miércoles, 4 de septiembre de 2019

ANYA

La línea de la costa empezó a dibujarse rápidamente en el horizonte. La bruma de la mañana comenzaba a disiparse, mostrando un cielo de un tono celeste tan precioso, que la princesa se quedó obnubilada observándolo. Bajó la ventanilla del asiento trasero, sintiendo la brisa, que olía a sal y humedad, por toda su cara. Suspiró. Aquello era justamente lo que necesitaba, salir, respirar, despejarse... y olvidar.
— ¿Sabías que te dejarían salir? — preguntó Logan, quien conducía sin apartar la vista del retrovisor. 
— No. Pero sabía que lo conseguiría de alguna manera. — respondió la princesa, segura.
— Vaya. No sabía que habías conseguido metértelos a todos en el bolsillo tan pronto. 
— Ojalá fuese así de fácil — aseguró consternada. Se acomodó sobre el asiento y respiró. La tranquilidad que estaba respirando en aquel momento era casi embriagadora. Se permitió ser quien era, después de tanto tiempo, después de tantas tensiones y presiones con Vlad. Ya no había nada que ocultar a Logan, no después de aquella mañana.
— Bueno, tu recién adquirido título te abrirá más puertas cerradas a partir de ahora. Acaban de darle una llave de la casa al lobo — sonrió. Anya dirigió su mirada al espejo retrovisor, interesada.
— ¿Tanto te satisface la idea?
— Ni lo imaginas.

Pocos minutos transcurrieron hasta que el guardia aparcó el coche oficial en una playa bastante alejada de la ciudad, casi virgen. Allí, a aquellas horas de la mañana y en una época tan fría, apenas había ciudadanos paseando. Por otro lado, las ropas casuales que vestía la chica aquella mañana y las pintas de Logan no podrían llamar a penas la atención, dado que se permitió quitarse la chaqueta y quedarse con la camiseta interior, para más comodidad. 
Anya se quitó los zapatos antes de salir del coche. Cuando puso un pie sobre la arena, dejó que los dedos se hundiesen en la misma hasta que llegaron a la orilla del mar. La brisa era allí aun mas fuerte y el arrullo de las olas rompiendo a sus pies era casi ensordecedor. Tomar una bocanada de aire fue casi inevitable para ella. Pero no se permitió descansar. No había decidido salir sólo para descansar. — ¿Puedo confiar en ti, entonces? Ten en cuenta que si decides delatarme, te mataré yo misma. Al fin y al cabo, tu lo has dicho. Ahora estoy casada con el futuro rey.
— Pondría mi vida en peligro una vez más si es necesario — aseguró con seriedad. La mujer lo estudió con la mirada, de arriba abajo. Su expresión volvía a ser tan sincera como siempre y no le temblaban ni un ápice las manos. Por todo lo demás, parecía un hombre cualquiera, inofensivo. 
— Siento curiosidad. Cuando me encerraste en aquel armario ¿Hacia donde fuiste? — preguntó, comenzando a dar un paseo por la zona en la que las olas dejaban sus sutiles huellas húmedas. — Pasé horas pensando que volverías.
— Si hubiese vuelto a por ti no estaríamos aquí ahora — aclaró. — Me marché, lejos. Me exilié. Me sentía culpable de todo cuanto había ocurrido y sabía que haberte salvado la vida no era suficiente. No quería tener nada que ver con los Aeter. He vagado durante todos estos años de un lado para otro, frecuentando ciudades, viviendo temporalmente en pequeños pueblos, sustentándome de la forma más austera posible... Hasta que tu rostro apareció en la prensa.
— ¿Como supiste que era yo? Nadie me reconoce aquí.
— Me quedé el suficiente tiempo vigilando que nada te ocurriese como para saber que un par de soldados de Carstad te encontraron al amanecer. Vi como te llevaron con ellos. 
— Vlad envió una patrulla para reconocer el terreno. Quería saber qué era lo que los Aeter le habían hecho a mi familia. Les había ordenado que, si encontraban supervivientes, los llevasen ante él. Claro que, tanto él como los soldados, pensaron que de haber supervivientes se trataría de alguien del servicio, algún criado o alguien por el estilo. Nadie imaginó que la heredera más joven seguiría viva. — relató la chica. 
— No había que ser muy listo para comprender que Vlad te abriría las puertas de su hogar. Estaba convencido de ello. Al fin y al cabo, eres una pieza útil para él. Tampoco fue difícil adivinar que, cuando tuvieses edad, Vlad te enviaría a Aeter.  — comentó sin pelos en la lengua. Anya sintió una punzada de realidad en el pecho. Su padre, en quien había confiado ciegamente, cada vez empezaba a parecerle un hombre más, con sus propios intereses. 
— Siempre supe que era útil para él, pero lo acepté. Al fin y al cabo, era yo la que quería venir desde el principio. — se corrigió. — Ambos queremos venganza.
— ¿Venganza? ¿Ambos? — preguntó Logan, incrédulo.
— ¿Qué es lo que no entiendes?
— Bueno, no esperaba que el sentimiento de los Carstad fuese el de la venganza, precisamente. Al fin y al cabo, Vlad permitió que las tropas de Aeter entrasen en Branna.
— No le quedó otra opción — excusó la princesa rápidamente, insegura.
— ¿Y tú estás segura de ello? — preguntó el guardia. Anya abrió la boca para hablar, pero no encontró palabras en defensa de su padre que profesar. Su indignación era tan alta, y tenía la mente tan quemada después de tanto fingir, que temía perder los papeles. — En cualquier caso, no negaré que el emperador esté poniendo empeño. Hace unos días intentó matarme.
— ¿Qué? — preguntó la chica, deteniendo el paseo.
— Soldados de Carstad, en su nombre, intentaron apresarme. No me dieron demasiadas explicaciones, sólo que estaba espiándote y que aquello era un delito. Supongo que tú sabrás algo. Al fin y al cabo, yo no había hecho nada, sólo llegar a palacio después de una tarde productiva buscando la forma de ayudarte en tu plan.
— Yo... le conté a Vlad que sabías quien era yo. Pero él nunca mataría a nadie así por que sí, y menos de forma tan traicionera.
— Arenea ¿Estás segura de que conoces bien a Vlad? — aquella pregunta le sentó a la chica como un vaso de agua helada vertiéndose sin control sobre su cabeza. — Independientemente de la respuesta que aguardes entre los labios, quiero que entiendas que estás jugando sobre un tablero demasiado dificil. Todos los caminos desembocan en una guerra, pero sólo en uno de ellos resultarás victoriosa y vengarás a tu familia y todo Branna. Van a intentar traicionarte y usarte durante el camino, puesto que eres demasiado útil y valiosa. Mírate: La reina de Branna y futura reina de Aeter. ¿Sabes lo que eso supone?
— ¿Te crees que soy tonta?
— En absoluto. Sólo pretendo hacerte ver que los desengaños son normales. No te sientas dolida por lo que Vlad pueda llegar a hacer sin tu conocimiento. 
— Me da igual lo que Vlad haga o deje de hacer — escupió. — Yo sé que es lo que tengo que hacer aquí — concluyó. — ¿Cómo escapaste de esos soldados? ¿Por qué sigues libre?
— Lo único que he hecho durante todos estos años no ha sido viajar, princesa. Me he preparado para cuando estos días llegasen. Tengo mis trucos — se encogió de brazos. Anya prefirió no darle mas vueltas al asunto. Si Logan era habilidoso y había asesinado a los soldados, aunque fuesen de Carstad, le daba igual.
— ¿Y qué se supone que estabas haciendo esa tarde? Has dicho que intentabas ayudarme — quiso saber. Retomó el paseo, esta vez más calmado. 
— Digamos que me inmiscuí en conversaciones bastante interesantes. Digamos que... todas relacionadas con Selana. — La princesa no pudo evitar arquear una ceja. El interés se despertó en ella y los deseos de conocer lo que el hombre había escuchado, se acrecentaron. — Selana tiene un confidente, por así llamarlo. Un hombre que se encarga de hacer lo que ella pida cuando sus deseos no son ética o moralmente aceptados, y eso impide que pueda confiárselos a un guardia común.
— ¿Qué tipo de deseos son esos?
— Selana guarda veneno en su habitación — confesó. Anya le miró con sumo interés. — Había pedido al sacerdote del templo que se lo consiguiese. Lo tiene guardado en un pequeño frasco de perfume, bastante pequeño y translúcido.
— ¿Y para qué quiere Selana veneno?
— Para defenderse de quien pueda poner en peligro a su familia —. La mirada que le lanzó Logan fue más que significativa. Se estaba refiriendo a ella, de alguna forma. — Al fin y al cabo, el bien más preciado de la reina son sus hijos. Si alguien pusiese en riesgo la vida de Vian, por ejemplo, supongo que merecería un trago de ese veneno —. La mujer sopesó la información. Se rascó la sien durante unos instantes y buscó posibilidades.
— No veo en que me beneficia esa información, más que para saber que no debo beber ni comer nada en palacio a partir de ahora — comentó jocosa.
— ¿Tú crees?
— Ve al grano.
— ¿Cómo pretendes vengarte exactamente?
— Matándolos a todos.
— ¿Y como piensas hacerlo? — Anya se tomó nuevamente unos instantes para pensar.
— Con cautela, sin dejar pruebas, culpando a otros en mi lugar... — enumeró. — En la peor de las situaciones, te recuerdo que sé quemar cosas — aclaró. De la palma de su mano nació una pequeña llama de fuego, danzarina y graciosa, sensual y atrayente. Al invocarla, sintió un cosquilleo en la mano desagradable y pensó en cuanto tiempo llevaba sin invocar su magia natural, su magia de sangre. Era placentero sentir el calor en su mano que nunca llegaba a quemarla.
— ¿Y no te parece el veneno una opción que entra dentro de esos planes?
— Entiendo por donde vas — asintió con media sonrisa. — Gracias por la información. Me es muy útil. 
— De nada, Majestad. Estoy para servirte — alegó con tono jocoso, haciendo una leve reverencia que hizo sonreír a la chica. Sonreír... ¿Cuanto hacía que no sonreía de corazón? Casi se sintió rara. — Me alegro de que empecemos a entendernos. Me ha costado unas cuantas semanas — se burló.
— Aún no me fío de ti, si es lo que piensas — le señaló con el dedo. — Sigo sin saber donde te metiste cuando aparecieron las sombras.
— Ya te he dicho que tengo mis trucos.
— ¿Esperabas que matase a Nero cuando nos quedamos solos? ¿Era eso? — preguntó, para posteriormente soltar un bufido largo y pesado. — No pude hacerlo. Pacté con Vlad que no asesinaría a ninguno hasta que no estuviese casada y la ley me protegiese ante cualquier incidente. Si le hubiese matado aquella noche, quizás  los Aeter no se hubiesen fiado de mi y me habrían mandado a Carastad de nuevo — explicó. — Pero no te negaré que fue tremendamente tentador. Estaba herido, sólo... Podría haberle clavado una daga en el cuello y no habría tenido tiempo ni para suplicar. 
— Ese Nero es... muy distinto al resto de los Aeter — murmuró el hombre.
— Ya me he fijado — replicó. — ¿Oíste lo que dijo mientras estábamos en el coche? Me advirtió de que estaba en peligro en palacio. Parece odiar todo cuanto le rodea. Hay algo en él... que no encaja con los demás. Sus ideas, su forma de actuar...
— Sí que te has fijado en él.
— Procuro conocerlos a todos. Quiero saber cuales son sus debilidades porque quiero atacar donde más expuestos están. Lucce es inocente, Stelaris es demasiado despreocupada, Selana está demasiado preocupada de Vian y Vian está más enfermo. Helion y Reven actúan con individualidad, sólo parecen pensar en una cosa. Pero Nero... no sé cual es el punto más débil de Nero — explicó con la mirada perdida en los recuerdos que había guardado en su cabeza de cada uno de ellos.
— Si no lo sabes, deberías pasar más tiempo con él.  Has sido muy inteligente queriendo atacar por sus blancos flacos y Nero no debería ser menos.
— Lo intentaré. Pero, de momento, encontraré la forma de conseguir ese veneno. Ya he esperado bastante, ya he fingido durante demasiado tiempo ser la chica perfecta, la esposa perfecta. Me toca, es mi turno. Quiero que empiecen a ver como sus perfectas y brillantes vidas se derrumban poco a poco sin saber qué y por qué los ataca.  gruñó en voz alta. Saber que nadie les oía y que Logan se estaba convirtiendo en su confidente le dieron ánimos para alzar la voz y sentirse orgullosa de sus pensamientos. Quería, no, necesitaba sentirse poderosa.
— No preguntaré a quien has elegido para empezar. Prefiero ver el espectáculo sin saber cuando y donde aparecerás.
— Como quieras, pero necesitaré que estés cerca en todo momento. Si voy a envenenar a alguien, la mejor forma de que nadie sospeche que he sido yo es envenenarme a mi misma. Lo suficiente como para no morir. Necesitaré que aparezcas para ayudarme si no lo hace nadie antes ¿Queda claro?
— Chica lista  sonrió con malicia. Anya le devolvió la sonrisa, sintiendo el hilo de complicidad que empezaba a conectarles poco a poco. Sentirse protegida por alguien avivaba sus ánimos. 
— Logan ¿Tienes prisa?  preguntó la princesa  Porque no me apetece nada volver a palacio hoy. No quiero ver la cara de ninguno de esos asquerosos asesinos antes de que hayamos planeado todo de forma concienzuda y sepa, a todas luces, que seré yo quien gane el juego. Quiero que hablemos, que me cuentes todo lo que sabes de palacio y ayudes a pensar  alegó, apartándose un poco de la orilla y sentándose sobre la arena.  A falta de mesas redondas, que ésta sea nuestra reunión estratega.
— Nada me complace más que hacerte compañía, mi reina.


VIAN

Estaba abochornado, furioso y ofendido. Las estrellas ya brillaban en el cielo y Anya no había aparecido. Desde aquella mañana en la que se había marchado de palacio, no había sabido nada más de ella, y el placentero y horrible recuerdo de ambos durante la noche anterior había estado torturándole hasta que Stelaris se había presentado en su habitación al medio día. Después de un buen rato intentando sonsacarle que era lo que había hecho para que ella y Nero estuviesen resentidos el uno con el otro, cuando la verdad salió a la luz, no supo como reaccionar. Le tiró el bastón a la cara y la mujer se fue llorando de la habitación, pero él, repleto de ira, se había quedado con la imagen de su hermana acostándose con el hermano de su esposa en la mente. Ahora, cualquier recuerdo de ambas le torturaba casi tanto como el terrible dolor que le atenazaba todo el cuerpo.

Las piernas le calambreaban, las manos le temblaban y los músculos se le engarrotaban mientras intentaba, torpemente, andar de un lado para otro apoyándose en su bastón. La respiración hacía horas que trabajaba entrecortada, por no hablar de que sentía que la garganta se le cerraba de vez en cuando. La realidad era que, sospechaba, pronto le atacaría la asfixia y sentiría como sería imposible respirar. Pero estaba tan harto, tan cansado y tan hastiado de la situación, que si se acostaba antes de que Anya llegase sería como resignarse. ¿Por qué la situación no se arreglaba? ¿Por qué todo parecía caer cada vez más en picado a su al rededor? ¿Por qué nada funcionaba bajo su control? No, no pensaba perder el control más... ni de su familia, ni de su mujer.

Cuando la puerta se abrió, Vian lanzó una mirada cargada de ira. La princesa entró en la oscuridad de la habitación, sorprendida, de seguro, por encontrar a su esposo despierto y en pie.  ¿Donde has estado?  preguntó el príncipe antes de que ella pudiese explicar nada. 
— En la playa.
— ¿En la playa? ¿Hasta estas horas? Te fuiste esta mañana para, supuse, dar un paseo. Y te presentas cuando ya todos están durmiendo, apenas un día después de nuestra boda. ¿Qué te crees que estás haciendo? — gruñó furioso. La observaba tanto que no pasó desapercibido para él la forma en la que la garganta de la chica se movía tras tragar saliva.
— ¿A caso crees que puedes reprenderme como si fueses mi padre? — preguntó la chica acercándose a él. El ambiente se volvió tenso cuando estuvieron cara a cara, pues no se habían mirado a los ojos desde la noche anterior.
— Soy tu marido ahora.
— Lo sé. No te he engañado si es a lo que te refieres — contraatacó. — Soy consciente de lo que soy — murmuró en voz baja. — Pero no quería volver. — Vian soltó un enorme suspiro tras oírla. Sus sospechas sobre ella ahora estaban más confirmadas que nunca.
— Sé que lo de anoche no fue de tu gusto — confesó tajante. — Lo siento, Anya. — La princesa se quedó en el sitio, mirándole sin saber qué decir. ¿Qué podía decir, realmente? La paz entre ambos reinos suponía un matrimonio, y el matrimonio, una relación entre ambos. Una relación obligada. — No vuelvas a marcharte durante tantas horas ¿Entendido? A partir de ahora, informame de todo cuanto quieras hacer, incluso si sólo vas a dar una vuelta a los al rededores, incluso si vas a salir en coche con cualquiera de mis hermanos. — La princesa asintió.

El silencio que se instauró entre ambos animó al hombre acercarse a ella. Le dolía todo el cuerpo, pero aún así quería cumplir con lo que ahora se requería de él. Acarició el tostado rostro de su mujer y la besó. La boca seguía sabiéndole a sangre, estaba seguro de que su saliva estaba llena de sangre, pero aún así la beso. La rodeó con un brazo mientras que con el otro se sostenía aún en el bastón. Se la apegó a su cuerpo y siguió sintiéndola tan rígida como la noche anterior. Se intentó dejar llevar por el sonido que emitía el chasquido de sus labios con los de ella. Intentó que aquella noche fuese mejor que la anterior. Por ello, desabotonó de forma torpe su camisa y acarició su pecho desnudo, procurando recrearse en su forma blanda y dura a la vez. Pero la tos se agolpó en su pecho y le obligó a separase de ella unos minutos. Después, volvió a besarla, pero... No, algo no funcionaba. Estaba demasiado cansado, le dolía incluso apegar sus labios a los de ella. Quería pero allí no funcionaba nada aquella noche, ni en ella ni en él. No podía acostarse con ella, lo supo pero no lo dijo en voz alta. Simplemente, volvió a la cama, ofendido y dolido consigo mismo. — Buenas noches — se limitó a decir. Sólo cuando sintió que su mujer se acostaba a su lado, cerró los ojos. Aquello tenía que cambiar.

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