lunes, 9 de septiembre de 2019

ANYA

El sonido de un beep constante era todo el ruido que rodeaba su vida. Un sonido que prometía mantenerla con vida, que le susurraba tanto de día como de noche que había ganado, que su plan había sido todo un éxito. Era prácticamente relajante, aunque para muchos otros enfermos era un sonido infernal. Sus pulsaciones se mantenían dibujadas en la pantalla auxiliar mientras que su cuerpo estaba rodeado de cables, pequeños tubos y medicinas que aseguraban mantenerla con soporte vital. Cuanta tontería. Si el doctor o los enfermeros supiesen cuanta fortaleza sentía Anya en su interior a pesar del dolor, jamás se hubiesen preocupado por ella. Ahora, no le quedaba más remedio que esperar a recuperarse. 

Los beneficios de que hubiese causado una desgracia tan grande eran múltiples, y entre ellos, la soledad era uno de los más destacados. Todo palacio estaba tan consternado, que las visitas a su persona eran bastante reducidas, y de darse, sencillas y cortas. Sólo Logan acompañaba a la princesa de vez en cuando, siempre y cuando no estuviese custodiando la habitación desde fuera, como era el caso de aquella tarde. Habían pasado cuatro días desde que a Lucce se le dio sepultura y la complicidad entre ambos empezaba a crecer a niveles insospechados con anterioridad. Ser cómplices de un crimen hacía que la confianza aumentase, y con la confianza, la amistad. Quizá por ello, Anya decidió comportarse con naturalidad aquel día. Logan lo notó al instante. — ¿Han desaparecido los ánimos de tu cabeza? —preguntó con tono relajado, jugueteando con el flamífero que seguía encerrado en su jaula. El animal había estado hasta entonces en el balcón de la habitación que compartía con Vian, pero Anya había pedido que lo trasladasen al lugar en el que ella descansaba. Verlo le daba fuerzas. 
—Estoy tan animada como siempre —contestó la chica, intentando erguirse. El dolor que su torso había soportado empezaba a remitir poco a poco. Había tenido suerte, pues el veneno había dañado tanto estómago como pulmones.
—No lo parece. Más bien estás apagada o aburrida —detectó.
—Estaba pensando, solamente —confesó la chica, admirando al animal. Sus plumas rojas parecían arder con naturalidad si el brillo del sol le daba de lleno. —Recordaba el remordimiento. Lo sentí en el funeral. Todos creyeron que se debía al malestar, pero no era eso — admitió con vergüenza.
—¿Remordimientos? —preguntó el guardia con una mueca entre asombro y horror. Dejó de prestarle atención al ave para acercarse con pasos lentos hacia la cama. —¿Te oyes?
—Sé lo que estás pensando —susurró. — Y no es...
— Oh, Arenea. Pensaba que eras más fuerte —comentó con disgusto.
—¡Lo soy! —se defendió con ímpetu. —Y estoy preparada para cumplir con el plan hasta llevarlo a término.
—A mi no me lo parece. Tener sentimientos no es lo más adecuado para ser una asesina —la señaló. Anya se vio obligada a tragar saliva. No sabía si era por la enfermedad, la leve fiebre y el dolor que sentía, o quizás porque Logan tenía razón y la estaba acorralando, pero por primera vez, se sintió indefensa.
—Toda esta gente me da igual. Los asesinaría ahora mismo de ser posible. Calcinaría palacio hasta los cimientos con ellos dentro —se excusó.
—Entonces ¿Cual es el problema? 
—Pensé que... Me sentí rara —explicó. —Nunca había asesinado a nadie antes, y menos aún a un niño sin ideas de política.
—Se suponía que estabas preparada —gruñó. —Debías haberte concienciado de que te convertirías en una asesina. La asesina más reconocida de todo el maldito Aeter.
—Lo estaba. Quiero decir, lo estoy. Maldita sea, claro que lo estoy. Ya te lo he dicho —suspiró, extrañada consigo misma. Negó con la cabeza, incapaz de entenderse. Una vorágine de sensaciones imprevistas comenzaba a sacudirle por dentro. Logan, por su parte, bufó. Tomó asiento en la silla de siempre y observó a la princesa en silencio.
—Es normal, a veces, sentir remordimientos con el primer asesinato. Yo los tuve. Y lo que hice fue no lamentarme ni un solo instante. De haberlo hecho ¿crees que podría estar aquí ahora contigo? ¿planeando como continuar con la larga lista de muertes? — Anya no contestó. — Tú eres distinta de los Aeter. No sólo el color de tu piel te hace distinta, ni tampoco tus costumbres. La forma en la que miras al mundo y sientes también es distintas. Sientes pesar y desasosiego por haberle arrebatado la vida al hijo de tus enemigos, a un crío que dentro de unos años se habría convertido en otra pesadilla más para ti. Sin embargo, ellos, los Aeter ¿crees que sintieron algo cuando asesinaron a tus padres? —preguntó. —¿Que recuerdas de aquella noche?
—Miedo —susurró. —Los gritos de mi madre, el llanto de mis hermanas... La sensación de no poder escapar.
—Os arrinconaron y atacaron cuando menos podíais defenderos. Entraron en vuestra casa y os sacaron de la cama ante el miedo de tus padres, que pobre de ellos, morirían locos de desesperación por no saber cómo y de qué manera protegeros de una guerra de la que no erais culpables —recordó. Si el efecto que buscaba en la chica era enfurecerla y hacerle tomar de nuevo determinación, lo consiguió. Apretó los puños sobre las sábanas con ira. Incluso sus pulsaciones ascendieron al ritmo del sonido de la pantalla auxiliar. — Los Aeter no sintieron remordimientos por nadie que llevase vuestro apellido, ni si quiera por el servicio. Ni si quiera por una niña tan pequeña como tú.
—Lo sé.
—Para vencerles, tienes que hacerles pagar de la misma forma. Si no dejas los sentimientos a un lado, no vas a conseguir nada ya.
—¡Sí que lo haré! —gruñó. —Maldita sea, lo haré. En cuanto pueda levantarme de esta cama, el siguiente caerá. —murmuró. Al fin y al cabo, hablar en la habitación de aquellas cosas en una situación tan tensa y delicada como aquella era peligroso.
—Sé que lo harás, florecilla —aseguró serio. —Sé que lo harás. 

Logan se puso en pie de forma inesperada. Caminó rápido hasta la mesa y tomó la bandeja de medicinas que reposaba sobre la misma. Los frascos con píldoras casi no se tambalearon ante su agarre, puesto que tomó la bandeja con una habilidad pasmosa. Anya abrió la boca, deseosa de saber por qué actuaba así. Sin embargo, Logan se adelantó. —Viene alguien —se limitó a decir. No se despidió al salir de la habitación, ni si quiera dejó la puerta cerrada del todo. Pocos segundos después, un par de toques sobre la superficie de madera precedieron la entrada de Nero, justo a quien menos esperaba ver la chica allí. 

Ambos se miraron de forma incómoda, sobre todo porque ninguno de los dos sabían bien como empezar a hablar. Nero se rascó la nuca, inseguro, justo antes de cerrar la puerta a sus espaldas. —Nero, me alegra verte —fingió.
—Ya hablas —se limitó a decir. Cualquiera que le oyese, entendería que debía estar enfadado y aquella era una forma borde de comportarse. Pero Anya comenzaba a conocerle poco a poco, y sabía que aquellas palabras no eran otra cosa que su forma de alegrarse por su pronta mejoría.
—Quizá hubieseis preferido que el veneno me hubiese dejado sin cuerdas vocales.
—¿Y dejar de oír como discutes? Sería una lástima —aseguró jocoso. 
—Yo no discuto ¿De que hablas?
—¿Ah, no? Juraría que cuando nos quedamos vagando por el bosque de regreso a palacio estabas recriminándome por ser observador. 
—Tenía que defenderme de tu comportamiento.
—¿De mi comportamiento? ¿Todavía vamos a seguir fingiendo? —preguntó, tomando asiento en la misma silla en la que antes Logan se había sentado. Él se sentó del revés, apoyando sus brazos sobre el respaldo. 
—Nero, por favor. Estoy cansada —aseguró. El parte, por supuesto, era cierto. 
—Está bien, está bien. Sólo quería saber como estabas. No nos hemos visto desde...
—El funeral —concluyó ella, manteniendo la cabeza fría, tal y como Logan le había recomendado. —No te preocupes, suponía que sería difícil para ti estar rodeado de personas después de lo que Selana te dijo delante de todos —le miró a los ojos. Nero le devolvió la mirada, y en esos ojos no había pena ni pesar, para su sorpresa.
—Precisamente por eso venía a hablar contigo. 
—¿Conmigo? ¿Por qué? —preguntó curiosa. Intentó incorporarse algo más en la cama, pero un terrible dolor en el estómago la atenazó. Nero se movió rápido. Echó mano de la almohada y la acomodó para que la princesa pudiese estar más derecha sin hacer grandes esfuerzos. Después, volvió a su posición anterior.
—Porque eres una hija bastarda —confesó. Por alguna razón, a Anya no dejaba de sorprenderle que el príncipe fuese tan directo con ella. No se comportaba con educación ni decoro, y aquello era extraño en palacio. —No me malinterpretes. 
—Pero ¿Es cierto? ¿No eres hijo de... Selana? —susurró, cohibida por levantar polémica. Si alguien la escuchaba cuchicheando sobre ello, daría una mala imagen difícil de lavar.
—Aquella noche, después del funeral, acudí a ver a mi padre. Le pedí explicaciones sobre lo que Selana había dicho y me confesó que era verdad —comenzó a decir. —Mi madre fue una cualquiera, ni si quiera recuerda su nombre. La dejó embarazada y después se responsabilizó de mi. Dado que Stelaris nació apenas unas semanas después de que yo lo hiciese, Helion convenció a Selana para que, dado que iban a ocultar la verdad al público, se hiciese saber que la reina había tenido mellizos. A nadie le pareció extraño.
—¿Y donde está tu madre ahora?
—Muerta —confesó son un ápice de pena en la voz. —Helion la asesinó. Que la verdad saliese a la luz no es algo que deseasen, y si ella lo contaba... bueno, quizás esa fachada de mierda que todos componen se hubiese ido al garete más pronto que tarde. —dijo con veneno en la voz. —Tampoco quería que ella me reclamase, lo cual me parece bastante curioso viniendo de un hombre que sólo visita a su hijo enfermo una vez a la semana. 
—Nero, eso es... horrible —comentó la chica, más interesada que horrorizada.
—¿Te sorprende? Los Aeter son asesinos. Se despojan de lo que no les interesa sin temblar, se despreocupan de lo que son y del poder que tienen. Para mi esto no ha sido... demasiado sosprendente.
—¿Por eso me dijiste que estaba en peligro? —preguntó la chica, entrecerrando los ojos. —¿Crees que si empiezo a ser una molestia, Helion y Selana me asesinarán? —Nero, ante aquella pregunta, le lanzó una mirada significativa.
—Tu situación es distinta. Tu padre es el emperador y eso te convierte en un problema difícil de solventar. Pero ¿a caso crees que mentía? Mírate, tienes las tripas echas un asco y todavía estás alimentándote de líquidos. Has estado en peligro todo momento.
—Pero esto no ha sido... —intentó decir.
—¿De donde crees que ha salido ese veneno? ¿Donde estaba y como ha llegado hasta el té? —preguntó el príncipe con seriedad.
—Ya se lo expliqué a Selana, no lo sé. De veras que no lo sé. No vi a Lucce hacer nada raro. Sólo se que al primer sorbo ya estábamos en el suelo —relató, fingiendo cierto terror al recordar aquellos acontecimientos aun tan recientes.
—En cualquier caso, el veneno estaba en palacio —sentenció. —¿Entiendes a lo que me refiero?
—Sí, pero no vas a amedrentarme con ninguna suposición. No voy a echarme a temblar por esto, no pienso hacerlo. Estoy aquí por Carstad y por Aeter y no pienso renunciar a lo que ahora soy. A partir de ahora habrá más seguridad en palacio y no me pasará nada. Siento mucho que Lucce no pudiese sobrevivir, pero yo aquí tengo un deber que cumplir —recordó. Necesitaba que todos dejasen de pensar pronto en lo que había ocurrido, que volviesen a dejar la guardia. Si tiraban del hilo con demasiada frecuencia, podría verse metida en un aprieto. —¿Vas a decirme de que querías hablar conmigo? —cambió el tema. Nero dio un largo suspiro.
—¿Alguna vez te sentiste parte de los Carstad — A Anya le tomó aquella pregunta tan de sorpresa, que no pudo evitar soltar una risa que le provocó dolor.
—¿Qué pregunta es esa?
—Sirves a Carstad y estás cumpliendo como heredera del imperio aquí, sí, lo sé —dijo de forma automática y aburrida. —Pero me refiero a la sangre, al sentimiento. ¿Te has sentido alguna vez integrada del todo en tu familia? ¿Te has sentido tan hija de Vlad como tus hermanos? ¿Te has sentido iguales a todos?
—Estás siendo muy inquisitivo otra vez conmigo.
—Por Leviatán, se sincera —se quejó. Anya contempló las posibilidades. ¿Qué sería más adecuado hacerle creer? Se tomó unos segundos para sopesar las opciones, y la más ventajosa de todas, se presentó de forma tan rápida, que apenas se notó que pensó la respuesta.
—No siempre —admitió con lástima. —Mi madre no era más que una sirvienta, de padres inmigrantes de Branna. La relación que mi padre tuvo con ella no puede decirse que sea imprudente, ya que la emperatriz murió cuando Alek nació. Sin embargo, siempre supe que mi condición nunca fue la de los demás, incluso aunque oficialmente portase el mismo apellido que el resto. Tengo títulos nobiliarios, derechos e incluso estoy casada con Vian por ser quien soy... pero, no soy una Carstad al completo. Ya has visto como es mi familia: son extrovertidos y despreocupados. Yo, sin embargo, siempre me he sentido alejada de esas características. Me considero más metódica que ellos, más preocupada por la posición que ocupo, incluso más... ¿Entregada? —sonrió. —No sé. Quizá sólo soy así porque siempre he intentado que nadie me vea inferior a Alek y Lev, no quería que nadie pensase que estaba menos capacitada para gobernar solo porque mi madre no es la emperatriz. Además, alguna que otra vez me han discriminado por el color de mi piel ¿Sabes? —mintió. —Quizás me he obligado a mi misma a ser distinta durante mucho tiempo —concluyó. —¿Responde eso a tu pregunta? —quiso saber. El príncipe reflexionó, repeinándose los cabellos hacia atrás. —Yo te entiendo, Nero —. Anya le lanzó una mirada serena y tranquila, lo más verdadera que su nivel de actuación le permitió. Quería conseguir su confianza.La  confianza... era justo lo que necesitaba de  alguien como él. 

Llamaron a la puerta y ambos dejaron de mirarse. Cuando la puerta se abrió, Nashra apareció al otro lado. Observó la escena entre ambos con el rostro ensombrecido. Por alguna razón, la chica estaba disgustada, y algo le decía a Anya que no tenía nada que ver con la muerte de Lucce. Ya le había quedado claro que la relación entre Nero y ella no era perfecta, pero aquel día algo le ocurría. —Anya ¿Como estás? —preguntó tímida y dulce.
—Mejor. Quiero pensar que mañana podré comer algo que se pueda masticar —sonrió.
—No deberías tener prisa. El doctor dijo que tienes heridas internas. —aseguró. —Nero, ¿Tienes un rato libre? Me preguntaba si querrías dar un paseo.
—Nashra, ya te he dicho que...
—Es que no quiero que estés dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. ¿Por que no nos despejamos? No puedes estar encerrado en palacio, siempre solo y pensativo. No te va a sentar bien. —insistió. La princesa comprendió rápidamente que la chica estaba demasiado preocupada por su esposo. ¿Como no estarlo? Su hermano había fallecido a la par que había recibido lo que parecía ser una terrible noticia con respecto a sus raíces. Además, la maldición de los Aeter, que hasta entonces solo había apuntado a Vian, de repente se había empezado a extender. Cualquier chica enamorada querría abrazar a su amado y prometerle que todo iría bien en un momento como aquel.
—Deberías hacerle caso —intervino Anya. —Id. Yo estoy bien. —sonrió. Nero, incapaz de discutir en un lugar y en una situación como aquella, se acabó marchando con su mujer. 

Anya se quedó sola, pensando. Si todo iba bien, la muralla que Nero había levantado a su al rededor pronto quebraría, dejando al aire su mayor debilidad. 




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