jueves, 5 de septiembre de 2019

ANYA

Lucce era, sin lugar a dudas, el objetivo más fácil.

Anya no necesitó pensar demasiado en como orquestar el plan. En su cabeza todo se había dibujado de forma autónoma, tan fácil, que le parecía imposible que algo pudiese salir mal después de todo. Si algo caracterizaba al príncipe, era su falta de confianza. Pero, ¿como culparle por ello? ¿Quien no se fiaría de una cuñada educada y pacífica? Podría haber sentido lástima por él, de no ser porque su odio era tan desmedido, que la sangre era lo único que le importaba a aquellas alturas.

Al principio fue sencillo: tomar té diariamente en el jardín hasta que Lucce se acostumbró a acompañarla cada día. Llegar hasta aquel punto le tomó algo más de dos semanas, pero cualquier tiempo invertido era necesario para que nadie pudiese acusarla de los actos que iba a cometer. Por eso, aquella tarde, el servicio ya se había encargado de preparar una mesa llena de pastas y pequeños dulces, así como una tetera caliente. 
Lucce había acudido una hora después de comer, como siempre. Pero aquel día no encontró a la chica sentada sobre la silla con las piernas cruzadas, ni si quiera cerca del velador donde pasaban las horas charlando de asuntos banales. Tuvo que darse un pequeño paseo por los setos podados que indicaban caminos curvos en los que caminar, hasta que la encontró. Estaba de puntillas, admirando unas flores que habían crecido después de una época fresca en varios de los árboles que rodeaban la zona. Anya fingió estar interesada, oliendo la leve fragancia que los pétalos blancos desprendían.
— Oh, estás aquí — la saludó. Llevaba las manos metidas en los bolsillos, una señal más que clara de que aún sentía vergüenza al tratar con ella.
— ¡Lucce!¿Como estás? ¿Has visto las flores? — preguntó animada. 
— Sí, ha llegado la época del año en la que florecen. ¿Te gustan? — preguntó a la altura, acercándose a la chica.
— Me encanta. Además, huelen estupendamente. Son maravillosas — insistió. Sabía que al príncipe le encantaban las flores ¿Como no darse cuenta? Siempre estaba leyendo libros, tanto en el jardín como en el salón. Incluso a veces durante la cena. Y siempre, siempre, marcaba sus páginas con una flor seca. 
— ¿Quieres una? Espera, espera — se apresuró. Lucce era joven, apenas un crío adolescente, pero era más alto que ella. Todos en la familia habían heredado la altura de Helion, de forma que sólo Anya y Nashra componían las más bajas estaturas de la familia. El príncipe alargó el brazo hasta arrancar una de las flores, la cual cedió con manos temblorosas a la princesa.
— Muchísimas gracias — le sonrió. Posteriormente, comenzó a abrir un poco la flor con las manos, separando los pétalos. Volvió a olerlos, disfrutando del aroma. — Este olor me es familiar — aseguró.
— ¿Ah, sí? 
— Sí. Diría que alguien en palacio tiene un olor similar a este.
— Seguramente será Stelaris. Tiene muchísimos perfumes, uno para cada momento del día. Mis hermanos y yo usamos otro tipo. No creo que huela a flores — aseguró. Instintivamente, acercó su nariz a su pecho, lo que provocó en Anya una carcajada más que fingida.
— No me refería a vosotros — aseguró. Con confianza, cruzó su brazo con el del chico para caminar en dirección al velador. Sintió el cuerpo tenso del chico en su costado. Ella le imponía algún tipo de respeto. — Tampoco a Stelaris. Los perfumes que usa Aris son afrutados. Ella siempre huele a ciruelas, a melocotón... a veces a fresa.
— Sí que te gustan los perfumes.
— ¡Me encantan! En Carstad mi padre siempre me regalaba un perfume diseñado para mi en épocas señaladas. Los echo tanto de menos...
— ¡Yo podría regalarte uno! — se aventuró a asegurar — O Vian también podría, claro — se corrigió, calmando sus nervios y su risilla nerviosa.
— No te preocupes, no quiero causar molestias ni tampoco exigir regalos. No soy quien. Prefiero que las cosas entre nosotros vayan bien, ya sabes. Aunque tú y yo podríamos tener confianza, para contarnos nuestros secretos — le guiñó el ojo. Lucce supo a qué se refería. Después de varios días tomando té juntos, habían hablado de cosas sin importancia, pero también de asuntos personales e íntimos, como pensamientos u opiniones.
— Vale, vale. Pero te regalaré uno en la próxima festividad. 
— De acuerdo, de acuerdo...— suspiró — ¡Oh! ¡Ya se a quien me recuerda este olor! — confirmó — Tu madre tiene un perfume muy parecido a este olor.
— ¿Mi madre?
— Sí, estoy segura. Cuando llegué a Aeter olía a flores. Ya hace tiempo que no he vuelto a notar en ella ese perfume. Quizás se le ha agotado, o quizás ya no lo usa... Qué lastima — murmuró. — Me encantaría saber cual es.
— ¿Quieres que le pregunte?
— ¡No! No, por favor. Me moriría de vergüenza — fingió, mordiéndose el labio inferior con ternura e inocencia. — No quiero que la reina sepa que la admiro a niveles de... recordar el perfume que usa — se carcajeó.
— ¿Y si lo busco? Madre también tiene docenas de perfumes, los he visto. Tiene un tocador con una caja donde los guarda todos. La mayoría estoy seguro de que no los usa. Tampoco es que pase demasiado tiempo en su habitación, ya la has visto — suspiró — Siempre de acá para allá, siempre sin tiempo para los demás. Si te quedaras con ese perfume, seguro que no se daría cuenta — se encogió de hombros.
— ¿Harías eso por mi, Lucce? ¿Me traerías esa caja? Oh, me encantaría poder tener ese perfume para este fin de semana. Le prometí a Vian que cenaríamos juntos — insistió, con los ojos más brillantes que supo componer.
— Claro que sí, cuenta conmigo — sonrió emocionado. — Para lo que quieras pídeme ayuda siempre ¿De acuerdo? 
— Claro que sí, Lucce. Claro que sí.



LOGAN

Las sombras le daban un cobijo excepcional, únicamente quebrantado por la claridad lunar que se colaba entre las cortinas siempre corridas del prínicpe Vian. El guardia se dedicó a inspeccionarlo todo. Desde que Anya se había casado, no había tenido la oportunidad de revisar como era la estancia en la que ahora dormitaba cada noche. No podía permitir que nada escapase de su control ni se alejase de su alcance, ni si quiera un problema insospechado en el interior de una habitación conyugal. Todo tenía que salir perfecto. Por eso, cuando la princesa entró en la habitación, dio un sobresalto tras encontrárselo registrando la mesita de noche del príncipe. La chica cerró las puertas a sus espaldas con rapidez, nerviosa. Casi podía oír su corazón palpitar con fuerza, mientras que él, estaba relajado y seguro de lo que hacía.
— ¡¿Se puede saber qué demonios haces?! — preguntó ella, en la voz más alta que el umbral del susurro podía alcanzar.
— Dijiste que teníamos que vernos antes de mañana.
— Sí, pero no aquí, diantres. Podrían haberte visto.
— Un soldado hace guardia en la habitación de Vian desde que es adolescente. Ahora está ausente, desde que os habéis casado, para respetar vuestra intimidad. Pero aun así no sería raro ver a un guardia entrar — se excusó.
— Sí que es raro, no lo des más vueltas — se cruzó de brazos.
— No me han visto, mantén la calma. Procuré que el resto de soldados que había en el ala bajasen corriendo hacia el salón con una falsa petición de ayuda de un compañero. — aseguró. — ¿Qué querías? — Ante su pregunta, la princesa se movió deprisa hacia su mesa de noche. Abrió el último cajón, del que extrajo una caja de color blanco, bastante sosa y ordinaria. Al destaparla, reveló una docena de frascos de perfume en su interior que procedió a mostrárselos.
— ¿Cual es el que tiene veneno? Rápido. Lucce me la trajo la caja esta tarde y necesito que vuelva a estar en la habitación de Selana antes de que ella la eche en falta.
— No la echará en falta hasta mañana. Vian está con el médico en su revisión semanal ¿No es así? Selana está con él. Por lo que he podido observar, tardan un par de horas en terminar. No habrá problemas en devolverla a su lugar sin que me detecten.
— Eso podrías haberlo dicho antes. Le dije a Lucce que la robase por mi.
— Yo no hubiese sabido donde la guardaba, por lo que hubiese demorado demasiado tiempo en su habitación hasta dar con el frasco. Además, cuanto más manchadas estén las manos de Lucce en esto, menos te culparán a ti — recordó con seriedad. Anya chasqueó la lengua.
— Está bien.
— Es este — apuntó Logan, sacando el frasco de la caja bajo la atenta mirada de la chica. El líquido era idéntico al que vio en el templo, así como el frasco en el que el sacerdote lo vertió. 
— Muy bien. Encárgate de devolver la caja, déjame el resto a mi — instó la chica, guardándose rápidamente el frasco entre los senos y cediéndole la caja al hombre, quien rápidamente se dispuso a marcharse. — Mañana... Mañana es el día.

Logan salió de la habitación de forma apresurada, volviendo a caminar de forma ágil entre los pasillos, ocultándose entre las sombras. Era imposible contener la sonrisa.


ANYA


La tarde olía a humedad, hierbas y sangre, bajo sus sentidos.

Había llegado antes de la hora de siempre, cuando los sirvientes aún no habían traído el té. Estaba nerviosa, aunque no quisiera. Las manos le temblaban sobre el regazo y no podía parar de mirar de un lado para otro. Iba a actuar, pero cualquier movimiento que hiciese en aquel palacio entrañaba riesgos, y aquel, más que ningún otro. Necesitaba saber que Logan estaba cerca, que estaba velando por su seguridad, sin embargo, no le encontró. Para cuando los sirvientes trajeron el té, supo que ya no había vuelta atrás.

En el momento en el que consiguió quedarse sola de nuevo, sirvió té en ambas tazas expuestas, preciosas y con dibujos de flores. Derramó un poco sin querer, presa de los nervios. Seguidamente, sacó el frasco de veneno que había vuelto a ocultar entre los pechos y lo abrió. Le reconfortó comprobar que era inoloro, puesto que uno de sus mayores temores para aquel día era que Lucce se percatase de que su té estaba manipulado. Su otro temor, el más grande de todos, era envenenarse demasiado a sí misma. No le quedaba otra opción. Si Lucce moría y ella no presentaba el más mínimo síntoma de envenenamiento, se señalaría así misma. Tenía que sacrificarse y exponerse, pero... ¿Hasta que punto? Mirando el frasco, intentó calcular y dejar a la imaginación cuantas gotas serían suficientes para fingir. Sin tiempo para pensárselo, derramó más de la mitad del frasco en la taza de Lucce, y para ella, reservó el resto. Mientras guardaba el frasco bajo la ropa, empezó a sentir una punzada de dolor en el estómago. ¿Y si era poco para ella? ¿Y si se había pasado? No pudo arrepentirse más cuando, por fin, Lucce llegó.
— Lucce ¿Que tal estás? Llegas temprano — saludó la chica.
— Ya, ya lo sé — bufó, cayendo sobre el asiento. Frente a él ya estaba su taza y Anya era incapaz de no lanzarla miradas furtivas sin parar.
— ¿Todo bien?
— Mis padres están discutiendo otra vez.
— Oh, vaya...
— Es por Vian. Desde que Vian está enfermo, todas las atenciones si las lleva él, sí, pero también todos los problemas. Madre teme que no llegue a reinar y padre que, aunque lo haga, no sirva para ello — suspiró con lástima. — Echo de menos la situación que se vivía cuando yo era pequeño. Apenas tengo recuerdos, pero todo era más... normal.
— Comprendo. Lo siento mucho, Lucce. No debe ser fácil para ti — Anya extendió su mano hasta que tomó la del prínicpe, que reposaba en la mesa. Éste le dedicó una mirada sincera.
— Ya estoy acostumbrado ¿Sabes? Esta es mi familia y la acepto. Un hermano enfermo, otro que nos ignora y una hermana que... bueno.
— ¿Qué ocurre? — preguntó con interés.
— Aris está rara — Anya se había dado cuenta de ello después de tantos días sin apenas oírla hablar, pero prefería que fuese el príncipe quien revelara datos de la situación. Se había acostumbrado a hacerlo, al fin y al cabo. Todos los días de aquellas casi tres semanas, había hablado sin parar de sus hermanos.  La he visto aparecer borracha a la hora del desayuno. No se de donde venía, pero nunca se ha comportado así.
— Quizás sólo está pasando por una mala racha  comentó, quitándole peso al asunto.
— No lo sé, pero nunca la he visto tan... ¿Distinta?
— No pienses en ella, Lucce. Relájate. ¿Por qué no me cuentas como va ese libro que me dijiste que te estaba gustando mucho?  preguntó Anya, tomando su taza y llevándosela a los labios. No bebió hasta que Lucce no hizo el mismo gesto y dio un trago a su té. Se quedó obnubilada observando como su garganta se movía a medida que el líquido bajaba. Ahí estaba... ahí estaba su final.
— Pues creo que al final no va a ser tan maravilloso como esperaba. Pensaba que sería emocionante dado que pertenecía a la biblioteca personal de mi padre. Nunca ha querido que leamos libros sobre Branna, no sé por qué. El caso es...  comenzó a toser. Comprobando que no conseguía aclararse la voz, volvió a dar un sorbo al té y después otro, momento que Anya aprovechó para hacer lo mismo.  Perdón. Te decía que pensaba que sería interesante, que leería sobre las costumbres de aquel pueblo. La vida salvaje, la cultura tan antigua y...  volvió a toser. Su instinto lo llevó a beber de nuevo. 
— ¿Estás bien?
— Sí, sí. Es sólo tos. Me arde un poco la garganta, no sé por qué  explicó, algo agobiado. Había roto a sudar, de forma que se desabotonó un par de botones de la camisa blanca.
— Bebe más, quizás te ayude.  Como un niño obediente, Lucce se bebió todo el té de un trago. 
— Como iba diciendo, pensaba encontrar otra cosa y sólo leí cosas muy parecidas a las de Aeter. Quiero decir, no encontré ninguno de esos datos morbosos que según dicen son...  Esta vez, la tos fue incontrolable. Y al mismo tiempo, empezó a surgir en Anya. El chico se llevó la mano al pecho mientras que la princesa hizo lo mismo, pero en el cuello. Le ardía, le quemaba como si el mismo infierno a la abrasase por dentro. Y eso le pareció lo más paradójico del mundo. El ardor... por primera vez sentía el dolor de una piel quemada.  Anya... Anya...  la llamó. La boca se le llenó de espuma blanquecina cuando comenzó a asfixiarse, pero ella le ignoró. Empezaba a encontrarse realmente mal. Le sudaba todo el cuerpo y la tos no remitía. Y de repente, un dolor agudo le punzó el estómago. El mismo dolor que hizo que Lucce cayese al suelo desde su asiento.  No.. puedo... No... Respirar... insistió. Con los ojos acuosos, derramando lágrimas, extendió su mano hacia la chica, quien lentamente se arrodilló en el suelo haciendo acopios de esfuerzos.  Anya...
— Púdrete en el infierno... Lucce...  murmuró como pudo, sintiendo que empezaba faltarle el aire. Le tomó una mano y colocó un dedo sobre la palma. De su dedo empezó a salir humo y aroma a quemado conforme lo movía, dibujando un círculo, una esfera lo más parecida posible a la de Vian.   Púdrete tú y toda tu familia... Porque vosotros... Vosotros sois los salvajes  terminó por decir, haciendo lo mismo con la otra palma. 
— Anya...  fue lo último que pudo decir antes de que su cuerpo comenzase a convulsionar, cuando dejó de expulsar espuma por la boca para echar sangre. Montones, montones de sangre. De aquello era imposible que sobreviviese. 
La princesa cayó al suelo, dolorida y fatigada. Por un momento, la idea de que quizás se había envenenado demasiado así misma quedó eclipsada bajo la imagen del príncípe muriendo ante sus ojos. Y cuando vio que las convulsiones cesaban, cuando sintió que no aguantaba más aquella sensación, gritó.
— ¡¡¡Ayuda!!! ¡¡¡Por favor, que alguien nos ayude!!!  alzó la voz lo más que pudo. Al hacerlo, ella también comenzó a escupir sangre. Sintió como el líquido caliente se derramaba por su boca al tiempo que taponaba sus orificios necesarios para poder respirar.  ¡¡¡Vian!!! ¡¡¡Vian!!!  llamó a su esposo. Las lágrimas empezaron a salir de sus ojos, fáciles de fingir y motivadas por el dolor y el repentino miedo de que nadie respondiese.  ¡¡¡Ayuda!!!  ¿Donde demonios estaba Logan? Acostaba en el suelo, miró a todas partes, y sólo cuando vio sus botas acercarse pudo sentir verdadero alivio, y sobre todo, confianza hacia él.
— ¡¡¡Guardias!!! ¡¡¡Guardias!!! gritó él, cumpliendo el mismo papel. Arrodillándose en el suelo, tomó a la princesa de la espalda y la incorporó. Ella le miró con enorme felicidad, pletórica. Una felicidad escondida bajo un manto de dolor.
 Ayúdame... Ayuda...  le suplicó, sintiendo que iba a perder el control de la situación. Su cuerpo dejó de responder, comenzando a convulsionar. Lo último que vio fue a Nero corriendo hacia ellos, a espaldas de Logan. Pudo comprobar que la miraba con estupor antes de que ella cerrase los ojos y perdiese la consciencia. 

La venganza no había hecho más que empezar.



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