Nero
Todo cuanto acontecía se estaba convirtiendo en un gigantesco huracán, un torbellino sin precedentes que amenazaba con derribar los últimos peldaños de cordura dentro de una familia que ya, de por sí, cada vez lucía menos valores de los que enorgullecerse. La vertiginosa carrera de Logan con la princesa en brazos, la de Nero con Lucce perdiendo sus entrañas a través de litros de sangre espesa que empapaban las ropas del príncipe que lo cargaba... y los posteriores gritos de Selana. Si aquello no era un trocito del infierno, pronto se desataría.
La carrera contrareloj había comenzado desde antes de que llegasen para ayudarlos, por lo que se podía decir que la enfermedad y maldición de Vian en aquellos momentos fue más una bendición y una suerte, dado que tenía a un médico preparado 24 horas y una sala provista con todo tipo de artilugios y material médico que pudiese necesitar para tratar al debilitado heredero. Aunque no era él a quien debía tratar en ese momento.
-¡Aquí!- clamó Logan, entrando en la habitación, seguido de Nero -¡Rápido, la princesa Anya!- el médico acababa de llegar, tan veloz como pudo, que fue bastante. La familia real le había dado el placer de tener una vivienda prácticamente colindante con el palacio para que nunca tardase más de un par de minutos o tres en llegar. El pobre hombre estaba en pijama bajo la bata blanca.
-¿Se sabe qué ocurre?-
-¡Tú eres el médico, demonios!- gruñó Logan -Sálvala- ordenó friamente
-¡No la toques!- rugió Selana con el rostro rojo por la irritación y las mejillas empapadas de lágrimas que se empañaban además con restos de rimel oscuro, como su lamento -¡No toques a esa mujer! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo va antes!- como poseida por alguna entidad demoniaca arremetió contra Logan de un fuerte empujón. Teniendo en cuenta el tamaño y la fuerza del soldado, que lo apartase fue realmente sorprendente -¡Ven aquí, imbécil!- rugió a Nero para que depositase al inherte Lucce sobre la camilla, a lo cual el príncipe obedeció.
-No podemos dejar a uno de los dos desatendidos- dijo Nero mientras se apartaba de Lucce. Ambos estaban cubiertos de sangre.
-Me da igual- dijo la reina sin apartar la vista de su hijo y del médico que corría a tomar sus pulsaciones y a comprobar su estado
-¡Ella parece estar mejor! ¡Quizá podamos...!- un sonoro bofetón por parte de Selana hizo que Nero cerrase la boca a la velocidad del rayo.
-Cierra la boca. Tú eres el menos indicado para decirme a mí por quién me debo preocupar, insignificante gusano- casi se atragantó con el insulto -Lárgate de aquí ¡Vete! ¡Que te vayas!- perdió los nervios la reina, golpeándole el brazo y el hombro repetidas veces hasta Nero cedió y se marchó. Consternado, pasó abriéndose paso entre el servicio tras echar un vistazo a todos los que esperaban fuera. Estaba claro y no debió sorprenderle que Helion no estuviera allí, de modo que fue en su busca.
Logan
Sangre y lágrimas, así es como hubiese bautizado toda la larga noche. El médico, pese a todos sus esfuerzos, acabó declarando el fallecimiento de Lucce, aunque para desgracia de la reina, consiguió salvar a Anya. No porque la quisiera muerta, quizá no aún, pero que ella viviera y su hijo no fue considerado como un grandísimo insulto por parte de la vida misma. A Anya, por su parte, le practicaron un lavado de estómago que consiguió extraerle el veneno para salvarla y así intentar analizarlo. A la mañana siguiente parecía estar lo bastante estable para que el médico le diese permiso al soldado para llevarla a su habitación Vian, su marido, pidió que la llevasen a otra habitación y no a la del matrimonio para que pudiera descansar mejor, de modo que durante su convalecencia, Anya descansó en la cama donde había estado durmiendo antes de la boda. Durante todo ese día estarían en paz, pues toda la familia se encontraba en una suerte de velatorio donde lloraban angustiados el cuerpo de Lucce, por si de alguna forma milagrosa que debían agradecer a Leviatán, volvía a despertar.
-Eres tan valiente como estúpida- dijo Logan con una sonrisa en los labios, viéndola medio muerta en la cama. Se permitió el lujo y detalle de peinarle suavemente los cabellos que se le pegaban al rostro debido al sudor que le provocaba la altísima fiebre que sufría -Pero lo has logrado. Increible- masculló, arrastrando pesadamente una silla al lado de la cama y sentándose como si le pesaran los años -Quizá deberíamos hablar del siguiente paso, pero algo me dice que no estás en condiciones- Arenea nisiquiera le miraba, sus ojos estaban cerrados y luchaba por seguir respirando -Tómatelo como un descanso, si quieres, pero el tiempo juega en tu contra. Con un muerto a tan poco tiempo de la boda...- Logan negó con la cabeza -Pese a tu envenenamiento, tendrán sospechas. Más bien histeria y paranoia sobre cómo ha podido suceder- el soldado se dejó caer sobre el respaldo de la silla y cruzó los brazos -Para el siguiente de los muertos, creo que tendré que echarte una mano para quitarte la sombra de encima...- se mesó la barba, pensativo.
-Lucce...- balbució Arenea -Lucce...-
-¿Qué dices?- preguntó Logan inclinándose hacia ella.
-Lucce... ¿Está... de verdad...?-
-Sí, Arenea Branna- dijo Logan con cierto orgullo en la voz -Tu primera víctima, Lucce Aeter, ha fallecido ayer a la tierna edad de 15 años envenenado según nuestro plan. Oficialmente muerto y sin posibilidad de retorno- sonrió. Al decir aquello, con esfuerzo, Arenea volteó su rostro empapado para mirarle. Sus ojos estaban vidriosos y sus globos oculares eran prácticamente dos hierros al rojo de tan irritados que estaban por la fiebre. Pese a todo, la fuerza de voluntad y determinación de la chica se mostró abriendo una grieta en su rostro al sonreir igualmente triunfante. Rompió a reír incluso. Dos carcajadas justas... y empezó a toser sangre -Basta, basta, florecilla- Logan tomó un pañuelo de la mesa de noche y le limpió las comisuras rojizas a la chica con mimo y dedicación -Descansa... Tienes todo el tiempo del mundo por delante, al contrario que él- se carcajeó -Mañana será el funeral. Selana lo quiere enterrar en el patio, bajo el árbol donde siempre le gustaba leer y oler las flores- anunció.
-Iré...-
-Estás loca- observó Logan -La fiebre no te deja pensar con claridad. No estás en condiciones de...-
-Iré- repitió y esta vez le estaba mirando de nuevo, pero sin sonrisas. Era una mirada fría que, paradójicamente, ardía de convencimiento y determinación. Logan se vio enternecido por esa expresión tan guerrera y con cuidado, volvió a apartarle los cabellos del rostro, ya que le habían caido de nuevo al mirarle.
-Está bien, florecilla. Está bien. Mañana hablamos. Ahora descansa- se fue a poner en pie apartando la silla cuando escuchó a Arenea balbucear de nuevo.
-¿Por qué me llamas... así?- tosió.
-¿Que por qué?- rio - Mírate. Has eclosionado; has germinado. Has roto las barreras de la tierra y estás esparciendo tus raices mientras te alzas lentamente sobre tus enemigos. Has dejado de ser la semilla de la venganza para ser una flor cuyos pétalos son las llamas de la rebelión- suspiró pensativo -Fíjate, Arenea, que vas a lograr que me enamore de tí- con esas últimas palabras se marchó, dejando a la chica descansar.
Nero
Al día siguiente les recibió la lluvia que parecía más que apropiada para la clase de jornada que les esperaba por delante. Lucce no había despertado, como era de esperar. El sacerdote del Templo había llegado cerca del mediodía para oficiar la ceremonia de despedida y su poco decoro a la hora de fingir lo que sucedía llamó la atención de la gente de a pie, que se aglomeraban en la entrada de palacio junto con algunos medios de comunicación ¿El sacerdote del Templo vistiendo las galas oscuras mortuorias dirigiéndose hacia el palacio? Algo había sucedido, sin duda. Eso era lo que pensaban todos aquellos infelices en el exterior ¿Aunque qué se podía decir del interior? El ataud del joven reposaba sobre el agujero donde sería enterrado, bajo aquel hermoso árbol rodeado de flores. Un par de anchos tablones de madera impedían que el féretro descendiese antes de tiempo mientras el sacerdote dedicaba unas oraciones y bendiciones de Leviatán al recién fallecido y a la familia; familia que, por supuesto, estaba herida de muerte. Todos estaban allí, como era de esperar: primero, todos los sirvientes y sirvientas se encontraban atrás, en fila, como si conformaran un pasillo por el que pasó cada miembro de la familia. Luego estaban los vasallos y sus familiares, entre los que se encontraban, claro está, los padres de Nashra y Reven, aunque los niños de éste último con Stelaris se quedaron en casa debido a su corta edad. Más adelante, obviamente, estaba la familia real. Selana estaba derrotada, sobre sus rodillas, dándole igual cuánto se llenase de hierba y barro. Helion solo depositaba una mano sobre el hombro de su esposa mientras sostenía su paraguas. Reven y Stelaris estaban el uno junto al otro bajo el mismo paraguas pero mantenían una tensa distancia entre ellos mientras la rubia no hacía más que quitarse las lágrimas de los ojos tratando de no arrugar demasiado su faz. Vian, por su lado, también contaba con un hueco entre las filas. Se sostenía sobre su bastón y se encontraba junto a Anya, como era de esperar. Logan sostenía el paraguas y a su vez, mantenía en pie a la enferma princesa que trataba de mantener el alma viva para poder presenciar semejante escena de dolor. Por último, Nero y Nashra se encontraban por igual protegidos de la lluvia mientras la chica se abrazaba dolida y llorosa a su marido, que no derramaba lágrima alguna, pero que sentía el alma compungida. La banda sonora la componía el repiqueteo de la miriada de gotas que descendían sobre los paraguas y el féretro y los altísimos lamentos desconsolados de Selana, que se desgañitaba pidiendo a su hijo que volviera a sus brazos. Falso. Todo falso. Todo más que falso, una vez más.
-Que su alma la reciba el Gran Señor y le bendiga con las aguas eternas, donde reposará por siempre, aguardando nuestra llegada al Gran Mar- acabó el sacerdote mirando con pesar a la reina -¿Majestad...?-
-Selana, recomponte- dijo Helion -Debemos proceder-
-No quiero...- sollozaba -Mi hijo, no...-
-Adelante- dijo Helion finalmente, al ver que Selana no respondía como debía. Dos soldados de la guardia de palacio retiraron los tablones de madera y comenzaron a bajar el cuerpo, haciendo que la reina llorase aún más.
-¿Estás bien?- preguntó Vian a Anya, que parecía especialmente inquieta. Temblaba como un flan bajo el amparo del brazo de Logan.
-¿Princesa...?- Logan se agachó un poco para mirarla, pero finalmente Anya se apartó un poco pues empezó a vomitar. Tosía y vomitaba, en general, sin control.
-Suficiente- ordenó Vian -Llévala a su habitación, Logan-
-Sí, alteza- Logan ayudaba a Anya a mantenerse en pie -Vamos, princesa. Por favor, acompáñeme-
-Por favor...- pidió Anya -Quiero... Quiero estar...-
-Estás enferma- reprochó Vian
-No lo suficiente...- contestó ella con ojos fieros y le miró de arriba a abajo. Vian apretó con fuerza el bastón.
-Que haga lo que quiera- concluyó finalmente. Logan, que la sostenía, la ayudó a enderzarse y le susurró al oído.
-¿Por qué no descansas?-
-Quiero echar tierra con mis propias manos...- masculló, nerviosa y excitada a la vez.
Cuando ya el ataud reposaba bajo la tierra, uno por uno, los familiares fueron pasando a echar un puñado de tierra como último adiós. Selana fue la última, pues se deshacía en pesares. Era incapaz. Cada vez que tomaba un puñado de tierra, esta se le caía de las manos por la tensión y la incapacidad de controlarse a sí misma. Pero entonces vio a Vian junto a Anya echar tierra sobre el ataúd, y después a Nero con Nashra. Su cara cambió entonces como si se hubiese puesto una máscara, pues se puso a pensar. Caminó con decisión, con esa dureza que la caracterizaba. Encogió la barbilla soportando el llanto al echar la tierra sobre el ataúd de su hijo. Helion caminó hacia ella e intentó abrazarla, pero se apartó.
-¿Selana?-
-No me toques- bufó -No quiero que nadie me toque, ni me dirija la palabra. Hoy no quiero ver a nadie ¿Está claro?- dijo a todos los presentes -A nadie, es nadie. Ni siquiera a tí, Vian. No quiero un recuerdo más de esta maldición-
-Selana ¿Te estás oyendo?- Helion la quiso tomar del brazo. Sabía que su mujer estaba ida, pero ésta aún se resistía a que la tocara.
-¡Detente, maldito seas!- rugió -¿Es que crees que no he visto esas marcas en sus manitas? En sus dulces y suaves manos...- casi rompió a llorar de nuevo, pero se recompuso -No... Esto no quedará así- suspiró -No se detendrá, Helion. Y lo último que necesito es ver a otro de mis hijos sufriendo por esas... marcas del demonio de Branna- todos guardaban silencio. Incluso Vian -Y en especial a ti...- miró a Nero -¿Por qué no has sido tú?-
-Selana, basta- Helion hizo el último intento de aplacarla, pero esta vez no fue solo el apartarse, sino que se atrevió a empujar al rey.
-¡Cállate!- volvió a tronar como el mismo cielo tormentoso -¿Es que encima estoy haciendo mal?- se señaló llevándose las manos al pecho -¿¡Estoy haciendo mal, Helion!? ¿¡Por desear que muriera ese bastardo antes que la sangre de mi sangre!?- al decir aquello, el tiempo pareció detenerse. Todos comenzaron a murmurar y Nashra no le quitó el ojo de encima a Nero. Logan y Anya, tampoco.
-Selana- advirtió Helion -Estas cruzando de nuevo terreno peligroso-
-Ah... Tú y tus vergüenzas... ¿Pues sabes qué, Helion? Hoy, que estoy en pie junto a la tumba de mi pequeño, me dan igual tus vergüenzas, tus orgullos y cualquier tipo de sentimiento. Hoy solo me sirvo yo misma, hoy solo me vale mi dolor ¡Mi dolor!- se golpeó el pecho con desenfreno -¡Y sí!- miró a Nero -¿¡No ha bastado mi indiferencia para hacértelo ver!? ¡Tú no eres mi hijo!- le señaló con el dedo -¡Tú eres el resultado de una noche de devaneo del magnífico y todopoderoso rey de Aeter! Y por Leviatán, sí. Oh, sí, Nero. Ojalá hubieses sido tú. Ojalá fuese tu cuerpo el que está ahí, en ese ataúd, y fuera mi niño el que estuviera llorándote junto a tu difunta esposa. Yo, seguramente, me estaría riendo por dentro para no faltar el respeto a los pocos que pudieran sentir el más mínimo apego por un ser desdichado y amargo como tú- Nero la escuchaba en silencio, pero con la mirada fría del hielo -Ojalá hubieses muerto tú, Nero- repitió Selana -O en el mejor de los casos, ella- miró a Anya -Envenenada igual que mi hijo pero ella lo soporta y sobrevive-
-¡Basta!- esta vez fue Vian el que habló, dando un golpe con el bastón en el suelo -Es mi mujer y no toleraré insultos semejantes. Está sufriendo tanto como sufrió Lucce pero ella tiene la suerte de seguir viva. No toleraré, madre, que viertas tu frustración y dolor en la única persona que sabe cómo se ha sentido mi hermano pequeño antes de morir. De compartir esa carga con él- sentenció.
-Enterremos a Lucce- ordenó Helion con un gesto a los soldados -Y vayámonos de aquí. Esto es un espectáculo bochornoso que hasta hará que mi hijo se esté revolviendo en su tumba, avergonzado de su madre- se quejó el rey -¡Vamos, todos a vuestros asuntos!- ordenó impaciente -No más espectáculos, Selana. Ni una salida de todo más, ni más estúpidas bravuconadas. Te va a salir caro- gruñó.
A la orden del rey, todos se fueron replegando tanto con pesar como con sorpresa con la revelación de Selana. Nero era el único que no parecía tener intención de marcharse.
-¿Cielo...? ¿Estás bien?- preguntó Nashra.
-Sí- dijo Nero sin más -Ten- le dio el paraguas -Vuelve a palacio-
-Pero... Nero yo no...- al coger el paraguas, él quedó fuera de la protección. La lluvia comenzó a calarle hasta los huesos en pocos minutos.
-Nashra- llamó Nero -Si de verdad quieres hacer algo por mí... déjame solo, por favor- aquel tono de voz, apagado y triste, casi le rompe el corazón a la joven Nashra. Queriendo complacer las necesidades de su marido, le abrazó un instante y luego le dejó a solas. Nero permaneció allí un tiempo bajo la lluvia, ante la tumba ya cubierta de Lucce, ambos a solas.
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