martes, 10 de septiembre de 2019

ANYA

La princesa arrojó una maleta sobre la cama. Había estado guardada todo aquel tiempo en el armario de Vian, y a decir verdad, no había imaginado que tendría que volver a usarla antes de tiempo. Mucho menos para regresar a Branna, su ciudad natal.

Las manos le temblaban como a las de un niño emocionado, a la vez que el corazón le latía con dureza en el pecho. Estaba feliz y horrorizada a la vez. Pletórica y aterrada. Lo que menos había esperado una mañana como aquella era despertar con el aviso de Logan para que fuese corriendo a la sala de audiencias, separarse de él en el camino y encontrarle allí, tras la reina, mientras ésta le ordenaba a Nero un viaje de investigación. Ni si quiera supo cómo el guardia había conseguido tal información, ni como diantres se había movido tan deprisa para que Selana no le echase en falta. ¡Que diantres! ¡Tampoco sabía por qué se había presentado voluntaria para ir a Branna sin tan siquiera pensarlo! Pero, al menos, fue la mejor elección. Logan lo había sabido antes que ella. Era una oportunidad de oro. 
Quizá por los nervios apenas se fijaba en la ropa que tomaba del armario, como tampoco estudiaba si serían demasiado calurosas para un clima tan extenuante. La verdad es que ni si quiera estaba oyendo a Vian, que se encontraba de pie, andando torpemente con el bastón de un lado a otro. — ¿Como se te ha podido ocurrir? Apenas dos días que te tienes en pie y aun estas tomando medicinas —murmuraba molesto y cansado. —Tu no tienes nada que ver en esto, no deberías implicarte —continuó. Su voz era un completo murmullo pesado e irritante que empezaba a romper los nervios de la chica, que impaciente, acabó por lanzarle una mirada cansada. —¿Ves? No estás bien. Deberías quedarte en palacio, descansando.
—¿Como tú? —protestó, aventurándose en un terreno peligroso. Sabía que aquella pregunta podría sentarle mal al hombre, incluso iniciar una discusión. Pero necesitaba entenderle, saber de sus reacciones y causar en él confusión. Por ello, tras un largo silencio sin réplicas, carraspeó. —Lo siento. No quería decir eso —se disculpó, sin parar de guardar ropa en la maleta. El príncipe, cansado y enfermo, acabó sentándose en el borde de la cama, junto al equipaje. Tosió de forma compulsiva unos minutos y se limpió la sangre de la boca con la manga de su camisa. No ocultaba su estado, a todas luces. —Estoy bien. Me encuentro como siempre y quiero ir a Branna. Mi vida ha estado en peligro y la maldición sigue contigo. Si con mi ayuda podemos elevar las posibilidades de que demos con una solución, no hay más que hablar —explicó.
—Está bien, como quieras —se limitó a decir. Anya aprovechó la oportunidad para guardar un par de zapatos en la maleta y cerrarla por completo. Mentalmente, repasó todo lo que llevaba en el equipaje y se concentró para saber si le faltaba algo importante, aunque, realmente, le daba igual si se le olvidaba algo en palacio. Branna era su casa y allí todo lo que quisiese, lo encontraría. —Abre el cajón más bajo de la cómoda, quiero que tengas una cosa — pidió de forma repentina. Anya se deslizó hasta llegar al cajón. En su interior sólo había un par de cajas y un par de camisas. —Abajo de la caja hay un teléfono móvil. Lleva una chip localizador y está preparado para que lo uses.
—¿Un móvil? —preguntó la chica, estudiándolo. —Pensaba que no necesitaba ninguno de estos aquí. Eso me dijo Selana, al menos —recordó. Su teléfono móvil personal se había quedado en Carstad.
—Pero vas a Branna y durante un tiempo —comentó cansado. En su postura y la forma en la que se agarraba al borde de la cama, se dejaba ver lo agotado que estaba. —Ya tienes algunos números puestos. Sólo tienes que llamar a Nero cuando lo necesites. 
—De acuerdo —asintió, guardando el teléfono en un compartimento exterior de la maleta. Todo estaba listo, por fin. —Me marcho ya. Selana quiere que partamos pronto. Si salimos ahora, llegaremos por la noche a unos de los pueblos de la frontera.
—Buen viaje entonces — se limitó a decir en un hilo do voz, colocándose de una forma más cómoda sobre la cama. —No creo que vaya a despediros, no me encuentro con fuerzas —se excusó.
—Como quieras —. Si Vian esperaba una despedida en condiciones o no, Anya no lo supo. Tomó la maleta y se marchó. Lo que el príncipe pensase sobre su mujer, aquel día, le daba completamente igual.

En el hangar estaba ya todo preparado. Los soldados habían ultimado los detalles que la nave de transporte necesitaba, los cuales eran escasos debido a la simpleza del vehículo que usarían para no llamar demasiado la atención. Selana no había aparecido para despedir a su hijo ni a la princesa, así como tampoco el rey. Sólo Nashra y Stelaris aguardaban la marcha de su hermano y la chica, una en peores condiciones que la otra, y por primera vez, fue ésta última. 
Mientras la chica dedicaba palabras de amor y cariño a su esposo antes de que se marchase, la princesa daba tumbos de un lado para otro. Si ya se comportaba de forma rara antes de la muerte de Lucce, después de la misma, había cambiado por completo. Bebía a deshora, se había vuelto malhablada y mucho más irresponsable de lo que antes era. Por ello, se echó a los brazos de Anya, rodeándola por el cuello.  —¡Anya! Te voy a echar tanto de menos —gimoteó. Apestaba tanto a alcohol que la chica tuvo que arrugar la nariz.
—Aris ¿Todo bien?
—¡De maravilla! —alegó, separándose del abrazo y extendiendo los brazos en forma de cruz. —Mi marido es un capullo, mi hermano está muy enfermo y el otro muerto. El que me queda se larga contigo en una misión estúpida y yo me quedo aquí sola oliendo la mierda de los demás.
—¡Stelaris! —se sorprendió Nashra.
—No hagas caso de lo que diga, Anya. Stelaris está tan agobiada con sus miserias que a veces se le olvida con quien está tratando —apuntó Nero con dureza. Stelaris se quedó callada ante aquel comentario, incluso reprimió su comportamiento ebrio y se apartó.
—Cuídate — se despidió Anya de forma sencilla. Quiso dirigirse a Nashra también, pero seguía ocupada hablando en susurros con Nero y decidió respetar la intimidad de ambos.

De aquella forma, la princesa subió por la rampa dispuesta para embarcar y se adentró en el interior de la nave, la cual dejaba que desear. Si la comparaba con las imponentes naves de vuelo que Vlad poseía, aquella era una minucia descuidada. Las paredes interiores estaban pintadas de un color gris oscuro aburrido y apenas había decoración. Un pasillo estrecho delimitada el vehículo en zonas. En el fondo, unas escalerillas bajaban, de seguro, a los camarotes. La chica decidió subir por las que había a su derecha, anda más entrar. El sonido metálico de sus botas al pisar alertó a Logan, quien ya estaba esperando a que terminase de subir con una sonrisa. A todas luces, estaba solo. —¿Todo listo? —preguntó ella, echando un vistazo. Se encontraba en una zona con ventanales y varios asientos, y al fondo, se encontraba la cabina de pilotaje. 
—Los soldados están guardando el equipaje en el almacén —explicó. 
—Ya veo —Anya entrecerró los ojos al mirarle. Al contrario que en otras ocasiones, estaba bien peinado y ataviado con un uniforme nuevo. Se diferenciaba del resto en que contaba con mayor número de detalles en el patrón, así como un emblema plateado bastante grande, del escudo de Aeter, lucía enganchado en su pecho. 
—Uniforme nuevo, como ves. —murmuró.
—¿Como lo has conseguido? Ascender, digo. Helion no debería tener tantas confianzas en un soldado que regresa a palacio después de tantos años de exilio —susurró. 
—No ha sido idea de Helion, sino de Selana. Digamos que ve mis habilidades como una baza a su favor. Quiere mi lealtad —explicó.
—Vaya, que conveniente — dijo Anya, haciendo una mueca con los labios. —¿Que habilidades son esas?
—Si visitases con más frecuencia a la sala de los pilares, comprenderías de qué hablo —aseguró con tono jocoso. —Y no sólo eso, también conocerías a tu adversario. Nero suele entrenar allí con el resto de soldados con bastante frecuencia, sobre todo después de que le dejases en evidencia delante de todos. Algo me dice que se está intentando poner a tu nivel. 
—¿Allí aprendéis como moveros tan rápido? Estabas a mi lado, esta mañana, cuando me pediste que fuese a la sala de audiencias. De repente desapareciste y cuando llegué, ya estabas allí, tras el trono —recordó entornando los ojos.
—Eso no es ninguna habilidad, sino una ventaja de tener el favor de la reina. Conozco caminos de palacio que el resto no —aseguró, haciendo que la chica arquease una ceja. Por alguna razón, aquel misticismo y el repentino trato de favor que le vinculaba con Selana le dio mala espina. Podría haber indagado más, pero lo encontró innecesario y peligroso. Como sospechaba, Nero apareció a las espaldas de la chica apenas unos minutos después, dispuesto a partir. —Capitán, princesa, abrochense los cinturones.

Anya se sentó en unos de los asientos, junto al ventanal. En apenas segundos, pudo observar como todo a su al rededor se inclinaba. El horizonte, repleto de edificios plateados y blanquecinos de Aeter, se dibujó ante sus ojos. Y después, el cielo. Un cielo azul, desprovisto de nubes, que era capaz de infundir tranquilidad a cualquier corazón intranquilo. Sin embargo, con la chica no sirvió de nada. Su corazón sentía en aquel momento tanta presión como sus oídos tras un rápido ascenso al cielo. Y algo le decía que aquella sensación tan desagradable no iba a desaparecer pronto. Al contrario, no había hecho más que empezar.

 ...

Empezaba a hacer calor a aquellas horas de la tarde, y después de tantas horas de viaje, Anya decidió cambiarse. Dejó a un lado las ropas elegantes y cálidas de palacio para enfundarse en ropajes más frescos y cómodos: unos pantalones de algodón oscuro y una camiseta corta a juego. Sobre ello, se colocó un kimono de color celeste para soportar las pocas horas heladas de la noche. Por último, se peinó los cabellos con sus propios dedos y se hizo una trenza larga, manejable y despreocupada.

Si por ella fuese, aquel resto de tarde y las horas de noche que hubiese podido aprovechar antes de aterrizar, las hubiese pasado en el camarote encerrada. Sin embargo, presintió que si lo hacía, acabaría volviéndose loca sumida en pensamientos y preocupaciones. Volver a Branna le había parecido la mejor de las ideas, y ahora... empezaba a pensar lo contrario. Por ello, decidió salir de la habitación. Pero cuando la puerta se corrió hacia un lado, contempló como la del camarote de en frente hacia lo mismo y Nero salía de su interior. —Oh, hola —dijo sorprendido. 
—Pensé que estabas arriba.
—Me pareció buena tu idea de cambiarnos de ropa. Al fin y al cabo, el clima al que nos vamos a enfrentar va a ser muy distinto al que estamos acostumbrados —recordó. Anya le observó. Le hizo gracia el comprender que su elección había sido tan sobria como siempre. Una vez más, vestía unos pantalones negros, esta vez, acompañados de un chaleco bastante fino del mismo color que dejaba sus hombros al aire. Entre las manos llevaba una gorra negra. —¿Que llevas ahí? —preguntó, señalando al bolsillo del kimono. Anya llevó la mano hacia el interior del mismo, mostrando el móvil que aun estaba apagado.
—Me lo dio Vian, por si ocurría algo.
—Pues sí que han tardado en darte uno —bufó. — ¿Sabes usarlo? —se burló.
—¿Te crees que Carstad es un imperio atrasado? —preguntó la chica con el mismo tono de voz, volviendo a guardar el aparato en el bolsillo. 
—No. Sólo pensaba que quizás lo único que sabías manejar son armas.
—Te sorprendería cuantas cosas sé utilizar —aseguró, abriéndose paso en el pasillo para tomar las escalerillas que ascendían hasta los asientos de la nave. Nero la siguió.
—Según los soldados, en poco tiempo empezaremos a sobrevolar la frontera —anunció. A la princesa se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Sabes exactamente a donde debemos ir?
—El doctor dijo que los restos de veneno que encontró en tu estómago procedían de un preparado hecho con flores que sólo crecen en climas tropicales. Suponemos que las flores nacen en Branna, claro. Lo que no sabemos es quien ha llevado el veneno hasta palacio —explicó. La historia de las flores ya la había oído antes, mientras reposaba en la cama angustiada por el dolor.
—Pero Selana dijo que teníamos que buscar algo más, la Marca de Ifrit —insistió. Cuando Selana pronunció aquel nombre, aquella mañana, a la chica se le llenó la cabeza de recuerdos. La Marca de Ifrit había sido, durante siglos, el tesoro más preciado de la familia Branna. A ella siempre le había parecido una piedra insignificante, quizás, porque nunca había llegado a conocer su poder. Su padre siempre le había contado historias sobre las bondades de custodiar dicha Marca, y al parecer, Selana estaba de acuerdo con ellas. Si ayudaría o no con su plan, no lo sabía. Lo cierto era que las Marcas le daban igual. En realidad, las deidades le daban igual. A la única persona a la que tenía que rogar por sobrevivir, era a ella misma.
—Así es. Al parecer, desapareció cuando los Aeter conquistaron Branna —comentó mientras subía las escalerillas a sus espaldas. —Y no hay nada que a Selana le interese más que el poder.
—Pero dijo que, de encontrarla, se podría salvar la vida de Vian. Corrígeme si me equivoco... pero pensaba que los Aeter poseían la Marca de Leviatán.
—Y así es, pero la maldición de la familia fue un ruego de los Branna. Un conjuro realizado con el favor de Ifrit —. Al decir aquello, Anya se dio la vuelta y le miró.
—Entonces ¿Recuperando la piedra se revierte la maldición?
—Eso es lo que siempre se ha creído.
—¿Y que seguridad tienen los reyes de que Ifrit les conceda el deseo de revertir un maleficio? —Tras aquella pregunta, Nero esbozó media sonrisa.
—Unos reyes que dominan dos reinos... —suspiró. —No sería descabellado que se propusiesen dominar a una deidad — Anya le sonrió de igual manera, quitando hierro al asunto. Pero en su interior se preocupó. Ifrit era el protector del reino, le pertenecía a Branna. Si esos asquerosos Aeter se proponían arrebatárselo al pueblo para usarlo en su beneficio, estaban muy equivocados. —Mira— señaló de pronto Nero con el dedo. Anya siguió la dirección del mismo hasta centrar su vista en uno de los ventanales, al cual se aproximó. 
Arena. Dunas extensas, moldeadas y perfiladas por los rayos de un sol rosado que amenazaba con desaparecer muy pronto en el horizonte. Branna estaba muy cerca. 
—Ya casi estamos —aseguró en voz baja, tragando saliva. No quiso mostrarlo, pero su rostro se descompuso en una mueca de inseguridad. El terror sacudió su cuerpo como un rayo recién caído del cielo. De repente, empezó a preguntarse si sabría mantener la compostura, si no se derrumbaría al pisar de nuevo su territorio, si sería capaz de regresar después de volver... Nunca había sentido nada igual.
—Tenemos que ser precavidos una vez más. Nadie puede saber que estamos aquí, así que tendremos que pasar desapercibidos —alegó, colocando sobre la cabeza de la princesa la gorra, la cual ajustó tirando hacia abajo desde la visera. Anya le miró sin comprender, dando que la había sorprendido de forma imprevista. Tuvo que alzar las manos y ajustarse la gorra, porque se la había ajustado tanto que le tapaba la visión.
—Mírate, pareces una cualquiera —bromeó. Anya le sacó la lengua como protesta y volvió a dirigir la mirada a las dunas, posando sus manos sobre el cristal. 

Volvía a casa. Volvía a Branna.

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