Prólogo
Branna, Capital del Reino
La noche era oscura, sin luna. Solo una miriada de estrellas regaban la bóveda nocturna como un millar de ojillos titilantes y curiosos que observaban la calma que estaba por romperse. Las calles estaban silenciosas y ni un solo alma las transitaba. La ciudad, el reino, parecía prometer la llegada de un nuevo amanecer suave y cálido, como era típico de la tierra.
-Y ahora, damisela, a dormir- con el cariño que solo podía manar de la voz de una madre, la
Sultana Rena acompañó de la mano a su hija a la cama. La habitación, como siempre exultante, estaba repleta de telas de tonos rojos carmesí y bordados dorados -Mañana será otro día-
-Pero no tengo sueño...- se quejó la jovencita frotándose los ojos, mintiendo como una bellaca.
-Arenea...- la voz más grave que se escuchó a través de la puerta, la de su padre Kharim, sonaba inquisitiva -No te pases de lista con nosotros ¿eh?- dijo cruzado de brazos pero con una sonrisa en los labios que asomaba tras la espesa barba. La chiquilla frunció el ceño e infló un poco los mofletes en una graciosa expresión de rabieta con sueño que arrancó risas a su madre.
-Venga, arrópate solita que yo te vea. Ya eres mayorcita- insistió Rena.
-No tengo sueño...- reiteró la chiquilla.
-¿Vas a obligarme a hacerlo?- Kharim se acercó a la cama y apoyó una mano sobre el hombro de su esposa, que se la acarició con cariño mirando a su hija -¿Voy a tener que contarte de nuevo la horrible, horrible historia de Ifrit, nuestro guardián de las llamas?-
-¡Sí!- clamó la princesa casi dando un botecito en la cama. El plan de Kharim no salió bien.
-Bueno, al parecer te has metido en un atolladero tú solito- con gracia, Rena se quitó suavemente la mano de su esposo del hombro, se levantó y le palmeó el suyo de vuelta -Ánimo- arrugó la nariz con cariño y procedió a marcharse, pues bien era sabido por ambos que la historia y leyenda de Ifrit no era corta ni carente de violencias y matanzas indiscriminadas. Aún hasta ese día no sabían muy bien cómo Arenea, a diferencia de sus hermanos y demás familia cercana, disfrutaba de semejante historia desde tan pequeña.
Al cabo de un rato, mientras Kharim interpretaba con un par de muñecas de trapo que valían un ojo de la cara y eran obsequio de las familias vasallas para Arenea desde el día de su nacimiento, una luz aranjada llamó la atención de le jovencita -Y entonces, las llamas comenzaron a desolarlo todo...- dijo el Sultán distraido -¿Arenea? ¿Qué ocurre?- la niña se había levantado de la cama y corrió hacia su enorme y precioso ventanal -Espera, cuidado. Ni se te ocurra asomarte sola o vamos a...- cuando estuvo a apenas un paso de su hija, lo vio. Toda la ciudad ardía con llamas furiosas que lanzaban innumerables chispas hacia el cielo -¿¡Cómo es posible!?-
-¡Señor!- la puerta se abrió de golpe y un soldado se dejó ver -¡Ataque nocturno! ¡Son aeteri!-
-¿Estás seguro Signh?- preguntó el Sultán llevando a su hija de la mano con él -Eso es una grave acusación si...-
-Señor...- el soldado tragó saliva -Es una guerra abierta. Traen sus estandartes. Claman en nombre de los mares de Leviatán. No pretenden ocultar quienes son-
-Malditos sean... Malditos sean todos ellos...-
-¿Padre...?- el Sultán miró a su hija, que se rascaba un ojo con sueño.
-Signh, protégela. Llévala a un lugar seguro y reune a un equipo para protegerla a ella y a los demás. Aprisa-
-Sí, señor- dicha la orden, el soldado y el sultán se separaron. Signh llevó a la niña escaleras abajo para dejar atrás la torre de las habitaciones y dirigirse a un refugio que sus majestades habían ordenado construir en caso de que un ataque como el que acontecía llegara a suceder.
-¿A dónde vamos...?- preguntó la niña un poco ajena a lo que estaba pasando.
-Guarda silencio, pequeña alteza. Te lo suplico. Es por vuestro bien. Hablaremos cuando estemos con los demás ¿De acuerdo?- dijo el soldado mientras giraban una esquina, donde se encontró de frente con una mano enguantada de negro que le agarró la cara como si fuese una trampa. Acto seguido, el cuerpo del soldado cayó al suelo completamente descabezado y regando el suelo de una masa sanguinolienta que previamente había sido su cabeza. La mano de la figura enguantada exhalaba un tenue humo.
-Vaya, vaya, vaya...- dijo el soldado aeteri, todo de negro y encapuchado con el rostro protegido por una máscara similar a un antiguo yelmo de dragón, representando a la deidad Leviatán -¿Eres una de las princesas? ¿Y si vienes conmigo?- le tendió la mano. La chiquilla estaba en shock, aterrada, sin quitarle los ojos al soldado asesinado.
-¡Por el sultán!- gritaron unas voces tras la niña. A lo largo del pasillo, se aproximaban más guardias branna armados con cimitarras y rifles con los que comenzaron a disparar al soldado aeteri. Ante el caos, la niña no hizo otra cosa que echar a correr en busca de sus padres.
La ciudad estaba ya envuelta en un completo caos. Las calles estaban regadas de gente muerta, pues no había intención de dejar títere con cabeza. Cada casa, cada local: todo se estaba viendo consumido por las llamas y en la distancia, fuera de la misma urbe, ya se estaba preparando el golpe definitivo: mientras todos los soldados asediaban Branna sin miramientos, un círculo formado por cinco soldados estaban convocando mediante magia una lluvia de fuego que acabaría por devastarlo todo.
Mientras tanto, el sultán se defendía con fiereza a base de espadazos y hechizos de fuego contra los aeteri, pues cuando se trataba de dicho elemento, daba igual el nivel de poder, nadie podía hacer frente a la familia de Branna. Por ello Kharim sabía perfectamente que el atacarles con incendios y demás parafernalias no era más que una humillación, que el fuego consuma al fuego mismo. En su interior crecía cada vez más y más el deseo de invocar a Ifrit y reducirlos a todos, seguidos del reino de Aeter, a cenizas. No obstante, sabía que no debía hacerlo si quería salvar su propia vida, la de su esposa y sus hijos, a los que no conseguía encontrar desde que comenzó el ataque. Entonces, finalmente, vio a su mujer.
Mientras cruzaba uno de tantos pasillos con mirador que daba al patio, encontró la figura de Rena rodeada por sus doncellas y acosada por un gran número de soldados aeteri que se burlaban de ellas. En las manos de Rena brillaba una luz roja como la sangre y por ello Kharim entró en pánico -¡Rena, no lo hagas!- gritó y su voz cruzo todo el patio por encima de los ruidos y las voces, con un eco atronador.
-¡Ahí viene el sultán! ¡Matadlos a todos!- ordenó uno de los soldados aeteri mientras desenfundaban sus armas, listos para la batalla. Kharim descendió a toda velocidad lanzando feroces llamaradas a todas partes y las doncellas, aprovechando la distracción del enemigo, usaron pequeños puñales para perforarles las espaldas.
-¡Rena, espera! ¡No lo hagas!- suplicaba Kharim mientras se acercaba, matando a todos los aeteri que podía en el camino mientras cruzaba el enorme patio. Rena estaba en pie sobre la fuente principal con el gran destello entre sus manos entrelazadas y por igual con el mismo resplandor en su mirada.
-Sea pues, cerrado el pacto. Oh, Ifrit, gran señor de las llamas, cumple mi deseo...- recitaba en baja voz. El agua que manaba suavemente de la fuente y caía por hermosos y finos canales empezaba a humear y bullir, hirviendo de una forma que nadie nunca había visto. Las manos de la sultana también humeaban y el ambiente comenzaba a ondularse como un espejismo en el desierto.
-¡ESPERA!- vociferó una última vez, justo antes de alcanzarla. La mano del sultán aferró las de su esposa y la extrajo de la fuente con un tirón para abrazarla. Aquello la sacó del rezo y la ensoñación -¿¡Qué haces!? ¿¡En qué estabas pensando!? ¡Nuestra familia...!- gruñía el rey con voz rota mientras oía y sentía llorar a su mujer sobre su pecho.
-No queda más remedio...- sollozaba la mujer -Kharim... no podemos...-
-Lo sé...- el sultán apoyó la frente sobre la de su mujer y se miraron a los ojos -Pero si queda la más mínima esperanza de que salgan de aquí...- sonrió tristemente -Prefiero... Prefiero que sea así-
-Oh, Kharim...- Rena volvió a llorar desconsolada
[FFXV - Song of the Stars]
Los pasos apresurados y los gritos que escuchó llevaron a la joven Arenea hasta uno de los balcones de los pasillos, donde por fin pudo ver a sus padres rodeados de soldados aeteri muertos y doncellas armadas con puñales. La sonrisa que se le dibujó en su rostro lleno de ollín por toda la ceniza que flotaba en el ambiente fue tan radiante como las propias estrellas que observaban la catástrofe. Por desgracia, la alegría no duró mucho.
Sus labios se separaron como si le pesaran una tonelada y estuvo por desgañitarse la garganta al llamar a sus padres, pero tronaron las armas a la orden de fuego. El tejado estuvo en todo momento rodeado y custodiado por soldados aeteri que empuñaban armas a distancia. Desde arriba, pues, llegó la tan temida muerte. Una a una las doncellas de blanco fueron cayendo con sus ropajes mancillados por el tono carmesí de la bandera de Branna, pues era su sangre. Y tras ellas, con una última mirada entre ellos, cayeron sus majestades. Primero fue Rena quien dejó de llorar, en brazos de su esposo. Kharim, gritando de dolor y rabia, se fue arrodillando con ella en brazos. Arenea, helada como los páramos del norte, contemplaba impotente cómo su padre miraba una última vez al cielo, o quizá solo miraba a sus enemigos. Una última salva de disparos pusieron fin a su honorable vida, regando con sangre los canales de agua cristalina que nacían de la fuente. Un destello rojo y fulgurante se mezcló con el agua y la sangre, una especie de objeto tan brillante como un sol en miniatura, que fue arrastrado por el agua hasta perderse por los conductos de aquellos canales.
[FFXV - Sorrow without solace]
El mundo se detuvo en aquel momento, aunque fuera por un instante. La niña, con apenas 6 años de edad, no sabía cómo se sentía ni cómo debía interpretar el futuro inmediato al ver a sus padres sin vida en mitad del gran patio donde tantos días y noches había jugado, había reido y había dormido en el regazo de su madre. Cuántas historias, cuántas leyendas... Aún siendo tan pequeña, pudo ver el fantasma de los meses pasados en los que había estado jugando con su padre a ser una valiente guerrera o una implacable reina a la que nadie podía derrotar con la espada. Todo... ¿Todo se había ido? ¿Nada iba a quedar de ellos? No... Aún podían despertarse ¿A que sí?
-¡Ven!- dijo una voz, que para la chica sonó ahogada y sorda -Ven, pequeña. Sígueme. No te haré daño- el hombre que la recogió iba de negro y era joven, pero su rostro estaba desencapuchado y desenmascarado. Era de pelo moreno y le faltaba un ojo que acababa de perder en la batalla. Tenía más de media cara empapada de sangre y la misma le mojaba el cuello y el uniforme, desgastado y húmedo -Óyeme, escúchame- se agachó junto a ella una vez la apartó del balcón -No voy a hacerte daño, te lo prometo. Todo esto es un gran error, este ataque, esta guerra... Aeter está equivocado. Te prometo que yo no sigo sus órdenes, ya no- aseguró una y otra vez mientras la niña apenas reaccionaba a mirarle -Voy a esconderte ¿De acuerdo? Solo tienes que ser buena, portarte bien y no moverte de donde te voy a llevar. Esta pesadilla solo durará hasta el amanecer... Confía en mí, por favor- la niña no confió ni dejó de confiar. No era más que una muñeca de trapo que se dejó arrastrar por el hombre que la tomó en brazos. Apenas era un muchacho de 20 años y estaba aterrorizado por lo que estaba viviendo: por lo que estaba haciendo. Su resolución fue llevar a la niña hasta una zona ya despejada cerca de la entrada de palacio donde había un gran número de armarios para sábanas y demás bienes de uso por el servicio de palacio. Alcanzó el lugar tras un constante zig zag para eludir a sus hermanos de armas, soldados aeteri que no dudarían un segundo en matar a la niña y, por consiguiente, a él por traición al intentar protegerla.
Finalmente, cuando todo estaba despejado y sin peligros, metió a la niña en el armario -Quédate aquí ¿De acuerdo? Espera al alba, hasta entonces no vas a poder salir. Te voy a encerrar por tu bien. No hagas ruido tontamente tratando de dejar este sitio porque te descubrirán y...- se calló, frunciendo los labios. Se agachó hasta la altura de la pequeña y la miró a los ojos: estaban muertos, carentes de luz y desprovista de cualquier emoción -Perdóname...- lloró el soldado con el único ojo que le quedaba -Perdóname, por favor...- se enjugó las lágrimas que se mezclaban con la sangre de su rostro y sus manos y cerró la puerta con suavidad. Con esa misma sangre, embadurnó la puerta con un rastro sucio como si alguien hubiese muerto cerca del armario y plasmó ambas manos en la mancha. Canalizó el poder mágico que era capaz de usar, prestado y bendecido por la Casa Real de Aeteri, para sellar durante unas cuantas horas las puertas del armario. Luego se colocó la capucha y la máscara... y se desvaneció entre el humo y las llamas que asolaban el palacio
-
Carstad, Imperio del Norte y el Este
20 años después...
El local no era de los más acomodados del imperio, pero era barato. Las paredes no eran muy altas y su estructura hacía que fuese estrecho. La gente que comía y bebía dentro de aquel bar de mala muerte estaba demasiado pegada las unas con las otras, por lo que el olor tampoco era precisamente acogedor. Logan, por su parte, estaba lo más apartado posible. Le acababan de traer un plato carne que tenía un aspecto un tanto extraño con un puñado de verduras resecas que no olían demasiado bien, pero cosas peores había comido a fin de cuentas. Mientras probaba el primer bocado las noticias en la vieja televisión del local hicieron un gran estruendo con fanfarrias y el himno imperial. En pantalla apareció una joven presentadora de muy buen ver que emocionada mostraba una imagen de su Majestad Imperial Vlad Carstad junto a su única hija, Anya Carstad, con la que anunciaba que un evento histórico estaba por celebrarse en los días venideros ¡Y es que la casa de Carstad y Aeteri iban a unir lazos en matrimonio! El Imperio y la Realeza del Oeste, la última de las casas de la Gran Magia, iban a firmar un tratado de paz perpetuo con ese matrimonio. Algo así no se había visto jamás.
-Me parece increible- bufó el camarero apoyándose en la barra -¿Has visto?- preguntó a Logan, que poco más había hecho que girar ligeramente el rostro para poder ver con su único ojo sano la pantalla, ya que el otro lo tenía cubierto por un parche -Pocas veces, sí te digo, he visto una muchacha tan bella como la Gran Duquesa. Mírala, está buenísima. Es el sueño de todo hombre imperial y ahora va y van a casarla con un aeteri ¿Es que el emperador se ha vuelto loco? ¡Yo traería la paz al imperio entero si a cambio de que simplemente me deje verla en ropa interior!- bravuconeó.
-Te vas a meter en un lío si te oyen las tropas Dimitr- advirtió uno de los asiduos al local.
-Ellos son los primeros que se "satisfacen" pensando en semejante belleza. Te lo aseguro. Esos rasgos tan curiosos que ha heredado son... Uff, cuanto menos, exótica. Despierta un morbo increible-
-Quédate el cambio- dijo la voz grave de Logan mientras se levantaba de la silla.
-Eh ¿Te vas a ir así? Solo has probado un bocado- ignorándolo, dejó el local atrás y salió por la puerta sin contestar.
-¿Quién era ese tipo?- preguntó el asiduo -Tiene un aspecto muy... raro. Esas vendas y cadenas que lleva en el brazo derecho... ese parche... su barba y su pelo ralo... ¿No será un barbaro de las montañas Kryz?-
-No creo, llevaba botas. Los barbaros no llevan botas, ni capas- apuntó el camarero tomando el tenedor y lo olfateó. Sopesó bien lo que su nariz había captado y optó por determinar que ese desconocido no tenía demasiado mal aliento, de manera que usando el mismo tenedor se comió la misma comida que no se había terminado -Aún así, si por mi fuera, lo tendría vigilado. No me da muy buena espina, no señor- dijo con la boca llena, salpicando la barra junto a las manos del cliente asiduo.
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