martes, 3 de septiembre de 2019

ANYA

La fiesta terminó a altas horas de la madrugada, cuando la princesa ya no se notaba los pies. Durante toda la noche había estado caminando y bailando sobre unos zapatos de tacón alto que brillaban con luz propia, debido a la pedrería que lo decoraba. La idea de que hubiese llegado la hora de quitárselos debía hacerla tremendamente feliz, sin embargo, no pudo ser así.

Vian y ella se marcharon juntos, rumbo a la habitación, cuando todos los invitados hicieron lo mismo. Algunos se marcharon en coches lujosos y naves discretas en dirección a sus respectivos hogares, mientras que otros, sobre todo los de Carstad, se quedaron en palacio para pasar la noche antes de partir rumbo a sus hogares. A lo que la pareja de recién casados respectaba, les daba lo mismo. El servicio era quien se había encargado de distribuir a los invitados por todo el edificio. Ellos, sólo tenían que llegar a la misma habitación.

El ascensor los dejó en la planta donde Vian tenía su alcoba, a partir de ese día, la de ambos. Todo el ala estaba llena de soldados que procuraron mantener la vista distraída para no incomodar, pero que se vieron obligados a saludar con una reverencia a la pareja con motivo de sus recientes nupcias. Anya no pudo mirar a ninguno a la cara, de forma que no llegó a saber si eran conocidos para ella o no. Sólo levantó la vista del suelo cuando el príncipe posó su mano sobre el pomo de la puerta y la abrió. — Yo... sé que debería tomarte en brazos pero no creo que pueda — se limitó a decir. Anya agradeció que se encontrase tan cansado y débil después de toda fiesta, de forma que albergó esperanzas de que el resto de lo que quedaba de noche fuese así. Agitó la cabeza para que el joven no se preocupase por aquella costumbre tan inútil y entró.

La habitación de Vian estaba tal y como la recordaba: bien decorada, con las cortinas corridas y repleta de oscuridad. Le había visitado en su convalecencia las suficientes veces como para saber de memoria donde estaba casa cosa allí adentro, de forma que advirtió que el armario, la ropa de cama, el espejo y el tocador eran nuevos. No hacía falta ser muy aguda para saber que todos aquellos enseres estaban allí para ella, de seguro, repletos de sus propias cosas. Alguien debía haberlas sacado de su habitación y trasladado a aquella para que la pareja no echase nada en falta en su primera noche juntos. — No te sientas cohibida. Ahora esta es tu habitación. Antes había un soldado, el que siempre está custodiando el interior de la habitación a petición de mi madre. Le dije que esta noche no apareciese por aquí. No quiero que nos moleste. Así que... Coge lo que necesites y ponte cómoda — la animó el príncipe, quien dejó un ligero olor a alcohol al pasar junto a la chica, cuando se dirigió hacia uno de los armarios. En el interior, estaba su bastón, el cual había dejado guardado para dar la mejor imagen posible. No escatimó en segundos para apoyarse de nuevo en él y emitir un suave suspiro. Posteriormente, comenzó a desvestirse. Lo hizo con total confianza, sabedor de que, entre ellos, ya no debía haber vergüenzas ni secretos.
— Yo... necesito asearme — se excusó la princesa, intentando ganar algo de tiempo. 
— El baño está en esa puerta — Anya siguió la dirección que señaló su dedo, contemplando una puerta que siempre había visto y hasta entonces no se había preguntado a donde llevaba. De aquella forma, y sin mediar más palabras entre ambos, ella se dirigió hacia allí a paso acelerado, provocando que la cola del vestido de novia emitiese sonidos casi fantasmagóricos al rozar de aquella forma sobre el suelo. Y en cuanto pudo, se encerró.

El baño era más pequeño que el que solía presidir el centro de casa pasillo de habitaciones con los que el palacio contaba. Tambien era distinto en muchos aspectos más, puesto que, mientras que el resto de baños contaban con una enorme bañera y grandes espejos en los que observase, aquel, tenía una bañera adaptada, una ducha con mampara transparente y paredes repletas de zonas en las que sujetarse, especialmente diseñadas para alguien débil, capaz de tropezar y caer. Anya entendió rápidamente por qué Vian contaba con un baño propio, dentro de su habitación. Alguna vez que otra debió caerse con la humedad y hacerse daño, estaba segura. Tampoco había espejos en los que observarse, más que uno pequeño sobre el lavabo, de difícil acceso y bajas probabilidades de acabar hecho pedazos sobre el suelo. Todo aquello era... desalentador.
Se desvistió con pausa, sacándose el vestido por la cabeza y arrojando los zapatos al rincón más apartado del aseo. Posteriormente, se sentó sobre el retrete, entreteniendo sus dedos en quitar cada pequeña pinza de las docenas que habían decorado su recogido toda la noche, llenando con ellas toda la superficie de mármol que había al rededor del lavabo. Por último, abrió el grifo de la bañera y se introdujo en el agua. Había sudado, estaba demasiado maquillada y necesitaba relajarse, pensar y calmarse. Hundiéndose en el agua cuando ésta cubrió más de la mitad de su cuerpo, se dio cuenta de que se estaba comportando como cobarde. Estaba huyendo. Cualquiera que la observase en aquel momento lo sabría. Incluso Vian se estaría dando cuenta debido a su tardanza. Y Anya sabía perfectamente que no podía huir siempre. Por ello, salió del agua cuando comprendió que era inútil demorar más tiempo, y se vistió con una bata de seda idéntica a la suya, la cual colgaba junto a la puerta. Al ponérsela, sintió que se vestía con cadenas que la apresaban. La llave la tenía otra persona.

Al salir del baño se encontró a Vian sentado al borde de la cama, vestido únicamente con ropa interior. Se había quitado la gomilla que había mantenido sus cabellos repeinados durante toda la noche, los cuales ahora caían por su rostro algo despeinados. Estaba esperándola. — Has tardado — informó. Su voz sonaba algo pesada y su falta de tacto había sido demasiado evidente. Seguía algo bebido. La princesa decidió no responder. Estaba allí para cumplir un papel pero no iba a darle excusas a nadie, y menos a él. Sin decir nada, se encaminó hacia una de las dos mesas de noche y colocó todos los adornos del pelo sobre la misma. Seguía ganando tiempo sin querer. — ¿Ha sido todo de tu gusto? — preguntó el príncipe, deseoso de romper el silencio tan incómodo que había entre los dos.
— Ha estado bien — se limitó a contestar.
— Mis padres se han pasado. Había demasiados invitados, demasiada música y demasiada comida. No he podido darme el lujo de descansar tan solo un momento. Noto los músculos engarrotados y los huesos entumecidos — confesó, acariciándose el antebrazo con cierta presión, como si quisiera darse un masaje.
— Deberías descansar — alegó Anya. Sus palabras sonaron tan cortantes que Vian esbozó media sonrisa.
— Ya... —. Alzando las piernas sobre su posición, se introdujo sobre la cama. La colcha estaba ya retirada y las sábanas al descubierto. Un precioso conjunto de lirios celestes que pasaron totalmente inadvertidos dada la situación. — Anya, acuéstate — le indicó. La chica no supo distinguir si aquello fue una sugerencia o una orden, pero por desgracia, tuvo que obedecer. Se dejó caer sobre el colchón, boca arriba. Tragó saliva de manera casi imperceptible cuando el príncipe se acercó a ella. Notó que la observaba con tranquilidad, lo que hizo que se pusiese nerviosa. Sin más avisos, posó sus labios sobre los de ella. Y aunque no quiso corresponder, el movimiento de su boca le hizo saber que el hombre la buscaba. 
— Vian, yo no... — se atrevió a decir tras apartase unos centímetros, con voz temblorosa.
— Yo también estoy nervioso — confesó sin reparos. 
— Pero es que no... no creo que...
— ¿Te has acostado con alguien antes? — preguntó con seriedad. Sus ojos celestes calaban sobre los oscuros de la chica, que se encontró apresada entre la espada y la pared.
— No — respondió. 
— Siento ser yo el primero, entonces. Yo tampoco me he acostado con ninguna mujer antes. No he podido... — aseguró — Y no quiero que pase mas tiempo. Quiero saber qué se siente de una vez.  — terminó por decir, volviendo a besarla. Esta vez, de una forma más activa y desmedida. Anya tuvo que limitarse a cerrar los ojos y corresponder.

Las manos del hombre se acomodaron sobre el cuerpo de la princesa, que rápidamente comenzaron a desnudarla al abrir la bata. No tuvo reparos en rodear sus pechos y estrujarlos a pesar de que no se miraban a los ojos, así como tampoco de llenar su cuello y torso de besos cansados y llenos de jadeos. Anya no podía sentir nada, más que asco y horror. Sus ojos se volvieron húmedos, pero se negó a llorar. Sabía que podía hacerlo y que no quedaría raro si una mujer lloraba al sentir que las manos de un desconocido violaban su intimidad, pero no se lo permitió. Estaba cumpliendo el papel para el que la habían entrenado y así debía ser. Se había preparado mentalmente para aquel día, que siempre supo que llegaría, de forma que sólo tenía que ignorar lo que ocurría y mirar al techo... pero fue muy difícil hacerlo cuando Vian se desnudó por completo. Separó las piernas de la chica, a quien ahora tenía debajo. Se dejó caer sin lentitud, buscando la forma de comenzar el acto. Anya se estremeció al sentirse entre sus piernas, y por primera vez, se maldijo así misma por no haber tenido relaciones antes. Si al menos un hombre cualquiera de Carstad, de su agrado, hubiese calentado su cama alguna noche, el recuerdo sería distinto y las sensaciones, diferentes. Pero Vian fue el primero que se introdujo en su interior, produciendo en ella un dolor agudo y una repulsión que jamás olvidaría. 
Al principio, el hombre se movió con tranquilidad, inexperto. Pero apenas unos minutos después, sus movimientos se volvieron más intensos y veloces, abriéndose paso a su camino y obviando el dolor que estaba causando a su ahora esposa. Anya se mordió le lengua e intentó pensar en otra cosa. Mientras su cuerpo se movía al compás que el príncipe marcaba, intentó recordar buenos momentos de su infancia, con sus hermanos. Intentó pensar en la nieve fría cayendo sobre su piel, incluso en las enormes ventiscas que siempre le habían gustado tanto. Y entonces, el movimiento cesó por unos instantes. La princesa miró al hombre, quien la miraba a disgusto. A todas luces, lo quieta que estaba, no le estaba ayudando nada en absoluto. Acarició sus pechos nuevamente, intentando recuperar el ritmo. Deslizó sus dedos por todas las cicatrices que rodeaban el cuerpo de la chica, las cuales no se le pasaron por alto... y paro. Con una mueca en los labios, se separó. Tomó a la chica por la cintura y le dio la vuelta. Fue un gesto cualquiera, pero cuando comenzó nuevamente a penetrarla, Anya se sintió humillada. Ya no podía pensar en otra cosa ni recordar, puesto que no ver la cara de desagrado de la chica, hizo que Vian recobrase la compostura y volviese a acometer con dureza y velocidad. Primero la agarró por la cintura, luego del pelo y por último se sujetó al cabecero de la cama, el cual comenzó a retumbar con los feroces embistes. La estaba lastimando. La mujer sentía como le dolían las piernas y su intimidad ardía... por culpa de su enemigo.
No pudo evitarlo: su mente se perdió en un mar de miserias en aquel mismo instante. Que el hijo de quienes habían asesinado a toda su familia ahora la estuviese tomando de aquella manera, que se moviese en su interior, que la usase, que le escuchase disfrutar con enormes jadeos a su costa... la rompió por dentro. Se agarró a las sábanas con fuerza y apretó los dientes, manteniendo la vista al frente. Pensó en su plan... pensó en como los mataría a todos... pensó en cómo Vian pagaría aquello que le estaba haciendo... Y el príncipe terminó en su interior con un jadeo alto, que acabó convirtiéndose en un ataque de tos que le hizo separase rápidamente de la princesa. Estaba dolorido, y por ello, se acostó rápidamente a un lado de la cama sin decir nada, sin si quiera preguntar por el estado de la chica. Anya, sin embargo, se quedó quieta. No se movió un ápice, oyendo su corazón latir con fuerza y sintiendo como todo su cuerpo, por completo, la asqueaba. Quería vomitar, pero se contuvo. Lo único que pudo hacer fue no pegar ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente, bastante temprano, Anya decidió salir de la cama. Vian aún estaba durmiendo y toda la habitación seguía apestando a kormac, cosa que no pudo aguantar más. Se vistió con la bata, que había pasado toda la noche en el suelo, y salió de la habitación. Necesitaba asearse en profundidad, pero lejos de Vian. Mas cuando abrió la puerta y salió al pasillo, se detuvo. Logan custodiaba el pasillo en solitario aquella mañana. — Buenos días, Majestad — se inclinó.
— Cállate la puta boca — contestó ella sin reparos. Le daba igual como sonasen sus palabras, incluso si alguien más la había escuchado. Estaba histérica, furiosa. No necesitaba a nadie en aquel momento, y mucho menos a alguien que le diese los buenos días.
— Vaya, imagino que ha sido una noche dura.
— ¿Te estás riendo de mi? — preguntó la chica amenazante, acercándose a él. Se juro así misma que si bromeaba una vez más lo mataría allí mismo.
— En absoluto. Vengo a custodiar el ala y, de paso, a reiterar nuestra alianza. — explicó en voz muy baja. — Ha sido imposible mantener el contacto estos días con tanto ajetreo. Imagino que tenemos mucho de qué hablar.
— Mira, Logan... Como vuelvas a...
— Te he traído algo — alegó, cortando a la chica. Desabotonó su chaqueta engalonada de guardia y sacó de un bolsillo interior un pequeño botecito de cristal.
— ¿Qué es eso?
— Tu salvación... a no ser que dentro de nueve meses quieras tener un problema que te impida seguir con tu plan —. Anya abrió los ojos con sorpresa, y sin pensárselo dos veces, le arrebató el frasco de la manos. Abrió la pequeña tapa de corcho y olió el líquido de su interior. Tuvo que arrugar la nariz, porque apestaba. — Es un compuesto de hierbas. Se lo pedí a un médico tras explicarle que había cometido un error con la hija de mi vecino — comentó con tono de burla. — Es seguro — insistió, esta vez con seriedad. La princesa no tuvo opción. Se lo bebió de un trago. — Las dagas que tenías en tu habitación las retiré antes de que el servicio fuese a recoger tus cosas, por cierto. Las tengo a buen recaudo. Nadie sabrá que son tuyas.
— Tú... tú de verdad quieres ayudarme a acabar con esto — susurró la chica, aún incrédula de que aquel hombre le hubiese ofrecido un remedio abortivo. Si alguien supiese que él le había suministrado a la princesa algo tan prohibido para la familia real como aquello, sin duda alguna lo colgarían.
— Por fin te das cuenta, Arenea — sonrió con malicia. Que por primera vez en veinte años alguien la llamase por su verdadero nombre, la hizo espabilar. Fue como si despertase una mujer distinta en su interior, una mujer dura y sanguinaria. Compuso un gesto duro y una mirada afilada, amenazante.
— Logan, tú y yo tenemos que hablar.



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