la reina se regodeaba en la comodidad del mismo, extendiendo la espalda por el respaldo. Nero, junto a Nashra, llegaron unos momentos después. Como era costumbre en la sala del trono, la esposa se situó a un lado de la sala, junto a los grandes pilares, mientras que Nero hincaba rodilla bajo las escaleras que daban al trono. Junto a Selana había dos figuras: Logan a su izquierda y Vala a su derecha, ataviada con su uniforme y yelmo característico.
-Majestad- dijo Nero con tensión en la voz -Acudo a vuestra llamada- recitó como de costumbre.
-Te he llamado aquí porque oficialmente tienes una misión que cumplir, Nero. Como hijo de Helion- hizo énfasis en el nombre del rey -Y Capitán General del Ejército, debes dirigir una operación para encontrar al culpable del envenenamiento de tu hermano Lucce, nuestro querido y dulce príncipe- anunció con la arrogancia que la caracterizaba. Nero sabía cuánto disfrutaba Selana de sentarse en el trono y comportarse como una reina divina, incuestionable e invencible -Por lo tanto, en cuanto estés preparado en el día de hoy- mientras decía esas palabras, las puertas de la sala del trono se abrían -irás a Branna a investigar el origen del suministro de veneno. Además, de forma extraoficial, llevarás a cabo una operación de búsqueda de información e investigación para la extracción de la Marca de Ifrit, última vez vista en Branna en el Gran Asedio, en pos de hallar una posible cura para Vian- Selana, al decir aquello, alzó la vista. Allí estaba Anya, quieta entre las puertas en el enorme umbral. Nashra y Nero la miraron desde su posición, siguiendo la mirada de la reina -Interrumpes una audiencia militar, Anya- dijo la reina.
-¿Una nueva misión?- preguntó la chica con respeto.
-Para Nero, como Capitán General- dijo la reina -Por favor, déjanos a solas-
-Me voy a Branna- dijo Nero poniéndose en pie y mirando a la chica recién llegada desde abajo de las escaleras -Y algo me dice que va para largo- miró a Selana desafiante -Será agradable tomarme unas vacaciones al sol-
-Sin duda. Espero que te tomes tu tiempo- recalcó la reina -A fin de cuentas serás más útil allí que aquí, como de costumbre- el ambiente comenzó a tensarse de forma peligrosa entre ambos. Nashra lo percibía en Nero, sobre todo por la forma que tenía de tensar la mandíbula y apretar los puños -Logan Vals, al que he nombrado recientemente Capitán de la Guardia de Palacio, te acompañará como supervisor y protector personal-
-Quiero ir- dijo de pronto Anya, dando un paso al frente -Iré también, majestad- Nashra, de forma imperceptible, suspiró de alivio al oír a Anya.
-¿Qué?- la reina sonrió de forma falsa -No recuerdo haberte indicado que podías ir-
-He oído el objetivo de la misión sin querer, alteza y según Nero, se trata de Branna. Me consta que es un lugar peligroso aún a día de hoy. La última vez, un simple viaje a Ocian en las lindes del reino de Aeter casi nos cuesta la vida. Considero que el príncipe necesita ayuda en una tarea tan laboriosa y más si se trata de un largo tiempo- dijo con descaro pero a la vez con sumo acierto en su excusa -Y si se trata, además, del motivo del envenenamiento de nuestro Lucce, que también me afectó a mí, es personal por partida doble para mi persona. Por partida triple- añadió -si la llamada Marca de Ifrit puede ser una cura para mi esposo Vian- ante las palabras de Anya, la reina se pasó una mano lentamente por el rostro, pensativa.
-¿Quieres ir también, Nashra?- preguntó Selana.
-Y-yo... no sabría...-
-Lo digo porque de pronto, todo el mundo es un guerrero entregado a la causa de esta familia, hasta las mujeres. Me preguntaba si quizá se trata simplemente de que Anya tiene unos ovarios bastante parecidos a los testículos de los hombres- dijo molesta -Sin embargo, parece que sí, se trata de eso- Anya no mostró amedrentamiento ninguno ante las palabras de la reina -No obstante...- bufó -No seré yo quien prive a la mujer de mi primogénito de dar su vida por una cura. Tu salud y bienestar no es prioridad para mí, Gran Duquesa de Carstad- indicó -No desde que murió mi hijo y la vida de los demás peligran-
-Es comprensible, alteza- el falso respeto que Selana veía en Anya la irritaba.
-Así que si quieres ir, ve. Informa a Vian y prepara un equipaje digno. No estaréis allí menos de un mes, eso os lo aseguro a todos- Selana miró a Logan -Cuento contigo, capitán-
-Sí, mi reina- se llevó una mano al pecho mientras la reina se marchaba acompañada de Vala. En la sala del trono sólo quedaron los viajeros y Nashra, mirándose entre sí en un incómodo silencio. Logan, sin embargo, fue el único que no pudo evitar sonreir ante la magnífica situación.

lunes, 9 de septiembre de 2019

ANYA

El sonido de un beep constante era todo el ruido que rodeaba su vida. Un sonido que prometía mantenerla con vida, que le susurraba tanto de día como de noche que había ganado, que su plan había sido todo un éxito. Era prácticamente relajante, aunque para muchos otros enfermos era un sonido infernal. Sus pulsaciones se mantenían dibujadas en la pantalla auxiliar mientras que su cuerpo estaba rodeado de cables, pequeños tubos y medicinas que aseguraban mantenerla con soporte vital. Cuanta tontería. Si el doctor o los enfermeros supiesen cuanta fortaleza sentía Anya en su interior a pesar del dolor, jamás se hubiesen preocupado por ella. Ahora, no le quedaba más remedio que esperar a recuperarse. 

Los beneficios de que hubiese causado una desgracia tan grande eran múltiples, y entre ellos, la soledad era uno de los más destacados. Todo palacio estaba tan consternado, que las visitas a su persona eran bastante reducidas, y de darse, sencillas y cortas. Sólo Logan acompañaba a la princesa de vez en cuando, siempre y cuando no estuviese custodiando la habitación desde fuera, como era el caso de aquella tarde. Habían pasado cuatro días desde que a Lucce se le dio sepultura y la complicidad entre ambos empezaba a crecer a niveles insospechados con anterioridad. Ser cómplices de un crimen hacía que la confianza aumentase, y con la confianza, la amistad. Quizá por ello, Anya decidió comportarse con naturalidad aquel día. Logan lo notó al instante. — ¿Han desaparecido los ánimos de tu cabeza? —preguntó con tono relajado, jugueteando con el flamífero que seguía encerrado en su jaula. El animal había estado hasta entonces en el balcón de la habitación que compartía con Vian, pero Anya había pedido que lo trasladasen al lugar en el que ella descansaba. Verlo le daba fuerzas. 
—Estoy tan animada como siempre —contestó la chica, intentando erguirse. El dolor que su torso había soportado empezaba a remitir poco a poco. Había tenido suerte, pues el veneno había dañado tanto estómago como pulmones.
—No lo parece. Más bien estás apagada o aburrida —detectó.
—Estaba pensando, solamente —confesó la chica, admirando al animal. Sus plumas rojas parecían arder con naturalidad si el brillo del sol le daba de lleno. —Recordaba el remordimiento. Lo sentí en el funeral. Todos creyeron que se debía al malestar, pero no era eso — admitió con vergüenza.
—¿Remordimientos? —preguntó el guardia con una mueca entre asombro y horror. Dejó de prestarle atención al ave para acercarse con pasos lentos hacia la cama. —¿Te oyes?
—Sé lo que estás pensando —susurró. — Y no es...
— Oh, Arenea. Pensaba que eras más fuerte —comentó con disgusto.
—¡Lo soy! —se defendió con ímpetu. —Y estoy preparada para cumplir con el plan hasta llevarlo a término.
—A mi no me lo parece. Tener sentimientos no es lo más adecuado para ser una asesina —la señaló. Anya se vio obligada a tragar saliva. No sabía si era por la enfermedad, la leve fiebre y el dolor que sentía, o quizás porque Logan tenía razón y la estaba acorralando, pero por primera vez, se sintió indefensa.
—Toda esta gente me da igual. Los asesinaría ahora mismo de ser posible. Calcinaría palacio hasta los cimientos con ellos dentro —se excusó.
—Entonces ¿Cual es el problema? 
—Pensé que... Me sentí rara —explicó. —Nunca había asesinado a nadie antes, y menos aún a un niño sin ideas de política.
—Se suponía que estabas preparada —gruñó. —Debías haberte concienciado de que te convertirías en una asesina. La asesina más reconocida de todo el maldito Aeter.
—Lo estaba. Quiero decir, lo estoy. Maldita sea, claro que lo estoy. Ya te lo he dicho —suspiró, extrañada consigo misma. Negó con la cabeza, incapaz de entenderse. Una vorágine de sensaciones imprevistas comenzaba a sacudirle por dentro. Logan, por su parte, bufó. Tomó asiento en la silla de siempre y observó a la princesa en silencio.
—Es normal, a veces, sentir remordimientos con el primer asesinato. Yo los tuve. Y lo que hice fue no lamentarme ni un solo instante. De haberlo hecho ¿crees que podría estar aquí ahora contigo? ¿planeando como continuar con la larga lista de muertes? — Anya no contestó. — Tú eres distinta de los Aeter. No sólo el color de tu piel te hace distinta, ni tampoco tus costumbres. La forma en la que miras al mundo y sientes también es distintas. Sientes pesar y desasosiego por haberle arrebatado la vida al hijo de tus enemigos, a un crío que dentro de unos años se habría convertido en otra pesadilla más para ti. Sin embargo, ellos, los Aeter ¿crees que sintieron algo cuando asesinaron a tus padres? —preguntó. —¿Que recuerdas de aquella noche?
—Miedo —susurró. —Los gritos de mi madre, el llanto de mis hermanas... La sensación de no poder escapar.
—Os arrinconaron y atacaron cuando menos podíais defenderos. Entraron en vuestra casa y os sacaron de la cama ante el miedo de tus padres, que pobre de ellos, morirían locos de desesperación por no saber cómo y de qué manera protegeros de una guerra de la que no erais culpables —recordó. Si el efecto que buscaba en la chica era enfurecerla y hacerle tomar de nuevo determinación, lo consiguió. Apretó los puños sobre las sábanas con ira. Incluso sus pulsaciones ascendieron al ritmo del sonido de la pantalla auxiliar. — Los Aeter no sintieron remordimientos por nadie que llevase vuestro apellido, ni si quiera por el servicio. Ni si quiera por una niña tan pequeña como tú.
—Lo sé.
—Para vencerles, tienes que hacerles pagar de la misma forma. Si no dejas los sentimientos a un lado, no vas a conseguir nada ya.
—¡Sí que lo haré! —gruñó. —Maldita sea, lo haré. En cuanto pueda levantarme de esta cama, el siguiente caerá. —murmuró. Al fin y al cabo, hablar en la habitación de aquellas cosas en una situación tan tensa y delicada como aquella era peligroso.
—Sé que lo harás, florecilla —aseguró serio. —Sé que lo harás. 

Logan se puso en pie de forma inesperada. Caminó rápido hasta la mesa y tomó la bandeja de medicinas que reposaba sobre la misma. Los frascos con píldoras casi no se tambalearon ante su agarre, puesto que tomó la bandeja con una habilidad pasmosa. Anya abrió la boca, deseosa de saber por qué actuaba así. Sin embargo, Logan se adelantó. —Viene alguien —se limitó a decir. No se despidió al salir de la habitación, ni si quiera dejó la puerta cerrada del todo. Pocos segundos después, un par de toques sobre la superficie de madera precedieron la entrada de Nero, justo a quien menos esperaba ver la chica allí. 

Ambos se miraron de forma incómoda, sobre todo porque ninguno de los dos sabían bien como empezar a hablar. Nero se rascó la nuca, inseguro, justo antes de cerrar la puerta a sus espaldas. —Nero, me alegra verte —fingió.
—Ya hablas —se limitó a decir. Cualquiera que le oyese, entendería que debía estar enfadado y aquella era una forma borde de comportarse. Pero Anya comenzaba a conocerle poco a poco, y sabía que aquellas palabras no eran otra cosa que su forma de alegrarse por su pronta mejoría.
—Quizá hubieseis preferido que el veneno me hubiese dejado sin cuerdas vocales.
—¿Y dejar de oír como discutes? Sería una lástima —aseguró jocoso. 
—Yo no discuto ¿De que hablas?
—¿Ah, no? Juraría que cuando nos quedamos vagando por el bosque de regreso a palacio estabas recriminándome por ser observador. 
—Tenía que defenderme de tu comportamiento.
—¿De mi comportamiento? ¿Todavía vamos a seguir fingiendo? —preguntó, tomando asiento en la misma silla en la que antes Logan se había sentado. Él se sentó del revés, apoyando sus brazos sobre el respaldo. 
—Nero, por favor. Estoy cansada —aseguró. El parte, por supuesto, era cierto. 
—Está bien, está bien. Sólo quería saber como estabas. No nos hemos visto desde...
—El funeral —concluyó ella, manteniendo la cabeza fría, tal y como Logan le había recomendado. —No te preocupes, suponía que sería difícil para ti estar rodeado de personas después de lo que Selana te dijo delante de todos —le miró a los ojos. Nero le devolvió la mirada, y en esos ojos no había pena ni pesar, para su sorpresa.
—Precisamente por eso venía a hablar contigo. 
—¿Conmigo? ¿Por qué? —preguntó curiosa. Intentó incorporarse algo más en la cama, pero un terrible dolor en el estómago la atenazó. Nero se movió rápido. Echó mano de la almohada y la acomodó para que la princesa pudiese estar más derecha sin hacer grandes esfuerzos. Después, volvió a su posición anterior.
—Porque eres una hija bastarda —confesó. Por alguna razón, a Anya no dejaba de sorprenderle que el príncipe fuese tan directo con ella. No se comportaba con educación ni decoro, y aquello era extraño en palacio. —No me malinterpretes. 
—Pero ¿Es cierto? ¿No eres hijo de... Selana? —susurró, cohibida por levantar polémica. Si alguien la escuchaba cuchicheando sobre ello, daría una mala imagen difícil de lavar.
—Aquella noche, después del funeral, acudí a ver a mi padre. Le pedí explicaciones sobre lo que Selana había dicho y me confesó que era verdad —comenzó a decir. —Mi madre fue una cualquiera, ni si quiera recuerda su nombre. La dejó embarazada y después se responsabilizó de mi. Dado que Stelaris nació apenas unas semanas después de que yo lo hiciese, Helion convenció a Selana para que, dado que iban a ocultar la verdad al público, se hiciese saber que la reina había tenido mellizos. A nadie le pareció extraño.
—¿Y donde está tu madre ahora?
—Muerta —confesó son un ápice de pena en la voz. —Helion la asesinó. Que la verdad saliese a la luz no es algo que deseasen, y si ella lo contaba... bueno, quizás esa fachada de mierda que todos componen se hubiese ido al garete más pronto que tarde. —dijo con veneno en la voz. —Tampoco quería que ella me reclamase, lo cual me parece bastante curioso viniendo de un hombre que sólo visita a su hijo enfermo una vez a la semana. 
—Nero, eso es... horrible —comentó la chica, más interesada que horrorizada.
—¿Te sorprende? Los Aeter son asesinos. Se despojan de lo que no les interesa sin temblar, se despreocupan de lo que son y del poder que tienen. Para mi esto no ha sido... demasiado sosprendente.
—¿Por eso me dijiste que estaba en peligro? —preguntó la chica, entrecerrando los ojos. —¿Crees que si empiezo a ser una molestia, Helion y Selana me asesinarán? —Nero, ante aquella pregunta, le lanzó una mirada significativa.
—Tu situación es distinta. Tu padre es el emperador y eso te convierte en un problema difícil de solventar. Pero ¿a caso crees que mentía? Mírate, tienes las tripas echas un asco y todavía estás alimentándote de líquidos. Has estado en peligro todo momento.
—Pero esto no ha sido... —intentó decir.
—¿De donde crees que ha salido ese veneno? ¿Donde estaba y como ha llegado hasta el té? —preguntó el príncipe con seriedad.
—Ya se lo expliqué a Selana, no lo sé. De veras que no lo sé. No vi a Lucce hacer nada raro. Sólo se que al primer sorbo ya estábamos en el suelo —relató, fingiendo cierto terror al recordar aquellos acontecimientos aun tan recientes.
—En cualquier caso, el veneno estaba en palacio —sentenció. —¿Entiendes a lo que me refiero?
—Sí, pero no vas a amedrentarme con ninguna suposición. No voy a echarme a temblar por esto, no pienso hacerlo. Estoy aquí por Carstad y por Aeter y no pienso renunciar a lo que ahora soy. A partir de ahora habrá más seguridad en palacio y no me pasará nada. Siento mucho que Lucce no pudiese sobrevivir, pero yo aquí tengo un deber que cumplir —recordó. Necesitaba que todos dejasen de pensar pronto en lo que había ocurrido, que volviesen a dejar la guardia. Si tiraban del hilo con demasiada frecuencia, podría verse metida en un aprieto. —¿Vas a decirme de que querías hablar conmigo? —cambió el tema. Nero dio un largo suspiro.
—¿Alguna vez te sentiste parte de los Carstad — A Anya le tomó aquella pregunta tan de sorpresa, que no pudo evitar soltar una risa que le provocó dolor.
—¿Qué pregunta es esa?
—Sirves a Carstad y estás cumpliendo como heredera del imperio aquí, sí, lo sé —dijo de forma automática y aburrida. —Pero me refiero a la sangre, al sentimiento. ¿Te has sentido alguna vez integrada del todo en tu familia? ¿Te has sentido tan hija de Vlad como tus hermanos? ¿Te has sentido iguales a todos?
—Estás siendo muy inquisitivo otra vez conmigo.
—Por Leviatán, se sincera —se quejó. Anya contempló las posibilidades. ¿Qué sería más adecuado hacerle creer? Se tomó unos segundos para sopesar las opciones, y la más ventajosa de todas, se presentó de forma tan rápida, que apenas se notó que pensó la respuesta.
—No siempre —admitió con lástima. —Mi madre no era más que una sirvienta, de padres inmigrantes de Branna. La relación que mi padre tuvo con ella no puede decirse que sea imprudente, ya que la emperatriz murió cuando Alek nació. Sin embargo, siempre supe que mi condición nunca fue la de los demás, incluso aunque oficialmente portase el mismo apellido que el resto. Tengo títulos nobiliarios, derechos e incluso estoy casada con Vian por ser quien soy... pero, no soy una Carstad al completo. Ya has visto como es mi familia: son extrovertidos y despreocupados. Yo, sin embargo, siempre me he sentido alejada de esas características. Me considero más metódica que ellos, más preocupada por la posición que ocupo, incluso más... ¿Entregada? —sonrió. —No sé. Quizá sólo soy así porque siempre he intentado que nadie me vea inferior a Alek y Lev, no quería que nadie pensase que estaba menos capacitada para gobernar solo porque mi madre no es la emperatriz. Además, alguna que otra vez me han discriminado por el color de mi piel ¿Sabes? —mintió. —Quizás me he obligado a mi misma a ser distinta durante mucho tiempo —concluyó. —¿Responde eso a tu pregunta? —quiso saber. El príncipe reflexionó, repeinándose los cabellos hacia atrás. —Yo te entiendo, Nero —. Anya le lanzó una mirada serena y tranquila, lo más verdadera que su nivel de actuación le permitió. Quería conseguir su confianza.La  confianza... era justo lo que necesitaba de  alguien como él. 

Llamaron a la puerta y ambos dejaron de mirarse. Cuando la puerta se abrió, Nashra apareció al otro lado. Observó la escena entre ambos con el rostro ensombrecido. Por alguna razón, la chica estaba disgustada, y algo le decía a Anya que no tenía nada que ver con la muerte de Lucce. Ya le había quedado claro que la relación entre Nero y ella no era perfecta, pero aquel día algo le ocurría. —Anya ¿Como estás? —preguntó tímida y dulce.
—Mejor. Quiero pensar que mañana podré comer algo que se pueda masticar —sonrió.
—No deberías tener prisa. El doctor dijo que tienes heridas internas. —aseguró. —Nero, ¿Tienes un rato libre? Me preguntaba si querrías dar un paseo.
—Nashra, ya te he dicho que...
—Es que no quiero que estés dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. ¿Por que no nos despejamos? No puedes estar encerrado en palacio, siempre solo y pensativo. No te va a sentar bien. —insistió. La princesa comprendió rápidamente que la chica estaba demasiado preocupada por su esposo. ¿Como no estarlo? Su hermano había fallecido a la par que había recibido lo que parecía ser una terrible noticia con respecto a sus raíces. Además, la maldición de los Aeter, que hasta entonces solo había apuntado a Vian, de repente se había empezado a extender. Cualquier chica enamorada querría abrazar a su amado y prometerle que todo iría bien en un momento como aquel.
—Deberías hacerle caso —intervino Anya. —Id. Yo estoy bien. —sonrió. Nero, incapaz de discutir en un lugar y en una situación como aquella, se acabó marchando con su mujer. 

Anya se quedó sola, pensando. Si todo iba bien, la muralla que Nero había levantado a su al rededor pronto quebraría, dejando al aire su mayor debilidad. 




Nero

Todo cuanto acontecía se estaba convirtiendo en un gigantesco huracán, un torbellino sin precedentes que amenazaba con derribar los últimos peldaños de cordura dentro de una familia que ya, de por sí, cada vez lucía menos valores de los que enorgullecerse. La vertiginosa carrera de Logan con la princesa en brazos, la de Nero con Lucce perdiendo sus entrañas a través de litros de sangre espesa que empapaban las ropas del príncipe que lo cargaba... y los posteriores gritos de Selana. Si aquello no era un trocito del infierno, pronto se desataría.

La carrera contrareloj había comenzado desde antes de que llegasen para ayudarlos, por lo que se podía decir que la enfermedad y maldición de Vian en aquellos momentos fue más una bendición y una suerte, dado que tenía a un médico preparado 24 horas y una sala provista con todo tipo de artilugios y material médico que pudiese necesitar para tratar al debilitado heredero. Aunque no era él a quien debía tratar en ese momento.
-¡Aquí!- clamó Logan, entrando en la habitación, seguido de Nero -¡Rápido, la princesa Anya!- el médico acababa de llegar, tan veloz como pudo, que fue bastante. La familia real le había dado el placer de tener una vivienda prácticamente colindante con el palacio para que nunca tardase más de un par de minutos o tres en llegar. El pobre hombre estaba en pijama bajo la bata blanca.
-¿Se sabe qué ocurre?-
-¡Tú eres el médico, demonios!- gruñó Logan -Sálvala- ordenó friamente
-¡No la toques!- rugió Selana con el rostro rojo por la irritación y las mejillas empapadas de lágrimas que se empañaban además con restos de rimel oscuro, como su lamento -¡No toques a esa mujer! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo va antes!- como poseida por alguna entidad demoniaca arremetió contra Logan de un fuerte empujón. Teniendo en cuenta el tamaño y la fuerza del soldado, que lo apartase fue realmente sorprendente -¡Ven aquí, imbécil!- rugió a Nero para que depositase al inherte Lucce sobre la camilla, a lo cual el príncipe obedeció.
-No podemos dejar a uno de los dos desatendidos- dijo Nero mientras se apartaba de Lucce. Ambos estaban cubiertos de sangre.
-Me da igual- dijo la reina sin apartar la vista de su hijo y del médico que corría a tomar sus pulsaciones y a comprobar su estado
-¡Ella parece estar mejor! ¡Quizá podamos...!- un sonoro bofetón por parte de Selana hizo que Nero cerrase la boca a la velocidad del rayo.
-Cierra la boca. Tú eres el menos indicado para decirme a mí por quién me debo preocupar, insignificante gusano- casi se atragantó con el insulto -Lárgate de aquí ¡Vete! ¡Que te vayas!- perdió los nervios la reina, golpeándole el brazo y el hombro repetidas veces hasta Nero cedió y se marchó. Consternado, pasó abriéndose paso entre el servicio tras echar un vistazo a todos los que esperaban fuera. Estaba claro y no debió sorprenderle que Helion no estuviera allí, de modo que fue en su busca.

Logan

Sangre y lágrimas, así es como hubiese bautizado toda la larga noche. El médico, pese a todos sus esfuerzos, acabó declarando el fallecimiento de Lucce, aunque para desgracia de la reina, consiguió salvar a Anya. No porque la quisiera muerta, quizá no aún, pero que ella viviera y su hijo no fue considerado como un grandísimo insulto por parte de la vida misma. A Anya, por su parte, le practicaron un lavado de estómago que consiguió extraerle el veneno para salvarla y así intentar analizarlo. A la mañana siguiente parecía estar lo bastante estable para que el médico le diese permiso al soldado para llevarla a su habitación Vian, su marido, pidió que la llevasen a otra habitación y no a la del matrimonio para que pudiera descansar mejor, de modo que durante su convalecencia, Anya descansó en la cama donde había estado durmiendo antes de la boda. Durante todo ese día estarían en paz, pues toda la familia se encontraba en una suerte de velatorio donde lloraban angustiados el cuerpo de Lucce, por si de alguna forma milagrosa que debían agradecer a Leviatán, volvía a despertar.
-Eres tan valiente como estúpida- dijo Logan con una sonrisa en los labios, viéndola medio muerta en la cama. Se permitió el lujo y detalle de peinarle suavemente los cabellos que se le pegaban al rostro debido al sudor que le provocaba la altísima fiebre que sufría -Pero lo has logrado. Increible- masculló, arrastrando pesadamente una silla al lado de la cama y sentándose como si le pesaran los años -Quizá deberíamos hablar del siguiente paso, pero algo me dice que no estás en condiciones- Arenea nisiquiera le miraba, sus ojos estaban cerrados y luchaba por seguir respirando -Tómatelo como un descanso, si quieres, pero el tiempo juega en tu contra. Con un muerto a tan poco tiempo de la boda...- Logan negó con la cabeza -Pese a tu envenenamiento, tendrán sospechas. Más bien histeria y paranoia sobre cómo ha podido suceder- el soldado se dejó caer sobre el respaldo de la silla y cruzó los brazos -Para el siguiente de los muertos, creo que tendré que echarte una mano para quitarte la sombra de encima...- se mesó la barba, pensativo.
-Lucce...- balbució Arenea -Lucce...-
-¿Qué dices?- preguntó Logan inclinándose hacia ella.
-Lucce... ¿Está... de verdad...?- 
-Sí, Arenea Branna- dijo Logan con cierto orgullo en la voz -Tu primera víctima, Lucce Aeter, ha fallecido ayer a la tierna edad de 15 años envenenado según nuestro plan. Oficialmente muerto y sin posibilidad de retorno- sonrió. Al decir aquello, con esfuerzo, Arenea volteó su rostro empapado para mirarle. Sus ojos estaban vidriosos y sus globos oculares eran prácticamente dos hierros al rojo de tan irritados que estaban por la fiebre. Pese a todo, la fuerza de voluntad y determinación de la chica se mostró abriendo una grieta en su rostro al sonreir igualmente triunfante. Rompió a reír incluso. Dos carcajadas justas... y empezó a toser sangre -Basta, basta, florecilla- Logan tomó un pañuelo de la mesa de noche y le limpió las comisuras rojizas a la chica con mimo y dedicación -Descansa... Tienes todo el tiempo del mundo por delante, al contrario que él- se carcajeó -Mañana será el funeral. Selana lo quiere enterrar en el patio, bajo el árbol donde siempre le gustaba leer y oler las flores- anunció.
-Iré...-
-Estás loca- observó Logan -La fiebre no te deja pensar con claridad. No estás en condiciones de...-
-Iré- repitió y esta vez le estaba mirando de nuevo, pero sin sonrisas. Era una mirada fría que, paradójicamente, ardía de convencimiento y determinación. Logan se vio enternecido por esa expresión tan guerrera y con cuidado, volvió a apartarle los cabellos del rostro, ya que le habían caido de nuevo al mirarle.
-Está bien, florecilla. Está bien. Mañana hablamos. Ahora descansa- se fue a poner en pie apartando la silla cuando escuchó a Arenea balbucear de nuevo.
-¿Por qué me llamas... así?- tosió.
-¿Que por qué?- rio - Mírate. Has eclosionado; has germinado. Has roto las barreras de la tierra y estás esparciendo tus raices mientras te alzas lentamente sobre tus enemigos. Has dejado de ser la semilla de la venganza para ser una flor cuyos pétalos son las llamas de la rebelión- suspiró pensativo -Fíjate, Arenea, que vas a lograr que me enamore de tí- con esas últimas palabras se marchó, dejando a la chica descansar.

Nero

 Al día siguiente les recibió la lluvia que parecía más que apropiada para la clase de jornada que les esperaba por delante. Lucce no había despertado, como era de esperar. El sacerdote del Templo había llegado cerca del mediodía para oficiar la ceremonia de despedida y su poco decoro a la hora de fingir lo que sucedía llamó la atención de la gente de a pie, que se aglomeraban en la entrada de palacio junto con algunos medios de comunicación ¿El sacerdote del Templo vistiendo las galas oscuras mortuorias dirigiéndose hacia el palacio? Algo había sucedido, sin duda. Eso era lo que pensaban todos aquellos infelices en el exterior ¿Aunque qué se podía decir del interior? El ataud del joven reposaba sobre el agujero donde sería enterrado, bajo aquel hermoso árbol rodeado de flores. Un par de anchos tablones de madera impedían que el féretro descendiese antes de tiempo mientras el sacerdote dedicaba unas oraciones y bendiciones de Leviatán al recién fallecido y a la familia; familia que, por supuesto, estaba herida de muerte. Todos estaban allí, como era de esperar: primero, todos los sirvientes y sirvientas se encontraban atrás, en fila, como si conformaran un pasillo por el que pasó cada miembro de la familia. Luego estaban los vasallos y sus familiares, entre los que se encontraban, claro está, los padres de Nashra y Reven, aunque los niños de éste último con Stelaris se quedaron en casa debido a su corta edad. Más adelante, obviamente, estaba la familia real. Selana estaba derrotada, sobre sus rodillas, dándole igual cuánto se llenase de hierba y barro. Helion solo depositaba una mano sobre el hombro de su esposa mientras sostenía su paraguas. Reven y Stelaris estaban el uno junto al otro bajo el mismo paraguas pero mantenían una tensa distancia entre ellos mientras la rubia no hacía más que quitarse las lágrimas de los ojos tratando de no arrugar demasiado su faz. Vian, por su lado, también contaba con un hueco entre las filas. Se sostenía sobre su bastón y se encontraba junto a Anya, como era de esperar. Logan sostenía el paraguas y a su vez, mantenía en pie a la enferma princesa que trataba de mantener el alma viva para poder presenciar semejante escena de dolor. Por último, Nero y Nashra se encontraban por igual protegidos de la lluvia mientras la chica se abrazaba dolida y llorosa a su marido, que no derramaba lágrima alguna, pero que sentía el alma compungida. La banda sonora la componía el repiqueteo de la miriada de gotas que descendían sobre los paraguas y el féretro y los altísimos lamentos desconsolados de Selana, que se desgañitaba pidiendo a su hijo que volviera a sus brazos. Falso. Todo falso. Todo más que falso, una vez más.
-Que su alma la reciba el Gran Señor y le bendiga con las aguas eternas, donde reposará por siempre, aguardando nuestra llegada al Gran Mar- acabó el sacerdote mirando con pesar a la reina -¿Majestad...?-
-Selana, recomponte- dijo Helion -Debemos proceder-
-No quiero...- sollozaba -Mi hijo, no...-
-Adelante- dijo Helion finalmente, al ver que Selana no respondía como debía. Dos soldados de la guardia de palacio retiraron los tablones de madera y comenzaron a bajar el cuerpo, haciendo que la reina llorase aún más.
-¿Estás bien?- preguntó Vian a Anya, que parecía especialmente inquieta. Temblaba como un flan bajo el amparo del brazo de Logan.
-¿Princesa...?- Logan se agachó un poco para mirarla, pero finalmente Anya se apartó un poco pues empezó a vomitar. Tosía y vomitaba, en general, sin control.
-Suficiente- ordenó Vian -Llévala a su habitación, Logan-
-Sí, alteza- Logan ayudaba a Anya a mantenerse en pie -Vamos, princesa. Por favor, acompáñeme-
-Por favor...- pidió Anya -Quiero... Quiero estar...-
-Estás enferma- reprochó Vian
-No lo suficiente...- contestó ella con ojos fieros y le miró de arriba a abajo. Vian apretó con fuerza el bastón.
-Que haga lo que quiera- concluyó finalmente. Logan, que la sostenía, la ayudó a enderzarse y le susurró al oído.
-¿Por qué no descansas?-
-Quiero echar tierra con mis propias manos...- masculló, nerviosa y excitada a la vez.

Cuando ya el ataud reposaba bajo la tierra, uno por uno, los familiares fueron pasando a echar un puñado de tierra como último adiós. Selana fue la última, pues se deshacía en pesares. Era incapaz. Cada vez que tomaba un puñado de tierra, esta se le caía de las manos por la tensión y la incapacidad de controlarse a sí misma. Pero entonces vio a Vian junto a Anya echar tierra sobre el ataúd, y después a Nero con Nashra. Su cara cambió entonces como si se hubiese puesto una máscara, pues se puso a pensar. Caminó con decisión, con esa dureza que la caracterizaba. Encogió la barbilla soportando el llanto al echar la tierra sobre el ataúd de su hijo. Helion caminó hacia ella e intentó abrazarla, pero se apartó.
-¿Selana?-
-No me toques- bufó -No quiero que nadie me toque, ni me dirija la palabra. Hoy no quiero ver a nadie ¿Está claro?- dijo a todos los presentes -A nadie, es nadie. Ni siquiera a tí, Vian. No quiero un recuerdo más de esta maldición-
-Selana ¿Te estás oyendo?- Helion la quiso tomar del brazo. Sabía que su mujer estaba ida, pero ésta aún se resistía a que la tocara.
-¡Detente, maldito seas!- rugió -¿Es que crees que no he visto esas marcas en sus manitas? En sus dulces y suaves manos...- casi rompió a llorar de nuevo, pero se recompuso -No... Esto no quedará así- suspiró -No se detendrá, Helion. Y lo último que necesito es ver a otro de mis hijos sufriendo por esas... marcas del demonio de Branna- todos guardaban silencio. Incluso Vian -Y en especial a ti...- miró a Nero -¿Por qué no has sido tú?-
-Selana, basta- Helion hizo el último intento de aplacarla, pero esta vez no fue solo el apartarse, sino que se atrevió a empujar al rey.
-¡Cállate!- volvió a tronar como el mismo cielo tormentoso -¿Es que encima estoy haciendo mal?- se señaló llevándose las manos al pecho -¿¡Estoy haciendo mal, Helion!? ¿¡Por desear que muriera ese bastardo antes que la sangre de mi sangre!?- al decir aquello, el tiempo pareció detenerse. Todos comenzaron a murmurar y Nashra no le quitó el ojo de encima a Nero. Logan y Anya, tampoco.
-Selana- advirtió Helion -Estas cruzando de nuevo terreno peligroso-
-Ah... Tú y tus vergüenzas... ¿Pues sabes qué, Helion? Hoy, que estoy en pie junto a la tumba de mi pequeño, me dan igual tus vergüenzas, tus orgullos y cualquier tipo de sentimiento. Hoy solo me sirvo yo misma, hoy solo me vale mi dolor ¡Mi dolor!- se golpeó el pecho con desenfreno -¡Y sí!- miró a Nero -¿¡No ha bastado mi indiferencia para hacértelo ver!? ¡Tú no eres mi hijo!- le señaló con el dedo -¡Tú eres el resultado de una noche de devaneo del magnífico y todopoderoso rey de Aeter! Y por Leviatán, sí. Oh, sí, Nero. Ojalá hubieses sido tú. Ojalá fuese tu cuerpo el que está ahí, en ese ataúd, y fuera mi niño el que estuviera llorándote junto a tu difunta esposa. Yo, seguramente, me estaría riendo por dentro para no faltar el respeto a los pocos que pudieran sentir el más mínimo apego por un ser desdichado y amargo como tú- Nero la escuchaba en silencio, pero con la mirada fría del hielo -Ojalá hubieses muerto tú, Nero- repitió Selana -O en el mejor de los casos, ella- miró a Anya -Envenenada igual que mi hijo pero ella lo soporta y sobrevive-
-¡Basta!- esta vez fue Vian el que habló, dando un golpe con el bastón en el suelo -Es mi mujer y no toleraré insultos semejantes. Está sufriendo tanto como sufrió Lucce pero ella tiene la suerte de seguir viva. No toleraré, madre, que viertas tu frustración y dolor en la única persona que sabe cómo se ha sentido mi hermano pequeño antes de morir. De compartir esa carga con él- sentenció.
-Enterremos a Lucce- ordenó Helion con un gesto a los soldados -Y vayámonos de aquí. Esto es un espectáculo bochornoso que hasta hará que mi hijo se esté revolviendo en su tumba, avergonzado de su madre- se quejó el rey -¡Vamos, todos a vuestros asuntos!- ordenó impaciente -No más espectáculos, Selana. Ni una salida de todo más, ni más estúpidas bravuconadas. Te va a salir caro- gruñó.

A la orden del rey, todos se fueron replegando tanto con pesar como con sorpresa con la revelación de Selana. Nero era el único que no parecía tener intención de marcharse.
-¿Cielo...? ¿Estás bien?- preguntó Nashra.
-Sí- dijo Nero sin más -Ten- le dio el paraguas -Vuelve a palacio-
-Pero... Nero yo no...- al coger el paraguas, él quedó fuera de la protección. La lluvia comenzó a calarle hasta los huesos en pocos minutos.
-Nashra- llamó Nero -Si de verdad quieres hacer algo por mí... déjame solo, por favor- aquel tono de voz, apagado y triste, casi le rompe el corazón a la joven Nashra. Queriendo complacer las necesidades de su marido, le abrazó un instante y luego le dejó a solas. Nero permaneció allí un tiempo bajo la lluvia, ante la tumba ya cubierta de Lucce, ambos a solas.