Helion y Selana
La ascensión de la princesa de Carstad a lo largo y ancho de las escaleras hasta donde se reunía toda la familia Aeter fue, a ojos de Nero, lo más peliculero y sobreactuado que había visto en mucho tiempo. El muchacho no era muy dado a participar en los comités y ceremonias de la familia por lo que tampoco acostumbraba a tanta etiqueta, pero eran tantas las películas y obras de teatro que había visto a lo largo de sus 30 años de vida en las que se representaba un sin fin de escenas similares que le costaba mantener el semblante serio. A ojos de Anya, conforme llegaba, se apreciaba que era el único con las manos en los bolsillos. Y mientras que todos los demás lucían el traje y vestimenta típica de gala y ceremonia de Aeter: un vestido o atuendo negro con decoraciones de tono plateado tenue como un brillo romántico de luz de luna, Nero vestía simplemente unos pantalones y una camisa con el cuello desabotonado, todo de negro como mandaba su familia, pero sin decoraciones ni atuendos que pudieran considerarse más pomposos como los demás o como el de la propia Anya.
-Es un auténtico placer, princesa de Carstad, recibirte en nuestro hogar- se pronunció finalmente el rey Helion cuando la chica terminó de subir las escaleras. Mutuamente se inclinaron las cabezas en señal de respeto.
-He oido mil historias sobre la belleza exótica de la hija del emperador Vlad Carstad, pero todas se quedan en pequeños rumores de esquina cuando se compara a la belleza real que luces- apuntó Stelaris, la única de los hermanos Aeteri. La chica estaba apoyada suavemente sobre los hombros de Lucce, el menor. Tenía 16 años y desde que Anya subía las escaleras, la saludaba tímidamente con la mano. Pese a que ya había llegado y todos le estaban dirigiendo la palabra, Lucce seguía ensimismado y meneando suavemente la mano de un lado a otro a la altura del pecho, sin pestañear.
-Lucce- la voz de su madre, Selana, lo sacó del limbo de pensamientos -¿Qué haces, mi pequeño?- la pregunta de la reina arrancó risas a todos los hermanos, salvo a Nero, que solamente miraba de arriba a abajo a la princesa con cierta expresión de aburrimiento -Discúlpale princesa Anya-
-Anya. A secas, majestad- dijo con voz clara la chica -Estoy ante reyes, mi título es el de menos-
-Entonces te será también de menos el de mis hijos- sonrió tensa la reina mientras daba un paso a un lado y dejaba a la vista a Vian, el mayor y heredero del trono de Aeter, futuro esposo de Anya -Él es Vian. Mi orgullo, mi mayor tesoro-
-Gracias madre- rió jocosa Stelaris
-Sí, en absoluto es ofensivo... ni nada de eso- apuntó Lucce rascándose la nuca.
-Venga, comportáos ¿Qué va a pensar Anya de vosotros si os ponéis a competir por el amor de vuestra madre?- Selana la miró. Era obvio que esperaba una respuesta. Anya compuso una sonrisa dulce y compasiva.
-¿Quién no aprecia el amor de una madre, verdad?- preguntó mirando a todos y una vez más, salvo Nero, todos le devolvieron una sonrisa agradable, cálida y acogedora.
-Es monísima- inquirió Stelaris.
-Sí... Monísima- agregó Lucce embobado
-Es todo un agrado para mí...- empezó a hablar Vian, acercándose a ella. No era en absoluto difícil comprender que su salud no estaba precisamente en auge, pues caminaba despacio y con bastón pese a tener apenas un par de años más que Nero -...poder recibirte en nuestra casa. Espero y deseo que podamos comprendernos con la misma facilidad con la que hemos roto el hielo- le tomó la mano con suavidad -Y que puedas sentirte todo lo a gusto posible estando en compañía de mi familia y... de alguien como yo-
-Seguro que sí, príncipe Vian- respondió Anya, disparándole una veloz mirada a la reina, pues la apreciación del título de príncipe era algo que la ponía en tela de juicio bajo esa mujer con aspecto afable pero que en su mirada ocultaba una tirana -¿Y él?- se aventuró a preguntar por encima del hombro de Vian. El heredero se giró para contemplar a su hermano, al igual que los demás. Era Nero, el único que no se había movido ni había dicho palabra alguna desde que ella llegó -Es un placer conocer a todos los miembros de la familia Aeter. No quisiera ser descortés y dejar a ninguno sin un respectivo saludo-
-Él es Nero- dijo Vian -Y es la oveja negra de la familia- bromeó
-Nuestros color es el negro. Debería ser la oveja blanca- terció encogiéndose de hombros.
-Es un poco díscolo- rió el rey
-Pero como todos, es monísimo- repitió Stelaris. Con esos minutos a Anya le bastó para comprobar que la única hermana tenía una fortísima predilección por los varones de su familia.
-Bueno, creo que ya han sido suficientes presentaciones a la cálida luz del sol- intervino la reina -Vian, hijo, deberías regresar y descansar-
-Estoy bien, madre- suspiró Vian -Quisiera acompañaros a todos mientras mostramos el castillo a Anya. Es lo menos que puedo hacer...- agregó desanimado.
-No deberías forzarte y menos por mí- asintió la joven. Aquellas palabras parecieron herir más al enfermo heredero.
-Forzarme, ya...- sonrió triste -Iré entrando en palacio, si no os importa, entonces-
-Ve con cuidado, hijo mío- terminó Selana.
-Sí, madre...- y con paso lento y cuidadoso, el príncipe comenzó a alejarse por un camino distinto al que el rey y la reina comenzaron a guiar a Anya una vez Vian se marchó.
Todo lo que precedió fue una larguísima caminata sin aparente fin a lo largo de todo el palacio de los Aeter: todo cuanto se reflejaba en los ojos de la recién llegada era una mecla de colores plateado, marmol blanco y suelos negros de obsidiana. Los pasillos estaban siempre decorados por delgados pilares que delimitaban espacios en las paredes para la colocación de mesillas, grandes jarrones o cuadros que, según comentaba orgulloso el rey Helion, eran legado de sus antepasados. No era para menos, por supuesto, pues se podía apreciar que muchos eran antiquísimos y no se le pasó por alto a la princesa de Carstad que en la mayoría se representaba a un ser magnífico y gigantesco similar a un dragón serpiente con dos pares de alas gigantescas. En lo poco que participó el misterioso Nero en aquel tour por la enorme vivienda de la familia real, fue para señalarle que esa criatura era Leviatán, el archiconocido dios al que se rendía culto en toda la extensión de Aeter como territorio. Era, por tanto, el aspecto definitivo de aquello que siempre, según las leyendas, contrariaba y constantemente desafiaba a Ifrit. La chica sintió un viejo escalofrío al observar tantísimas antiguallas que representaban a Leviatán. Era como volver de golpe y porrazo a años perdidos de su infancia que se nublaban en ocasiones y que en otras, eran tan claros como un cristal, pero cubierto de sangre.
-Me temo que si continuamos no solo vamos a ganarnos la enemistad eterna de Carstad por malograr las piernas de la princesa, sino que los servicios de urgencias tendrán que venir a tratarme- rió el rey Helion tras un largo rato más de exposición. Suspiró largo y pesado, retomando aire -Me hago viejo para estas cosas. Sigue pues mi consejo, jovencita: no envejezcas nunca-
-Ojalá fuese sencillo- prosiguió Stelaris -¿No creéis?- rió -Sería tan maravilloso poder chasquear los dedos y ¡Ala! No envejezco. La verdad es que no tengo ganas ninguna de verme al espejo y verme llena de arrugas...- Anya no le quitaba el ojo de encima a Stelaris mientras decía eso.
-¿Perdona?- carraspeó Selana -¿Me ves llena de arrugas, amor mío?- preguntó a su hija
-En ningún momento te he mencionado-
-Pero envejezco como tu padre-
-Y quizá hasta más- añadió Nero, haciendo que la reina le mirase como si lo fuese a matar en ese preciso instante. Fue un comentario y una mirada determinante para adivinar, por parte de Anya, que entre Nero y Selana no existía la misma relación de amor y mimo que había con el resto de hermanos. Era una pista, un detalle interesante que esclarecer.
-Sus altezas reales- una voz les alcanzó por el pasillo. Un soldado se acercaba a paso ligero hacia ellos -Tienen una audición urgente. Una persona cuanto menos interesante solicita veros de inmediato- se dirigió esta vez al rey.
-Audición...- bufó -Está bien. Todo sea porque nuestra joven y bella invitada pueda contemplar cómo tratamos al pueblo, cómo lo recibimos y como nos comportamos hacia ellos. A fin de cuentas, somos sus reyes pero también sus servidores- sí, es lo que dicen todos.
La sala del trono fue lo último que visitó Anya de forma oficial cuando llegaron al lugar para recibir al tan solícito súbdito. Y aunque le quemase las entrañas debía admitir que le sorprendió: era el doble de grande que el de su padre, Vlad. El techo era altísimo y estaba decorado con las más exquisitas representaciones de victorias y conquistas de sus antepasados. Los tronos estaban tallados en el mismo color negro que ascendía desde el suelo y tras ellos una imponente representación de Leviatán labrado en la plata más fina y y brillante, como si abrigase los tronos con sus poderosas alas, se alzaba imponente. Helion y Selana procedieron a sentarse de forma señorial en sus respectivos asientos para después alzar las manos en señal para la guardia de los enormes portones. Anya y los hijos de sus majestades observaban la situación desde un lateral, pero la distancia no impidió a la chica reconocer ipso facto al hombre que entraba por la puerta y caminaba recto y determinado hacia sus majestades. Aquella capa, aquel parche en el ojo... ¡Era el tipo que fumaba en el exterior de donde ella había estado hospedándose!
-Sus majestades reales- dijo el hombre mientras se arrodillaba ante ellos, bajo las escaleras que ascendían a los tronos. La afombra que se extendía desde los portones hasta la cima de los asientos reales era de color morado, a juego con el negro suelo, marcando una senda fácilmente reconocible con la oscuridad. Sobre todo para Anya -Vengo a presentarme con la enorme vergüenza de antaño que no supe contolar y que ahora he aprendido a enfrentar. Bajo vuestra atenta mirada me presento: soy Logan Vals y hace 20 años, os serví a ambos y al reino como soldado en la Guardia Oscura Real. En mis años mozos estuve portando el emblema de la casa Aeter en mi espalda, soportando el peso del deber y el honor- el hombre se despojó de la vieja y desvencijada capa verdosa que llevaba puesto para revelar un deterioradísimo uniforme negro del ejército de Aeter. Se dio la vuelta para mostrar el emblema, que pese al desgaste horrible de la ropa, era lo único que se mantenía impoluto. Luego volvió a voltearse e hincó rodilla nuevamente -Mi vergüenza, como he dicho, es que participé en la batalla de Brenna hace 20 años y no regresé...-
-¿Desertaste?- preguntó el rey. Su voz hizo eco en el enorme salón.
-Jamás, Alteza. No regresé porque perdí un ojo- se tocó el parche -Y media parte de mi cuerpo se quemó entre las llamas de los fieros guerreros Brenna- mostró el brazo derecho vendado desde los dedos hasta el hombro -Aún hoy siento el dolor como si lo estuviera sufriendo ahora mismo. Me juré a mí y a mi familia que regresaría indemne, envuelto en gloria. Que se me nombraría como un gran militar a vuestro servicio...- suspiró con la voz rota -Y sin embargo quedé lisiado, torpe y apático por todo. Pensé que lo mejor era morir, y así me alejé de la batalla. Pero la vida o Leviatán no ha querido que abandone aún este lugar, así que haciendo triste acopio de fuerzas, apelo a la felicidad que os brinda el futuro matrimonio de vuestro primogénito para suplicaros acogida. Quiero, esta vez sí, servir con honor a la corona de Aeter y, si debo morir, que sea por vosotros, por el reino y su gente- tras el discurso, los reyes se miraron entre ellos de forma furtiva y finalmente Selana se reclinó ligeramente hacia delante.
-¿Y has esperado 20 largos años para regresar, Logan Vals? ¿No te parece sospechoso incluso a ti?-
-Mi reina, como he dicho, he lidiado con la vergüenza durante todos estos años. He viajado, he aprendido y me he fortalecido. Encontré incluso una familia con la que pensé olvidar mi pasado deshonroso y no lo logré. Mi único deseo siempre ha sido regresar, pero temí que vuestra furia cayese sobre mí por haber tenido miedo a encarar mi destino-
-Helion...- suspiró la reina -Dice que tenía miedo a nuestra furia-
-Miedo, muchacho- rió el rey -Miedo se le tienen a los demonios y a las sombras que pululan estas noches funestas y malditas ¡Que hoy tenemos a una importantísima invitada, por Leviatán!- rió -Ponte en pie, mi buen soldado. Bienvenido a casa-
-Me honras, majestad. Por toda la eternidad- se inclinó aún más estando arrodillado. Acto seguido, de forma casi imperceptible, disparó una mirada a Anya, que ella ya estaba respondiendo incluso antes de que la mirase. Ambos tendrían tiempo para hablar... y la chica tendría que sopesar si él también era merecedor de su venganza.
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