lunes, 2 de septiembre de 2019

Vian

La hora de la cena pasó, afortunadamente, más pronto que tarde. La ausencia de Anya y Vlad durante los últimos compases de la misma fue el momento perfecto para que se acabase tan irritante conjunto de personalidades que a esas instancias ya empezaban a aburrir enormemente al príncipe. Apenas había abierto la boca durante la cena y su presencia había pasado artamente desapercibida debido a que el ojo del huracán en aquellos momentos era Vlad, el emperador en persona, que acaparaba todas las miradas. Se alegró de ello, siendo sincero consigo mismo, pues era enormemente cargante ser siempre el foco de atenciones en aquella familia. Regresar a su habitación siendo uno de los primeros en marcharse y sin apenas despedirse fue algo bastante placentero, aunque no le duraría mucho la alegría.

El príncipe se desnudó y vistió su pijama oscuro para dejarse caer en la cama y mirarse las manos, como hacía cada día y cada noche. Esas malditas marcas poco a poco estaban volviendo a palpitar, a quemar, a sangrar. Las Lágrimas del Mar parecían surtir cada vez menos efecto ¿O quizá era otra cosa lo que propiciaba que la maldición empeorase en su intensidad? Desde hacía días tenía la extraña sensación de que algo iba mal, de que había una sombra gigantesca que le observaba durante las noches ¿Pero cómo era posible? ¿Y desde cuándo exactamente? A veces pensaba que era desde que Anya había llegado a palacio, pero estaba claro que ella no tenía nada que ver. Incluso se arriesgó en ir en una búsqueda de Lágrimas del Mar ¿Y el soldado nuevo? Menos aún, dado que se limitaba a realizar sus labores e incluso había sido ascendido por su habilidad en el servicio a la familia real. Además, hasta donde recordaba, nisiquiera había hablado con él todavía en persona. No, la única conclusión posible a la que llegaba Vian era que, efectivamente, se acercaba el final. Pronto todo tipo de tratamiento dejaría de hacer efecto en su cuerpo y esas malditas marcas, ese maldito fuego que le quemaba las entrañas y lo devoraba, apagarían su vida enclaustrado en una cama.
-¿Se puede?- preguntó la repentina voz de Nero, asomado a la puerta.
-Joder...- chasqueó la lengua Vian -¿Podrías llamar?-
-Ese lenguaje...- dijo Nero cerrando la puerta a sus espaldas, entrando en la habitación.
-Creo que no he dicho que puedes pasar-
-Creo que me trae sin cuidado que me des permiso o no- ambos hermanos se miraron largo rato en silencio hasta que Vian soltó una risilla apagada.
-Sigues siendo el mismo capullo engreido de siempre-
-Y lo seguiré siendo- Nero caminó por la habitación mirando objetos, toqueteando cajones y decoraciones varias de forma despreocupada.
-Estás volviendo loca a madre ¿Lo sabes? Aunque te parezca mentira, a veces me habla más de ti que de mí mismo y mi enfermedad-
-Vas a lograr que me emocione- comentó Nero sarcástico mientras curioseaba una cajita cerrada.
-¿Qué quieres? ¿Te envía madre?- preguntó Vian finalmente, cansado de ver a su hermano trasteándole la habitación.
-De todos nosotros, siempre fui el único niño que no seguía el rastro de caramelos hasta la casa de la bruja. Osea, no-
-¿Entonces?- suspiró Vian. No le gustaba esa tensión que había entre Selana y Nero y cómo se insultaban mutuamente cuando el otro no estaba. Eran su madre y su hermano, a fin de cuentas.
-Me preguntaba cómo estabas. Has estado muy callado. Parecía que ni estabas allí-
-Ojalá no haber estado. Últimamente el hecho de reunirnos es bochornoso. Os quiero a todos, pero sois unos petardos-
-Solamente envidias nuestra salud- comentó Nero con una sonrisa hiriente.
-Eres un bastardo- insultó Vian frunciendo el ceño.
-¿Te imaginas?- se mofó Nero.
-Si quieres reirte, será mejor que te vayas. No estoy de humor- concluyó Vian.
-¿Qué te parece tu futura esposa, Vian?- preguntó de golpe el segundo príncipe, apoyado contra la pared y las manos en los bolsillos.
-¿Qué?-
-Anya. Qué te parece-
-¿A qué te refieres?-
-¿Te gusta? ¿Te parece una buena chica?-
-¿De pronto te preocupas por mi opinión al respecto?-
-Tan solo tengo curiosidad-
-De poco me sirve tu curiosidad. Casarme con ella es mi deber-
-Entonces puedo tomármelo como un no-
-¿Es que acaso a ti sí te gusta? ¿De qué te sirve saber si me gusta o no?-
-Anya no es Nashra, Vian-
-¿Y?-
-Tampoco es Stelaris- enumeró.
-¿A dónde vas a parar?- se exasperó el enfermo.
-A que puede ser una oportunidad. Nashra es una buena chica, pero demasiado frágil y complaciente. Stelaris solo quiere vivir su propia vida, creerse un sol entre estrellas diminutas, más brillante que cualquiera. Anya es diferente. Lo veo en sus ojos-
-Muy observador, por tu parte- entornó la mirada Vian.
-Hablo en serio, Vian ¿No lo has visto hoy? Hablar de guerra la ha enervado-
-Pensé que se sintió así por la boda-
-Tú y todos los demás sois demasiado opacos como para entender qué hay más allá. Observáis a las mujeres de forma distinta a los hombres- sonrió Nero -Os olvidáis de que aunque tengan unas tetas exuberantes pueden llevar un puñal entre los pechos-
-No te sigo- se encogió de hombros Vian.
-Anya es más que una cara bonita. Tiene ideas, piensa por sí misma. En mi entrenamiento con ella pude ver en su mirada que cuando pelea lo hace con un fin. Diablos, ella simplemente empuña un arma, no como las de aquí-
-Ya...- Vian le observaba con extrañeza.
-Trato de decirte que busques el bien común, por una vez, en esta maldita familia. Cásate con ella y aprovecha sus ideas. Seguramente serán de utilidad. Recuerda su aparición televisiva-
-¿Lo dices por lo de la seguridad? Nos dejó en evidencia delante del pueblo-
-¡Pero tenía razón!- exclamó Nero.
-¡Ella no sabe nada de nosotros!- tronó Vian -¡Nada, Nero! Y la opinión pública a favor nos resulta tremendamente útil. Se equivocó al dejarnos en entredicho-
-Por eso estoy aquí, para pedirte que pienses fuera del recipiente que te ha marcado tu querida madre-
-De no ser por madre no estariamos donde estamos, así que tampoco te permitas el lujo de criticar su "recipiente", en el que nos cobija-
-Tienes una oportunidad de ser un buen rey, Vian. Y, como pocos en la historia, de contar con una buena reina. No la cagues- Nero bufó y se marchó hacia la puerta.
-¿Tendré la oportunidad?- preguntó retórico Vian mientras que Nero se quedó quieto con el pomo en la mano -No sé si mañana me despertaré, Nero- comentó con frialdad -Si muero antes de la boda, hazme el favor de casarte tú con ella. Ten dos esposas, qué mas da. Deja hijos de una maldita vez en tu linaje, que aún está corto de efectivos- agregó condescendiente -Márchate y haz el favor de ahorrarte los consejos, hermanito, para cuando seas un ejemplo. Me parece insultante que te plantes aquí a darme lecciones y a defender a una extranjera que, aunque amable y agradable, no deja de ser una extraña. Me aconsejas que le de oportunidad de expresarse y que valore sus ideas sobre seguridad y el país- rio Vian al pensar en todo ello -Pero tú no nos das la oportunidad a nosotros, a tu familia, y nos juzgas constantemente y te apartas. Hace mucho que el Nero al que apreciaba desapareció. Lo mataste con tus ideas utópicas, irracionales y extremistas- entonces, sin decir nada más ni contestar a tan hirientas palabras, Nero se fue cerrando la puerta con la mayor suavidad posible.

Logan

 Cada vez que tenía oportunidad, Logan se acercaba al templo a vigilar. Durante semanas había sido imposible encontrar cualquier tipo de pista que consiguese indicarle quién de tantos miembros de la familia era el contacto del sacerdote, a quién servía de informante. Aquella noche, pasado el horario de la cena familiar de los Aeter, pareció que por fin obtendría una pista. Envuelto en una capa y sentado sobre la cabeza de la enorme estatua de Leviatán, observó como una señorial figura encapuchada igual que él y escoltada por una figura amenazante se acercaban hacia el sacerdote, que rezaba en el suelo frente a la estatua. Logan prestó atención a la escena, que sin duda prometía bastante.
-Adimus- dijo la voz, llamándole a sus espaldas.
-Habéis venido- dijo el sacerdote -Ya creía que os habíais olvidado de vuestro humilde servidor-
-Jamás de una pieza tan importante- dijo aquella voz en las sombras de la capucha. Logan sonreía. Ese tono de voz era inconfundible. Por fin la había identificado. Sin duda se trataba de Selana ¿Cómo había sido tan idiota de no haber pensado en ella automáticamente? Quizá porque era demasiado obvio. Selana era cliché hasta para sí misma -¿Tienes lo que te pedí?-
-Sí, mi señora. Fue difícil de conseguir y más aún de meterlo en el reino sin que vuestro hábil ejército me ejecutara por ello, pero lo tengo a buen recaudo-
-¿Tienes suficiente?-
-Dadas las previsiones y contando con el gran número de extranjeros que van a venir, me permití el enorme lujo de preparar prácticamente un barril completo-
-Es demasiado- chasqueó la lengua la oculta Selana -Sólo necesito un frasco. Deshazte del resto. Lo último que querría es que si he de recurrir a este plan, los investigadores y metepatas de los periodistas encontraran rastros que nos incriminaran a la familia real o al templo-
-Cierto... Dispensad mi torpeza, por favor-
-Dámelo. Ya- ordenó la reina.
-Enseguida, mi señora- Adimus Kleanse se inclinó ante ella y raudo se precipitó hacia una de las salas en el ala este del templo. Logan se valió de su experiencia y habilidad para moverse igualmente furtivo entre las paredes y columnas del templo para seguir al sacerdote sin que éste se diese cuenta. Supo, sin embargo, que el guardaespaldas de la reina había percibido algo extraño. Sin duda era alguien a quien tener en cuenta. Por sus indumentarias y aquella semi armadura en brazos y yelmo, Logan suponía que era uno de los Cuatro Caballeros.

El sacerdote tenía el barril escondido tras un pequeño altar personal que era bastante fácil de retirar debido a que estaba colocado sobre una superficie móvil. Logan contempló con fascianción la enorme corrupción del templo de Leviatán, pues a saber cuántas veces se había dedicado el uso del templo no tanto para rezar como para actos criminales como aquel. Vio al sacerdote verter el líquido rosaceo sobre un pequeño frasco muy similar a uno de perfume y a su vez, el frasco lo metio en un pequeño saquito poco llamativo y se lo llevó de vuelta a la reina.
-¿Qué es este envoltorio?- se preguntó la reina, quisquillosa.
-Disculpad, mi señora ¿Pero esperabais que os lo diese en un frasco verde con un tapón de corcho con una etiqueta con forma de calavera verde?- comentó el sacerdote, ofendido.
-Si vuelves a burlarte de mí...- amenazó Selana. A sus palabras, el Caballero desenvainó una espada que llevaba en el cinturón.
-Jamás me burlaría de vos, alteza. Solamente he decidido que debido al color rosaceo del... mejunje, estaría bien escondido en un frasco de perfume antiguo, pues así poco o nada llama la atención entre vuestras pertenencias y siempre lo tendréis a mano para cuando os haga falta sin necesidad de tener que realizar muchos trámites. A fin de cuentas, el veneno es llamativo en cualquier lugar- se mofó el sacerdote -Qué mejor forma de usarlo que haciéndolo pasar desapercibido-
-Ya veo...- dijo con cierto desprecio la reina -Podía figurarlo yo sola, de todas formas-
-Por supuesto, mi señora-
-No obstante he de admitir que no esperaba una conclusión elaborada por tu parte, Adimus. Te haré llegar tu pago en cuanto pueda- la reina y su escolta estaban por marcharse cuando Adimus interrumpió.
-Mi señora- llamó -¿Podría ser esta vez la hija menor de los Albor?- Selana lo miró por encima del hombro.
-Cuidado Adimus- advirtió -Te estás aventurando en un terreno helado muy, muy fino-
-Estrechar lazos con una joven vasalla real me permitirá ganar fuerzas para deshacerme del resto del veneno-
-Maldito viejo sarnoso y depravado...- masculló la reina alejándose del templo y de su maldito sirviente. Logan ya había visto y oído más que suficiente, por lo que por igual, se dirigió de vuelta a palacio. Dicha información sobre los tejemanejes de Selana le serían muy útiles a Anya para sus planes futuros y más ahora que la boda se acercaba.

Sin embargo, volver a palacio no fue tan fácil. En cuanto pisó territorio real y se quitó la capucha, en cuestión de minutos se vio rodeado por un gran número de figuras de ropajes rojizos, uniformes de Carstad -¿Logan Vals?- preguntó uno de los hombres. Todos llevaban armas en las manos con una más que eficiente tecnología de silenciador de disparos.
-El mismo- sonrió Logan -¿Quién pregunta?-
-Artorius Cranna- inclinó la cabeza con respeto el hombre que lideraba esa pequeña comitiva. Parecía un Cabo del ejército -Quedas detenido en nombre de su Alteza Imperial, Vlad Carstad-
-¿Y por qué razón?-
-Por espionaje y acoso hacia la princesa de Carstad, Anya Carstad- todos alzaron las armas hacia Logan. Éste alzó los brazos.
-Una forma curiosa de detener a alguien y sin pruebas- se burló
-Informe- dijo el cabo Artorius pulsando un botón en una radio de su uniforme -Logan Vals ha sido efectivamente detenido y encarcelado. Se encuentra en estos instantes en retención en la nave imperial para ser enviado a Carstad y juzgado por las normas del imperio- cortó el informe.
-Algo me dice que no vais a llevarme a la nave ¿No?- rio Logan. Su despreocupación enervó a Artorius
-Efectivamente, no vas a ir a ninguna parte. Soldados, apuntad- todas las armas emitieron un haz laser hacia el cuerpo de Logan.
-Adiós, mundo cruel- volvió a reir Logan.
-Fuego- todas las armas dispararon en profundo silencio. Eran susurros que ocultaban la lluvia de balas que cayeron sobre el soldado aeter que, con los brazos en alto, recibía sin inmutarse. Debido a ello, los soldados dejaron de disparar -¿Qué... demonios...?-
-¿Ya?- Logan se miró el cuerpo. Todos los agujeros que tenía comenzaron a cerrarse al destello anaranjado, como si una llama le cerrase las heridas -Supongo que me toca. Ahora vosotros enviaréis un mensaje a Vlad-
-D-demonio- dijo un soldado, tratando de huir a toda prisa. No pudo hacerlo, sin embargo, debido a que quedó empalado contra un árbol por un enorme espadón que apareció de la nada entre una nube de fuego. Muerto el soldado, el arma se desintegró en llamas y chispas y se materializó de la misma forma en la mano de Logan.
-No exactamente- dijo el soldado carstad con seriedad -Pero tampoco muy alejado- y sin mediar palabra alguna más, comenzó su contraataque. Se movió rápido y apenas necesitó dar muchos pasos para sesgar los cuerpos de los soldados por la mitad en una sangrienta y brutal escabechina. Los torsos, brazos y piernas comenzaron a desperdigarse en el mismo silencio que los disparos, debido a que tan rápido era Logan con su enorme espadón que nisiquiera tuvieron tiempo de gritar. Solo Artorius quedó vivo para ver lo que acababa de suceder.
-M-monstruo...- apenas pudo decir -Eres un maldito monstruo... El imperio debería bombardear este lugar y destruiros de una vez y para siempre...-
-¿Sabes algo, Artorius?- Logan se acuclilló ante el soldado, que estaba tirado en el suelo temblando como un flan, muerto de terror, inmovilizado. La enorme espada de Logan goteaba sangre a borbotones y algún que otro trozo de carne y viscera se desprendía de la hoja lenta y pegajosamente -Deberías regocijarte, porque gracias a esta estúpida orden de Vlad, no podrás sufrir lo que él sí sufrirá. Lo que todo este mundo sufrirá- comentó serio y fantasmagórico -El fin está cerca, muy cerca. El fin de todo cuanto la humanidad conoce y todo gracias a los Aeter y a tu glorioso imperio. Debido a tu valor, te cedo el honor de morir sabiendo que vuestra adorada Gran Duquesa y princesa de Carstad y Aeter es la llave para el fin de los tiempos. Mi instrumento- inspiró despacio y sonriente como si estuviese disfrutando de un agradable aroma -El instrumento para un nuevo mundo-
-¡No-!- fue a gritar, pero antes de que su voz alcanzase el más mínimo tono lo suficientemente audible, la hoja enorme de Logan le atravesó el craneo y le dividió la cabeza en dos. Logan dejó escapar un placentero jadeo al verse de nuevo rodeado por el silencio y el inconfundible hedor de la sangre y de entrañas humanas.
-Espero que esto te satisfaga un poco, amigo...- masculló alzando ligeramente el brazo vendado y abrió la palma de la mano. Los cuerpos, la sangre, toda prueba y toda parte humana de aquellos soldados se conviertieron en segundos en un montón de cenizas calzinadas ante aquel gesto de Logan, que pasaron velozmente a desaparecer en dirección a su mano, absorviendo aquellos restos irreconocibles. El patio quedó impoluto como si nada hubiese pasado allí. Solo quedó la herida en el tronco del árbol donde se llegó a clavar la espada, nada más. Y como si nada hubiese sucedido, Logan volvió a retomar su camino a palacio.

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