miércoles, 11 de septiembre de 2019

ANYA

Una carrera a través de las calles de un pueblo fronterizo no era algo que la princesa había esperado como bienvenida, después de tantos años, de su reino natal. Cuando echó a correr, dejó que sus piernas la llevasen a una velocidad a la que no había corrido desde hacía mucho tiempo. Tuvo que esquivar a numerosas personas que la miraban con sorpresa al no esperar a una muchacha correr en pos de algo invisible a simple vista. Incluso mientras lo hacía, acabó perdiendo de vista a Nero, quien los primeros segundos de persecución se había mantenido a su lado. Pero ¿Por qué estaba dando todo de sí? Aquel móvil, realmente, le importaba muy poco. En nada repercutía a sus planes si todo Branna se enteraba de que el Capitán de la guardia y la futura reina de Aeter se encontraban de visita. Tampoco había tenido intenciones en ningún momento de comunicarse con su esposo. Ni si quiera pensaba encenderlo. Pero el correr, desatarse y liberarse mientras se deslizaba por los sombríos callejones, cuando saltaba sobre cajas que había desperdigadas por el suelo o sorteaba diversos animales cuyos dueños ofrecían para negociar... era algo que, sin saberlo, su cuerpo lo había deseado desde que había puesto el primer pie en la arena.

Aquel pueblo no lo conocía de nada. Juraría que de niña jamás había estado en él. Y a pesar de que hacía veinte años que no paseaba por el reino, pudiendo haber olvidado la arquitectura y las formas características de todas las ciudades del país, se sintió como en casa. De aquella manera, la carrera no le costó demasiado sobre esfuerzo. Si algo recordaba, era que todos los cimientos de Branna se habían construido sobre el mismo plano: calles centrales anchas y extremadamente largas, que desembocaban a ambos lados en pequeños distritos, agrupaciones de hogares, pequeñas y construidas las unas sobre las otras. Por ello, cuando llegó al fin de la calle comercial, comprendió que, si el ladrón no se había escondido en una de las casas, debía estar escondiéndose a la sombra de las mismas. 
Dejándose llevar por su instinto, Anya se subió a una enorme caja de madera que yacía en la esquina de una calle, tras una fachada. Después, se subió a otra más que había junto a la misma. — ¿Qué estas haciendo? — preguntó Nero agitado segundos después. Había estado siguiendo a la chica con cierta distancia.
— ¡Busco altura! — le indicó ella, que sin decir más, comenzó a moverse por los tejados de las casas en cuanto pudo tomar impulso para escalarlos. Desde allí arriba, el horizonte arenoso se dibujaba al límite de su vista. El sol chocaba con fuerza contra su piel, de forma tan violenta, que incluso los vellos se le ponían de punta. Tomó aire con fuerza y lo soltó, justo antes de empezar a saltar de techo en techo.
Tal y como había sospechado, la altura le daba ventaja. Desde su posición observar sin dificultades todo lo que acontecía bajo sus pies. Algunas personas paseaban, otras paseaban a sus animales y otras se dedicaban a limpiar las aceras de sus respectivos hogares. Anya había conseguido recordar a aquel ladrón: pelo largo oscuro, piel tostada, ropa clara y sonrisa pícara. Sin embargo, nadie con aquellas características apareció en su campo de visión, de forma que no le quedó otra opción que seguir saltando de tejado en tejado hasta que ya no le quedaron más techos sobre los que saltar. Por fortuna, le encontró justo en el momento en el que pensaba que iba a desistir. Estaba a las puertas de un hogar, en el umbral. Trasteaba con el teléfono que ya había encendido mientras negociaba con otro hombre, aparentemente el dueño de la casa, sobre la venta del mismo. La princesa sopesó las posibilidades. Si bajaba con cuidado, quizás no le daría tiempo a pillarle. Si hacia ruido y llamaba la atención, escaparía... y si Nero llegaba antes, quizás lo espantaría. Sólo le quedaba una opción. Tomó impulso caminando hacia atrás y después corrió hacia el borde del edificio, saltando al vacío y cayendo sobre el ladrón tal y como había planeado. Fue una caída dolorosa, por supuesto, pero el chico quedó derribado bajo su cuerpo. — ¡Tú, devuélveme mi móvil! — le ordenó.
— ¡Oh, vaya! ¡Guardias! ¡Guardias! — gritó el hombre de la casa, asombrado por la chica que acababa de caer del suelo.
— ¡Usted cállese!
— Sí, sí, por favor. No los llames — insistió el chico, que apenas duras podía ponerse en pie. ¿Tanta fama de ladrón tenía, que no quería que los guardias le viesen? Anya se incorporó con un moviento ágil, y para no dejarle escapar, colocó su rodilla sobre la garganta del chico. 
— Dame mi móvil si no quieres que te apresen — le amenazó. A la espalda de ella, apareció Nero tras girar una esquina. Jadeaba debido a la carrera y al intenso calor, pero aún le quedó aliento para expirar cuando se encontró la escena. 
— Está bien, está bien. Vosotros ganáis. Lo tengo en el bolsillo ¿Me vas a dejar cogerlo? — preguntó burlon. Sonreía mostrando todos sus dientes, pero su rostro expresaba una mueca de dolor. La princesa soltó el agarre de uno de sus brazos, con el cual le tenía completamente inmovilizado. Lentamente, el joven llevó su mano al bolsillo de sus anchos y abombados pantalones, y con rapidez, extrajo una navaja. Si quiso clavársela a la chica o solo intimidarla, fue algo que no pudo llegar a saber, pues Nero, haciendo acopio de habilidosos reflejos, pateó su mano haciendo volar la navaja unos metros más allá en la calzada.
— Miserable ladrón, suelta ya el móvil — le ordenó Nero con seriedad. El muchacho miró de un lado para otro, observando como ante el revuelo, decenas de vecinos habían salido de sus casas para curiosear. Suspiró con resignación al comprender que estaba demasiado expuesto como para conseguir salir victorioso de aquel lugar. De nuevo, llevó una mano al bolsillo, pero esta vez al contrario, mostrando el móvil. Tenía la pantalla rota, hecha añicos, pero a Anya no le importó. Se lo arrebató de un tirón para, finalmente, ponerse en pie.
— Ya está, ya es tuyo. Todo el mundo de nuevo a sus casas, el espectáculo se ha acabado — sonrió, haciendo aspavientos con las manos. Algunos vecinos hicieron lo sugerido. — Maldita sea ¿Quienes sois vosotros? — preguntó en voz baja.
— ¿Qué te importa? — preguntó la chica, comprobando que al teléfono no le faltaba nada, ni si quiera el chip localizador oculto tras la batería. 
— Bueno, está claro que no sois de aquí — encogió los brazos — ¿Una chica de Branna con acento extranjero? 
— Somos turistas — explicó Nero. — Ahora lárgate. Roba en otro sitio — se despidió Nero.
— Espera, espera — se apresuró Anya a decir. — Tú, necesito que me digas una cosa — señaló al joven. — Mi móvil está roto y nos has hecho correr hasta aquí, todo por tu culpa. Si no quieres que llame a los guardias y de parte de lo que has hecho, tendrás que devolverme el favor ¿No? — preguntó con seguridad. A su lado, sintió la vista de Nero clavada en ella, curiosa.
— Oh, por Ifrit. No hago encarguitos de parejas — comentó con asco, intentando ponerse en pie mientras se sacudía la ropa, la cual tenía llena de arena.
— Necesito información, eso es todo — explicó. — Y no somos pareja.
— Sí que lo somos. Deja de fingir que eres dura — se adelantó Nero. Anya lo miró con una cara repleta de desprecio. ¿A que jugaba?
— Bueno, está claro que resolver problemas de pareja tampoco sé — se burló el ladrón.
— Oh, por los cielos — gruñó la chica. — Buscamos flores, Suspiros de la Dama. ¿Las conoces?
— Claro que sí. Todos las hemos usado aquí alguna que otra vez. Pero para tener problemas respiratorios, te veo demasiado entera. — Anya y Nero se miraron ante aquella confesión tan extraña.
— ¿Por qué lo dices? — preguntó el Capitán.
— Las Suspiros de la Dama se usan para paliar problemas respiratorios. ¿No las buscáis por eso?
— Sí, sí. Las buscamos por eso, pero no es para nosotros — mintió la chica.
— Pues puedes encontrarlas en cualquier mercado que se dedique a vender medicinas naturales, no es ningún misterio. 
— ¿Cuantos comercios de medicinas naturales hay aquí?
— Uno o quizá dos. Si os movéis por otros pueblos, encontraréis más. Y en Mastán, un pueblo que hay a unos seiscientos kilómetros de aquí, hay una plantación bastante grande. El dueño de la misma es quien abastece a todos los mercados de Damas ya tratadas y destiladas para su uso. Allí podréis comprar más si lo que queréis es llevaros un cargamento entero para casa — detalló con despreocupación.
— Es todo lo que necesitamos saber, gracias. — Nero extendió el brazo, tomando el codo de Anya para que le siguiese, pero una vez más encontró resistencia. 
— ¿Vas a volver a robar? — preguntó la princesa, tomando por sorpresa a los presentes. Sabía que la pregunta había sonado rara. Demasiado rara. 
— ¿Qué pregunta es esa, señorita? — sonrió el muchacho de forma indiferente. — Si vas haciendole ese tipo de preguntas a todo el mundo por aquí, todos te contestarán los mismo. Branna es un reino de ladrones, aquí todos vivimos así. ¡Informaos antes de viajar! — terminó por decir. Anya hubiese deseado intercambiar más palabras con él, pero el muchacho comenzó a marcharse. Quizás estaba harto de atender a sus cuestiones, o puede que se sintiese incómodo ante una pregunta tan personal. Desapareció entre los callejones, dejando a la princesa con una mirada atónita y preocupada.
— ¿Por qué le has preguntado eso? — quiso saber Nero.
— Curiosidad — mintió la chica. Branna nunca había sido un reino de ladrones.


Cuando regresaron al coche, fue Nero quien tomó el asiento del conductor y Anya el de copiloto. Según lo acordado, debían mantener las distancias con Logan para no llamar demasiado la atención. Si miraban al retrovisor del vehículo, observarían que al final de la calle, el soldado tomaba un coche similar al de ellos preparado para seguirles con prudencia. — ¿Sabes que hace años que no conducía? — confesó Nero. — Vas a tener que disculparme si estoy un poco oxidado.
— Mientras no volquemos... — comentó la chica, poniéndose el cinturón. El Capitán aprovechó el momento para arrancar el coche y ponerse en marcha. — ¿Sabes ir hasta Mastán?
— Si las carreteras están bien señalizadas, llegaremos sin problemas. Y si no... Logan tendrá que dar un rodeo para encontrarnos cuando perdamos la orientación — aseguró. Anya echó la vista de nuevo al retrovisor. El guardia también se había puesto en marcha y los seguía. — Para la próxima vez, procura llamar menos la atención. Parece mentira que en el primer día ya hayamos sufrido un percance.
— ¿Me estás culpando de que me hayan robado? — preguntó sorprendida.
— Tu culpo de escalar las paredes como si fueses un mono. 
— Oh, perdone usted, señor-me-dedico-a-correr-sin-más.
— Hubiese encontrado al ladrón tarde o temprano — aseguró, tomando un primer desvío hacia la carretera nacional.
— Si, ya — Dada la calor y la situación de intimidad, Anya decidió quitarse la gorra y las gafas de sol que había estado luciendo para que nadie la reconociese.
— El caso es que tu cara ahora está en todas partes. Te acabas de casar con Vian y la gente espera de ti la frescura de una nueva generación. Las revistas, la prensa televisiva... no hay medio que no hable diariamente de ti. Procura pasar lo más desapercibida que puedas, porque la mayoría de la gente puede reconocerte. Y las cosas están demasiado caldeadas desde la muerte de Lucce... si diesen con nosotros, no podremos hacer nada. No nos dejarán y empezarán a preguntarse qué hacemos aquí — recordó.
— Ya, ya lo sé. Me lo habéis repetido todos un par de veces — se quejó. 
— Hacernos pasar por pareja me parece buena idea — aseguró despreocupado.
— ¡¿Qué?! Ni hablar. El numerito de antes ha sido suficiente.
— Y se lo han tragado — sonrió sin apartar la vista de la carretera. 
— Me da igual. No pienso fingir nada de eso contigo. Estoy casada, felizmente casada — insistió. Nero decidió no comentar nada al respecto, lo que extrañó a la chica. ¿Que sabía él de su matrimonio? — No es propio — añadió con un deje preocupado y fingido. Aunque era verdad que no quería fingir nada con él, claro. Tenía suficiente con fingir respeto a Vian.
— Pero es el mejor papel con el que contamos. Somos jóvenes, tenemos una edad parecida y nadie sospecharía de una pareja cualquiera. Además, a ti se te da bien fingir — recordó con sorna.
— Oh, otra vez con esas... — se cruzó de brazos. 
— Vamos, mujer, que sólo es un papel para cuando estemos en público. Respeto a Vian, es mi hermano.
— ¿Quieres decir con eso que mi opinión no cuenta? ¿Es respeto a Vian lo que tienes y no a mi? — preguntó inquisitiva, haciendo que Nero comenzase a reirse a carcajadas.
— No sabes coger una broma — alegó.
— ¡Oh, por Leviatán! — bufó. — Centrémonos en la misión ¿Quieres? Es para lo que hemos venido aquí — insistió, lanzándole una mirada envenenada. A decir verdad, en sus planes no estaban asesinar a Nero en Branna, sin embargo, empezó a parecerle una buena idea adelantar los acontecimientos. Si lo estudiaba bien... — Ese tipo dijo que las Damas se usan como medicina natural ¿No? Juraría que el doctor dijo que el veneno que habíamos tomado Lucce y yo procedía de la misma flor. ¿No nos habremos equivocado?
— No lo creo. El doctor que trata a Vian es una eminencia en su campo, jamás se equivocaría — reflexionó. — Hay algo que se nos está escapado. 
— Sea como sea, el veneno estaba en palacio. Alguien lo tenía y alguien lo puso en nuestras tazas — recordó, sembrando con sutileza las sospechas y las dudas en la cabeza del Capitán. Cuando decidió envenenar a Lucce, no pensó que las repercusiones sobre la confianza y la seguridad en palacio que sembraría en los Aeter. Si pudiese conseguir que sospechasen los unos de los otros, entre ellos... Quizá su plan se volvería más sencillo. Quizá los Aeter se destruirían poco a poco a sí mismos, y finalmente, ella solo tendría que actuar. Dar el último golpe. El golpe de gracia.

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