ANYA
Antes de que pudiese darse cuenta, la noche había llegado.
Acostada en la cama, mirando al techo, no podía ser capaz de negarse así misma que se encontraba mal. Casarse nunca había entrado en sus planes de venganza, y aunque ahora era requisito indispensable para que el plan pudiese seguir en marcha, debía admitir que la idea se le atragantaba.
Ya estaba todo listo: la ceremonia, el vestido, los invitados, los regalos, los detalles... tonterías insulsas que acabarían sumidas en llamas y convertidas en cenizas, pero que antes la torturarían hasta asfixiarla.
Angustiada, acabó colocándose la almohada sobre la cara. No quería pensar ni imaginar todo lo que iba a suceder al día siguiente, así como tampoco quería, de alguna forma, hablar con Vlad. Aún después de varios días seguía sintiéndose tan dolida por su mentira, que era incapaz de mirarle a la cara. De repente, toda la vida se ponía en contra de ella. No había un salvoconducto, no había nada donde agarrarse. Cuando amaneciera, daría comienzo el peor día de su vida, y no había nada que hacer.
Estaba a punto de cerrar los ojos para obligarse a descansar a pesar de los pensamientos, cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Sus sospechas, o quizás sus deseos, le hicieron comprender que quien quería hablar con ella al otro lado no era otro que Logan. No es que confiase demasiado en aquel soldado, sobre todo cuando apenas habían tenido oportunidad de hablar en mucho tiempo, pero que alguien más supiese de su verdadera identidad y que no le hubiese mentido, le parecía lo único reconfortante de aquella noche. Por ello, cuando se vistió con una bata y recibió a quien estaba tras la puerta, se llevó un enorme chasco.
Stelaris, ataviada con un camisón provocativo y Nashra, con un pijama sencillo, esperaban a la princesa con sonrisas bobaliconas. — ¿Qué hacéis aquí? Es muy tarde — preguntó la chica fingiendo sueño.
— Suponíamos que no podrías dormir por los nervios, así que hemos decidido pasar la noche contigo — anunció Stelaris, pasando a la habitación sin invitaciones ni reparos. A sus espaldas, la siguió Nashra, algo avergonzada.
— ¿Y no sería mejor idea intentar dormir y ya esta? — preguntó cansada.
— Anya ¡Por favor! Te casas mañana y ni si quiera hemos tenido una fiesta de despedida — se quejó la rubia, componiendo una cara de pena impresionante.
— No necesito una despedida, Aris. Sólo quiero descansar, en serio.
— ¡Ni hablar! — insistió la princesa, quien comenzó a coger todos los cojines de la cama para tirarlos al suelo como si se tratasen de sacos. — Por cierto, no cierres la puerta aun. Tiene que llegar alguien más.
— ¿Quien? — preguntó Anya, horrorizada, puesto que tenía ya el pomo de la puerta en la mano para evitar que entrasen más desgracias. A penas unos segundos más tarde, apareció Lucce. O al menos sus piernas, puesto que el resto de su cuerpo estaba opacado con docenas de cajas de regalo. Las cargaba con tal torpeza, que parecía que alguna iba a caer.
— ¡Ya! Ya lo tengo todo... creo — aseguró el chico. Una gota de sudor le recorrió la frente cuando dejó todos aquellos regalos encima de la cama.
— Muy bien, Lucce. Ya puedes irte — pidió Stelaris.
— ¡¿Qué?! ¿No puedo quedarme?
— ¡¿Como pretendes quedarte en la fiesta de tres chicas?! ¿Es que a caso estás interesado en nuestra privacidad?
— ¡No! ¡Por Leviatán, no! — aseguró al tiempo que su cara se enrojecía a niveles asombrosos. — Yo solo quería pasarlo bien. Nada más.
— Mañana te lo pasarás fenomenal, te lo aseguro. Ahora — La princesa hizo un gesto con las manos, señalando a la puerta. Lucce entendió que aquella era la última advertencia para irse. Con vergüenza y cierta decepción, se acabó marchando, no sin antes despedirse con una mano. Anya pudo cerrar la puerta por fin tras ello.
— ¿Qué es todo eso? — preguntó.
— ¡Tus regalos de boda! — contestó — ¿Qué? ¿Ya pensabas que te quedarías sin ellos?
— Tambien hay uno mío, aunque no es nada comparado con todo lo que ha comprado Stelaris — aseguró Nashra, acomodándose entre los cojines del suelo.
— No teníais por qué comprar nada. No necesito nada especial tampoco. — insistió Anya, pasando la vista, algo mareada, entre la multitud de cajas.
— Venga, venga. Ábrelas todas.
Anya tuvo que acabar tomando asiento en el suelo para complacer a ambas chicas, y de paso, seguir fingiendo aquella detestable apariencia de mujer educada y dulce. Una a una, fue tomando todas las cajas alargando el brazo hasta la cama. Algunas eran más pesadas que otras, pero todas lucían un envoltorio distinto, bien empapelado y detallado. En su interior, la princesa encontró multitud de cosas: en la primera caja que abrió descubrió un collar de diamantes brillantes y claros de un gusto exquisito y un precio casi inimaginable. En la segunda, unos pendientes a juego. En la tercera, un vestido negro con motivos propios de una noche nocturna, tan bonito que la chica se quedó casi sin aliento. En la cuarta, lo que encontró fue un camisón de seda con cierre delantero tan provocativo, que Anya no supo que cara componer. — Le va a encantar a Vian — aseguró orgullosa.
— No me veo con esto puesto.
— ¿Que no? Me temo que él dirá lo contrario mañana —. La princesa se quedó sin palabras ante aquel recordatorio. No quería pensar en ello, no podía. Por ello, se obligó a cambiar la conversación.
— Nashra, ¿Cual es el tuyo? — quiso saber. La chica tomó una caja diminuta, la peor envuelta. Se la cedió a la princesa con las manos temblorosas. Anya encontró en su interior un par de pañuelos blancos de una tela que seguramente era cara, pero aquello no era lo llamativo. Las iniciales de Vian y Anya lucían cosidas a manos con un hilo dorado brillante y luminoso.
— No sabía qué querrías o qué necesitarías — se excusó. — Cuando me casé, me regalaron muchísimas cosas que no necesitaba. Algunas ni si quiera las he llegado a usar. El estatus que me da estar casada con Nero hace que tenga casi todo lo que quiera, así que pocas cosas llegaron a ser realmente especiales.
— ¿Ni si quiera el camisón que te regalé? ¿Como el de Anya? — preguntó Stelaris algo sorprendida. Quizá ofendida. Nashra la miró sin saber qué decir.
— El caso es... — continuó — ... que, pensé, que si hacía algo por mi misma parecería más único. Por eso bordé vuestras iniciales. A decir verdad, no sabía bordar. Tuve que aprender hace un mes cuando me di cuenta de que pasaban los días y no tenía nada preparado. Me he pinchado un poco los dedos, pero... ¿Te gusta?
— Son preciosos, de verdad — contestó la chica. Debía admitir que la caligrafía de la letra era magnifica. Si Nashra no era una profesional del bordado ¿Cuantas horas había pasado bordando para conseguir aquel resultado? ¿Cuantos intentos, uno tras otro? — Esto tiene un gran valor.
— Sé que solo son pañuelos, pero siempre son útiles y...
— No hace falta que te sigas excusando. De verdad, es un regalo precioso — sonrió Anya.
— Vais a hacer que sienta que los mios no valen nada... Y yo que tenía ilusión de que te gustasen — refunfuñó Stelaris.
— Me gustan.
— No tanto como esos dos pañuelos — se cruzó de brazos. — En cualquier caso... ¿Por qué no animamos más la noche? Esto de abrir sólo regalos está siendo aburrido.
— ¿Y qué propones? — preguntó Nashra.
— Toma, abre este. — Stelaris cedió a Anya una caja muy pesada, que cuando pudo abrirla, mostró cuatro botellas de kormac muy antiguo. Por el envasado y el color, aquel vino debía disfrutarlo, quizás, solo la reina.
— ¿Quieres que Anya pruebe su regalo ya? ¿Sin Vian? — volvió a preguntar Nashra, extrañada.
— Vian no puede beber alcohol y tampoco creo que le moleste que su mujer haya probado algunos presentes antes que él. Antes tenía temperamento, pero ahora ni eso. Así qué... — Llevó una mano a una de las botellas y la descorchó. — Que empiece la noche de las chicas.
— No pienso beber antes de mañana — aseguró la princesa.
— ¿Como que no? Sin beber no vamos a poder ni hablar de sexo tranquilas.
— Yo no pienso hablar de sexo — añadió Nashra, tajante. Su súplica sonó tan desesperada, que hasta Stelaris tragó saliva.
— Pues bien... bebamos y... ¡Desnudémonos!
La noche fue de mal en peor. Nashra estaba demasiado incomoda debido a su timidez, Stelaris se emborrachó tanto que acabó corriendo por el pasillo desnuda hasta llegar a los baños para vomitar, y Anya, estuvo demasiado cansada como para soportarlas a ambas. Por ello, cuando ambas se marcharon por fin, tuvo que dar gracias al sol por la tranquilidad que de pronto se le prestó, después de pasar horas y horas hablando de estupideces banales e inventadose historias sobre sí misma. Sin embargo, la felicidad duró poco. Pues en cuanto cerró los ojos en la cama, al volver a abrirlos, ya había amanecido... Y había llegado el día.
Envuelta en un deslumbrante vestido de novia, Anya se observó frente al espejo. Ya estaba maquillada, peinada y, prácticamente, lista. Una modista se estaba encargando de arreglar una pequeña costura en el bajo del vestido mientras la princesa sólo podía mirar su reflejo. Se vio distinta y extraña. Estaba viendo a alguien que no era ella, a alguien que no se parecía en nada a ella. Con todo ese maquillaje que realzaba sus pómulos y elevaba sus pestañas, con el recogido que hacía que el cuello le quedase al aire, con el vestido que se ceñía a su cuerpo... No, aquella no era Arenea. Aquella mujer que veía era Anya, y se presentaba tal y como la habían querido moldear. Al fin y al cabo, el vestido era tal y como Selena había querido que fuese. Muy largo, de un blanco impoluto lleno de brillantes detalles, con los hombros y la cintura acorazados con pequeñas piezas de armadura especialmente diseñadas para ella... Asco. Estaba empezando a sentir asco al mirarse. Deseos de lanzar algo contra el cristal y hacerlo añicos. Pero llamaron a la puerta de la sala y sus pensamientos se disiparon. — Adelante —. Nero apareció tras la puerta, algo incómodo o inquieto. — ¿Nero? ¿Qué haces aquí? — preguntó Anya, bajándose del banco en el que estaba subida mientras la modista le cosía la costura. — Deberías estar ya en el templo — aseguró extrañada, pues el hombre estaba vestido con ropas cómodas y tenía la barba desaliñada.
— Quería hablar contigo un momento — advirtió, haciendo que la modista saliese de la sala y dejase a ambos solos. — Es el novio el que no puede ver a la novia vestida antes de la boda. Yo no soy el novio — bromeó, pasando de una mano a otra un objeto que había traído oculto tras una tela de color rojo.
— No estoy preocupada, sólo extrañada. No te esperaba aquí — confesó.
— He venido a traerte esto — Nero alzó la tela, mostrando una bonita jaula plateada en cuyo interior había un ave pequeña. Era roja, con una cola larga y llena de plumas. Y esa ave... esa ave Anya la conocía perfectamente.
— Es un flamífero — dijo atónita, con los ojos abiertos.
— Así es. Ha debido emigrar desde Branna. Últimamente el clima no está muy bien allí o eso tengo entendido — explicó. — El caso es que apareció en mi balcón y, bueno, no se asustó cuando me acerqué a él. No tenía ningún regalo ni nada por el estilo para Vian y para ti. Así que si lo quieres... — La princesa tomó la jaula emocionada. Contempló al pequeño animalillo enjaulado con un asombro sin precedentes. Había visto aquella especie tantas veces desde el balcón de su habitación, en Branna... A su padre le encantaban tanto como a su madre. Recordaba eso tan bien... que una lágrima se escapó de su ojo. — ¿Anya? ¿Tanto te ha gustado?
— Es... es muy bonita — dijo sin más, recobrando la compostura y secándose la lágrima con la mano. — Perdona, son los nervios. — se apresuró a excusar, intentando desvanecer la tristeza que sabía que debía estar mostrando en su rostro. — Muchas gracias.
— No tienes que dármelas. No tenía nada preparado, ya te lo he dicho — insistió — ¿Ya estás preparada? — preguntó. Sólo hizo falta un vistazo ligero y un asentimiento de la princesa para saber que así era. — Pues entonces voy a prepararme ya. Y tú... — hizo una pausa — Felicidades por la boda — se limitó a decir antes de marcharse, dejando a Anya sola con el flamífero, contemplándolo como si fuese a desaparecer de su vista en cualquier momento.
Había llegado el momento. Ya no había vuelta atrás.
Envuelta en un deslumbrante vestido de novia, Anya se observó frente al espejo. Ya estaba maquillada, peinada y, prácticamente, lista. Una modista se estaba encargando de arreglar una pequeña costura en el bajo del vestido mientras la princesa sólo podía mirar su reflejo. Se vio distinta y extraña. Estaba viendo a alguien que no era ella, a alguien que no se parecía en nada a ella. Con todo ese maquillaje que realzaba sus pómulos y elevaba sus pestañas, con el recogido que hacía que el cuello le quedase al aire, con el vestido que se ceñía a su cuerpo... No, aquella no era Arenea. Aquella mujer que veía era Anya, y se presentaba tal y como la habían querido moldear. Al fin y al cabo, el vestido era tal y como Selena había querido que fuese. Muy largo, de un blanco impoluto lleno de brillantes detalles, con los hombros y la cintura acorazados con pequeñas piezas de armadura especialmente diseñadas para ella... Asco. Estaba empezando a sentir asco al mirarse. Deseos de lanzar algo contra el cristal y hacerlo añicos. Pero llamaron a la puerta de la sala y sus pensamientos se disiparon. — Adelante —. Nero apareció tras la puerta, algo incómodo o inquieto. — ¿Nero? ¿Qué haces aquí? — preguntó Anya, bajándose del banco en el que estaba subida mientras la modista le cosía la costura. — Deberías estar ya en el templo — aseguró extrañada, pues el hombre estaba vestido con ropas cómodas y tenía la barba desaliñada.
— Quería hablar contigo un momento — advirtió, haciendo que la modista saliese de la sala y dejase a ambos solos. — Es el novio el que no puede ver a la novia vestida antes de la boda. Yo no soy el novio — bromeó, pasando de una mano a otra un objeto que había traído oculto tras una tela de color rojo.
— No estoy preocupada, sólo extrañada. No te esperaba aquí — confesó.
— He venido a traerte esto — Nero alzó la tela, mostrando una bonita jaula plateada en cuyo interior había un ave pequeña. Era roja, con una cola larga y llena de plumas. Y esa ave... esa ave Anya la conocía perfectamente.
— Es un flamífero — dijo atónita, con los ojos abiertos.
— Así es. Ha debido emigrar desde Branna. Últimamente el clima no está muy bien allí o eso tengo entendido — explicó. — El caso es que apareció en mi balcón y, bueno, no se asustó cuando me acerqué a él. No tenía ningún regalo ni nada por el estilo para Vian y para ti. Así que si lo quieres... — La princesa tomó la jaula emocionada. Contempló al pequeño animalillo enjaulado con un asombro sin precedentes. Había visto aquella especie tantas veces desde el balcón de su habitación, en Branna... A su padre le encantaban tanto como a su madre. Recordaba eso tan bien... que una lágrima se escapó de su ojo. — ¿Anya? ¿Tanto te ha gustado?
— Es... es muy bonita — dijo sin más, recobrando la compostura y secándose la lágrima con la mano. — Perdona, son los nervios. — se apresuró a excusar, intentando desvanecer la tristeza que sabía que debía estar mostrando en su rostro. — Muchas gracias.
— No tienes que dármelas. No tenía nada preparado, ya te lo he dicho — insistió — ¿Ya estás preparada? — preguntó. Sólo hizo falta un vistazo ligero y un asentimiento de la princesa para saber que así era. — Pues entonces voy a prepararme ya. Y tú... — hizo una pausa — Felicidades por la boda — se limitó a decir antes de marcharse, dejando a Anya sola con el flamífero, contemplándolo como si fuese a desaparecer de su vista en cualquier momento.
Había llegado el momento. Ya no había vuelta atrás.
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