Vian
Como era costumbre en Aeter, el hombre debía ser el primero en pisar el Templo. Con paso lento y calmado, sin ayuda de un bastón para no llamar una indeseable atención por parte de la prensa, Vian cruzó el enorme umbral de la casa de Leviatán. Con su cabello recogido en una elegante cola que caía graciosamente sobre su nuca y bien afeitado, ataviado con su traje blanco y elegantes detalles oscuros en los hombros, muñecas y parte superior de la espalda, se adentró cada vez más profundo hasta los pies de la gigantesca estatua de la deidad, seguido por la enorme maraña de invitados: la casa Aeter iba primero junto a la casa Carstad, seguido por los vasallos Dusk y Albor continuando con Yuri y Vradisk, vasallos de Carstad. Las familias eran grandes y por tanto el templo se llenó en un casi un instante incluso antes de que Vian alcanzara el altar donde Adimus Kleanse le esperaba con su galante toga de sacerdote y un gigantesco libro que ocupaba casi todo el altar. Vian reconocía dicho libro como la Historia de Aeter: De Leviatán y el origen del Hombre. Era un tomo sagrado, único, que nunca debía dejar el templo por costumbre y ley aeteri.
-¿Nervioso, alteza?- preguntó Adimus con una sonrisa cálida y mirada paternal.
-No mucho- contestó Vian con tono apagado -Más me vale ir acostumbrándome a venir aquí- el sacerdote no supo qué decir ante tal comentario.
-En breve llegará vuestra futura esposa. Por favor, animad esa cara-
-Estoy en éxtasis- dijo secamente Vian antes de dedicarle una furiosa mirada al sacerdote, provocando el silencio entre ambos. Minutos después, llegó la tan esperada novia.
En cuanto la silueta de Anya se dejó ver a través del umbral del templo acompañada por la imponente figura de Vlad, que se ataviaba con una chaqueta roja y una elegante capa corta de piel que caía sobre su hombro, un coro femenino que había tras el sacerdote comenzó a entonar un suave y hermoso himno. Todos los invitados se pusieron en pie de aquellos cojines donde se arrodillaban comodamente para ver el paso de la chica, que aunque deslumbrante en belleza, parecía perdida. Sus ojos bailaban de un lado a otro, mirando a todo el mundo, reconociendo caras y aprendiendo otras tantas nuevas: llegó a ver a Lucce, a Nashra que la saludaba efusivamente, a una despampanante Stelaris a la que casi se le salían los pechos del traje debido al excesivo escote para ser una boda y, como no, a Nero, cuyo semblante serio le hacía replantearse aún más la situación que estaba por vivir.
-Respira hondo- recordó Vlad caminando despacio junto a ella al son del himno coral.
-Si respiro hondo voy a reventar este vestido- masculló.
-Te queda bien. No está tan ajustado. Mantén la calma-
-No es por ajustado, es porque no lo soporto. Si en mi mano estuviera prendería fuego a este templo en este instante con todo el mundo dentro-
-Contrólate, niña. Porque podrías hacerlo, pero eso no significa que salieras viva de aquí. Eres una Branna contra toda una familia- concluyó -Así que cumple tu papel. Yo estaré contigo- a mitad de camino, Vlad detuvo el paso y permitió, como era costumbre, que la chica siguiese sola el resto del trayecto. El emperador anduvo despacio hacia la zona más próxima, donde Helion y Selana contemplaban también la ceremonia. Y así, Anya llegó finalmente junto a Vian, quien sorprendentemente para la chica no tardó en tomarla de la mano. La princesa de Carstad sintió automáticamente cómo la mano se le llenaba de una especie de arena o polvo, que rápidamente entendió que parecía el tacto del maquillaje ¿Quizá para tapar las marcas?
-Henos aquí, ante la atenta mirada de nuestro salvador y señor de los mares y los cielos, Leviatán, para bendecir la unión de aquellos que por propia voluntad se arrodillan ante su grandiosidad, unidos en alma y corazón- narró el sacerdote mientras tomaba una suerte de bandeja plateada repleta de agua. El olor del mar, muy similar al aroma de Ocian, azotó la nariz de Anya.
Durante unos largos y tediosos minutos, Adimus soltó la más que aburrida verborrea típica de los sacerdotes, alabando mil y una veces la grandeza de Leviatán y su bondad, sobre el cómo acogería entre su gracia a la hija de una tierra extranjera para convertirla en su propia hija y protegida. Anya empezaba a sentir mareos y nauseas no solo por la tensión de soportar una boda que no deseaba, sino por la cantidad de estupideces que estaba escuchando. Deseó en lo profundo de su corazón que Ifrit pudiera oír sus pensamientos y apareciera allí como un milagro de fuego y oscuridad para arrasar con todo y reirse en la cara de Leviatán. Desafortunadamente, aquello no sucedió -Y ahora aquí, los novios procederán a unirse bajo el amparo de nuestro Señor- con suma delicadeza, el sacerdote empujó el cuenco de agua hacia los novios en el altar, de forma que quedaba perfectamente colocado entre sus figuras. Vian se giró para mirarla y la chica, al ver ese gesto, lo imitó. El príncipe mostró una sonrisa al ver la torpeza con la que se movía su esposa, ajena a los protocolos de Aeter ¿Cuánto tiempo le habían dedicado a enseñarle cómo debía comportarse? Conociendo a su madre, Vian podía adivinar que poco o nada.
-Yo, Vian Aeter, frente a los ojos de Leviatán, te tomo a ti como esposa- tocó la superficie del agua con los dedos lo bastante suave y sutil para que en el cuenco se dibujaran ondas en el agua que reflejaban los rostros de ambos desde su perspectiva -Con este agua, que es mi sangre, marco nuestra unión- le acarició la frente con la humedad del agua de mar -Con este agua, que es mi sangre, te protejo- finalmente le acarició los labios y el sabor de la sal inundó la boca de la chica, a la que le costó horrores no escupir. Vian contuvo un poco la risa, pues empezaba a parecerle divertido. Tras él, Anya repitió las mismas palabras y los mismos pasos. Una vez se acariciaron con el agua mutuamente los labios, el sacerdote alzó una mano sobre el cueco.
-Que la gracia de Leviatán esté siempre con vosotros- aquellas eran las palabras y Vian lo sabía. Tomando las manos de la chica nuevamente, se inclinó hacia ella. Percibió el leve y nervioso instinto de Anya para apartarse apenas unos milímetros, pero se quedó finalmente inamovible permitiendo que sus bocas se unieran en un largo y suave beso. Ella sabía a mar. Él sabía a sangre y, por desgracia, era consciente de ello.
Nero
Una vez se besaron, el templo estalló en jolgorio y aplausos. Estaba hecho, las casas principales que restaban en el continente estaban unidas bajo la sagrada unión y protección de Leviatán. Nero era el único al que no le picaban las palmas de las manos por aplaudir, porque no lo hizo. Sin embargo, empezó a sentir que quizá, solo quizá, empezaba a nacer un pequeño destello de esperanza. Sobre todo cuando ambos pasaron juntos de la mano para salir del templo. Podría haber jurado que durante un instante Anya le miró de nuevo con aquellos ojos que le evocaron su pequeño y avergonzante enfrentamiento con ella ¿Eran esos los ojos que Aeter, no, el mundo necesitaba?
[FFXV - Vals di Fantastica]
La ceremonia culminaría en los jardines de palacio, de forma que todos regresaron allí. Una miriada de coches negros atravesaron la ciudad entre vítores y alabanzas de miles y miles y miles de ciudadanos entusiasmados que habían seguido la ceremonia de unión en vivo y en directo retransmitido por la ANN. Llegar de nuevo a la seguridad tras las enormes olas de seguridad fue prácticamente una bendición para todos los invitados, pues los clamores eran ensordecedores.
Terminada la travesía desde el templo a palacio, todos los invitados finalmente se diseminaron por el gigantesco patio y comenzaron a comer y beber. Era como parte del ritual, prácticamente. Nero los observaba ir y venir constantemente de un lado a otro mientras una pequeña orquesta tocaban música. El baile estaba ya más que preparado, por supuesto, y todos esperaban impacientes con copa y canapé en mano. Vian y Anya no tardaron en presidirlo, en el centro de una gran zona despejada por todos los invitados. Nashra miraba a Nero y él lo sabía, pero la ignoraba deliveradamente. Se fijaba en la recién casada princesa, recta como un palo, con el rostro macilento mientras daba los primeros pasos de baile sujeta a un Vian que luchaba contra su propio cuerpo por mantener un ritmo constante y caer sobre la chica completamente abatido por sus dolores. Era una farsa: todo era una completa farsa, pero no podía evitarlo. Eran sus ojos, esos malditos ojos brillantes sedientos de... algo ¿Pero de qué? Anya no perdía esa mirada mientras se miraba con Vian. Nero conocía a su hermano desde siempre y sabía que él intentaba disimular su sufrimiento ¿Pero ella? Ella era un enigma difícil de resorver cuando esa sombra aparecía en su rostro.
Los aplausos, entonces, irrumpieron en la música.
El baile de los novios finalizó con un falso y corto beso que nadie notó que era tan tenso como el cuerpo de la propia Anya. Después, se separaron con una sonrisa y ambos fueron abordados por los invitados y sus insufribles preguntas -Ha sido precioso- comentó Nashra jugando nerviosa con los dedos.
-Insulso- agregó Nero dando un trago a un vaso de whiskey que se había ajenciado de un sirviente que pasaba con una bandeja llena de bebidas.
-Me trae tantos recuerdos de nuestra boda... Volvería a repetir ese día sin dudarlo- rio la chica -Y la noche, por supuesto. Sin dudarlo un segundo- insinuó.
-Yo estoy mejor así- dio un trago y la miró. Pese a su sequedad y distancia, ella no dejaba de mirarle como quien mira a su héroe. Nero sentía un grandísimo abismo que le rompía el alma en dos: la atrayente y misteriosa, indescifrable mirada de Anya y la tan reconocible e insufrible mirada de Nashra. Desde el fondo de su corazón deseaba poder acoger con agrado esa forma en que le miraba... ¿Pero por qué? Era lo que le impedía aceptarlo ¿Por qué le admiraba? ¿Por qué le quería? Él era la sombra de una familia podrida por dentro y ella no era más que una chica soñadora que se abrazaba constantemente a la idea de un fantasma. No, era imposible. No podía aceptar esa mirada.
-Por fin tenemos oportunidad de conocernos un poco más, Nero- la señorial voz del emperador asaltó a la pareja de forma inesperada.
-Es un honor, emperador- se apresuró a decir Nashra.
-El honor es mío. Uno no tiene la oportunidad de ver un rostro tan hermoso todos los días- le sonrió a Nashra, que sonrió ampliamente, agradecida, pero agarrándose con fuerza al brazo de Nero.
-¿Puedo ayudaros en algo?- preguntó Nero.
-Oh, no. Solo venía a hablar-
-No sé de qué- contestó Nero simplemente mientras daba un sorbo al whiskey. Nashra no pudo evitar darle un suave codazo.
-Oh, vaya- rio el emperador -Sin duda eres tan mordaz como dice Anya-
-¿Os habla de mí?-
-Me ha hablado de todos, claro está. Pero tú pareces ciertamente interesante-
-Creo que esas palabras podrían interpresarse como que tomáis a mi familia como aburrida- sonrió Nero.
-En absoluto- negó Vlad -¿Por qué dices eso?-
-Porque si os parezco interesante cuando soy el más apático de todos...- comentó sarcástico.
-Así que es esto ¿eh? Esta actitud tuya...- inspeccionó Vlad -Sí que eres diferente-
-¡Nashra!- otra voz interrumpió la conversación. Era Reven, con su estúpida sonrisa de triunfador y guaperas -Te estaba buscando, preciosa-
-¿A mí? ¿Por qué?- Nashra miró a Nero, extrañada.
-¿Bailamos?-
-Eh...- de nuevo, volvió a mirar a Nero -¿Y Stelaris?-
-Ni idea de dónde está. Ha desaparecido hace un rato y me aburro. Y como veo que Nero está ocupado con el emperador, he pensado que quizá...- alzó las cejas -Claro está si a mi señor príncipe no le importa- la sorna con la que dijo esas palabras podría provocar una guerra si Nero quisiera.
-En absoluto- dijo desafiando a Reven con la mirada. No obstante, se dio el lujo de besar a Nashra dulcemente en los labios -Pásalo bien- aquel beso era suficiente para que Nashra no dejara de mirar a Nero en toda la noche, sin importar cuánto trataran de llamar su atención. Nero le sonrió a Reven mientras se llevaba del brazo a Nashra, que no dejaba por su parte de mirar hacia atrás constantemente despidiéndose de su amado esposo con una sonrisa.
-Interesante- comentó Vlad con mirada perspicaz.
-No tanto como os pueda parecer- se encogió de hombros Nero -¿Qué puedo decir? Las familias grandes son... complicadas-
-Stelaris es tu hermana ¿Me equivoco?- Nero asintió -También es interesante, sin duda-
-Solo si lo que buscáis es hablar de cosmética, ropa y demás. Y si os apetece ver un cuerpo de mujer, también. Ese imbécil engreido que ha venido a por Nashra es su marido-
-Oh, sí, Reven. He tenido el placer de conocerle bien estos días. Sí que es un imbécil- Nero se sorprendió ante aquellas palabras y ambos se sonrieron de forma cómplice, brindando las copas ya vacías y tintineantes por el hielo -¿Por la unión?-
-Por la unión, sin duda- ambos soltaron una risilla, pero no tardó en desaparecer del rostro de Vlad al ver a una persona fácilmente reconocible entre el público. Alguien que le miraba de forma intensa y nada disimulada -¿Estáis bien, emperador?-
-Sí- dijo sin mirar a Nero -Ha sido un placer conversar y... conectar- apuntilló -Tendremos otra ocasión-
-Sin duda. Supongo que estáis ocupado-
-No sabes cuanto- sin decir más, desapareció entre la muchedumbre. Nero hubiese puesto la mano en el fuego de que había advertido cierto temor en su mirada ¿Pero qué temor? Era Vlad Carstad ¿A quién debía tener miedo ese hombre?
-
A partir de entonces, la fiesta se convirtió en un enorme muermo para los gustos de Nero. Todo era risa, coqueteo, presumir, borracheras y baile, pues la música había dejado de ser tan sobria para ser algo más festiva, más del estilo de Stelaris, aunque no estaba presente. Reven, por tanto, no se separaba de Nashra y de vez en cuando trataba de hablar con Anya, pero ésta siempre estaba ocupada por la constante conversación de alguna persona. Vian parecía estar medio bebido, aunque no debería ¿Pero quién iba a impedírselo? Nisiquiera Selana o Helion podían prestarle demasiada atención. La noche ya estaba cayendo cuando el príncipe decidió que estaba lo bastante aburrido como para permanecer en la fiesta por más tiempo, por lo que procedió a irse.
-¡Nero, Nero!- Lucce le alcanzó entre la multitud, despeinado por el desenfreno del baile y con cierta marca de pintalabios en la cara.
-Mira quién aparece- se burló Nero, paciente -Veo que has ligado-
-¿Eh?- Nero le señaló la cara y éste se pasó la mano para vérsela llena de carmín -¡Ah! Sí, bueno. No sabía que las hijas de los vasallos de Carstad estaban tan necesitadas de atención. Solo basta hablar con ellas para que se te echen encima-
-Me alegro por ti- Nero retomó su camino.
-¡Eh, espera! ¿Has visto a Stelaris? Madre me ha preguntado por ella. Reven parece estar a disgusto por su ausencia-
-¿En serio?- se mofó Nero, mirando al tipo bailar con su mujer y disparándole miles de miradas a la recién casada Anya -Yo le veo bastante entretenido-
-Pregunta por ella constantemente. Iba a ir a buscarla pero como veo que te marchas y bueno, yo...- Lucce miró hacia la zona de baile donde una muchachita rubia muy bien parecida le saludaba con la mano.
-Que vaya yo ¿no?- bufó -Vale. Me iba a mi habitación ya de todas formas-
-Solo queremos saber si está indispuesta. Ya empezó a beber antes de ir al templo así que quizá no está bien-
-Yo me ocupo- le palmeó el hombro a su hermano menor -Disfruta de la fiesta, Lucce-
-¡Gracias, eres el mejor!- le devolvió la palmada -¡El mejor, tío! ¡Te lo juro, el mejor! ¡Te debo una!-
-Que sí, que sí...- suspiró y se puso en marcha.
Salir del ambiente festivo fue completamente reparador para su alma. El silencio que inundaba los pasillos de palacio era incluso fantasmagórico, pero era algo que resonaba con los gustos de Nero. Deambular por su casa sabiendo que no iba a encontrar a nadie fue una sensación a la que no se quiso acostumbrar, pues sabía que todo volvería a la maldita normalidad en cuanto pasara esa noche, por lo que aprovechó para asumir que Stelaris debería de estar por ahí y se dedicó a buscarla. Uno por uno revisó distintos pasillos, alas, salones y sobre todo, aseos, pero nada, ni rastro, de modo que decidió poner fin en la zona de las habitaciones.
Anduvo largo rato en silencio hasta que enfiló el corredor que daba hacia su habitación. Desde allí, le pareció oír un ruido extraño. Se quedó quieto aguzando el oído pero no volvía a repetirse, de modo que fue a inspeccionar. El silencio era sepulcral frente a la puerta de Stelaris, nada se oía tras la puerta, por lo que parecía que no estaba ahí -¿Stelaris?- preguntó, pero no recibió respuesta -¿Stelaris, estás ahí?- nada. Fue a llamar, pero la puerta cedió al más leve empujón de su mano. Entonces oyó los gritos de su hermana. Imprudente, entró veloz para comprobar qué estaba pasando... y no era lo que esperaba. Completamente desnuda, Stelaris se movía con fuerza y vigor sobre un desnudo Alek, permitiéndole entrar y salir de ella con velocidad mientras éste le aferraba los pechos con ardiente deseo. Stelaris gemía y gemía de placer al unísono con Alek mientras la cama crujía bajo su desatado desenfreno sexual. Nero estaba pasmado con la escena que se le pintaba y miró hacia la puerta. Entendió que para no oír ese escándalo Stelaris habría conjurado un muro de silencio en la misma pero, descuidada como siempre, no llegó a cerrar la puerta del todo. Estando ahí quieto, no fue capaz de articular palabra, aunque su ceño se fruncía y sus puños se apretaban. Fue Alek quien percibió algo extraño y miró a Nero, sorprendiéndose en el acto.
-¡Aris, Aris!- llamó Alek.
-¡Sí, sí!- gimió ella -¡Más, apriétame más! ¡Dame más, Alek!-
-¡Aris, joder!- le agarró las caderas para que se detuviese
-¿Qué pasa, qué?- al ver que Alek miraba para el lado, ella hizo lo propio -Oh, mierda...- Nero no dijo nada, simplemente se dio media vuelta y se fue -¡Nero!- Stelaris se quitó de encima de Alek y completamente desnuda fue detrás de su hermano, que ya se marchaba hacia su habitación -¡Espera, Nero!- él, por supuesto, no esperó -¡Espera, joder!- ella le agarró del brazo y lo estampó contra la pared para que no se moviera -Escucha, eh, esto no...-
-Si vas a decirme que no es lo que parece y que solamente te estaba rascando el alma, que te picaba, ahórratelo. No somos niños, Stelaris- quiso irse, pero ella le retenía.
-Nero, a ver...-
-Apestas a alcohol, maldita mocosa de mierda- gruñó -Estás como una cuba ¿no?-
-Solo quería pasármelo bien, Nero. Déjame que te diga que... Es que Alek...-
-Me importa una mierda, Stelaris- la empujó para quitársela de encima, por el hombro -Me importa una mierda lo que hagas con tu cuerpo y con cualquier persona ¿Pero sabes lo que acabas de hacer? Acabas de follarte al hermano de Anya- gruñó de nuevo. Estaba furioso -Estabas cabalgando al hermano de Anya, de la esposa de tu hermano mayor, un hijo de los Carstad ¡Y estás casada con un Dusk, imbécil!- Stelaris cerró los ojos con fuerza ante aquel grito -Si Reven se entera de esto va a estallar una puta guerra porque no eres capaz de contenerte cuando se trata de beber- bufó -¿Cómo he podido ser tan gilipollas de pensar que podría haber un halo de esperanza, un pequeño hilo del que tirar para alcanzar la paz? Esta familia está maldita y no solo por Vian, está maldita porque todos y cada uno de vosotros lleva la guerra escrita a fuego en la sangre ¡Sois motivos vivientes para crear conflictos cuando se cierran frentes peligrosos!- Nero lanzó un furioso puñetazo a la pared.
-Nero, Nero escúchame...- la rubia volvió a acercarse a Nero, esta vez más calmada, más suave, más sugerente -Escúchame... ¿vale?- le miró a los ojos -Cálmate, respira. Piensa. No sirve de nada contar nada de esto ¿no? Como tú dices, habrá guerra, conflicto, pelea y muerte. Es mejor tener la boca cerrada...- Nero solo podía intentar mantener la respiración controlada, forzándose a no causarle un severo daño a su hermana debido a la furia que le invadía -Y ya sabes cómo soy. Realmente soy buena, soy complaciente y agradecida. Mira, no he podido evitar pensar muchas veces en las razones por las que no has tenido hijos con Nashra y he llegado a conclusiones ¿Quizá es que te gustan de otro tipo? Más altas, menos niñas, con un cuerpo más...- se comenzó a apretar con él -No sé ¿Y si hacemos un trato en tu habitación, más tranquilos, en lo que Alek se viste...?-
-¿Te estás escuchando, insolente?- al preguntar aquello, Stelaris retrocedió como si Nero quemase como un hierro al rojo vivo.
-Por Leviatán, qué estoy haciendo...- se preguntó, de golpe, llevándose las manos a la cabeza.
-Vístete y vete a la puta fiesta, Stelaris. Estás perdiendo el control. Y procura que el follador de Alek aparezca por otra dirección y en otro momento que no sea a la vez que tú; péinate, maquíllate y finge que te encuentras mal a causa de la bebida- sin más, se dirigió hacia su habitación.
-Lo siento...- sollozó Stelaris -Lo siento...- alzó la mirada. De pronto, ver la espalda de Nero alejándose la hizo desesperar -¡Lo siento! ¡Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento!- repitió en bucle -¡Lo siento, Nero! ¡Lo siento!- la única respuesta de Nero fue cerrar su propia puerta con un golpe seco que retumbó en los pasillos tanto como los llantos de Stelaris.
No hay comentarios:
Publicar un comentario